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El exilio cubano en la novela “Labios sellados”, de Carmen Alea Paz

Jueves, diciembre 15, 2011
Por

Crítica.

Por Rubén Benítez…

 

Cuba. Idealización de la imagen

Cuba. Idealización de la imagen

 

Al mudar de país, el personaje ha querido borrar, como muchos lo hacen, un pasado no tan perfecto.

La novela critica básicamente la idealizada imagen

que el cubano desterrado crea de sí mismo


El exilio y la cárcel, que es el exilio interno, han generado obras literarias de gran valor. Cuando en el siglo I antes de Cristo, Ovidio escribió sus Tristias en el destierro de Tomis, fijó para siempre una serie de temas y de motivos que se repiten desde entonces en circunstancias similares: la nostalgia de la tierra perdida, el recuerdo de la casi paradisiaca forma de vida que se ha dejado atrás, la dificultad de aprender una nueva lengua y de adaptarse a nuevas costumbres, el desprecio por los gobiernos que provocaron las causas de la huida, la esperanza de un retorno pronto y feliz.

Con respecto a las literaturas española e hispanoamericana, muy asociadas siempre con la lucha política y social, una gran mayoría de obras, y muchas de las mejores, fueron concebidas o escritas fuera del propio país. En el siglo que~ acaba de morir, tenemos dos claros ejemplos: el exilio de los liberales españoles después de la Guerra Civil de 1936 y el exilio cubano de los últimos 30 años. Los cubanos en Estados Unidos han aprovechado los conflictos que surgen necesariamente del choque de dos culturas antitéticas, para crear en géneros propicios como el teatro, la televisión, el periodismo y la novela, situaciones cómicas o trágicas en las que los personajes confrontan las realidades nuevas desde una atalaya psicológica afincada en la experiencia vital de realidades distintas.

Carmen Alea Paz nos proporciona en Labios sellados (Sacramento Spanish Press, 2001) una novela más sobre el exilio cubano. En su descripción, muy cruda a veces, de los seres y de las situaciones que crea, no encontramos, sin embargo, los tópicos comunes de este tipo de literatura. La mayoría de esos personajes han venido a Los Angeles en 1962, aproximadamente, año en que la autora comenzó su destierro, y la presentación de sus acciones comprende unos siete años, hasta 1969; pero en el recuerdo y en las conversaciones de allegados y de amigos se recuperan los años vividos en Cuba.

No son muchas las referencias políticas; hay algunas menciones de la Revolución Cubana, ciertos comentarios sobre sus consecuencias, algunas observaciones sobre Fidel Castro y sus tácticas; pero todo eso funciona un poco como lejano decorado, como imprescindible marco histórico que muy poco tiene que ver con los dramas de los protagonistas.

La Revolución los ha empujado a todos a Estados Unidos, pero no ha causado los conflictos personales que acucian a cada uno de ellos. Esos conflictos son más de orden psicológico que de orden político; son conflictos de la sangre, como decían los naturalistas.

Y la cita viene bien, porque en el análisis de las tendencias amorosas y las inclinaciones sexuales de esos seres ficticios, la observación de la autora es a veces fría e implacable, como en los mejores modelos de la novela naturalista; el lenguaje, que llega a extremos de valiente crudeza, adquiere en esos momentos gran fuerza expresiva.

El mejor ejemplo lo proporciona la familia de Evelio Casales. Aunque el personaje participa de las reuniones políticas de sociedades interesadas en cambiar la situación de Cuba, advierte también la corrupción y la falta de resultados positivos de algunos grupos con ese propósito asociados.

Pero el problema de Evelio no tiene que ver con esas actividades: su bella y joven mujer se torna indiferente a sus solicitaciones y caricias; su hija, mejor integrada que sus padres, vive la vida libre de las jóvenes americanas, a pesar del rígido control que Evelio procura ejercer sobre ella. Esto en cuanto a la vida en Estados Unidos.

En realidad, Evelio tiene una enorme carga psicológica que viene de más lejos: su hija fue engendrada en Cuba, cuando mantenía una apasionada relación con Rosalba, mujer hoy de su amigo Alfredo Montebello. Y aunque él cree ser el padre de esa joven, al final de la obra descubrimos que es otro el responsable.

Lo cierto es que la niña queda al cuidado de Evelio y de su esposa, que actúa como si fuera su auténtica madre. Hay algo de fatalidad folletinesca en esa patética historia; pero no importa ello tanto como advertir en ella una conjunción de significaciones que van más allá del sentido directo: Evelio, como todos los exiliados, tiene los “labios sellados”; “el dinero sella los labios demasiado ávidos” (pág. 127), según nos dice el personaje de Agustina en el capítulo 13, que es el capítulo básico para la interpretación de la novela. Pero no es por codicia que oculta Evelio su secreto. Su razón es más humana. Al mudar de país, ha querido borrar, como muchos lo hacen, un pasado no tan perfecto. La novela critica básicamente la idealizada imagen que el cubano desterrado crea de sí mismo. Con loable franqueza, Carmen Alea Paz afirma a través de Tina: “Y no se podía culpar al exilio, a Castro, a su revolución o a los traumas de la experiencia Pedro Pan, buena excusa para esconder debilidades morales o imperfecciones genéticas. En la isla, hubieran sido lo mismo o algo parecido”, (pág. 128).

Generalmente, la prosa de los poetas tiende a ser rica, a expresar efusiones sentimentales o emociones particulares. No es el caso de esta novela, escrita, no obstante, por una poeta de inusual calidad: lo mejor de la novela es el estilo, la expresión directa y sin cortapisas de ideas y de sensaciones, la utilización medida del español y del inglés en los diálogos de los personajes.

Una reflexión final. Como Carmen Alea Paz tiende hacia el cubano exiliado como lector de su novela, necesariamente ha de recibir críticas de ese tipo de lector en la medida en que se aleja de los tópicos característicos del exilio. Pero el lector no cubano, como el que firma este comentario, ha de valorar muy favorablemente ese alejamiento, porque le permite atisbar los entresijos de una realidad humana, amasada en viejas convenciones, en prejuicios, en rigideces, más profunda y significativa que la realidad descripta por lo general en la literatura del exilio.

Y aunque la autora no lo diga en forma estentórea, el exilio ha creado en esos viejos seres una dimensión nueva; ha proporcionado, sobre todo a las mujeres, una cierta libertad, un nuevo modo de aceptar su sexualidad y de ver el futuro sin las restricciones y los roles impuestos por la sociedad que abandonaron. Esa es la auténtica revolución que esos personajes antirrevolucionarios experimentan.

 

Entradas[Tomado de la página web Cubanet.com. Este trabajo apareció publicado en  La Opinión, Los Ángeles, enero 28, 2002. ]

 

Rubén Benítez es profesor emérito del Departamento de Español de UCLA.

 

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