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El festín de los olores

Sábado, marzo 6, 2010
Por

Cuento

This entry is part 11 of 21 in the series Número 5, marzo 2010

Por Julio Benítez…

 

 

 

 

 


 

 

 

Tufo, pestilencia
Mi novia se ha convertido en la manzana de la discordia. Madre reclama que la casa se infecta cada vez que nos visita y ayer, como dicen algunos, putié a mi padre y mandé al quinto infierno a mi hermano menor. ¿Qué tiene que ver el sicote con la bondad y el amor de una mujer? Eso pregúntenselo a mis padres y a mi familia, y a todos los metiches de este mundo que andan estirando su nariz por ahí, buscando olores ajenos sin darse cuenta de que los suyos también apestan. Por eso yo no me canso de renegar. Debía haber nacido en otra parte, a ver si así no intervienen tanto en mi vida.

El más trágico de estos dilemas viene con la llegada. Emigrar significa cambiarlo todo, incluyendo los aromas, el perfume y las pestilencias. Para mí no fue fácil. Los Ángeles se presentó como un monstruo, y una cosa que siempre comento con mi muchacha es que aquí nada huele. Ella no me cree porque siempre ha vivido lejos de las bacterias y el Tercer Mundo. Mis padres como yo lo notaron en seguida. En el mercado no se siente nada. Todo está tan desinfectado que no puede uno disfrutar de las partículas que despide un mango, una fruta madura o un pedazo de carne fresca. Hasta las mujeres en mi país de origen dicen que el olor tiene que ver con la raza. But wait! Yo no soy racista y estoy fascinado con ella.

Cuando nos mudamos para Glendale todo cambió. Dejamos de ser los malmirados, los apestados gusanos que fuimos para convertirnos en uno más de los tantos hispanos que habitan la ciudad. Bien es cierto también que alguna gente miraba a mi papá con envidia antes de llegar. Digo, los que se quedaron por allá. Abuela desenterró los trabajos del patio porque no se los podían dejar a la gente que ocuparía la casa. Además todos comentaban que no sólo jugaba con los espíritus, sino que trabajaba la brujería más horrible, cosa por cierto que no es verdad pero la gente siempre exagera, you know. Dímelo a mí, mano.

Por eso mi Laureen es mi amuleto, mi contacto con el sentido del olfato que por exceso de limpieza propia del Primer Mundo se ha trastornado o deshabilitado. A mí no me han limpiado el cerebro. No way brainwashing! La cosa es que si te mudas, pues debes dejar el pasado atrás. Right? Tal vez por eso mis padres no comprenden que ella huele como rosa blanca y sus ojos sueltan lágrimas que parecen salsa gourmet. Díganmelo a mí que las he probado. Y también otros efluvios corporales que parecen emergidos de una virgen, aunque no lo sea. Mi gente la acusa de cochina. Óiganme guys, ni que fueran tan limpios. Y para dejar claro mi punto de vista, ni todas las lecciones de mi padre sobre la alergia europea al baño diario que dice que se ha trasladado aquí, me convencen de que la causa de las molestias de mi Laureen se expresan en todo el sentido del olfato cada vez que ella se quita los zapatos.

My folks, you know. So stupid! Llevamos tanto tiempo en Glendale, donde los armenios pasan y dejan no sólo su aura, sino su estela de olores, perfumes y pestes. A muchos como en la vieja Europa no les gusta el baño pero mi gente no es tan fina ni tan popi. Mi mamá no se baña mucho tampoco y mi papá se escapa una que otra vez, así que guys, ¿cuál es el problema con Laureen?

Bueno, volviendo a los olores. Allá por la isla, les contaba cómo aquel día del acto de repudio a mi padre, la pestilencia arrasó el barrio y la casa tembló no por las voces y los gritos, sino por la congregación de tufos imparables que se apoderaron del entorno. Ninguna de las protecciones de Islenira sirvió. La pobre comenzó su disputa con la memoria desde aquel momento cuando acusaron a mi papá de terrorista y todos creían que lo iban a fusilar, aun cuando terminó con poco tiempo en la prisión y listo, en la calle por asociarse con disidentes.

Y entonces como ahora, yo sentía que los olores son propios de la gente, y de sus gustos, y de su comida y de su edad. Aquí aprendí mejor que en cien libros cómo las naciones al igual que las razas tienen su propio olfato y sus emanaciones odoríferas. Los animales no son una excepción porque una granja porcina huele a eso, cochinos. Lo mismo ocurre con las aves y las granjas. Hay tanto excremento que se te olvida el olor del mismo porque ya la mierda pasa a otra categoría, y entonces pues es de este u otro animal, como en los humanos.

Aquí no hay risa. Stop it guys! Estoy hablando en serio. Al fin y al cabo nosotros somos también parte de la especie animal, y con el estigma que nos acompaña no sólo echamos las excretas y los orines de viejo, que son las más fuertes. También y aunque suene antipoético los gases. Un perro, una vaca y un ser humano comparten lo de las plumillas, los gases o como aprendí por allá cuando era niño en lenguaje simple: un peo. Porque si vamos a ver, metiéndonos en las particularidades de las nacionalidades y las razas, un chino huele a chino porque come mucha soya y un argentino a toxinas de asados, aunque algunos se han modernizado y como los yanquis comen ensaladas y los ancestros italianos le ofrecen principalmente a las damas un sabor, mejor dicho aroma mediterráneo que me atrae quizá por lo de mis ancestros gallegos y sicotudos, como mi novia que es gringa, pero dice my family you know “apesta”. Yo no sé muy bien lo de los colombianos, porque yo no puedo diferenciarlos correctamente. Me han contado que la Bandeja Paisa es su plato favorito así, que me imagino que sus cuerpos tienen algo de arroz, y carne y plátanos pero no sé. Se podrían confundir con los caribeños. No aseguro tampoco que huelen a sancocho, porque en Cuba esa palabra tiene un significado diferente, entre otras cosas porque se usa “como comida de puercos”. Sin embargo, una poeta de por allá y que conozco bien huele a maravillas, y parece que entre lo gitano y las hormonas ha creado una especie de perfume personal. También hay una joven de esos orígenes que escribe cuentos para niños que despliega un aroma que compite con mi chica.

Ahora, sobre cierto compañero mío que yo tengo, mejor no digo nada. El loco huele a Bogotá de los barrios de Monserrate y también al Long Beach de la Willow Bulevard. ¿Qué significa? No lo puedo explicar, pero el socio huele diferente. Algunos de mis otros amigos caminan con el chile en la piel. Algunos exhalan pupusas por los cuatro costados y otros sueltan partículas especiales, casi aristocráticas. Pueden ser rusos o italianos, músicos y gauchos pero de orígenes mixtos. Las yanquis, eso depende. Si tienen mucha plata, pues parece que comercializan los perfumes finos; otros huelen a aguas de colonia barata y ¿los White Trash? Esos conservan en muchos casos el legado de los europeos que llegaron con Cristóbal Colón. Tal vez, porque el amor es ciego, debo confesarles que mi Laureen pertenece al último grupo, pero yo no me atrevo a asegurarlo. Debe ser un problema hormonal. A mí aunque no lo crean me excita que le broten los tufillos en sus delicadas piernas y pies.

No obstante las críticas y las confusiones, yo pienso que si tú olfateas frijoles con ajo y cebolla, y también algo de carne de puerco, es porque se huele a cubano y la asociación se une al pescado para los coreanos como cuando nos mudamos y mi madre estuvo días limpiando la cocina una y otra vez. Lo he constatado todos estos años, porque yo soy aficionado a entrenar mi nariz. A mí me encanta la gente y admiro como salen de ellos sus efluvios y gases de todo tipo. En eso Laureen se gana el primer lugar porque sus patas son extremadamente olorosas y no pestíferas como me las ha estigmatizado mi padre. My own Dad. Gosh. It´s so stupid!

Ser cubano entre otros males viene con aquello de los olores y sus categorías. Por eso es que mis padres y yo nunca nos ponemos de acuerdo. Todo lo toman a relajo, bueno cuando no se ponen serios. Entonces la última guerra mundial parece chiquita cuando una discusión arrastra las pasiones de la gente originarios de allá de la Isla. Y entre otras razones me avergüenzan una vez más. It´s full of shit! toda esa continuidad del enojo y el desparpajo al mismo tiempo como si estuvieras mezclando a Ricky Ricardo con Scarface.

¿Han estado alguna vez en un fiestón con lechón asado y congrí, y unos cuantos inmigrantes viejos que sólo toman Budweiser, porque Miller es como bebida fina. Hay incluso quien se cree que ofrecer una Heineken es como tirarse el peo más alto que el bueno, las asentaderas que en buen lenguaje de la isla es un buen fotingo, culo, o como sea. Y toda conversación gira alrededor del tipo que manda por allá. O mandaba porque ahora se enfermó y las peleas no paran adivinando cuándo se muere o si anda esparciendo chispazos flatulentos. Por cierto, ese tema de disputa entre my people me tiene hastiado. Porque me digo: ¿qué tengo yo en común con ellos? Por ejemplo, mi mamá sigue pensando en Cuba todo el tiempo y anda comparando las cosas mientras yo trato de hablar y pensar en angelino, pues me vale madre eso de que fui de La Loma del Chivo. ¿Tú sabes lo que es vivir casi veinte años y apenas ni cambiar? That´s fucked up man. ¿Se imaginan? Y de Laureen, pues dice que tiene dos defectos imperdonables como mujer. El primero que no tiene nalgas. Allá por Guantánamo la mujer perfecta lleva trasero grande y tetas chicas.

Mi novia es todo lo contrario. Mi papá se burla porque cree que sus chichis son de implante. ¿Y cuál es el otro problema?, le pregunto a Mamá. “Los sicotes”, o es que no te has percatado de que tiene una peste que entierra muertos y que sale de sus patas. Me enojo otra vez y entonces mi padre y mi hermano, y hasta el metiche de Chuchumeco que siempre se aparece en casa me caen en pandilla. Es que como te has americanizado ya ni te bañas, nagüe, dice el visitante inoportuno. Ni que hubieras nacido aquí, me grita burlón el hijo postizo de mis padres.

Bueno, como les contaba, ellos, digo mi gente, es ruidosa y se cree que lo sabe todo. Por eso me junto con ustedes que ni son balseros ni paisas. Fíjense si son exagerados que hasta una cantante llamada, creo, Veneras o Venegas nos ha sacado un tema sobre nosotros los cubanos adonde se autocataloga de sabelotoda. Me imagino que mi papá es uno de esos y los que no saben nada qué Guess what?…”el resto de la humanidad”, entona la muy emocional cantautora, pues son unos comemierda. Eso es lo que se llama una versión chovinista tropical de la “tierra más hermosa que ojos humanos han visto”, según Colón, que nombraba todos los lugares con epítetos altisonantes para que los reyes de España creyeran en su proyecto y le siguieran dando plata. Y así fue como bautizaron como Juana, y a lo que los taínos llamaron Cuba.

Total, los indígenas se vestían con taparrabos y las mujeres sólo utilizaban las faldas pero se bañaban a todo momento en los ríos, según cuentan los cronistas. Así que si olían, no podemos decir que completamente aromados porque no había jabón ni los franceses habían inventado el perfume que pretende esconder la falta de aseo. Mi país se infectó. Sí señor, la peste invadió la isla con todos los españoles llenos de mugre y sudor, y meses sino años sin limpiarse debajo de esas armaduras que encubrían la más increíble colección de olores. El sicote llegó con ellos así que no sé por qué mi mamá arma tanto escándalo con Laureen, cuando ella se da golpes en el pecho, porque siempre nos cuenta que su familia vino de España.

Pero a los negros que vinieron después, también les quitaron el derecho al baño y comenzaron a heder. Especialmente bajo los brazos. Así que la raza mezclada recogió en sus genes el sicote y el grajo. Gracias a Dios, Laureen sólo arrastra el estigma del blanco. Me lo imagino porque su familia aún no se ha mezclado y no tiene ni idea de lo que pueden heredar nuestros hijos. ¿Quién sabe y si ella odia la peste en los sobacos? ¿Y si luego me echa la culpa y rechaza a las criaturas? Espero que no, porque yo soy capaz de lo peor por esa mujer y lo menos que aguardo de ella es comprensión. Yo no la obligo a lavarse los pies, así que bien podría tragarse mi herencia escondida.

A propósito, you know guys, nosotros los cubanos, como ya les mencioné antes, pues tenemos todo tipo de palabras para la pestilencia. Si la hediondez se encuentra bajo el brazo, digo el sobaco, entonces le decimos grajo e incluso hubo un poeta que llamó a ese aroma corporal el sello distintivo de una nacionalidad. Ahora bien. Una cosa es sudor en los pies y otro mal olor. De eso se trata todo. Porque esa palabrita de sicote es por lo de la fetidez, tufo, pestilencia, vaho, hedor o como quieran llamarlo ustedes, pero que sale exclusivamente de nuestros pies. De la base de nuestro cuerpo.

Por cierto, ¿cómo conocí a Laureen? Ella caminaba descalza por Burbank. Su Mall, es decir su centro comercial, no es de los más refinados de por aquí, pero a mí me encanta el lugar. Así que cuando la vi rascándose las plantas de sus extremidades me dije que tenía unos increíbles dedos inferiores. Fue como una saeta de Cupido. No se rían. Porque yo andaba con mi gente ahí por las Christmas, cuando la flecha de su aroma me atravesó. Muchacho, tú estás loco. Esa mujer no se ha lavado en años. Sus pies parecen salidos de una fosa rebozada hasta el tope de desechos humanos, dijo mi madre, mientras yo busqué conversación y seguimos por largo rato, y luego nos conocimos mejor, y yo la besé desde sus cabellos hasta la última parte de sus extremidades. Puerco, me dijo mi hermano cuando se lo conté.

Yo no pensaba que todo iba a complicarse de este modo. Ahora, me dicen que haga lo que me dé la gana, pero que me vaya con Laureen a otra parte, porque o se lava los pies o no la quieren más en casa. Un dilema, un abuso. Para los gustos son los colores y también los sabores y aunque ellos la odien, guys. A mí me fascina el olor de sus pies. Por eso en la ceremonia de compromiso, les pedí que no abrieran su bocota. Right? Si no son capaces de apreciarla, pues que se vayan a la porra o a la chin… para que me comprendan mejor. Yo me caso y me embriago con ella y sus perfumes, y todos los demás, pues al carajo. ¡Vivan Laureen y sus pies! Si no puedo obligarlos a aceptarla, pues ni modo. Ella, is my girl you know guys and she smell so good! Me mudo lejos. Es mi decisión, aunque tenga que pelearme con la familia. ¿Y Laureen? De sicote nada, Puro Chanel en las patas, y todo para mí solo. Right?

***

Julio BenitezJulio Benítez. Fue asesor literario y profesor de la Universidad Pedagógica de Guantánamo, Cuba . Actualmente es maestro en Los Ángeles, California. Obtuvo premios nacionales como narrador en los concursos Rubén Martínez Villena, Frank País y el Regino E. Boti, así como distinciones en poesía y crítica. Ha publicado La Reunión de los Dioses Cuba (cuentos, 1991). En USA, El Rey Mago (poesía 2007) y la novela La Reunión de los Dioses (2007). Su obra crítica se encuentra en publicaciones de Cuba y Los Estados Unidos. Miembro del consejo editorial de la revista electrónica La Luciérnaga.
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