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Dos minicuentos de Amanda Rosa Pérez Morales

Sábado, enero 30, 2010
Por

Minicuento

This entry is part 10 of 19 in the series Número 4, febrero de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lobo Blanco

 

¿Onírico?

El hombre con la ceja partida corre y corre escapando de las garras del lobo que le pisa los talones. Está aterrado, solo una mordida de esa bestia blanca podría acabar con su vida. Atraviesa con dificultad el helado bosque en el que se encuentra. Apenas hay árboles donde esconderse y a lo lejos divisa un desfiladero. El camino se va acortando, el frío petrifica sus huesos, el cielo se oscurece al recibir la figura del lobo, que en pocos instantes, le caerá encima para devorarlo. Ya siente su aliento, la boca se abre, los colmillos filosos se aproximan a su cuello. Va a morderle, lo siente, ¡ya va a morderle, Dios mío! En eso despierta. Una habitación verde, la luz del sol entrando por una rendija. El hombre de la ceja partida se levanta y prepara un café. “Era un sueño, un maldito sueño”.

De repente la víctima del lobo desaparece a un segundo de él morderla. El lobo no entiende, su presa se ha difuminado en el aire. Olfatea a ver si logra captar dónde se ha escondido.  El paraje está desierto, sólo hay nieve a su alrededor; él había encaminado a su almuerzo hacia esa zona del bosque para que no tuviese forma de escapársele, y lo había logrado.  El lobo está perplejo. Nunca antes había visto algo así. Camina irritado hacia la espesura. Allá se pone frente a una fogata hecha por humanos y queda sumido en un profundo sueño.

Me pongo el pijama y me acuesto a leer un poco hasta dormirme. Entonces abro los ojos y veo aparecer a un lobo blanco sobre mí, en posición de atravesarme el cuello con sus colmillos. Ipsofacto lanzo un grito aterrador y lucho inútilmente por despertar. Sin embargo el lobo se detiene y me mira extrañado.

El lobo la mira confuso. Reconoce la escena en que se encuentra, mas no a la chica a la que estaba a punto de devorar. Se sienta en dos patas. No sabe qué le pasa. Lo último que recordaba era haber estado durmiendo frente a una hoguera tras un intento fallido de caza. Aún así la olfatea y decide comerla; en definitivas, lo único importante es llenar su estómago.

Percibo que su rara confusión no supera su hambre y resignada a morir en un sueño, cierro los puños con fuerza y me aventuro a mi suerte. Entonces el lobo se difumina en el aire y aparece sobre mí un hombre con la ceja partida.

El hombre con la ceja partida termina su café y decide volver a la cama. Le parece haber dormido muy poco. Pasa la cortina y con el vaivén del aire queda sumido en un profundo sueño.

Ambos nos miramos, extrañados de la escena en que nos encontrábamos. Quizás estemos soñando- dijimos al unísono y luego nos besamos. ¿Qué más se puede hacer cuando uno está en medio del bosque y tiene encima a alguien del sexo opuesto? Nos abrazamos con fuerza para calentarnos un poco y caminamos en oposición al desfiladero que nos seguía. Al rato encontramos una casucha, al parecer vacía. Entramos para resguardarnos y apenas hablamos. Entonces comenzamos a desvestirnos sin pudor alguno, confiados en que uno estaba dentro de las imaginerías del otro. El ambiente era húmedo y ambos delirábamos de placer. Un cosquilleo exquisito comienza a apoderarse de los dos y en ese instante cada uno se difumina en el aire.

Abrí los ojos con una mueca en el rostro. Hacía mucho que no estaba tan cerca de un orgasmo, ¿y para qué, para despertar en el mejor momento? Decidí caminar por el pueblo, a ver si la frialdad del ambiente lograba amainar mi fuego interno. Me puse los abrigos. Camino como nunca antes lo había hecho.

El hombre de la ceja partida despierta exaltado. Mira bajo la sábana y se ofusca. Decide salir a fumar, a ver si se le pasa la molestia que tiene en los genitales. Se pone sus abrigos y sale. Se siente cansado, como si hubiese caminado mucho.  Cada vez se aleja más del pueblo hasta perderse. En eso divisa una casa y percibe a una muchacha entrando. Va hacia allá para pedirle orientaciones de cómo regresar, mas a medida que se acerca, nota gran similitud entre la vivienda y la de su sueño. Entra.

Siento a alguien abrir la puerta de aquel lugar y me asusto. De repente me quedo boquiabierta al ver que era el hombre de la ceja partida. Ambos nos miramos, extrañados de lo que estaba ocurriendo y no pudimos evitar restregarnos los ojos, a ver si todo era un espejismo.

El lobo despertó ante la hoguera.  Estaba molesto. Molesto. Muy molesto. Tenía hambre y recuerda con roña los anómalos sucesos que lo habían asechado durante el día. Decide dar una vuelta por los alrededores. Esta vez sí cazaría en serio, no a rostros fantasmas creados ni sabe por quién. Lentamente se va calmando. Toda esa historia de difuminarse en el aire lo había alterado mucho. Los lobos no entienden de sueños y menos de aparecidos, o mejor, de desaparecidos.  A lo lejos distingue la casa abandonada del pueblo y ve que entran dos personas. Por fin comería, él que tantos malos ratos había pasado. Se esconde tras unos árboles y con cautela se va acercando hasta invadir la casa por sorpresa.

Al verlo entrar gritamos y no del susto, sino de reconocer esa mirada cristalizada. El lobo se quedó atónito. Ahora sí que no entendía nada y como un loco comenzó a dar vueltas en el lugar. El hombre de la ceja partida no puede moverse, se ha orinado en los pantalones. Yo trato de alejarme por la puerta de atrás y le tiro de la camisa, a ver si se mueve. En eso el lobo sale de su delirio y se vuele hacia nosotros; esta vez sí nos comería. Se fue acercando, arrinconándonos entre dos de las cuatro paredes del lugar. El hombre de la ceja partida comenzó a gritar que lo pellizcara, que todo eso tenía que ser un maldito sueño, pero por más intentos que hicimos ambos, la realidad no cambió y sentimos el crujir de la madera al saltar el lobo sobre nosotros.

Está punto de comernos, y entre chillidos nos difuminamos en el aire.

En eso tú paras de leer. Tienes sueño pero estás demasiado asustado como para acostarte y dormir. Te paras a tomar un café cuando sientes un ruido en el sótano y unos gritos aterradores. Bajas a ver qué pasa, aún pensando en la historia, e irrumpes en el lugar. Entonces sientes el olor a frío y tres miradas confusas clavadas en ti. Tú sí no te detienes a entender y muerto del miedo cierras los ojos, a ver si caes o despiertas de tu sueño profundo, anhelando seguir en tu papel de lector, alejado, siempre a salvo. Pero continúas sintiendo el olor a frío y el crujir de la madera, como si alguien o algo se estuviese acercando a ti; esta vez sin desaparecer.

***

Duermo, luego existo

Me levanto.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo, un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido. Y levanto con un beso a los niños.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido. Y levanto con un beso a los niños. Apago la hornilla con el café, a la vez que enciendo la otra y preparo la leche. Visto a Lucas, que es el más chico.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido. Y levanto con un beso a los niños. Apago la hornilla con el café, a la vez que enciendo la otra y preparo la leche. Visto a Lucas, que es el más chico. Sirvo la leche, la mezclo con el café. Unto mantequilla a dos tostadas. Voy acicalándome mientras los niños desayunan. Grito a mi estúpido marido a ver si acaba de avivarse. Vuelvo a fumar.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador siempre debe fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido. Y levanto con un beso a los niños. Apago la hornilla con el café, a la vez que enciendo la otra y preparo la leche. Visto a Lucas, que es el más chico. Sirvo la leche, la mezclo con el café. Unto mantequilla a dos tostadas. Voy acicalándome mientras los niños desayunan. Grito a mi estúpido marido a ver si acaba de avivarse. Vuelvo a fumar. Los llevo a la escuela. Arranco la flor para Martí, que si no a Tatiana la regañan. Por no arrancar una flor. Nunca lo he entendido, pero obedezco; se ha vuelto una tradición. Regreso a casa. Mi estúpido marido durmiendo. Tomo café. Prendo un cigarro. Voy al trabajo. Cuatro horas. Son ocho pero trabajo cuatro. Nadie se queja por eso. Hago las compras del día. Voy a buscar a los niños. Preparo la comida mientras ven los dibujos animados. Mi estúpido marido los ve también.

Duermo. Luego existo.

Me levanto. Bostezo. Prendo un cigarrillo. Un fumador debe siempre fumar un poco en las mañanas.  Pongo el café mientras trato de despertar a mi estúpido marido. Y levanto con un beso a los niños. Apago la hornilla con el café, a la vez que enciendo la otra y preparo la leche. Visto a Lucas, que es el más chico. Sirvo la leche, la mezclo con el café. Unto mantequilla a dos tostadas. Voy acicalándome mientras los niños desayunan. Grito a mi estúpido marido a ver si acaba de avivarse. Vuelvo a fumar. Los llevo a la escuela. Arranco la flor para Martí, que si no a Tatiana la regañan. Por no arrancar una flor. Nunca lo he entendido, pero obedezco; se ha vuelto una tradición. Regreso a casa. Mi estúpido marido durmiendo. Tomo café. Prendo un cigarro. Voy al trabajo. Cuatro horas. Son ocho pero trabajo cuatro. Nadie se queja por eso. Hago las compras del día. Voy a buscar a los niños. Preparo la comida mientras ven los dibujos animados. Mi estúpido marido los ve también. Friego la loza. Dejo que todos vean las series nocturnas mientras me baño. Acuesto a los niños. Preparo el refrigerio del otro día.

Prendo un cigarro. Fumo. Fumo otro más. Y otro. Me voy a la cama. Mi estúpido marido ya ronca. Me tapo bien, hay frialdad en las noches.

Duermo. Luego me levanto.

***

Amanda Rosa Pérez Morales (La Habana, Cuba). Estudiante de segundo año de la Filosofía, en la Universidad de la Habana. Egresada del Taller de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ganadora del Premio UNEAC en el Concurso de minicuentos “El Dinosaurio 2008” con el cuento “Lo bueno, lo bello y lo verdadero”. Mención en el I Certamen de poesía fantástica “MiNatura 2009”, con el poema “Centenario de muñecas”. Ha publicado además “Agustín” en la antología de minicuentos “Noticia de prensa y otros minicuentos”. Colaboradora además de la revista digital de literatura fantástica MiNatura y de la revista digital mexicana Aeda.

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0 Responses to Dos minicuentos de Amanda Rosa Pérez Morales

  1. silvia on Viernes, febrero 12, 2010 at 8:30 PM

    quiero felicitar a la escritora del minicuento duermo, luego existo. eres lo maximo y no porque seas mi tia te adorooooooooo

  2. Dayron on Domingo, febrero 14, 2010 at 10:14 PM

    que bonito escribes amanda, te felicito un besote

  3. FULANITO on Jueves, mayo 13, 2010 at 7:03 PM

    FELICIDADES CHICA CREO QUE PRONTO COMPRAREMOS LIBROS TUYOS, QUISIERA TENER COMUNICACION POR CORREO CONTIGO.

    FELICIDADES!!!!

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