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Ramiro Duarte: escape a la eternidad. In memoriam

Martes, julio 20, 2010
Por

Critica

This entry is part 16 of 18 in the series Numero 8, julio 2010

 

Crítica.

Por Manuel Gayol Mecías

 

 

 

 

 

 

 


¿Quién toca a mi puerta?
La memoria y el tiempo
la vida que se fuga
como si fuera el viento.

 

¿Quién toca a mi puerta?
La nada
el crujir de las hojas
y la vida que pasa.

Andrés Casanova:El tiempo conmigo”

Es verdad que para mí, Ramiro Duarte, su persona corpórea, física, pasó rápido por mi vida, quizás como el vuelo fugaz de una gaviota a la que vi alejarse hacia la aurora boreal del horizonte. Fue pocas veces que nos vimos y charlamos pero no toda la vida como yo hubiera querido que fuera, al igual que con el otro don Quijote que nunca nos faltaba, el Guille, nuestro Guillermo Vidal. Sin embargo, tanto Ramiro como Guillermo siempre estuvieron conmigo desde que nos conocimos.

Ocurrió un día de verano, hace muchos años, cuando nos encontramos en un evento literario en la ciudad oriental de Las Tunas, en Cuba, una tarde crepuscular en que recuerdo al Guille y a Ramiro conversando con otros escritores. En eso, ellos dos me miraron de frente; más que mirarme fue como si me hurgaran, de arriba abajo. Y yo, confieso, fui recíproco. En fin, nos contemplamos con una transparencia inexplicable. Y el uno y el otro me preguntaron: “¿Así que usted es Manuel Gayol Mecías, verdad?… Y yo: “¿Así que ustedes son los famosos Guillermo Vidal Ortiz y Ramiro Duarte Espinosa, no es así?”… Entonces rompimos a reír los tres, nos dimos la mano y acto seguido un abrazo, como si toda la vida nos hubiéramos conocido, y qué digo: “conocido” no, sino querido… En efecto, toda la vida nos hemos querido, aún sé que me aprecian desde el mundo invisible de la memoria, siempre nos dijimos hermanos.

En los tiempos en que ellos iban a La Habana nunca dejaban de pasar por mi casa: llegaban por la mañana y se iban por la noche; nos leíamos enormes parrafadas y nos intercambiábamos criterios, técnicas, chismes y mil temas literarios. De ahí que yo siempre recuerde a Ramiro filosofando, comparando las cosas más profundas de la vida con ocurrencias, con ideas de la naturaleza, con observaciones muy espirituales.

Aun cuando yo me fui de Cuba y no pude verlos más, en realidad, Ramiro y Guillermo nunca se fueron de mí —esto puede parecer refrito, pero es la verdad— aunque allá nos vimos varias veces y participamos juntos en conferencias, recitales o lecturas de cuentos, físicamente habíamos estado como desperdigados, y después que yo dejé la Isla, sólo el teléfono nos permitió saber el uno de los otros y viceversa, en alguna que otra vez. Pero es aquí el asunto: pensábamos con mucha afinidad y disfrutábamos la vida con la imaginación. Por eso me los traje conmigo. Y era eso: andábamos juntos en los caminos de la imaginación.

Ellos en mí forman parte inseparable de mi tribu de hermanos: el Guille WV, Orimar, Amirval, Zafi, Doribal y toda una gama de personajes estelarmente imaginarios que han mutado del mundo corporal a la ficción (y que no son menos reales, claro está); protagonistas de ámbar que me persiguen, juegan y sueñan conmigo. Ellos me ayudan a romper la frontera de este mundo, a veces cálido y hondo, pero también muchas veces distorsionado, empañado de soledad y odio, envidia y ambición de poder. Y entre tantos temas, que el mismo Ramiro en ocasiones hablaba conmigo, eran dos de ellos: el del poder y el odio a los demás, los que de vez en cuando discerníamos, y me acuerdo que imaginariamente me decía: “Los que odian, ambicionan y envidian son seres embarrados en lodo; nunca pasarán del barro a la carne, y menos al espíritu. Sus almas y egos están separados, no se encuentran sino para luchar entre sí; se devoran a sí mismos y terminan desapareciendo en la más obtusa soledad”.

Ramiro tenía una forma de hablar y gesticular muy peculiar; todo era como importante para él; parecía ser un profesor que te explicaba algo con la mejor de las lógicas. Pero de la lógica pasaba a una anécdota, de algo relacionado con el tema en cuestión, que casi siempre terminaba en lo fantástico, a veces en el apego a lo espiritual. Recuerdo que una vez me dijo: “Hay que leerse a Kardec” (en referencia al francés considerado el sistematizador del espiritismo). Para él era una ciencia, honda, remota, extremadamente imaginativa; era esa manera en que Dios siempre lo acercaba a uno a las cosas divinas; asimismo, podía ser el modo de darle importancia a la magia de la imaginación. Pero además era una intuición mistérica que él sentía. Y creía mucho en los sueños y en los símbolos.

Aun cuando tenía afinidades con el espíritu y nadaba en sus profundas aguas, en los temas que tocaba abundaba en una filosofía de la naturaleza humana; estaba convencido de cómo el ser es una confluencia de materia y espíritu, un plano complejo no sólo de la naturaleza del hombre, sino además y principalmente de la naturaleza de Dios; muy cercano quizás a las aspiraciones de Teilhard de Chardin, en su espiral hacia el punto Omega. De aquí que Ramiro cantara: Cuando hay extinción fatal, / el átomo no se esfuma, / la molécula se suma / a la rueda temporal: / hacia arriba —vertical—, / apunta una flecha alada, / propulsa en su llamarada, / al impulso de la altura / flameando en su donosura, / una espiral liberada. (Estrofa VI, de su poema “Como el fluir de la rueda”, en El óseo perfil de mi esqueleto)

Su prosa, en realidad, es puro verso. Fluye como una luz tenue, suave, de una ternura muy visual, como si fueran imágenes de un sueño que se posan leves en los sentidos (“… Dos corderos repiten el juego, y en la segunda ronda quedan atrapados en el aro, otro ostenta esa joya mansa que vuela en la sílaba de tu voz”.- De “Viñetas”).

En mucho, las cosas de Ramiro eran de un decir cálido y nostálgico, pero al mismo tiempo dan la firmeza de una validez humana incuestionable. Veamos un fragmento de su personaje poético llamado Fico Falcón:

Fico Falcón, tu adiós resulta innecesario, / venías rodando cuesta abajo / como piedra de rayo / nadie quiso hacer con tu cuerpo / una mampara, / ni una ronda de manos: / nadie tendió a los aires / un gesto comprensivo, / ni la uña del cuervo / salió de su escondrijo / para asir una fibra de tu cuerpo: / Fico Falcón: pobre harapiento, / expulsado por los siglos de los siglos / de la primera plana: / amén.

El humanismo de Ramiro se insertaba no sólo en lo que tocaba con su trato, su voz y su cariño para todo el mundo, que siempre lo traía a cuestas, sino que además el sentido de la naturaleza humana le surgía espontáneo en sus poemas (“… Dicen que venía cubierto, / de azul de mares profundos, / de los vientos errabundos / de granizadas arenas, / y echó el barco de sus venas, / sangre de todos los mundos”. – De su poema “Sangre de todos los mundos”).

Era imaginativamente intrigante y ocurrente para expresar sus cosas en clave. Una vez, en una carta que me escribió a La Habana me decía: “Ya sé que estás leyendo mi novela y que me vas a hacer sugerencias; … esa persona me lo dijo, que cuando te la pidió, le contestaste eso. Efectivamente, ni le entregues nada, ni hagas comentarios, pero aquí entre nosotros, me doy cuenta de que va a poner la novela —sin percatarse de nada— en manos de un fulano desconocido para uno. Mejor es coger un poco de calma, tal vez Guillermo salga o aparezca otra vía. Ya está comprobado que ese sultano es cacafuaca de foca con oso hormiguero”.

Este lenguaje nos creaba un mundo de misterio comunicacional que después nos ayudaba a la invención de alguna historia, y así poco a poco nuestras vidas se iban haciendo cómplices de los arcanos y de los secretos, en ese enlace hermético que a veces fluye en las palabras, cuando queríamos no correr el riesgo de los hervores en un contexto de curiosidades e incertidumbres existenciales, de ponzoñas, envidias y plagios como sucede a veces en el ámbito de los poetas y escritores.

Ramiro, como todo buen escritor, tenía fe en el futuro de sus obras. Pero estoy seguro de que le importaba —más que verlas en vida— escribirlas, crearlas, porque para él la literatura era una necesidad de su naturaleza: una constancia de su manera de respirar. El hecho de la creación literaria lo sentía como vida. Por eso sus temas eran universales, y lo local lo llevaba hacia una proyección espiritual de complacencia propia con sus lecturas y sus imaginaciones, así lo transformaba dándole vigencia y mundo.

Junto a todo esto, no estaría equivocado si dijera que escribía pensando en sus amigos, en entusiasmarnos, como siempre lo lograba; o quizás, lo hacía en algún momento para experimentar el placer de escribir sus poemas en la soledad de un bosque, como si fuera un pleno canto a la noche, a no dudar, bajo la luna llena de Curana, el barrio donde nació, en Las Tunas. En esto no descarto que en él existía un temperamento romántico (y digo: temperamento, no estilo, que podría ser otra cosa).

En realidad, quisiera hacer un trabajo extenso sobre mi querido Ramiro, pero correría el riesgo de quedar en el desahogo de la amistad y en el tedio de lo no literario; el accionar egoísta de que prime en mí el cariño por su honestidad humana y perseverancia creativa, y que mi verdadero reconocimiento literario a Ramiro me saliera entonces como una manera más de llenarme —a mí mismo— ese espacio vacío que he tenido con su muerte, y que ha sido el hecho de no poder verlo ni de hablar con él antes de irse ese 8 de junio pasado, día en que las puertas de la Imago se le abrieron a Ramiro. Pero no, termino aquí por el momento, en este breve espacio que me he dado para intentar recuperar el pedazo visible del Ramiro que me quedaba… En definitiva, con Ramiro Duarte y Guillermo Vidal siempre seré extenso, amplio, largo, eterno y volveré a crear sobre él, sobre ambos, porque como dije ya: todos habitan mi imaginación, y se encuentran meditando en el recinto de mi alma, sus afectos están incorporados a mis devociones interiores; sus espíritus, gracias a Dios y a ellos mismos, se encuentran en la dimensión de mis palabras.

Corona, California, 30 de junio de 2010

♦ ♦ ♦

La hora del proscrito

***

Aquí presentamos dos breves capítulos de La hora del proscrito, una novela inédita de Ramiro Duarte Espinosa, que ya estaba lista para publicarse a fines de 2009 y presentarse en la Feria del Libro de La Habana a principios de 2010. Pero fue censurada por la Seguridad del Estado cubana, por haber sido considerada, a última hora, como una obra “contrarrevolucionaria”. Después de que este manuscrito llegara a nuestras manos, Palabra Abierta tiene la enorme satisfacción —en aras de la libertad de expresión— de presentar esta primicia, en homenaje a su autor. Invitamos a los lectores a que valoren y juzguen estos escritos no sólo desde una perspectiva narrativa y estética, sino además desde el derecho inalienable e in aeternum a la creación sin ningún tipo de prohibición.

1
Tengo ganas de suicidarme ¿Quién me ha condenado a este suplicio: yo mismo, la vida, Satanás o Dios? La foto de Quintín Sobrado, el presidente, que abuela puso en mi cuarto, fue para mí un preludio fatal. Siempre
estuvo en la pared mirándome con la fría persistencia con que unos ojos;eternizados en una instantánea, nos colman de gracia, como los santos, o de maldiciones, como los demonios.

Quintín Sobrado, y mi abuelo combatieron juntos en la guerra del 95. Anoche probé con mi mujer y no pude. Ella no hizo ningún reproche. Se viró de lado y dijo que fuera al médico. Tengo tres días para tomar una
decisión; setenta y dos horas en que estaré solo porque ella se fue para el campo con el pretexto de la enfermedad de los viejos. Es verdad que ellos son una caja de achaques, pero sé que lo hizo para disiparse; en
otras ocasiones se despedía muy zalamera, me daba un beso y decía: en el refrigerador hay comida hecha: caliéntala…

Hoy apenas dijo: me voy, tiró la puerta, y sentí  sus pasos en la calle, alejándose. Así son las mujeres, uno se pasa la vida complaciéndolas, y nunca están conformes. Las mujeres te sacan el semen y el dinero,
coquetean con el gerente de la empresa en busca del mejor puesto de trabajo, inventan cualquier argucia para que les cojan lástima; promueven campañas feministas donde involucran a la primera dama de la nación; a
reinas, diputadas, y esposas de cuanto mecenas hay en el mundo. Para suicidarse hay que tener valor; un balazo en la cabeza desfigura el rostro, además, es una falta de consideración brindarle ese espectáculo a
familiares y amigos; más espantoso aún es velarle el sueño a la mujer y levantarse a media noche para colgarse de un árbol; una inocente planta que alguien sembró pensando en aprovechar su madera o su fruto y de ahora
en adelante será un árbol maldito…

Podrías entrometerte en el asunto y opinar, por ejemplo, que cuando ella regrese los vecinos habrán descubierto mi cadáver y el trauma será menor: que no haga de este incidente un suceso trágico porque, ¿a qué hombre no se le ha caído la verga alguna vez?…

A la muerte no hay que tenerle miedo, decía mi abuelo: uno sale para el trabajo y un toro lo embiste, un caballo la da una patada, o lo alcanza la bala que un policía le disparó a un ladrón; un guapo de barrio te clava un puñal a traición confundiéndote con su enemigo más encarnizado, el auto en que viajas choca con el de un individuo que viene manejando en estado de embriaguez, o simplemente un  dolor abdominal te lleva al cuerpo de
guardia de una Casa de Socorros. Los médicos diagnostican que tienes una peritonitis avanzada, en un santiamén el cirujano te convierte en objeto de experimentación, y a los tres días, en vez de la fiesta de cumpleaños
que tenías programada, ensayan la ceremonia de tu velatorio.

Pero las cosas no son tan simples; si a uno se le cae la verga con una mujer de ocasión es peor aún: estamos en un hotelucho barato, como  sentimos los gritos de la pareja de al lado, el trance se nos hace más
difícil, ellos gozando y uno sufriendo. La hembra que tenemos en la cama persiste en el intento y uno también porque sabe que esas oportunidades no se repiten: nos fatigamos ensayando las poses que aprendimos en los libros de sexología, pero ninguna da resultado… Si la mujer tiene cierta educación nos estimula diciendo que eso no tiene importancia: que toda mujer debe ser comprensiva con el amante, como ahora ella lo es con
nosotros. Mientras nos acaricia cuenta la historia de lo que le sucedió a alguna amiga, nos besa, y dice que el tiempo es largo y no debemos decepcionarnos por ningún percance transitorio: pero si es una tipa vulgar; de esas que no le interesa la relación humana, sino sentirse adentro la verga toda la noche, nos dice: ¡chico: La tienes más fría que un pedazo de carne cuando lleva una semana en el congelador!… Luego difunde la noticia entre sus amigas, a partir de entonces nos ocurrirá lo mismo que a los maricones de aldea, quienes, ante el rechazo de los demás, tienen que irse a las grandes ciudades, donde la gente es más liberal, y entiende que cada uno hace con su culo aquello que le da la gana.

En el mundo cada uno ostenta la gracia que Dios le ha dado; artistas hay que han tenido la suerte de nacer en París o Nueva York; otros, han venido al mundo en pueblos de campo, donde al caer la noche sólo se oyen cantar
los grillos y las ranas; donde cada cuatro o cinco años llega un circo con sus payasos y sus monos. Un comediante, abucheado en la capital, sienta aquí cátedra de gran actor, y los recogedores de basura se van de juerga
argumentando que las moscas también tienen derecho a jugar y alimentarse en los montículos de desechos que se acumulan en las calles.

Los que viven bien y son felices critican el suicidio porque les parece una cobardía. Es muy fácil censurar a los otros partiendo de nuestra manera de ver las cosas, o hacerlo desde arriba, como Quintín Sobrado, quien promulgaba leyes que el pueblo no acataba. El presidente ha tenido mucho que ver con mi tragedia. Con la mía y con la de mi país, decía mi abuela.

Mujeres hay que cada noche piden más en la cama; aunque su marido no pueda complacerla. Él es uno de esos hombres que se asoma por las persianas para ver cómo se desnudan las vecinas. Ellas se hacen las desentendidas. Sabiendo que un par de ojos las expían se cambian parsimoniosamente las prendas íntimas retardando el momento. De todo hay en la viña del Señor. No me vayas a tomar a priori por discípulo de Erasmo de Rotterdam. Ni por uno de esos iconoclastas que zahieren a todo el mundo, pero tienen el cuidado de ponerse a bien con Dios. Desconozco si él sabe que ando en estos apuros. Dios creó la vagina y el pene; la fibra para tejer la soga con que pienso suicidarme; la inteligencia para fabricar armas de juego que harían menos doloroso este trance. Sólo yo soy responsable de la decisión que tome, y confío en que él sabrá perdonarme.

Hay quien se suicida porque padece una enfermedad incurable, otros, porque se han quedado sin trabajo: mujeres hay que lo hacen por el desprecio de un don Juan que cuando se entera les manda una corona y ese mismo día se va de juerga con otra, como si nada hubiera pasado. Otros quieren librarse del cuerpo, ese fardo pesado, cargado de orificios, por donde engullimos y desaguamos; sujeto a mudanza y dolores, y con la incertidumbre de no saber en qué grieta de la tierra lo depositarán. Estoy como el que pende de una cuerda y tiene debajo un pozo sin fondo. La cuerda puede quebrarse en cualquier momento cediendo al llamado del abismo cuya oquedad y vacío sigue devorando almas como la mía.

2
A pesar de ser un día de febrero, había un ambiente primaveral. A prima hora los pájaros abandonaron su cama en los arbustos más frondosos. Salieron a buscar comida en compañía de otras aves con quienes iniciarían un romance. Me asomé por las persianas. Varios nubarrones se alzaban en el horizonte empañando el naciente Sol. Mi soledad de ese primer día se acentuaba con los recuerdos. De niño fui emocionalmente inestable; retraído y ensimismado. Mis compañeros de aula se percataron de eso y sufría las burlas de ellos. Eso me dificultó las relaciones con las hembras porque desde la adolescencia las  mujeres prefieren al tipo con avales de don Juan; extrovertido y seguro de sí mismo, que demuestre con intrepidez el vigor del sexo masculino.

¿Cómo puede un individúo común vivir al margen de las relaciones con el sexo opuesto, privándose de los placeres que el contacto provoca?… El solterón disipa sus penas en los bares; pasa largas horas en los parques
discutiendo un partido de fútbol, y cuando ingresa en el hospital las enfermeras le registran los calzoncillos y se dan cuenta de que no hay hembra en su casa. Sólo las mujeres saben acomodar los muebles, sacarle brillo a las ollas, perfumar las almohadas, limpiarle el trasero a los niños; aunque todas son algo casquivanas; se deslumbran con las alhajas que exhiben en las vidrieras, y se maquillan tanto para ir de paseo que parecen unas máscaras de carnaval. Ellas saben que un hombre solo no puede valerse, por eso cuando se ponen bravas apagan el fogón y se acuestan a oír radionovelas. Sobre este asunto se pueden escribir varios tomos, pero no tengo la intención de agotar tu paciencia.

Eso he sido: solterón, tímido, inadaptado a la vida matrimonial. Un tipo sin suerte con las mujeres. Mientras otros llevan un diario de sus aventuras amorosas, y a veces pierden la cuenta de las mujeres que han tenido, yo tuve que conformarme con una puta de ocasión, de esas que apenas uno comienza dicen: ¡Bájate, ya terminaste!, y si uno se demora lo tiran de la cama… De esos percances no escapan ni los turistas; muchos han muerto en la primera excursión al país que anhelaron visitar, o se han llevado una gran decepción porque la mulata que conocieron en la discoteca tenía la barriga fofa y varias cicatrices en el cuerpo. El extranjero le succionó las zonas bajas y encontró allí olores repulsivos. ¿Quién no ha sentido deseos de abandonar esta monótona y rutinaria existencia?… Sus acciones cotidianas: comer, dormir, levantarse; asearse la cara y los ojos, hacer
el amor y masturbarse: ir de paseo y regresar en el mismo tren o avión al mismo lugar, para ver las mismas caras, unos rostros que se repiten hasta el infinito.

En el mundo se suicidan alrededor de 1110 personas diariamente, y cientos de miles lo intentan, independientemente de la geografía, cultura, etnia, religión, posición económica: cualquier sujeto puede, en determinado
momento, sentir que la vida no tiene sentido para él…

¿Has acudido alguna vez al confesionario a decir: Padre, yo  pequé? El cura pregunta la naturaleza del desliz y uno queda desnudo ante él.

— Hijo, ¿qué hiciste?…

— Padre, yo era profesor en un preuniversitario: en el aula predominaban las hembras; unas adolescentes sensuales que estaban en la edad en que las palomas alzan el vuelo del nido. Mientras  explicaba  la materia, ellas me
miraban la portañuela; uno es hombre, Padre. Una de ellas me mandó una carta diciendo que le gustaba. A pesar de que soy tímido, tuve que actuar. La directora del centro se enteró, vinieron los padres, hubo juicios a
puerta cerrada donde intervinieron inspectores, jefes de cátedra, dirigentes del municipio, el Ministerio del Interior, y, sobre todo, la Contrainteligencia Militar, pues se decía que aquellas relaciones, las cuales se multiplicaban por día, eran instigadas desde el exterior por cerebros maquiavélicos al servicio de una potencia extranjera. En el juicio me sancionaron a seis meses. Ella confesó que me había provocado, y, compulsado por la vergüenza, intenté suicidarme.

— ¿Cómo?, preguntó algo nervioso el cura. Sus pequeños ojos, incisivos como cuchillo, me taladraron. Dime toda la verdad, dijo, apretándome las sienes con intenciones de purificar mi atolondrada cabeza.

— Con gasolina, pero estaba nervioso y no acerté a rayar el fósforo.

— ¡Hijo, has cometido un doble pecado!: usas en provecho propio tu influencia sobre los educandos, desfloras una virgen y, luego, incapaz de alcanzar un arrepentimiento cristiano, tratas de suicidarte…

—¡Óyeme bien! Voy a darte un consejo: Relájate los nervios, procura una temporada en la playa: ve al psiquiatra, busca la manera de entretenerte, pero, sobre todo, medita; o lee la Biblia, busca una sincera comunión con
Dios. Yo intercederé ante él para que te perdone…

El hombre que vive solo lleva la desolación por dentro, aunque tenga en su habitación tocadiscos y grabadoras, video caseteras; aunque vaya los domingos a las peleas de gallos, aplauda en los torneos de fútbol a su equipo predilecto, beba en los bares y se entretenga en los parques conversando con los amigos; ninguna compañía, ningún ruido, llena el vacío de una mujer.

Aborrezco las telenovelas, con eso te advierto que no voy a contarte un folletín truculento, cargado de lances artificiales, de esos que, cuando uno lleva un rato delante de la pantalla lo hace bostezar. Detesto el boxeo y las corridas de toros porque la esperanza de obtener dinero depende de la humillación de los vencidos: igualmente repudio las religiones que a nombre de Dios embargan el salario de los incautos, y las
novelas radiales por su carga melodramática en la que el narrador, sabiendo que la  radio es audición pura, modula el tono convirtiéndose en moderador de una situación dramática que, con la sola simulación de los actores, la intromisión de la música y los efectos de sonido, transmite un conflicto personal que en el in crescendo resulta desesperante. A pesar de eso, comprendo el apuro en que meten al actor cuando le asignan un nuevo papel. También he sido un poco artista. He compuesto versos, crónicas y enseñado literatura ¿Qué profesor de literatura no se identifica con un personaje que admira?… Los utileros, maquilladores, ingenieros de
sonido; aquellos que recitan poemas, tienen bibliotecas y galerías particulares, son también artistas. Son ellos, con su asistencia a los espectáculos, quienes hacen del galán o la diva ese príncipe o reyezuelo; esa zarina o ese cortesano engreído, que muchos han creído ser.

No tengo madera de reformador ni vocación de mártir. El mundo es como Dios lo hizo. Si hoy me cae una piedra en la cabeza mañana puede caerte un ladrillo a ti. Anoche fallé con mi mujer, pero es posible que hoy la tuya tenga que darte masajes en la próstata, hacerte cocimientos de jengibre, echarle más pimienta a la comida, pasarte una película porno para ver si tu miembro reacciona. ¿Quién sabe lo que realmente ocurre en el lecho matrimonial, quién conoce los gustos y costumbres de los amantes?… Voy al psiquiatra: el especialista, mientras me interroga, comienza a llenar mi hoja clínica:

— ¿Vives solo?

— Sí.

— ¿Has tenido pensamientos suicidas, o algún familiar tuyo murió de esa manera?

— Sí. Soy un ser depresivo y desesperanzado, con sentimientos de culpa, y delirios de diversas índole.

El psiquiatra me mira con insistencia antes de hacerme la última pregunta. Entre un cura y un especialista en enfermedades mentales hay mucha diferencia. El cura  aspira a regenerar al hombre auxiliado por una
voluntad suprema. El psiquiatra, con un campo más práctico y reducido, pretende descubrir los complejos mecanismos del cerebro. Al final de su vida el psiquiatra continúa desconcertado; tirando los  mismos cálculos y
aplicando las mismas encuestas del primer día que entró en la consulta. El cura, ahíto de repetir el mismo sermón, se le ha puesto ronca la voz, y decide retirarse a orar para sí mismo. Sabe que se  ha metido en un terreno inconmensurable, comprende que en el campo que pretendió roturar y sembrar, sólo pudo  tirar varios surcos y arrancar unas cuantas yerbas rastreras.

—¿Te masturbas con frecuencia?

—Sí.

—Cuando lo haces, ¿tienes algún pensamiento malsano?…

Ante aquella pregunta no supe qué responder. ¿Tenía delante al cura o al psiquiatra? Los razonamientos que le oí al galeno aumentaron mi incertidumbre. En la libertad del pensamiento caben los mayores pecados; como en el aire, disueltos en el polvo y la humedad de las galaxias, están, quizá, los gérmenes más dañinos. En el pensamiento, como no está limitado por fronteras espacio temporales o fueros visibles, se incuban los más nobles ideales o las más burdas pasiones. El deseo de ser solidarios, o el instinto de comer carne humana, incinerar a los niños, o andar desnudos por las calles. Presenciar un choque de trenes, o desear que los aerolitos se estrellen contra la tierra incendiando las grandes ciudades. Azuzar la guerra, o envenenar los ríos y mares para provocar una muerte colectiva…

Aquellas conclusiones, en boca de un profesional de la psiquis, me alarmaron. ¿Quién está más desequilibrado: el psiquiatra, el cura, o yo?, me pregunté. El psiquiatra, comprendiendo mis aprehensiones, y como para
tranquilizarme, cambió de semblante. Su voz se hizo más amable y comunicativa, y dándome una palmadita en el hombro dijo: hablando entre hombres, voy a ser sincero contigo: échate una mujer joven. En este  pueblo las hay que hasta a los muertos se les para con ellas. Búscala entre los escolares, aunque te veas en otro lance como ese que me has contado.

Durante el acto sexual no te cohíbas de nada. Lo importante es que los dos queden satisfechos. Eso que me cuentas es pasajero. No vayas a cometer la locura de atentar contra tu vida. Yo mismo, cuando estoy con los nervios alterados, no se me para. Valga que mi mujer es doctora y me comprende. Los propagandistas de una secta religiosa que estaba en boga, enterados de mis conflictos, trataron de captarme. Un predicador que dijo llamarse Domingo Planas vino a visitarme con esos fines. Su primer sermón fue inspirado, no me miró a los ojos, mientras conversaba estuvo todo el tiempo atisbando por las persianas un pedazo de cielo de donde parecía venirle la inspiración. La segunda vez que estuvo en mi casa lo hizo acompañado por tres predicadores que en distintos barrios ejercían aquel ministerio. Los otros examinaban los versículos de la Biblia más apropiados para mis tribulaciones, y él, con los ojos fijos en el cielo, se limitó a orar hasta que se sintió poseído por el Espíritu Santo. Entonces habló en una lengua que no entendí….

La primera vez que fui a una iglesia encontré allí tantas personas frustradas que regresé decepcionado. Pensar que en unos minutos recibimos la limpieza por los pecados de toda una vida, es una creencia demasiado ligera, me dije, y abandoné el recinto.

Al regresar a casa pensé en las orientaciones que me había dado el psiquiatra y en las reconvenciones de Domingo Planas. Al hablar del castigo divino, éste me describió los crematorios y urnas donde echan las cenizas de los incrédulos en el infierno. Un profundo pánico me embargó. Siempre tuve el temor de que buscando a Dios en las iglesias no consiguiera otra cosa que caer en las trampas de una comunión humana que al embargar tiempo, raciocinio y voluntad, convierten a uno en reo de sus veleidades y caprichos. Algo que Dios sería incapaz de hacer.

Las proposiciones del psiquiatra eran más razonables que las del cura. Aquel me habló de la vida eterna. Del alma detenida en un limbo donde reinan los justos esperando la llegada del Mesías. Las almas de las vírgenes y los niños. Del hombre caritativo y de los que viven al margen de cualquier pecado. El psiquiatra me aconsejó como el poeta profano egipcio:

Goza más de cuanto he gozado hasta ahora.
No hagas sufrir tu corazón por falta de placeres.
Sólo el placer, dijo, puede salvarte de la desesperación y
la muerte.

Dios tiene también sus cabronadas. Dudo tanto de él como del dicterio que satiriza las instituciones públicas. Antes de yo nacer al mundo andaba mal. Parte de la culpa es de Dios por haberlo hecho tan imperfecto; otra, de mis padres por haberme traído al mundo sin mi consentimiento. La noche que me concibieron no se acostaron pensando en mí, sino en darse gusto… Tenían deseos de hacer el amor, y lo hicieron sin prisa. ¿Se despertarían
al mismo tiempo, por la madrugada: cuál de los dos comenzó el juego?…

Hay noches en que uno sólo quiere dormir, pero la mujer nos tira una pierna encima y dice que tiene frío, incitándonos. Ese pudo ser el preámbulo de mi vida. Nueve meses más tarde asomé la cabeza y di el primer
grito, ese que horrorizado lanza un bebé sabiendo, instintivamente, que viene a purgar las penas del ángel caído. ¿Y qué culpa tengo yo de los pecados de Adán, ni de las insinuaciones de Eva?…

[Final del fragmento de La hora del proscrito]

♦ ♦ ♦

 

En torno al oficio de lector

Por Ramiro Duarte

Creo que me hice lector desde que era niño, en la escuela primaria, por condiciones estrictamente internas, porque en mi casa, ni en la de mis abuelos, había libros. Eran personas que sólo tenían la educación y la cultura que da el contacto con la naturaleza.

Me considero un lector empedernido porque necesito la lectura para vivir. No sólo de pan vive el hombre. Además, por una cuestión de oficio: para escribir hay que ser un buen lector. La lectura es lo que la musa necesita cuando, por hambre, entra en período de reposo. Como entre los humanos,

las acciones se encadenan, y todos trabajamos para todos; conmoverse es conmover. No puede existir un escritor sin lectores, lo mismo que nadie sembraría una caballería de maíz para comerse, él solo, los quintales que dé, hecho harina. Son los lectores comunes y los críticos, quienes alertan al escritor sobre los caminos que sigue, cómo debe tratar este o aquel asunto, lenguaje, tono, sensibilidad: trascendencia de su obra. Creo que una campaña masiva por la lectura puede dar buenos resultados porque la mercancía que no se anuncia y pregona no se vende. El libro es también, en manos del otro, una mercancía. Cervantes, Vargas Llosa o García Márquez, han tenido, tienen, millones de lectores. Escritores y lectores se forman, uno a otro, recíprocamente. Sin la cosa, nada viene al caso. Sin el caso, qué sería de la cosa.

Para convertirse en un buen lector, cualquier libro escolar puede ser muy bueno. Recuerdo con amor El nuevo lector cubano, de Carlos de la Torre y Huerta, cuando aún usaba pantalones de bombacho y me apasionaba por un juego de pelota; hoy sé que las lecturas y los conocimientos después de la edad de la inocencia se complican.

Ahora sé que son libros imprescindibles para convertirse en un buen lector: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, La Santa Biblia, Los cuentos de Grim, Las mil y una noches y Versos sencillos. Recomiendo estos, pueden ser también los otros, millares de ellos. Que lo digan los lectores, porque la lectura es una experiencia personal, es decir, una intercomunicación de ser humano a ser humano, cerebro a cerebro, vida a vida. Entonces, en esa interpenetración, se accede a la sabiduría: allí, sonriente, observándonos, está Dios.

15 de febrero de 2008

***

Ramiro Duarte

Ramiro Duarte Espinosa (Pozo Salado, Las Tunas, 1940 – 2010). Narrador, poeta y ensayista. Fue miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Obtuvo importantes premios y publicó varios libros de narrativa, ensayo y poesía. Obras suyas son: La noche del carrusel (novela); Elegía para Antonio Jiménez (poesía); Diálogo abierto (poesía); Tiempo de Fico Falcón (poesía); Por el ojo de la fiera (décimas y sonetos); Crónicas de ocasión (crónicas breves); La conjunción final (cuentos); Sobre el óseo perfil de mi esqueleto (poesía); Tiempo de los héroes (poesía); Digo la vida (poesía).

♦ ♦ ♦

Comentario del sobrino de Ramiro Duarte

Enviado por: Alexis Hechavarría Duarte
Fecha y hora: 12 Jun 10 06:37am


Soy sobrino de Ramiro Duarte. Me llamo Alexis Hechavarría Duarte. Vivo en Barcelona, España. Desde pequeño aprendí a admirar a mi tío, y a través de él, descubrí la poesía . Lo recuerdo siempre en el portal de su casa de Las Tunas, leyendo como a él le gustaba, descalzo y sin camisa. Allí podíamos pasar horas hablando sobre literatura, sobre los sueños y las revelaciones, sobre los espíritus, el tiempo y la familia.
Tenía una manera muy especial de hablar y de escribir. Era un hombre sencillo y bueno y le encantaba conversar. Cuando iba a casa de mis padres siempre traía un tema de conversación nuevo, y con su fino y original sentido del humor, hacía de la conversación inteligente, una fiesta.
Todo era sencillo y profundo en su diálogo. Era un verdadero filósofo. Su poesía y su prosa tienen un ritmo que enamora, una cadencia con sabor a “Pozo Salado”, su pueblo natal, y al rumor de todos los pájaros que cantan en la finca de mi abuelo Eduardo Duarte. Hay olor a camino polvoriento trillado por los guajiros de la zona, a las calles de Las Tunas con sus coches de caballos. Hay cubanía y la indudable huella de una vasta cultura universal, que él adquiría libro en mano a todas horas, buscando la verdad de la palabra y la razón de las ideas.
Yo sé que allá donde te encuentres, seguirás poniendo en versos las “Figuraciones de la Luz”.

♦ ♦ ♦

 

Manuel Gayol Mecías es el editor de Palabra Abierta.
Escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, y además fue miembro del Consejo de redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana. Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y también ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992. En el año 2004 ganó el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por “El otro sueño de Sísifo”.

Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California. Actualmente, reside en la ciudad de Corona, California. OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995).

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7 Responses to Ramiro Duarte: escape a la eternidad. In memoriam

  1. Apareció Palabra Abierta número 8 | hispanicLA.com on Martes, julio 20, 2010 at 10:28 PM

    [...] esas tristezas felices de la vida, Manuel Gayol propone un homenaje al amigo escritor, en su “Ramiro Duarte: escape a la eternidad. In memoriam”, que descubre la universalidad de ese creador mágico de Las Tunas, siempre entusiasmado por la [...]

  2. Mr Peace on Lunes, abril 4, 2011 at 1:07 PM

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  3. prianca on Lunes, abril 18, 2011 at 2:41 AM

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