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Tres libras de psicología

Jueves, diciembre 15, 2011
Por

Crítica.

Por Carmen Alea  Lastra…

 

Quê es la psicología

Quê es la psicología

 

En la firma donde me empleo, tuve  la oportunidad de conocer a un talentoso escritor cubano, que tenía relaciones comerciales con la casa. El personaje en referencia fue ese día a cancelar cierta operación, que precisamente me había sido confiada, por cuyo motivo él tenía imprescindiblemente que tratar todos los pormenores de su negocio conmigo, a lo que se opuso resueltamente apenas se lo comuniqué, aludiendo bastante apenado, que deploraba tratar de intereses con las damas, pues su caballerosidad se lo impedía. “Dirá usted, señorita, que estoy chapado a la antigua —me explicó—, pero yo sólo concibo a la mujer, tal como la inmortalizaran los poetas de antaño. La mujer se hizo para el amor, para el arte, para todo lo hermoso y sutil de la vida. Yo puedo hablar con usted de música, pintura, poesía; de flores, de cualquier cosa bonita, pero no de negocios. No sé por qué —continuó— la mujer se ha empeñado en ser comerciante, abogado, político. Siquiera sus actividades no la apartaran de todas esas sutilezas que la mujer de ayer sabía usar con tal gracia, que uno no podía menos que desear tenerla eternamente a su lado, porque ella significaba el remanso, la alegría y dulzura de vivir. Pero la mujer moderna está olvidando su verdadero lugar, lamentablemente para la sociedad….”.

De más está decirles que mi interlocutor se marchó sin resolver el particular que allí le llevara, y que volvió varias veces más, sin tener la suerte de encontrar al dueño de la empresa,  por lo que al cabo de tres semanas, tal vez ya convencido de que perdía el tiempo, no tuvo más remedio que aceptar mi intervención en el asunto.

Por mi parte, y para tratar de calmar un tanto el agobio que tal solución le causaba —creo que fue un poco exagerado— , le expresé mi comprensión acerca de sus conceptos.

Fue, como deben ustedes suponer, una charla interesante y gratísima, cuya agradable impresión el tiempo no ha podido borrar de mi corazón de mujer, en plena solidaridad con la defensa de la Belleza en todos los aspectos de la existencia.

Precisamente he recordado esta anécdota de mi vida, porque el otro día presencié, en una librería, una escena que el señor antes mencionado, no habría soportado  en silencio sin demostrar  su desacuerdo.  Fueron sus protagonistas, una señora, como de 40 años más o menos y una jovencita de 14 ó 15 años. La señora, a todas luces se observaba, no quería entrar y discutían ambas la decisión. Por fin venció el interés de la adolescente en adquirir un libro, pues quería algo para leer durante las vacaciones, según le oí decir.

Inmediatamente que la señora y la muchacha entraron, se les acercó una amable empleada para ofrecerles su atención, y la niña, como quien lo tiene pensado de antemano, preguntó si tenían las Rimas de Bécquer. Palabra que yo no había vuelto el rostro para mirar a la señora, si su voz no me hubiese obligado. Saltó como movida por un resorte, para decir a la criatura: “¡Eso no fue lo que me dijiste que ibas a comprar! “. La muchachita, con voz entrecortada, repuso que, efectivamente, no era lo que deseaba comprar, pero que la profesora de español, conociendo su vocación poética, le había recomendado leer versos y, entre ellos, estaban los de Bécquer. Tras esa explicación y delante de la empleada, la madre se negó a comprar el pequeño tomo, que apenas costaba unos centavos, diciendo entre otras cosas, que “en esta época ya no se usaba leer versos; que la poesía era cosa de niñas cursis y románticas; que eso no conducía a nada, y que era más práctico leer libros de psicología, “pues es lo que está de moda, lo que da dinero”.

La muchachita, un poco amoscada, se alejó hacia un estante cercano, mientras la madre seguía informando a la empleada que su hija, en lugar de aprender  cosas útiles, sentía pasión por la música, que le gustaban los versos y que leía cuanto libro le caía a la mano, especialmente novelas. Total, que la consideraba una tonta completa.

No pude marcharme de allí. Me dolió aquella manifestación perfilada de ira contra el arte, y, ¿por qué no decirlo?, contra el alma tierna de la muchachita. Pensé en los momentos de amargura que le aguardaban al lado de un espíritu tan poco comprensivo, si pensaría en tan delicadas aficiones.

Antes era natural que toda mujer guardara bajo su almohada, junto al Devocionario y el rosario, un tomo de versos, que eran perfume, luz y rocío espiritual para su corazón. Hoy eso no es así; preferimos las lecturas morbosas, aun cuando éstas afectan nuestra sensibilidad y ensombrecen nuestro jardín interior.

“Que lea mucha psicología…”.

No quiero ni puedo olvidar la actitud de aquella señora. Por cada una de sus palabras, yo diré, cien, mil más. Porque apenas dijo nada, pero en pocas frases negó la belleza y sentí que sus palabras negaban a Dios también.

Es bueno que se preocupe de las lecturas de su hija, lo cual es deber de toda madre inteligente, y en este caso, sería a ella, a quien yo habría regalado un libro de psicología, para que aprenda a orientarla sin lastimar tan puro corazón.

¿Por qué desestimar la poesía? El arte presupone el vencimiento de la materia. El poeta, con el corazón abierto a la más sencilla y recóndita manifestación de Belleza, recoge el misterioso guiño de las estrellas en la noche, descubre el suspiro que lanza la violeta, se acerca infinitamente a Dios y recibe su bendición en la contemplación del paisaje, cuya impresión nos regala después, porque esa es su misión: ver, comprender y dar al mundo, a las almas ciegas, el mensaje de luz que lleva dentro de sí, y que ellas fueron incapaces de captar.

Soy moderna; acepto que uno debe marchar al compás de la época que le toca vivir, pero ello no quiere decir exactamente, que debemos permitir que nos arrastre la corriente de la vida, sobre todo, si ella carece de valores espirituales.

Pienso en aquella señora y en la niña, y comprendo el interés de la última. Cuando se tienen 14 años, casi acabamos de nacer por nues­tra inocencia. La fe se mantiene viva, ardiente, poderosa en el corazón sin mácula. Se busca, se anhela la belleza en todas partes. Vemos la vida bajo el tono feliz de nuestra pureza espiritual, porque aún no hemos avistado la entraña del dolor, y entonces, para qué apresurar su encuentro.

Por otra parte, creo que la señora hace muy bien en desear que su niña estudie algo práctico, que represente en el futuro su estabilidad económica. Por lo menos, algo que le permita una vida decorosa. Pero no es adecuado el método que usa para convencer a su hija de que la Psicología paga buenos dividendos; reconocemos el auge que  ha tornado esta materia, pero esto no implica que por fuerza nos veamos obligados a ser psicólogos, ya que aparte de los estudios que el verdadero conocimiento de ella requiere, hay que tener cierta aptitud, es decir, una disposición natural, para cuestión tan compleja como es el profundizar en el alma humana.

Tal vez la señora de mi preocupación piense que con dos o tres manualitos prácticos, de esos que se compran en los puestos de revistas por un par de monedas, ya estamos listos para ofrecernos a resolver los problemas de la humanidad, y lo peor de todo es que, con idénticos conceptos, hay muchas gentes por ahí, tomándoles el pelo a los incautos y haciendo dinero, como si la psicología, amigos lectores, pudiera comprarse por libras, según la necesidad de cada individuo, con la misma facilidad que se compran tres libras de frijoles en la tienda de víveres.

 

Carmen Alea Paz (La Habana, Cuba). Narradora y poetisa, traductora, conferencista y profesora de idiomas. Cuenta con una maestría en lengua y literatura española e hispanoamericana. Ha sido profesora de español y literatura de la Universidad de Northridge. Ha recibido premios y menciones tanto en Cuba como en Estados Unidos. Cuentos, artículos y ensayos suyos aparecían con frecuencia en importantes revistas y diarios cubanos de la década de 1950, tales como Lux, Carteles, Vanidades, Colorama, Patria, Bazar, así como en los periódicos Avance, El País, El Mundo y Diario de la Marina. Su sección “Disquisiciones femeninas”, que publicaba el semanario dominical El País Gráfico tuvo una gran aceptación de lectores en aquellos tiempos. Asimismo fue colaboradora oficial de la popular revista habanera Romances. Ha publicado varios libros, entre ellos, El caracol y el tiempo (Poesía, 1992); El veranito de María Isabel y cuentos para insomnes rebeldes (Novela y cuento, Miami, Editorial Ponce de León, 1996); Labios sellados (Novela, Premio Internacional “Alberto Gutiérrez de la Solana”, del Círculo de Cultura Panamericano 1999, 2001); Casino azul (Novela, Universidad Autónoma de Baja California Sur, 2004); y más recientemente Risas, confeti y serpentinas, una historia familiar. Reside en la ciudad de Northridge, California.

©Carmen Alea Paz. All Rights Reserved

 

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