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Acto de piedad

Lunes, octubre 12, 2009
Por

Relato

This entry is part 13 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

Mi generalYo estaba saliendo de los veintes y él era un generalote de división entrado en los sesentas. Cuando hablé a su oficina para pedir la entrevista, la secretaria me dijo: “¿Para cuándo quiere la cita con mi general?”. “Mi general” era una frase que yo sólo había escuchado cuando la gente, con profundo respeto, se refería a mi general Emiliano Zapata, el caudillo de la Revolución Mexicana; pero en la puerta del siglo XXI, un generalote nada tenía que hacer en la escena pública mexicana, pensé; menos en la política. Y menos debería esperar que la gente le rinda pleitesía llamándole “mi general”. Pedí la cita para un miércoles; el general me recibiría en su casa.

Venido de una tradición militar rígida, el general era de cuna humilde y carácter recio. Vivía en una zona al norte de la ciudad de México donde las calles hacen referencia a lomas, montes y sierras; particularmente la calle de su casa estaba en una cuesta empinada adonde mi carrito de transmission manual llegó con trabajo mientras yo me acababa el clutch. Cuando agarré la grabadora y bajé del auto, me sentí un poco intimidada: era la primera vez en la vida que entrevistaba a un militar.

El general era todo un caballero. Por alguna razón me lo imaginaba vestido de traje, como tantas veces lo vi en el Senado mexicano: una figura no muy alta, ligeramente regordeta, pero cuidada; cabello cano, piel morena, mirada dura, sonrisa franca. Quien me recibió fue un hombre de atuendo casual, con una súbita suavidad en los ojos y todo el tiempo del mundo para platicar. De pronto me di cuenta de que esta entrevista la había esperado él con más ganas que yo.

Se sentó en un sillón y me señaló otro. Alguien me ofreció algo de beber y nos quedamos solos, en medio de su casa enorme, llena de tapetes, de tapices, forrada de madera en pisos y paredes. Un ataúd, fue lo primero que se me vino a la mente.

En medio de la penumbra, hablamos. Había nacido y se había convertido en hombre en esa época en la que los presidentes de mi país también eran generales; el más célebre, tal vez, el general Lázaro Cárdenas. Mi entrevistado ingresó en las Fuerzas Armadas un poco por vocación y un poco por supervivencia, pero siempre con ese amor a la patria sacado del Himno Nacional que ahora no se ve ni en las tareas de los niños. Su ascenso en la milicia se dio en paralelo con las buenas relaciones que estableció con los cacicazgos de su estado natal Nayarit. Cuántos secretos no les sabría él a ellos, y cuántos ellos a él. Tantos, que al pasar los años y retirarse del Ejército con el pecho forrado de medallas, su partido, el PRI, le dio una curul.

Con este bagaje, me interesaba su opinión. Vicente Fox, un presidente ranchero, salido de las filas de la derecha, religioso y hablador, acababa de llegar al gobierno y era el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Para un militar formado en el laicismo, en la política de carrera, en la cultura del esfuerzo, en la disciplina y el rigor, ¿qué representaría un presidente campechano, inculto, despectivo, aferrado a vírgenes y crucifijos al ponerse la banda presidencial?

El general sonrió en silencio. Fue cuidadoso con sus palabras. No elogió, pero no desdeñó. En su mirada se veía la nostalgia por los tiempos idos, las glorias efímeras que había depositado en un banco, cuyo capital en nada valía para quien ahora estaba al mando. La apuesta de una vida, el tragarse favores y sangre, el endurecer el corazón y ejercitar el cinismo, para acabar siendo la oposición, la minoría, para recibir un cargo de papel. Lo empecé a ver más chiquito cada vez.

Por más de una hora el general habló y habló. Desdeñó, eso sí, la falta de respeto a los símbolos patrios. Con una honestidad que me desarmó, me dijo que el Ejército Mexicano no sirve más que para rescatar gente cuando hay inundaciones. Me dijo que las armas de las Fuerzas “Armadas” no sirven ni para enfrentar a los ejércitos que hay en casa. Me dijo que los jóvenes no aceptan ser reclutados por vocación, sino por hambre. “Hemos recogido muchachos en Oaxaca que entran al Ejército para ponerse unas botas por primera vez. Así es como estamos”.

Yo ya tenía mi respuesta pero él seguía hablando, más para él que para mí. Por una única vez en la vida pude sentir la pequeña tragedia del dinosaurio en la agonía. Un conato de compasión me llevó a hacer dos preguntas más; después utilicé el tráfico y el sur de la ciudad como coartada para escapar. Sus ojos tristones no combinaban con la sonrisa forzada con la que me acompañó a la puerta; estrechó mi mano, y me dijo con sinceridad que había sido un gusto platicar conmigo. En un acto de piedad disfrazado de empatía, me escuché decir: “Igualmente, mi general”.

Supe que el general murió el 21 de octubre de 2004.

eileen-truaxEileen Truax nació en la hermosa Ciudad de México. Es periodista y bloguera, pero sobre todo chilanga hasta el tuétano. Aprendió a leer a los tres años y después a escribir; lleva toda la vida atrapada en ello. Ha sido reportera de temas políticos y sociales en los dos lados del Río Bravo. Metiche sin remedio, viviendo en México fue a ver qué había del otro lado de la barda y decidió quedarse un rato en Los Ángeles. En esta ciudad es reportera del diario La Opinión y sortea la crisis para mantener con vida a su pequeña productora de documentales, Malaespina Producciones. Es colaboradora del blog “Migrantes”, en el diario mexicano El Universal, y forma parte de un grupo de periodistas en 11 países que publican el blog Mundo Abierto. Eileen es amante de las letras y de los tacos al pastor. Por cierto, aún no encuentra en Los Ángeles unos como le gustan; se aceptan recomendaciones.

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0 Responses to Acto de piedad

  1. Lilian on Martes, octubre 13, 2009 at 8:57 AM

    Me encanta este escrito sobre el general.
    Saludos,
    Lilian

  2. Eileen Truax on Miércoles, octubre 14, 2009 at 2:33 AM

    Estimada Lilián, mil gracias por la visita y por el comentario.
    Saludos,

    Eileen.

  3. Victor Alonso on Viernes, noviembre 13, 2009 at 11:47 PM

    El general no tiene quien le escriba.
    Glorias pasadas; melancolías del presente.
    No sé pero no pude evitar establecer una
    analogía -quizás por el tono nostálgico
    del relato- entre el Méjico del general y
    el actual. Si existe tal relación entonces
    el general murió de tristeza un 21 de octubre.

  4. [...] This post was mentioned on Twitter by Gabriel Lerner. Gabriel Lerner said: De Palabra Abierta: : Acto de piedad – Yo estaba saliendo de los veintes y él era un generalote de división entrado… http://is.gd/bNn5m [...]

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