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De nuevo el guiño de la luna

Lunes, mayo 30, 2011
Por
This entry is part 5 of 15 in the series Edición Especial En El Reino de Eros

Relato.

Por Rosa Marina González-Quevedo…

 

Sin camisa, aún medio mojado y con la toalla tirada sobre el cuello salía del dormitorio y entraba en la cocina. Ella preparaba no sé qué cosa de comer. Él abría la nevera, cogía una lata de cerveza, la abría. Caminaba hasta llegar a su encuentro, la tomaba por la cintura. Ella no dejaba lo que estaba haciendo, pero volvía el rostro y le sonreía. En fin, que tras mi ventana se escondían cada una de mis noches de espera por un nuevo guiño de la luna que no llegaba. Porque la luna salía, pero no para mí, sino para irse a putear con el gato que la esperaba sobre el muro del patio. Un gato, si lo miramos bien, tiene cara de hombre, con esos bigotones y esos ojos libidinosos, grandes y excitantes. Yo, por si acaso, dejaba la ventana abierta a ver si uno de los dos entraba: o el gato, o Diego. O Diego, o el gato.

Él era mi vecino, el marido de la mujer que cocinaba y sonreía. Y por su culpa ya no me quedaban hojas blancas por llenar con aquellos dibujitos adolescentes que mi madre llamaba “obscenos”; parejitas que se tocaban en las partes íntimas, él a ella sobre todo. Decía mi madre que lo de los dibujitos y lo de espiar a mi vecino sin camisa era que estaba por llegarme la regla. Que a lo mejor me dolería un poco el bajovientre el primer día; ella solamente querría asustarme, claro está. Sucede a todas las madres con sus hijas. Sobreprotección ante el cambio inevitable y tendencia a construir una tela de araña. Y yo me miraba en el espejo y esperaba con un programa muy bien organizado: al momento de menstruar, me enfermaría y me metería en la cama, como si tuviera fiebre. Lo único que sentía era que, a lo mejor, en esos días no podría espiar a Diego desde mi ventana. Pero esa especie de enfermedad a la que llamaban “regla” me convertirá en una mujer grande y podría entonces sonsacarlo con mis encantos e invitarlo a hacer el amor, como en las películas de medianoche. Y es que Diego me gustaba en manera exagerada. Era mucho más grande que yo, pero más joven que mis padres. De una generación intermedia, más o menos.

Todo comenzó aquella tarde en la que llegó la carta y fuimos a ver la escuela nueva. No sabíamos que él trabajaba allí. De todas formas, el cambio de escuela sería siempre a mi favor. Es que donde estudiaba antes las otras niñas me llamaban “lagarto” porque era larga y flaca y feíta también, claro que no mucho más que otras que conocía. Pero yo estaba acomplejada y no lograba concentrarme en mis estudios. No quería ir a clases. Me metía en la cama con el buen pretexto de un fuerte dolor de cabeza. Y al final, mi madre le escribió a la directora del otro colegio para ver si me aceptaban allí. Y… ¡me aceptaron! Fue Diego el maestro que nos hizo la entrevista y nos llenó los papeles. Y él miraba a mi madre. La miraba fijo y luego bajaba la vista hasta colársela por el escote. Y ella se daba cuenta y se estiraba la camiseta para bajársela más todavía hasta dejar descubierta la ranura de los pechos.  Y yo miraba a mi madre que le sonreía a Diego. Cuando nos levantamos para irnos, ella le hizo un guiño. Desde ese día me puse a dibujar caricaturas de parejas que se tocaban en las partes prohibidas; casi siempre una escenita que parecía sellar plásticamente la relación entre mi madre y el joven Diego: un hombre sin camisa le manosea el seno desnudo a una mujer que reía a carcajadas. Luego, corría al baño a mirarme en el espejo: mis tetitas se hinchaban como dos amapolas abiertas a la entrada de la primavera. “Quiero tener dos pechos perfectos, redondos y terminados en puntas duras y afiladas que le hinquen los labios a Diego….”, era mi idea fija. Al año siguiente él sería mi profesor de inglés, en el noveno grado: “¿Quieres tener sexo conmigo, Diego?, ¿cómo es que se dice en el inglés más vulgar?… ”, ya me respondería en el momento oportuno. No era mala estudiante, pero trataría de no aprender inglés para pedirle un remedial en la cátedra, después de las cinco, preferiblemente solos, sobre la mesa. Era mi idea fija.

Claro que tampoco hay que tomarse tanto a pecho las idolatrías. Aquel día me enfermé de veras. Un poco de alergia de estación. Y como mi madre había tenido que salir a no sé dónde, me quedé sola por algunas horas y aproveché para espiarlo. Pero él no estaba en casa. Fue entonces que vi a la mujer que cocinaba y sonreía entrar con otro hombre en la cocina… (¡Y luego mi madre decía que mis dibujos eran obscenos!)… ¡Pobre Diego! Cuando llegó, ella lo esperaba con la mesa puesta y sonriéndole. Él se quitó la camisa y la tomó por la cintura para besarla en el cuello. Ella se volvió y se dejó poseer. Se alzó la bata y se quedó como la luna, lisa y plateada. Sólo una mota oscura y opulenta opacaba la perfección del brillo de su cuerpo. Y yo imaginé que ese enjambre de vellos negros no podía ser otra cosa que el gato enroscado en la fascinación de la putísima luna danzarina. Ese cuerpo de mujer era perfecto. Y en poco tiempo vi bailar a los dos en el erotismo total: ella encaramada en el torso bronceado de mi héroe, mientras él la estremecía sobre su vientre con tirones frenéticos. Un ritual perfecto para cuerpos perfectos. Un baile violento, cortante, despiadado hasta hecerme caer en la vergüenza.

Me bajé del quicio y me eché en el suelo a llorar como un perrito atropellado. Esa noche me dolió el bajovientre, más de la cuenta, diría…  (¡Y yo que pensaba que para bajar la regla no tenía que doler tanto!)… Me metí en la cama: “Tengo fiebre”. Mi madre me sonrió. No creía en mi fiebre. Todas hemos tenido esa fiebre en nuestras vidas. Dura un solo día y luego se recuerda por toda la vida. “¡No me cierres la ventana!”… La luna era perfecta. Y el gato le maullaba, retorciendo la cola alrededor de su cuerpo de peluche negro, lo imaginé como un pubis en un tronco desnudo danzando alrededor del fuego, entre mis piernas. Mi piel hervía, pero no era por fiebre, sino por roña. Quería saltar por la ventana e ir al encuentro de la mujer de Diego para entrarle a patadas. ¡Cuánto la odié en aquel momento! No por tener un amante, no por haberle engañado, sino, ¡coño!, por habérselo chingado en aquel modo salvaje, delante de mi vista… ¡Puta luna! ¿Por qué no me dejas escalar por un rayo de tu luz y llegar al cielo?
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No pasaron más de tres semanas cuando Diego y yo nos encontrábamos en la entrada del edificio. Era por la tarde, a la hora en la que él regresaba del trabajo lleno de libros. “¡Hola, linda! ¿Qué tal?”, me dijo. “¿Linda yo, Diego? ¿No estás alucinando?”, pensé.  Me invitó a entrar en su apartamento con el pretexto de ayudarle a cargar los libros.

 

—    ¿Quieres una gaseosa?, ¿un café?…. ¿O eres muy chiquita como para tomar café?

 

—    Lo tomo desde que tengo uso de razón. Y ya no soy chiquita. ¡Ya tengo la regla!

 

Me miró  reteniendo la risa por algunos segundos. Y cuando estaba casi a punto de explotar, con las orejas encendidas, como el disparo en ráfagas de una ametralladora, la carcajada rompió el silencio y me escupió la cara. Reía a mares. Reía tanto que lloraba. Yo lo observaba enmudecida. ¡Era extraordinario! El calor de su risa era excitante, masculino, erótico. Miré alrededor y no vi a la mujer que cocinaba y jodía con el sexo. Ella no estaba en casa. Y me encontré, de repente, en plena soledad de dos igual a dos: Diego, el conquistador de mi vida y yo, totalmente solos en la sala de su apartamento. Dos más (menos) dos es igual a dos: ¡pura matemática, Diego!… No he inventado yo esto de un hombre y una cucaracha solos en un apartamento. El hombre querría matar la cucaracha. Y, al final, que queréis saber, ¿si hicimos sexo? Pues… ¡¡no!! Él encendió la tele. Jugaban dos equipos de baseball; era super-aficionado a esa mierda de juego que yo no entendía y que aún, hoy en día, me niego a entender porque me aburre. Pero él seguía el juego con la atención de un bioquímico que analizaba un protoplasma in vitro. Apenas sin mirarme me ofreció otro refresco de cola y me alentó a seguir el campeonato nacional. Por mi parte, hubiera querido decirle en aquel momento que su mujer lo estaba traicionando con un tipo extraño en la cocina de su casa, pero callé. Más tarde llegó ella. Me sonrió y sin pudor lo besó en la boca, obstentando sus poderes sobre el marido. Y yo me despedí de los dos. Entré en mi casa con la cola entre las patas y me encerré en el baño. Me arrodillé sobre la alfombrita de secarse los pies al salir de la ducha, gran reclinatorio para grandes plegarias de angustias adolescentes. Y lloré, creo que por última vez en mucho tiempo, maldiciendo el baseball, el refresco de cola y todo lo que me venía a la cabeza. Y pasaron los años. Él y ella se mudaron para otra casa. Ni siquiera llegó a ser mi maestro de inglés de noveno grado, pues, al cambiar de casa, lo hizo también de escuela. Y no lo vi más. Hasta que un día, ya grande, divorciada y con los senos un poco caídos, me pareció verlo en la distancia conduciendo un coche bastante viejo, el cual llevaba un cartelito en el parabrisas:

 

 

—    ¿Taxi?

—    ¿Para dónde vas?

 

Era él, muy envejecido. Calvo. Flaco. Con una camisita de cuadros sudada y estropajeada a decir no más. Me reconoció en el acto y me montó en el coche. Y me di cuenta de que le faltaba un diente, el segundo detrás del colmillo derecho superior. Me senté en aquel cacharro desvencijado y le pedí que me llevara a casa, a la casa de siempre, la de la ventana, el muro y el gato. Era de noche. Me dio algunas vueltas por la ciudad y me invitó a una cerveza. Charlamos y reímos durante más de una hora. Él me tomó la mano y la estrechó fuertemente, pero yo hice como si no me diera cuenta de nada. Me solté y seguí hablando. Y antes de llegar a la esquina de casa, paró el coche. La bombilla de la calle estaba fundida y la sombra anegaba todos los baches calle arriba, calle abajo. Fue entonces que me confesó que se había equivocado al juzgar como chiquilla a aquella linda mujer vecina suya; es decir, a mí. Y que quería rectificar, pues a lo mejor estábamos a tiempo para empezar una estupenda historia de amor. Y yo lo miraba. Observaba su cabeza llena de imperfecciones, la misma que —¿quién sabe?— habría apoyado tantas veces en mi almohada si hubiéramos llegado a vivir juntos años atrás. Y yo observaba su boca, que le faltaba un diente; sabría Dios qué pobre dentista tuvo que extraérselo en medio de ataques de pánico… Y observaba, sobre todo, aquella camisita estrujada y sudada de conducir durante una jornada entera, recordando la leyenda del héroe de torso bronceado, de aquel ser inaccesible que anhelaba a través de mi ventana.

 

—Llévame inmediatamente a casa, Diego, que hoy no puedo estar contigo. Es que… ¡tengo la regla!, ¿sabes? Será otro día…

 

Me llamó muchas veces por teléfono. Mi madre tenía instrucciones precisas de plantarlo. Insistió por un mes. Luego, no llamó más. Y yo, incrédula intérprete de noches blancas todavía me acuesto, apago la luz  y dejo mi ventana abierta de par en par. Es cierto que aquel gato del muro ya no es el mismo. Han pasado más de diez generaciones de gatos diferentes en estos años; eso sí, todos ellos con largos bigotes y ojos libidinosos para cortar en lascas las paredes de la maldita puta de piel de plata, que no deja de mirarme. Y que me  sonríe y de nuevo, me hace un guiño: “¡Dale, que ya eres grande! ¿Qué esperas para saltar?” Y es que la luna disimula, dejándome creer que nada conoce de mí. Pero ella, en realidad, bien sabe que he saltado ya, una vez y para siempre. Cuando tenía catorce años y una ilusión feliz que cubría mi desnudez en inevitables noches de insomnio pensando solamente en él.

 

Gato y luna llena

 

[La primera ilustración fue extraída de la página El Ángel de la Luna; la segunda viene del sitio El Sopazax; la tercera del espacio on line Café Inválido; y la cuarta de la página Fondo de Pantalla]

 

 

RosaMarinaRosa Marina González-Quevedo Valhuerdi (Matanzas, Cuba). Ensayista y narradora. Licenciada en Filosofía por la Universidad de La Habana (1984) con la tesis La filosofía de Baruch Spinoza y las ciencias del siglo XVII, y Licenciada en Lengua y Literatura Románica y Latinoamericana por la Università degli Studi “L’Orientale”, de Nápoles (2009), con la tesis  Il “Libre dels tres Reys d’Orient” nella tradizione agiografica spagnola di carattere giullaresco. Profesora de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana desde 1984 hasta 1993. Fue miembro del Centro Arquidiocesano de Estudios del Arzobispado de La Habana y del consejo de redacción de la revista Vivarium, órgano del mismo. Ha sido profesora de español en el Instituto Cervantes de Nápoles, así como en diferentes institutos superiores estatales italianos. Entre sus publicaciones están: Antología del positivismo en México (Universidad de La Habana, 1992); Teilhard y Lezama: teología poética (Ediciones Vivarium, La Habana, 1996); San Manuel Bueno, mártir: leyendo con Unamuno (IF Press, Roma, 2008), así como los cuentos “Ojos incrédulos” (Revista Vivarium, n. XIII, dic. 1995) y “Desdoblamiento” (Revista Vivarium, n. XXII, junio 2000). Desde septiembre de 1997 reside en Nápoles, Italia.

© 2010, Rosa Marina González-Quevedo. All rights reserved.

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