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El caldo de pollo y la sopa china

Jueves, diciembre 15, 2011
Por

Cuento

This entry is part 8 of 18 in the series Numero 8, julio 2010

Relato.

Por Carmen Alea Paz

Caldo de pollo

Caldo de pollo

 

Ausencia recordaba aún la agria y despectiva voz de la administradora que un feliz día para ella la reclamó por el amplificador del establecimiento a todo grito, como para que todos se enteraran —Ausencia de la Cruz, preséntate en la oficina. Tienes visita—, añadiendo:  —Date prisa, que te vas…

Aquello no podía ser una de las bromas pesadas que a veces le hacían las empleadas, pensó ella.  “La jefa”, como la llamaban todos con desprecio y rencor, no era persona de espíritu sociable ni tampoco sería capaz de usar el tiempo para bromas de mal gusto. Por lo que de ella se decía, era mujer de mano dura y poca compasión a la hora de imponer disciplina. Les hablaba a todas, residentes y empleadas, de “tú”, y cuando había problemas con el personal, no demoraba en despedir a quienes los provocaban. A ellas, las residentes, las trataba como si fueran muñecas de trapo viejo que ya no tenían lugar ni en manos de niño pobre, juzgó Ausencia, removiendo los recuerdos de aquél día de múltiples e inesperadas sorpresas.

En contraste con sus compañeras de residencia, quienes pasaban la mayor parte del día reclinadas en las poltronas frente al televisor; mirando sin ver, mudas y ausentes de la realidad, ella no podía permanecer callada e inactiva mucho rato. Siempre andaba en busca de algo en qué ocupar su tiempo. Durante el día no se acostaba ni para la requerida siesta de una hora impuesta por las empleadas del establecimiento para “quitarse a ‘las viejas’ de encima un rato”. Pero a Ausencia de la Cruz ninguna de las jóvenes empleadas se atrevía a imponerle el descanso obligatorio, pues sabían que ella apoyaba la negativa en un lema que hasta las ancianas menos lúcidas ya repetían en sus breves momentos de rebeldía: “El día es para vivir, la noche para dormir”. Las empleadas la habían dejado por incorregible a “la Ausencia”. Era imposible pretender dominar una naturaleza todavía rebosante de energía, que reclamaba actividad y comunicación. Casi todas sus compañeras de residencia llevaban mucho tiempo allí y en mayoría, obstinadamente, como en una letal e inevitable renunciación a la vida, carecían de entusiasmo. Observándolas, Ausencia rechazó con firmeza desde el primer día la posibilidad de convertirse en una figura autómata, casi catatónica como algunas de ellas. No pudo evitar que la internaran, pero eso sí, aprendió a defender enérgicamente su derecho a mantenerse alerta mental y físicamente en la máxima capacidad que le permitían sus recién cumplidos setenta años y el rígido sistema de vida de aquel lugar. Siempre buscando algo que leer, tratando de enterarse de lo que ocurría a puertas afuera del triste hogar de ancianos donde la habían internado en contra de su voluntad,  protegía la vitalidad física y lucidez mental que querían robarle. Todo por un estúpido papel que había firmado su marido antes de morir, mediante el cual, inocentemente, su pobre viejo había entregado su destino en manos de un sobrino que se encargaría de velar por ella al faltar él.

Hasta la dirección de la institución habían llegado rumores de que Ausencia de la Cruz mantenía en regla a la empleomanía con su vista de águila y espíritu de líder. Los residentes buscaban su apoyo cuando se cometía alguna arbitrariedad, se imponían disciplinas que les molestaban, o había que protestar por alguna queja desatendida. Ella estaba al tanto de que se administraran los medicamentos con regularidad, se sirvieran las comidas calientes y a su hora, se cumplieran las medidas de seguridad en las duchas, y de que, sobre todo, no se cometieran abusos con quienes, afásicos y paralizados, no podían defenderse.

Con sentido ecuménico, Ausencia había creado un círculo de oración que permanecía en constante vigilia cuando alguien del grupo parecía empezar a andar el camino hacia la vida eterna. Llegado un momento así, sólo con la ayuda del médico y discreta malicia, el personal nocturno de guardia la mantenía “calmada” para que no interfiriera si surgía alguna emergencia durante la noche. Nadie ignoraba allí su opinión de que el alma no debía cruzar el umbral hacia la vida eterna sin la asistencia de un gesto afectuoso y una palabra de aliento y calor humano. Los residentes la sabían dispuesta a ayudar con sus oraciones a quien reclamara su compañía en tal circunstancia. Después de residir un año en la institución, ella estaba convencida, y lo informaba a quien quisiera oírla, que “un hogar de ancianos podía ser un lecho de rosas, pero, ay, de aquellos que esconden las espinas”. Más de un empleado habría dado cualquier cosa por saberla trasladada a otro lugar. Ausencia era el terror de los que no cumplían con su deber al pie de la letra.

Una tarde, para sorpresa de todos, ocurrió lo inusitado.

Ausencia pensó que alguien trataba de enojarla, por lo que no puso atención a la primera llamada. Pero ante la molesta insistencia, decidió presentarse en la oficina. No estuvo segura de que no se trataba de una broma hasta que oyó una voz que casi había olvidado:

—Madrina, necesito tu ayuda, y quiero que vengas conmigo.

—Hijito, ¿cómo me vas a sacar de aquí, si ya no sabría ni caminar por la calle?— dijo ella, sarcástica— ¿Se acabó el dinero de mi pobre Juan?

—No, Madrina, no. Es que mi hijo está muy enfermo, y mi mujer no lo quiere en la casa.

—Ah, vamos, ahora comprendo…

Después vinieron las explicaciones. El sobrino había alquilado un apartamento para el muchacho enfermo y necesitaba alguien que lo atendiera. Por eso había acudido a ella. No le dio mucha información en cuanto a la enfermedad que padecía su hijo.  Pero Ausencia, que leía los periódicos y estaba al día en cuanto a los males que afligían al mundo, no la necesitó. En seguida que vio al joven, casi en puro hueso y entre amarillo y verdoso su color, anticipó el mal  físico que sufría. El enfermo abrió los ojos, y reveló su temor:

—Madrina, ahora podrás cobrarte por lo que te hice…

—No pienses mal, hijito. Descansa. Estoy aquí para  ayudarte.

Sí que le había hecho daño y grande. El acusarla de provocar el fuego que casi acaba con la propiedad del padre por poco la lleva a ella a la cárcel, y bueno, la habían encerrado de todos modos en aquella institución geriátrica de donde, hacía pocas horas, el sobrino de su difunto marido  la había sacado para atender al adolescente enfermo. Era cierto que ella encendía veladoras a sus muertos y a los santos, pero no que fumara hierbas exóticas e hiciera experimentos peligrosos con estupefacientes.  Por suerte el abogado que hizo su defensa la salvó de la cárcel, y ahora el facultativo amigo de la familia, aludiendo a una necesaria atención médica, la devolvía a una vida más real y aceptable.

Ausencia, a pesar de la responsabilidad y deberes que había aceptado al regresar al engranaje familiar, no tan grato tal vez, pero mejor que la falta de alicientes y soledad del geriátrico, pensó que todo aquello era como un milagro.  El Dr. Ruperto Renglón visitaba al enfermo dos veces por semana, y alentado por las emanaciones de las ollas de Ausencia, muchas veces se quedaba a almorzar con ellos. Aparte de los tratamientos para el muchacho, que comenzaban a ser muy efectivos, las conversaciones, discusiones, discrepancias y los quítame allá esa paja entre el chico, ella y Renglón resultaban muy interesantes y benéficos a veces. El joven, con su aprendizaje de calle, sabía más de lo que los adultos sospechaban, y trataba de imponer sus caprichos y malacrianzas, pero la sabiduría de años y experiencias vividos de sus servidores, los chistes con que el facultativo animaba sus visitas, además de la estricta disciplina que ella estableció desde el principio, efectuaron durante aquellos meses un extraordinario cambio en la vida de aquel curioso trío formado por la necesidad.

A falta de mejores entretenimientos, los tres, el enfermo, madrina y el médico acordaron que se cambiara el horario de las visitas para la noche, cuando el viudo disponía  de más tiempo y se quedaba a mirar la televisión con ellos.  Animada por la mejoría del ahijado, ella comenzó a confeccionar un postre semanal, que según opinión del joven, había sido la trampa genial. Ausencia aceptó el veredicto bajando la cabeza y admirando su vestido nuevo frente al espejo en el dormitorio que sería suyo a  partir de aquella noche en la casa de Santa Bárbara. El muchacho no exageraba. Atrevido chiquillo, que parecía poseer  una virtud secreta para ahondar en el alma de los demás. ¡Pero ya lo quería tanto! Y ella no podía negar tampoco que de aquellos caldos que el viudo disfrutaba y decía: “ Ausencia, créeme, esto ha salvado al muchacho.  ¡No hay  nada mejor que tu caldo de pollo y mi sopa china para  salvar a un enfermo!”. Y cómo reían los tres cuando Renglón afirmaba: “Mira el chico, que nos entregaron hecho un ‘saquito de huesos’, como ha ganado fuerzas. Todo lo que preparas, Ausencia,  es delicioso, pero mañana jueves me toca a mí traerles la sopa china, que es exquisita y levanta muertos. Así te damos descanso en la cocina, ¿no quieres? ¿Qué te parece, muchacho?”.

Las semanas empezaron a transcurrir con el beneplácito de la familia, que comenzaba a confiar en que el joven recobraría la salud y a su vez desarrollara buen juicio para guiar su vida por senderos mejores. Ya era tiempo. Pronto iba a cumplir dieciocho años.

Una noche, semanas atrás, durante la sobremesa, el Dr. Renglón presentó el proyecto de viajar ese fin de semana a una pequeña finca que poseía en las afueras de Santa Bárbara. Hacía meses que el muchacho no salía de la casa, y aunque temeroso de no sentirse bien por el trajín del viaje, finalmente se animó con la ayuda del médico y de Madrina. Fue una experiencia extraordinaria y una satisfacción para los dos ancianos que habían hecho cuanto fue posible por salvar la vida que el muchacho estaba a punto de perder cuando se lo entregaron.

Los paseos a la finca continuaron y se extendieron; un fin de semana, una semana completa, dos, tres.  Hasta una noche en que el muchacho se adelantó a sus benefactores, y muy juicioso y contento, expresó:

—Yo sé que mi padre, madrina y usted, Dr. Renglón, están muy contentos por el esfuerzo de haberme devuelto la salud. No sé cómo agradecerles todo lo que han hecho por mí. Lo cierto es que no sé tampoco cómo voy a continuar sin ustedes.

—Ah, Teodoro,  no te preocupes, eso se arregla fácilmente. Yo tampoco quisiera separarme de ustedes. Y tú, Ausencia, ¿qué dices?

—Yo también te extrañaré mucho, Teodoro…—.  Ella se dio cuenta de que por primera vez lo había llamado por su nombre de pila. ¡Si hasta le estaba creciendo barba!

—Bueno, entonces, ¿por qué no se juntan ustedes dos, y yo me quedo con ustedes?― dijo el joven.

—¿Estás seguro de que te quedarías con nosotros hasta que cumplas tu mayoría de edad?—  preguntó el médico, ignorando el sentido de la proposición del adolescente.

—¡Muy seguro!― respondió el muchacho.  Pero yo los quiero a los dos.  Ustedes me han devuelto la vida.  Entre el caldo de pollo y la sopa china que me daban a la fuerza, me alimentaron. ¿Por qué no se juntan?― insistió el chiquillo.

—¿Qué dices, muchacho? No ofendas a Ausencia.

—¿Qué tiene de malo lo que dije?  Eso de casarse ya no se usa…  ¿No está mi padre “arrimado” con la bruja esa que no me quiere en la casa?

Ausencia recordó haber mirado sorprendida al ahijado mientras colocaba las ropas y demás pertenencias del enfermo para aquellas gratas e inesperadas vacaciones  que rompieron la rutina de los meses de lucha con la  muerte.

—Un momento― dijo Dr. Renglón ―esa  pregunta me corresponde a mí. Ausencia,  ¿aceptarías seguir a este viejo goloso y gruñón?

—Pues yo… ¿qué sería de mí sin ustedes?  ¡Yo también los acepto a los dos!

Así fue que el drama se transformó en comedia. Teodoro salvó la vida, Ausencia  se libró del “castigo para viejos”, como le dio por llamar al hogar de ancianos, y el Dr. Renglón encontró una esposa, guapa todavía, a  quien le sobraba energía para largo rato, según pudo apreciar su “ojo clínico” después de la boda.

***

C(armen Alea Paz. La Habana, Cuba). Narradora y poetisa, traductora, conferencista y profesora de idiomas. Cuenta con una maestría en lengua y literatura española e hispanoamericana. Ha sido profesora de español y literatura de la Universidad de Northridge. Ha recibido premios y menciones tanto en Cuba como en Estados Unidos. Cuentos, artículos y ensayos suyos aparecían con frecuencia en importantes revistas y diarios cubanos de la década de 1950, tales como Lux, Carteles, Vanidades, Colorama, Patria, Bazar, así como en los periódicos Avance, El País, El Mundo y Diario de la Marina. Su sección “Disquisiciones femeninas”, que publicaba el semanario dominical El País Gráfico tuvo una gran aceptación de lectores en aquellos tiempos. Asimismo fue colaboradora oficial de la popular revista habanera Romances. Ha publicado varios libros, entre ellos, El caracol y el tiempo (Poesía, 1992); El veranito de María Isabel y cuentos para insomnes rebeldes (Novela y cuento, Miami, Editorial Ponce de León, 1996); Labios sellados (Novela, Premio Internacional “Alberto Gutiérrez de la Solana”, del Círculo de Cultura Panamericano 1999, 2001); Casino azul (Novela, Universidad Autónoma de Baja California Sur, 2004). Reside en la ciudad de Northridge, California.

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5 Responses to El caldo de pollo y la sopa china

  1. Apareció Palabra Abierta número 8 | hispanicLA.com on Martes, julio 20, 2010 at 10:25 PM

    [...] “El caldo de pollo y la sopa china”, de Carmen Alea Paz, es un relato conmovedor, es el convencimiento de que la juventud está en el corazón y en la mente; es el sentido tema de la vejez tratado de una manera digna y refrescante, con subrepticio humor. [...]

  2. El caldo de pollo y la sopa china | Enfoque Hispano on Domingo, agosto 1, 2010 at 3:02 PM

    [...] Subscribe to the comments for this post? [...]

  3. cdl training on Lunes, abril 18, 2011 at 5:13 PM

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