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Interpretación sobre “La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida”, de Onilda A. Jiménez

Jueves, noviembre 12, 2009
Por

Crítica

This entry is part 10 of 16 in the series Número 2, 14/11/2009

Por Herminia Ibaceta…

 

 

 

 

 

 


 

José Marti

“Cuando la mujer se estremece y ayuda,
cuando la mujer, tímida y quieta de su natural,
anima y aplaude, cuando la mujer culta y virtuosa
unge la obra con la miel de su cariño,
la obra es invencible”(1)
José Martí
*

Ningún estudio del pensamiento martiano puede considerarse completo si no se analiza y expone el concepto que Martí tuvo de la mujer, ser al que colocó en el altar de su más alta estima, ya que como nos dice el Dr. Octavio R. Costa:  “Martí vio en ella más de Dios que en el hombre”(2).  El libro La mujer en Martí. En su  pensamiento, obra y vida, de la Dra. Onilda A. Jiménez cumple a cabalidad este objetivo.

La vastísima bibliografía escrita sobre nuestro Apóstol nos ofrece no sólo el recuento de su vida y de su trayectoria revolucionaria, sino también el estudio de su obra literaria en prosa y en verso, de su oratoria, de su pensamiento político y social, de su concepción americanista, de su dimensión metafísica.  Varios libros entre los que pueden citarse: Mujeres de Martí (1943), de Gonzalo de Quesada; La mujer, alma del mundo (1959), de Rafael Marquina;  La Niña de Nueva York (1989), del peruano José Miguel Oviedo; y La vida íntima y secreta de José Martí (1995), de Carlos Ripoll, han tratado el tema de la mujer en la vida de Martí, pero enfocando nada más el aspecto amoroso, quiénes fueron y qué significaron en su vida las mujeres que, de una forma u otra, sostuvieron con él alguna relación sentimental.  El libro de Jiménez va más allá del aspecto amoroso, se enfoca en el análisis del pensamiento martiano con respecto a los valores de la mujer y a su función dentro de la familia y de la sociedad en general.  La Dra. Jiménez echaba de menos un libro que estudiara la concepción que Martí tuvo de la mujer.  Como ella  misma nos dice:  “A donde yo quería llegar era a estudiar su concepto de la mujer, no como idea, según Platón, independiente del mundo empírico, sino como el producto de factores ambientales y de época, es decir, determinado por ellas”(3).

Onilda Jiménez, cubana de nacimiento, confiesa que desde pequeña sintió gran interés por José Martí.  En sus raíces encontramos la razón de este interés, ya que es descendiente de abuelos mambises, que lucharon en la Guerra de los Diez  Años y en la Guerra de Independencia; creció en un ambiente patriótico en el que las historias de la guerra y de sus héroes fueron su canción de cuna y en el que los valores cívicos ejercieron una poderosa influencia.

Talentosa y perseverante, obtiene en la Universidad de la Habana su licenciatura en Derecho Diplomático y Consular, así como el doctorado en Filosofía y Letras y, por oposición, su primer trabajo como cónsul de Cuba en Caracas, Venezuela.  Sin embargo, el futuro para el que se había preparado, le deparaba otro campo de acción.  Ante la llegada del régimen comunista, su profunda cubanía no tenía otro camino que el exilio, al que arriba en el año 1964.  Radicada en New Jersey vuelve a los estudios, para graduarse con un Master of Arts del Teachers College de Columbia University y con un Ph.D o doctorado en Literaturas Hispánicas de la New York University.   Desde entonces, es Profesora Emérita de New Jersey City University.

La carrera profesoral de la Dra. Jiménez corre paralela a su producción literaria, en la que destacan: La Crítica Literaria en la Obra de Gabriela Mistral, numerosos artículos de crítica literaria y cuentos publicados en revistas y antologías (entre ellas Narrativa y Libertad, editada por Julio Her-nández-Miyares) y es editora de On the Road/ en Camino, antología bilingüe de poesía y prosa, y de la novela La Vuelta al Génesis, presentada en la ciudad de  Miami, en febrero de este año 2003.

La seriedad y el profesionalismo caracterizan la labor de Onilda como profesora y como escritora.  En ésta, al igual que en obras anteriores, su trabajo ha sido precedido por una intensa labor de investigación. Empero, su fuente más valiosa ha sido la propia obra del Apóstol quien, tanto en la prosa como en la poesía, libera sus más íntimas esencias. Su análisis medular, su juicio crítico y entusiasta, pero siempre objetivo, le permiten escribir este libro, único en su clase, con el que llena el vacío existente brindando a sus lectores la comprensión de este particular ángulo del pensamiento martiano.

Consciente de que Martí, como todo humano, no fue un ente aislado producto únicamente de los genes, sino un ser que vivió en franca interacción con el entorno y sobre el que pesaban el bagaje histórico y cultural de las generaciones que le precedieron, así como el de aquellas que compartieron con él las circunstancias de su momento histórico, la autora ahonda en ambas, para identificar las influencias que conformaron  su concepción de la mujer.

De acuerdo con la organización que le imparte al libro, Jiménez comienza analizando las raíces del pensamiento martiano que busca en el Génesis, en las leyes mosaicas, el cristianismo, el romanticismo y el entorno familiar y social  en que se formó, considerando —junto a las experiencias vividas en Cuba— aquellas que Martí encaró a su paso por el destierro. Seguidamente, nos explica el con-cepto de la virgen púdica, de la mujer de ciudad grande y de la mujer de estrella, representantes del ideal martiano.  Estudia, además, las opiniones sobre el matrimonio y la maternidad, para  terminar  con el análisis de los elementos modernos que influenciaron las ideas de Martí sobre la mujer.

Con lenguaje puro y directo, matizado por los fragmentos de poemas que analiza y que, como corolario, embellecen la narración, nos lleva por el intrincado mundo del pensamiento del Apóstol señalando, con certero juicio, las influencias que lo determinaron, los cambios sufridos a través del tiempo y las contradicciones a menudo encontradas en la concepción de la mujer.

Teniendo en cuenta que Martí, aunque nacido en Cuba, fue el producto de una familia de es-pañoles, su concepto de la mujer, apunta Jiménez:  “va a provenir del pensamiento clásico, pero sobre todo, judeo-cristiano, atemperado o enriquecido, según el caso, por el romanticismo y el medio social y familiar (4).

El Génesis y las leyes mosaicas tenían a la mujer en un plano de inferioridad y de subordinación al hombre en todos los aspectos de la vida.  La consideraban culpable del pecado original, y castigaban con la muerte el adulterio. Aunque esta ley era válida para hombres y para mujeres, en la práctica, sólo se aplicaba a las mujeres.  La virginidad era esencial.  La mujer tenía que llegar virgen al matrimonio o en-frentaría la muerte como castigo. La cultura griega, en su período clásico, también discriminaba a la mu-jer.  Jiménez nos recuerda que para Aristóteles la mujer era una deformidad.  El cristianismo, con el culto a la Virgen María, emblema de pureza, elevó la integridad de la mujer, pero aunque le ordenaba al hombre respetarla por su debilidad y por ser, como ellos, hija de Dios, su escala de valores la mantuvo en un plano de subordinación.

El romanticismo aceptó el concepto cristiano de la mujer. Se esperaba que fuera, como María, moralmente perfecta.  Imperaba la imagen femenina como exponente de la belleza física y la pureza espiritual, ubicada en el susurro de los rezos o en la mansedumbre del paisaje bucólico.  El arte, en todas sus manifestaciones, reflejaba esta tendencia; los pintores copiando el rostro de la virgen, los poetas describiéndola con los más elevados epítetos.

Al igual que el Génesis y el cristianismo, Martí, valoró la virginidad en la mujer, su elevación moral, rechazando la prostitución y el adulterio, pero en oposición a estos, no la consideró ni inferior ni subordinada al hombre. Como los románticos, la liberó del pecado. E l hombre se aprovechaba  de la debilidad de la mujer; era, por tanto, culpable de su caída.

En el segundo capítulo la autora analiza lo que cambia y lo que queda de la influencia judeo-cristiana, así como del romanticismo, en la concepción de la mujer en Martí.  Si estudiamos sus versos y la novela Amistad Funesta, vamos a encontrar que el Apóstol mantuvo viva la importancia de la     virginidad.  Lo constatamos en el poema Flor Blanca: “Tú eres la mujer: virgen en la frente/ por sólo el beso paternal sellada/ y para el ruego de mi amor potente/ entre los velos del pudor guardada”(5).  Este concepto de la mujer, al que la autora —siguiendo a Martí— llama virgen púdica, se completa con otro que el Apóstol conservó del romanticismo y que mantenía a la mujer alejada de la lujuria. El mismo Martí en su poema Caballo de batalla, en el que habla de un amor impuro del que se arrepiente dice:  “Yo a la pureza/ amo y a nada más…(6).  Sin embargo, Martí se contradice, ya que no se casó con Carmen Montalvo ni con María García Granados, que representaban el modelo de la virgen púdica, sino con Carmen Zayas Bazán, cuyo tipo iba más acorde con su sensualidad. Maduró con el tiempo su criterio acerca de la prostitución.  La prostituta, por la que sentía aversión en los años de adolescencia es, después, considerada —siguiendo la tendencia romántica— como el producto de un medio social adverso.  Se mantuvo inalterable, en cambio, su opinión sobre el adulterio, al que combatió en todo momento.

Nos dice la Dra. Jiménez que, de acuerdo a los estudios de Carlos Ripoll, Martí sostuvo en Madrid, aún soltero, cuatro años de relaciones, pero que nunca pudo probarse que la mujer con quien vivía fuera casada. En el análisis de las tesis presentadas por Miguel Oviedo en el libro La Niña de Nueva York, y por Carlos Ripoll en La vida íntima y secreta de José Martí, Jiménez apoya la tesis de Ripoll cuando expresa: “Parecía muy difícil aceptar que un hombre de la talla moral de Martí, que se expresaba del adulterio en la forma que hemos visto en los textos transcriptos, pudiese querer y respetar, como lo hacía él con Carmita Miyares, a una adúltera y cometer adulterio él mismo”. “Sus relaciones amorosas empezaron, según parece, después del fallecimiento de Mantilla; es decir, cuando ya ella era viuda y él había sido abandonado, definitivamente, por su esposa, a quien no volvería a ver”(7) .

Martí estimó importante la influencia del medio en la conducta de la mujer.  En el capítulo “Mujer de ciudad grande”, la autora estudia las opiniones que el Apóstol tenía sobre el influjo negativo de las grandes urbes en la formación moral de la mujer, considerándolo como fuerza destructiva del amor. En el poema Hierro expone: “Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:/ lo alivia el campo inmenso. ¡Otro más vasto/ lo aliviará mejor!”/ (8).

Para Martí, el baile social, tan común en las ciudades, era un elemento pernicioso, dañino a la moral de la mujer. Recordemos estos versos: “¡A bailar! ¡a bailar! las turbas gritan,/ y ebrias y palpitantes las mujeres/ en brazos de un galán se precipitan”/ (9). El baile social estimulaba la pasión que mataba la virtud: “Mariposas rojas /inundan la sala,/y en la alfombra muere/la tórtola blanca” (10).

Martí se debatía, señala Jiménez, entre la carne y el espíritu, la pasión y el amor. De esta lucha surgió su concepto de la mujer ideal, a la que llamó mujer de estrella, que sería compendio de belleza física y espiritual, al mismo tiempo. Esta mujer ideal, que  mantenía los atributos de pureza, inocencia, ternura y belleza física del romanticismo, unidos a la sensualidad, la inteligencia y la cultura, nunca fue encontrada por Martí, lo cual produjo en él una gran agonía.

Martí, como es sabido, se casó con Carmen Zayas Bazán. Carmen no comprendía sus luchas por Cuba y lo abandonó llevándose con ella al pequeño hijo.  Martí, quien consideraba vital la existencia del matrimonio y de la familia,  se sintió profundamente afectado por esta situación, al quedar huérfano de la buena esposa que, según él, debía acompañar al hombre durante toda la vida.  Dicen sus versos:  “Corazón que lleva rota/ el ancla fiel del hogar /va como barca perdida/ que no sabe a donde va”/ (11).    Frustrado por este fracaso amoroso aconsejó no dejarse guiar por el ansia del amor, sino buscar el amor verdadero, ese que crece con el tiempo y que se fundamenta en el conocimiento del ser amado. Aunque se dolía del abandono de la esposa, su respeto y alta estimación por la mujer no cambiaron ni le permitieron herirla nunca.  Lo expresa en versos: “¿De mujer? Pues puede ser/ que mueras de su mordida;/ ¡Pero no empañes tu vida /hablando mal de mujer:/ (12).

Martí no era un hombre ajeno al medio ni a su tiempo. Su estadía en Nueva York le impactó para brindarle novedosas y contrastantes experiencias. Al igual, las nuevas corrientes filosóficas del siglo XIX, le ofrecieron otros puntos de referencia sobre los cuales basar su  concepción de la mujer.  Martí

las estudió tomando de ellas, sin descartar la herencia cristiana y romántica. Aceptó el positivismo exclusivamente  como ciencia, no como filosofía, y discrepó de las ideas que, sobre la inferioridad de la mujer, sostenían Darwin y Freud.

Fue el movimiento krausista, a través de Sanz del Río, el que más influyó el pensamiento mar-

tiano. El, como los krausistas, consideraba que el hombre y la mujer formaban en el matrimonio una unidad total. Al igual que  Krause, concedió gran importancia a la educación de la mujer en todos los niveles de la enseñanza, no como vía para liberarla del hombre, sino para hacer de ella una mejor compañera y lograr, entre ambos, una mayor armonía en el hogar. Además, una buena educación pon-dría a disposición de la mujer, las armas necesarias para encarar la soltería o la viudez, sin necesidad de acudir a la prostitución.

Con gran entusiasmo habló Martí de los grandes inventos del siglo XIX, señaló la contribución al bienestar y al  desarrollo social, y enjuició el lugar de la mujer en esta nueva sociedad industrial, canalizando los cambios a la luz de sus propias ideas.

La filosofía martiana de la educación, explica Jiménez: “Se basaba en el desarrollo de la inteligencia, la personalidad y las cualidades morales” (13). Como los krausistas, Martí abogaba por una educación integral, que capacitara al estudiante para vivir y ganar el sustento en este nuevo escenario.  Quería una educación científica y experimental, y proponía una significativa innovación:  la enseñanza práctica de la gimnasia como medio para mejorar la salud de las jóvenes, fortalecerlas y  alejarlas de la tuberculosis, azote del mundo en aquella época.

Tanto como a la educación defendió el derecho de la mujer al trabajo, en una sociedad prejuiciosa en la que la mujer no tenía otra alternativa que el matrimonio o el prostíbulo.  Defendía la equiparación del salario en ambos sexos, pero consideraba el trabajo únicamente para la mujer soltera, ya que la casada debía cuidar del hogar y de los hijos.  En este punto, Jiménez señala la bifurcación del pensamiento martiano en tradicionalista y moderno.  La autora opina que Martí: “exageró al pensar que la independencia económica llevaría el materialismo al matrimonio (14).

El criterio expresado por Martí en relación con la mujer estadounidense adoptó, también, dos tendencias diferentes, y mostró, otra vez, el influjo de la herencia cristiana y romántica.  Por un lado, criticaba a la mujer de Nueva York y de otras grandes ciudades, a la que consideraba frívola, vacía y dada al lujo. Según él, el materialismo de la sociedad en que vivía, la inducía a un matrimonio sin amor, con un hombre que buscaba en ella el placer, y en el que los hijos crecían de espaldas a los valores morales.  En cambio, alababa a la mujer de ciudades interiores como las de Nueva Inglaterra, de ascendencia puritana, de carácter templado, fiel al deber y celadora de la moral. Para él, era en esta mujer valiente y recia en la que se encontraba el porvenir de este país. Martí observó y analizó los nuevos movimientos feministas, defendió el derecho de la mujer al voto y reconoció y admiró a las luchadoras como Harriet Beecher Stowe quien, en su libro La Cabaña del Tío Tom, se pronunció en contra de la esclavitud del negro; y a Helen Hunt Jackson, autora de Ramona, novela de tema indio.

Martí comparó a la mujer americana con la cubana emigrada; resaltando la ternura, la abnegación y el patriotismo de la cubana, que trabajó junto a su esposo, para mantener en el destierro un hogar dig-no, al tiempo que laboraba, denodadamente, y sin reparar en sacrificios, por cooperar con la causa de la libertad de Cuba. Martí la admiró y con el alma la defendió en su artículo “Vindicación de Cuba”, publicado en The Evening Post, el 25 de marzo de 1889.

La Dra. Jiménez hace una emotiva comparación entre las exiliadas cubanas de ayer y de hoy, quienes han sabido encarar, con igual valentía, este futuro incierto, y salir adelante con la misma dignidad que las del pasado. Jiménez cierra el libro con un inteligente sumario de lo estudiado, en el cual nos ofrece una valiosa panorámica de las ideas de Martí sobre la mujer.  En ella señala que el Apóstol apoyó siempre los derechos y la posición de la mujer dentro de la sociedad y que, aunque la mujer moderna no representó su ideal, la aprobó y exaltó, considerándola al mismo nivel intelectual del hombre y capaz, por tanto, de estudiar y de trabajar como éste, pero quien, debido a su delicada naturaleza, debía recibir una educación y mantener una ocupación que estuviera en armonía con ésta.  El papel fundamental de la mujer era, para Martí, el de esposa y madre.

Creo, firmemente, que La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida, de la Dra. Onilda Jiménez, es además de un análisis vivo, honesto y objetivo de la concepción martiana de la mujer, una invaluable contribución a las letras cubanas de todos los tiempos.

***

N O T A S

1    Adalberto Alvarado.  El Pensamiento Martiano (Diccionario), Miami, Editorial Interamericana, Inc.,  1994,  pág.  221.

2      Octavio R. Costa.  Ser y esencia de Martí, Miami, Ediciones Universal, 2000,  pág. 238.

3      Onilda A. Jiménez.  La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida, Miami, Ediciones Universal, 1999,  pág.10.

4       Ibid.,  pág.  46.

5        Ibid.,  pág.  43.

6        Ibid.,  pág.  44.

7        Ibid.,  pág.  58.

8        Ibid.,  pág.  59.

9        Ibid.,  pág.  61.

10      Ibid.,  pág.  63.

11      Ibid.,  pág.  87.

12      José Martí: Obra poética (Comp.), La Moderna Poesía, Inc., prólogo de Lucila Marrero (Santo Domingo,  Ed. Corripio, 1983),  pág. 139.

13    Onilda A. Jiménez.  La mujer en Martí.  En su pensamiento, obra y vida, Miami, Ediciones Universal, 1999,  pág. 139.

14      Ibid.,  pág. 132.

B I B L I OG R A F Í A

1.     Alvarado, Adalberto.  El pensamiento martiano (Diccionario), Miami, Editorial Interamericana, Inc., 1994.

2      Costa, Octavio R.  Ser y esencia de Mart, Miami, Ediciones Universal, 2000.

3       Jiménez, Onilda A.  La mujer en Martí.  En su pensamiento, obra y vid, Miami, Ediciones Universal, 1999.

4       Jiménez, Onilda A.  Elementos tradicionales y modernos en el concepto martiano de la mujer, Círculo XXV, 1996.

5        Ripoll, Carlos.  Thoughts/ Pensamientos. A Bilingual Antology, Nueva York, Las Américas Publishing Co,  1980.

***

Herminia IbacetaHerminia Ibaceta (Madruga, La Habana, Cuba). Periodista, poeta y ensayista. Obtuvo su Doctorado en Pedagogía en la Universidad de la Habana, y un Master of Arts en el Teachers College de la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York. Ejerció como profesora de español y Chairman de los departamentos de español y educación bilingüe en el sistema escolar de la citada ciudad. Su trabajo poético forma parte de antologías nacionales e internacionales y ha recibido varios premios literarios dentro y fuera de Estados Unidos. Ha sido colaboradora del Diario las Américas, y participado con ensayos en varios congresos culturales, auspiciados por el Círculo de Cultura Panamericano, Capítulo de Miami, al cual pertenece. Es miembro del Club Cultural de Miami, Atenea, de la Federación de Maestros Retirados, del Colegio Nacional de Periodistas de la República de Cuba en el Exilio y de “The Cove Rincón Internacional”. Asimismo es Miembro de Número de la Academia Poética de Miami, Dr. Darío Espina P.; y Miembro de Honor de la Cuadratura del Círculo Poético Iberoamericano de Los Ángeles, California. Ha publicado siete poemarios: Canto a Cuba (1973); Ondas del eco (1983); El amor resucitado/amor y filosofía (1992); En pos del rumbo (1999); La incertidumbre de las hojas (2003); Sonetario cósmico de Herminia D. Ibaceta (2004, libro editado por el Frente de Afirmación Hispanista, A.C. México; y Mármoles sin retoño (2008).
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