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Seis reseñas de Llover sobre Mojado

Martes, julio 20, 2010
Por

Critica

This entry is part 13 of 18 in the series Numero 8, julio 2010

Crítica.

Por José Antonio Velasco…

 

 

 


 

 


 

El hombre duplicado

Autor: José Saramago

¿Qué pasaría si un día nos damos cuenta que no somos únicos en el mundo? Con esta premisa el nobel portugués desarrolla su trama. Tertuliano Máximo Afonso, profesor de historia, se sienta un día a ver una película sólo para darse cuenta de que uno de los extras es idéntico a él. El autor no habla de una persona que se parece a otra; él especifica que tienen el mismo timbre de voz, las mismas cicatrices, los pelos de la cabeza y de las manos, y hasta la misma fecha de nacimiento. A partir de ahí los dos idénticos se conocen sólo para comenzar a autodestruirse.

Saramago es un monstruo de la literatura. Con el tiempo perfeccionó su estilo hasta prácticamente liberarse de los puntos y los párrafos —usa estas puntuaciones, pero con mesura y como si fueran a acabársele—. A un lector que nunca le ha leído le tomará dos páginas habituarse; una vez entrado en el libro le será muy difícil soltarlo.

El hombre duplicado es también una lección de escritura. El portugués, haciendo de narrador, explica dentro del libro las tácticas que usa para construir su trama. Este tipo de riesgos son comunes en la literatura y por lo general terminan dañando el libro; pero Saramago es un maestro y usa el recurso con tal pericia que termina embelleciendo la obra.

Este libro es un viaje existencial, un discurso sobre lo que significa la identidad, su relación con el pasado, con los otros, y de cierta manera, con Dios. A cada página va generando preguntas que incomodan al lector. Saramago termina su libro con un final trágico y delicioso. No se va sin antes decirnos que nuestro valor como personas está directamente ligado a la manera como hemos afectado el mundo en que vivimos. Otra cuestión a pensar…

New York, Noviembre 22, 2009

***

El hacedor

Autor: Jorge Luis Borges

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche

Los libros de Borges son difíciles de reseñar por muchas razones; quien escribe este texto sólo dará dos: la primera, porque Borges escribía también reseñas y quienquiera que le haya leído comprenderá la inutilidad de la competencia; la segunda —que es tal vez una derivación de la primera—, porque sus escritos son abismos, espejos y laberintos, cosas muy difíciles de reseñar.

El hacedor es quizás el libro más íntimo del autor. En comparación con El Aleph y Ficciones hay que decir que no es ni mejor ni peor, sino el complemento que un buen fanático andaba buscando. Porque en estos dos libros el argentino se muestra inalcanzable, un ser que maneja las palabras como el mejor, uno que deslumbra con su elegancia, que juega con nosotros y al mismo tiempo nos engaña con un poco de tristeza. Pero en El hacedor, Borges revela su humanidad, un poco de su vida, de sus amigos y de alguien de quien él temía su veredicto.

El hacedor es una recopilación de poemas, historias y reflexiones. En “Las uñas”, el argentino reflexiona elegante sobre esta parte del cuerpo, en “Delia Elena San Marco” se despide de su amiga cuestionando la existencia humana y preguntándose si habrá “otro día”; en “La trama” nos enseña nuestra sempiterna naturaleza; en “La parábola del palacio” nos dibuja la grandeza de un poema; en “Everything and Nothing” nos dice que somos la última palabra:

La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: «Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo». La voz de Dios le contestó desde un torbellino: «Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie».

En este libro Borges menciona lo inminente e inevitablemente efímero de su ser. Trata de decirnos en algunas líneas que lo importante no es él, sino sus escritos. Y si quien tiene este libro entre sus manos, lee algunas de sus páginas y se imagina que no es Borges quien lo escribe, sino otro, un desconocido, entonces lo más seguro es que de su boca salga una sola e inmensa palabra: Gracias.

Paris, mayo 16, 2010

***

La educación sentimental

Autor: Gustave Flaubert

Flaubert se quejó de que su Educación sentimental no hubiese sido entendida. Y aunque en su época fue una de sus obras más criticadas, el tiempo y aquellos que la comprendieron, supieron reponerle la grandeza robada.

L’Éducation sentimental puede ser descrita simplemente como la historia de un joven al que la vida quiso tratarlo bien, pero él no se dejó. El gran escriba francés estructura su novela en tres partes: la primera empieza con nuestro héroe, Frédéric Moreau, llegando a París con sueños grandes, intelectuales y nobles, pero no por ello, imposibles. Los comparte con su amigo Deslauriers, quien a su vez fantasea con un gran futuro político.

En el transcurso de su llegada, Frédéric conoce a Madame Arnoux, mujer mayor que él y casada, de la cual se enamora perdidamente —con sólo verla y ayudarle a escapar de un tropezón— hasta el fin de sus días. Durante esta primera parte, el joven se hace amigo de su esposo y frecuenta el negocio donde ella aparece esporádicamente, convirtiéndose en la patética imagen del perro que vela por comida. Los lazos entre los dos personajes principales se estrechan, pero manifestándose más bien como una hermosa amistad que el joven mal interpreta a cada instante.

En la segunda parte Frédéric desarrolla otras características, siendo la inocencia —o la estupidez— la más aguda de todas. El tipo derrocha la ayuda financiera de su madre —quien tampoco es muy brillante—, y se ve obligado a volver junto a ella en un ambiente rural que nada tiene en comparación con la vida agitada y cosmopolita de Paris. Ahí conoce a otra de sus mujeres, Louise —en ese momento una simple niña—, hija del tipo que desvalija con prudencia a su progenitora. Debido a la ruina económica, Frédéric echa al olvido sus sueños y anhelos, hasta que la vida le regala una segunda oportunidad: un tío muere y le hereda una fortuna decente que podría garantizarle un buen comienzo. El joven inmediatamente regresa a París con la naturaleza juvenil más ferviente que nunca —es decir la irresponsabilidad—. En esta parte ocurren muchos otros eventos, incluyendo el encuentro con Rosanette, quien era la amante del señor Arnoux, y con quien empieza a competir por el amor de ésta. El duelo más ridículo de la historia tiene lugar.

La tercera parte tiene un desenlace encantador: en una especie de ciclo Frédéric y Deslauriers, después de sus múltiples fracasos, desilusiones y desengaños, terminan juntos hablando de la vida que pudo ser y no fue. Los otros detalles serán dejados al lector que quiera conocer esta gran obra.

Para quien escribe esta reseña, el final, difícilmente pudo ser mejor. Es aquí donde se puede apreciar la grandeza de la obra. Flaubert repitió hasta el cansancio que quería retratar su época. Fue más allá y dijo también que esa era su historia y que de todo lo que había escrito antes, esto era lo que había querido hacer —él había escrito una primera versión en 1845, pero la final, muy diferente, fue publicada en 1869—. El lector no va a enamorarse de Frédéric, seguramente habrá de considerarlo un idiota, pero en ningún momento dejará de cuestionarse —o reconocer— que pudo haber cometido la misma tontería. Con La educación sentimental, Flaubert, que no carecía de ironía, se pone él mismo en el banquillo, pero lo hace encarnando su mundo, sus amigos, su sociedad; lo hace, de alguna manera, remplazándonos a todos. Hace una semana, un buen amigo preguntó que tal era el libro. La respuesta fue que aunque en pocas ocasiones había leído un libro con tantas ridiculeces, la obra estaba lejos de ser ridícula.

—Como la vida —dijo él.

—Sí —le respondí—, como la vida…

Paris, marzo 24, 2010

***

Los impacientes

Autor: Gonzalo Garcés

A los quince años y a los ochenta un hombre puede, acaso, recrearse como un sólido y rechoncho dios ante la desintegración de la psique humana; a los veinte, es él mismo quien se desintegra.

Con un amigo llegamos a la conclusión de que la diferencia entre los veinte y los treinta, es que a los veinte uno cree que se las sabe todas y a los treinta uno reconoce con tristeza y desconcierto que no sabe nada. El libro de Gonzalo Garcés toca más o menos esta conclusión. Él ganó con Los impacientes el premio Biblioteca Breve del año 2000, un premio bien merecido. El autor argentino nos cuenta la historia de tres jóvenes de veinte años en un momento en que ellos piensan “con decisión”. Objetivamente, esta frase adjetiva es sólo cierto para dos de ellos. Los tres sufren, eso sí y como acertadamente lo llama Garcés, de impaciencia, esa impaciencia y esa “ventiañez” que ayuda a darnos la ilusión de ser verdaderos sabios.

El libro es sólido, tiene densidad y la educación filosófica del autor se nota hasta el final. El lector no ha pasado de las primeras veinte páginas y se da cuenta de que tiene en sus manos un libro existencial trabajado, añejado, como los buenos vinos. El reto que el autor se ha puesto no es sencillo: en el libro, los tres personajes narran. Ellos cuentan lo que piensan, dialogan, se interrumpen, y de vez en cuando el omnisciente entra para aclarar algunas cosas. La obra de todas maneras fluye, intriga, hace pensar y nos recuerda esas épocas en las que, en la vida y como un insecto, se flota con desespero.

Garcés creó una obra que, como un río, tiene partes hondas y lentas, otras rápidas y divertidas. Un río en el que vale la pena nadar.

Paris, mayo 31, 2010

Thomas el impostor

Autor: Jean Cocteau

Guillaume admiraba la valentía de Clémence de Bormes, quien a su vez admiraba la suya. La valentía de Guillaume era infantil, la de la princesa, inconsciente

En 1923, el escritor francés Jean Cocteau publicó Thomas L’imposteur, obra fruto de sus experiencias durante la Primera Guerra Mundial en la que trabajó para la Cruz Roja conduciendo ambulancias.

La trama de la novela gira alrededor de dos personajes —la princesa Madame de Bormes y Guillaume Thomas de Fontenoy— usando como escenario los campos ya destrozados por las batallas. El francés describe los pueblos, los lugares donde yacían los heridos, los sucesos normales de una guerra. Y es en esos sucesos normales donde Cocteau practica lo que dijo alguna vez de sí mismo: yo soy una mentira que siempre dice la verdad.

Por un lado, Guillaume Thomas, más por comodidad que por malicia, inventa ser sobrino de un militar de alto rango con el mismo apellido. Esta mentira, la cual le da el título al libro, le abre puertas y lo lleva al lado de Madame de Bormes, una persona que quiere ser alguien sin si quiera saber qué es lo que quiere ser. Esa farsa que comienza sin tener motivación, que genera más mentiras y más insensateces, se confunde con la guerra misma, acarreando resultados funestos para los dos personajes.

Max Jacob dijo de Cocteau que había comprendido su tiempo al mismo tiempo que lo creaba. El lector se preguntará qué es lo que Cocteau, según Jacob, comprendió. En su novela él nos responde que comprendió que no hay nada mágico en los sucesos de la vida —mucho menos en la guerra—, que los seres que conforman la historia son simples, a veces idiotas, y que esa es también parte de la materia prima de la existencia. Con Thomas y Madame de Bormes nos muestra que el mundo está lleno de inocentes que hacen crueldades, de impostores y de frívolos; al mismo tiempo está lleno de gente a la que sí le duele, de víctimas que sólo necesitan un poco de tiempo para volverse victimarias.

El mayor alemán tenía una trinche y una linterna. Uno no podía distinguir los heridos en la sombra. Él escarbaba con su trinche. Era su sistema de clasificación. Los más vivos gritaban más fuerte. Él entonces le daba la ficha al dentista. Esos heridos se sacaban del barro y se dejaban en los corredores.

En la novela está Roy, quien piensa que mató a su amigo por haberle iluminado la cara con una linterna en el momento justo en que una bala en la frente le mostraba la muerte. Minutos después ya Guillaume trataba de alegrarle. Están los enfermos, los heridos a los que un cura les abría las quijadas con un cuchillo para darles la ostia, aquellos a quienes Madame de Bormes les parece una ilusión, alguien de otro mundo.

La obra de Cocteau toma como telón de fondo la guerra, ese escenario que él vivió. Sin embargo leyendo la novela en tiempos de “paz” la sentimos actual. Porque Cocteau también comprendió eso: que el hombre, por dentro, siempre está batallando, tratando de ser algo sin saber qué ni por qué.

El maestro y Margarita

Autor: Mikhaïl Bulgakov

Nada puede preparar al lector para lo que vivirá en las páginas de este libro. Definitivamente, uno que hay que leer. Primer capítulo: dos hombres discuten al lado de un estanque la existencia de Jesucristo. Un forastero se acerca y les asegura que Él sí existió pues él mismo vio cuando murió. Los dos hombres miran al extranjero —claro—, como a un demente. El extraño hombre les muestra otro hombre a lo lejos en una túnica. Segundo capítulo: El hombre de la túnica era Poncio Pilatos, y los dos hombres prácticamente viven la charla del procurador de Jerusalén con Jesucristo. Tercer capítulo: el extranjero pronostica la muerte por decapitación de uno de los interlocutores. Efectivamente, el hombre minutos más tarde, pierde la cabeza en las condiciones descritas por el foráneo. El foráneo, valga la pena —o tal vez sobra decirlo—, es Satanás. Si usted, querido lector, estaba buscando un libro que lo deje boquiabierto y no lo suelte, lo ha encontrado.

La prosa de Bulgakov es magistral. La obra —fuertemente influenciada por el Fausto, de Goethe— fue trabajada por cerca de doce años y fue terminada no por la voluntad de su autor, sino por su muerte. Su esposa, con quien había trabajado en ella durante todos esos años, la terminó por él. Y el trabajo se le nota. Es una obra que pese a un gran despliegue de imaginación, consigue ser satírica, tierna, convincente, y más que nada —y quizás lo más interesante de la novela— intensamente personal.

Con el personaje del Maestro, Bulgakov nos cuenta sus propios retos literarios, cuenta como quemó su primera versión de ésta novela, la manera en que los editores lo rechazaron, y como lo consumió su propia obra. La novela tiene un final feliz que el ruso no alcanzó a disfrutar. Él nunca supo que su obra sería considerada una de las mejores novelas del siglo pasado.

Con el pasar de las páginas el interés del comienzo del libro no decae. El ruso continúa presentando a los amigos de Satanás: un gato que habla y un hombre con un colmillo gigante; narra una presentación teatral del diablo en la que éste anuncia que va a mostrar los secretos de la magia negra y termina exponiendo al público y a la ciudad las peores debilidades humanas; convierte a dos mujeres en brujas que se pasean desnudas —¡y felices!— en sus escobas bajo el cielo de Moscú. Intercalado con la historia del diablo, del Maestro y Margarita, Bulgagov nos cuenta su versión de las últimas horas de Jesucristo y lo que siguió a Poncio Pilatos —ésta es la obra del Maestro—. Las dos historias son altamente logradas y terminamos sintiendo simpatía por ambos, el diablo y el procurador de Jerusalén.

Como ya se dijo, el final del libro es feliz. Nos queda en la cabeza la pregunta del porqué el diablo actuó de tan buena manera. Al final una conversación entre él y el apóstol Mateo nos deja saber el pensamiento del autor:

El tono en el que tú hablas parece decir que rechazas las sombras tanto como el mal. Ten la bondad de reflexionar sobre las siguientes cuestiones: ¿para qué serviría tu bien, si el mal no existiese? Y ¿a qué se parecería la tierra si borráramos de ella las sombras? ¿Es que las sombras no son productos de los objetos y los hombres?

Junio 23, 2010

Todas las reseñas son tomadas del blog Llover sobre mojado.

***

José Antonio Velasco nació en Cali, Colombia, en 1978.  A los diecinueve años emigró a los Estados Unidos, donde completó sus estudios en ingeniería y trabajó —como todo el mundo— para ganarse la vida.  Años más tarde, el vicio de la lectura y las ganas de escribir hicieron que siguiera estudios de literatura y periodismo. Ha escrito cuentos, una novela pequeña y artículos de periodismo para varias revistas.  Vivió en Nueva York por tres años, donde siguió su doble vida de literato e ingeniero. Hoy hace lo mismo, pero en Paris, y publica su blog Llover sobre mojado.com.

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2 Responses to Seis reseñas de Llover sobre Mojado

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