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El Tío Viejo

Domingo, abril 24, 2011
Por
This entry is part 6 of 21 in the series Número 13, abril de 2011

Relato.

Por Claudio Rodríguez Morales…

 

 

 

 

 



 

 

El viajero

 

 

Recuerdo que la novela, más bien el intento o proyecto de novela –más tarde se ganaría con justicia el apelativo de “novela frustrada” junto a otras que por entonces yo desperdigaba en decenas de hojas sueltas por las habitaciones de esa casa colindante a un potrero y a las aguas terrosas del río Maipo- comenzaba con una niña colorina y pecosa que bien podría ser mi madre, gritando de emoción al divisar por la ventana la silueta del Tío Viejo cargando bolsas y paquetes, ascendiendo lentamente por las escaleras de cemento, tierra y basura, con el océano Pacífico y los cerros vecinos de Valparaíso como telón de fondo. Eso significaba disfrutar de una once con pasteles, pan con queso, jamón y mantequilla, té de hojas importado, juguetes de baquelita para ella y su hermano adquiridos en la feria libre de la Avenida Argentina.

Un detalle importante para delinear a los personajes: El Tío Viejo no hacía diferencias entre hermanos como las tías solteronas, todas chismosas, veleidosas y malintencionadas, evitando la rivalidad entre mi tío y mi madre, según me lo reconociera esta última, treinta años más tarde, alentando sin saber la afición de su hijo de crear ficciones.

Ya sentados todos a la mesa, venía una conversación grata por la presencia de este pariente, medio hermano de mi abuela, y que detrás de su estampa de rudo obrero de la construcción, había un alma noble y hasta débil (he ahí el germen del conflicto que me impulsaba a seguir escribiendo esta historia con más intuición que estilo). Ese párrafo era el punto de partida de un desafío que, en honor a la verdad, no logré cumplir: la obra hoy no existe más que como un recuerdo, más bien en la amenaza de perderse para siempre si no la hago respirar en estas líneas.

Debo haber escrito ese primer capítulo una decena de veces, sobre unas hojas largas del cuaderno de apuntes cuadriculado donde en otras ocasiones aparecían tres ejercicios de matemáticas que mi padre me dejaba como tarea del día y que yo inútilmente intentaba esquivar en su revisión, cuando él regresaba a casa por las noches, después del trabajo. “Tenemos que hacer esto, cholo, para que mejores tus notas, así que no te sacas nada con enojarte”, me decía él mientras mi madre le servía su bien ganada cena y yo sólo deseaba desvanecerme con el humo desprendido de la sopa, sin oír las correcciones a mi precario don de cálculo.

Sería una novela a la antigua, de orgullosas hojas amarillas, publicada por editoriales como Zigzag, Nascimento o Quimantú, como todos esos libros empolvados de olvido en las diferentes casas de la familia para acabar en la biblioteca de la descendiente más preocupada de inculcar en sus hijos el hábito de la lectura. Me imaginaba una suerte de Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, Carlos Droguett, Francisco Coloane, Carlos León o Alberto Romero dando sus primeros pasos (más que escritores, se trataba de señorones posando en fotografías con sus gruesos abrigos y miradas llenas de inmortalidad), porque mi prosa intentaba rescatar cierto sabor primario de esos autores, sin detenerme demasiado en las particularidades estilísticas ni comprender la corriente de la consciencia, el absurdo, la libre asociación, el tiempo difuso, los puntos de vista del narrador, entre otros secretos de cóctel literario contemporáneo (James Joyce, Marcel Proust, Virginia Wolf y William Faulkner eran sólo imágenes del porte de una estampilla estiradas dentro de las enciclopedias que, de vez en cuando, sacaba de los anaqueles para releer y aprendérmelas de memoria), sin dominar en absoluto la máquina de escribir, intentando redactar con buena caligrafía, parchando, enmendando, tarjando y limpiando con corrector líquido cada vez que fuese necesario.

La literatura y el compromiso social era una relación indeleble, a prueba de cualquier contradicción interior. Oponerse desde el silencio a la represión de la dictadura resultaba tan natural como respirar, sentir el malestar callejero de obreros y oficinistas, oír sus protestas sudorosas al mediodía en el Paseo Ahumada, en el concierto de cacerolas saliendo de los callejones y poblaciones, en la ciudad a oscuras por la torre de alta tensión derribada con dinamita. Sin embargo, eso no bastaba para explicarme por completo el origen de esta extraña vocación: ¿En el olor a libro antiguo?, ¿en la belleza de las ediciones ajadas?, ¿en las ilustraciones de Mario Silva Ossa en el Silabario Hispanoamericano?, ¿tal vez en las ganas de crear una realidad paralela, más coherente que la vida de estudiante de una comuna de la periferia de Santiago de Chile?

Garrapateaba una y otra vez ese primer capítulo, el gusto de los niños y de la madre por esta compañía que venía a suplir la presencia del padre (ausente, innecesario, castigador u odioso, mi abuelo caía en todas estas categorías) y que cerraba el capítulo como una tarjeta de Navidad o cumpleaños. Por esos años, aún confundía el buen gusto y la cursilería, el vino de cosecha y la cebolla picada fina. “Apuesto a que lo único que quieres hacer cuando termines el colegio, es tomar un avión a Brasil para poder acostarte con mulatas, encerrarte a escribir y a beber, olvidándote de todos tus amigos. En el fondo, siempre nos has despreciado”, me encaró mi compañero de banco, cuando la graduación era mi única meta antes de largarme para siempre del liceo y su rutina.

Durante las clases de matemáticas del Monje Fuertes, con su gruesa silueta monopolizando todo el entorno, yo aprovechaba de tomar apuntes de la novela del Tío Viejo sin que nadie, mucho menos él, se diera cuenta. En caso contrario, me habría tragado una interminable monserga, como cuando descubrió a mi compañero de banco con una revista Playboy cubierta con el forro del libro de ejercicios. Pero a mí no me pasaría lo mismo, mi camuflaje era perfecto: un alumno muy serio que toma apuntes asintiendo en todo lo que se le dice, no es motivo para sospechas: “Si ustedes prestan atención a estos ejercicios, no necesitarán de ningún preuniversitario ni nada de esos negocios que sólo le robarán dinero a sus padres”, declamaba el Monje Fuertes, mientras yo permanecía inmune a sus palabras y a los jeroglíficos que trazaba en la pizarra, por más que se esforzara en la puesta en escena. Acabada su clase, yo repasaba mentalmente las imágenes de lo vivido por el tío Viejo, mientras avanzaba de Portugal hacia el sur, rumbo al paradero de la liebre Santiago – Puente Alto que me llevaría a casa en un tedioso trayecto de dos horas.

El segundo capítulo (el cual no estoy seguro haberlo concluido) mostraba al Tío Viejo en su trabajo en una ciudad del interior de la Región Valparaíso (Quilpué, Villa Alemana, Limache, Quillota o Calera), pensando en una mujer varios años menor que él (y que, sin duda, debió conocer en una de esos pueblos rurales porque él les temía a las mujeres del Puerto, demasiado sueltas, muy dadas a la bohemias, al trago y el manoseo, amigas de ascensoristas como mi abuelo, todas recomendaciones hechas por mi abuela a la hora de hacer onces, usted no está para esa clase de cosas, hermano), situación bastante confusa, basada más en la imaginación que en lo real (la idea era dejar este punto en la nebulosa para que el lector intentara armar el rompecabezas por su cuenta: ¿el amor es recíproco o sólo un deseo del protagonista?, ¿por qué cuándo conversan ella está vestida y lejana y en las escenas de alcoba se le describe sólo a él?). Mientras tanto, a unas cuantas áureas de diferencia, el resto de sus compañeros de trabajo bromeaba alrededor del jarro para tomar choca y de una fogata con cenizas, sin entender a este tipo tan raro, que no dice garabatos y que más encima ocupa las horas en leer y escribir, en vez de hablar sobre las hazañas de Wanderers en el campeonato de fútbol de 1968 (algunas de estas virtudes me las comentó mi madre, otras se las escuché a mi abuela y la referida a la lectura la puse yo para enriquecer al personaje, después de todo, algo debía tener de su autor, suponía entonces y descreo ahora).

Arriba de la liebre, me sostenía apenas del pasamanos, saltando con los baches de Vicuña Mackenna, soportando a vendedores ambulantes, cantantes, payadores y clowns, otros estudiantes, borrachos, embarazadas y abuelas peleándose por un asiento, aunque fuese el que va junto a la rueda y que obliga a llevar las rodillas flexionadas, nadie quiere viajar como ganado. Huyendo de la claustrofobia divagaba hasta hartarme en espera que la casualidad me ofreciera algo nuevo y que bien podía ser ella, con su jumper y su risa, luego su saludo esperanzador, sus acercamientos, mis obsequios de dulces, chocolates y helados y su comportamiento esquivo. Si hago un esfuerzo mayor hasta podría identificarla con mucha más precisión, aunque prefiero mantener el misterio que me da un gustito sabroso en el estómago, y recordarme llegando a la casa colindante con el río Maipo con la libido en alto, probar las lentejas con choricillo de mi madre, encerrarme en mi pieza a leer y después salir al living lleno de inspiración para poner en el tocadiscos el álbum con los éxitos de Roberto Carlos (aquél donde aparece El gato triste y azul que en italiano es una redundancia, pero en castellano suena de lo mejor) y esmerarme en alcanzar la supuesta obra maestra, sin preocuparme por la calidad de los materiales, el conocimiento ni la experiencia ausentes, sino solo la voz gangosa del baladista brasilero sonando gracias a la aguja del tocadiscos. Inclinado sobre las hojas del cuaderno de apuntes, con el lápiz pasta azul punta fina como fiel escudero, yo emulaba a los grandes autores cuyas obras conocía muy a la pasada, intentando recordar las vicisitudes provocadas por el contenido de un jumper tan o más azul que el gato triste de Roberto Carlos.

Después me esmeraba en relatar el regreso del Tío Viejo a Valparaíso (o de su ida al trabajo desde el puerto, ya no lo recuerdo), en un bus pullman que mi propia experiencia volvía dificultosa, pues la descripción correspondía a un vehículo demasiado similar a los que abordaba junto a mi madre y mi abuela en los veranos, con asientos reclinables, aire acondicionado, baño y televisión, sin coincidir con el recorrido de la góndola Intercomunal de hacía treinta años, destartalada, incómoda, con sonidos de latas, parchada y recauchada cientos de veces, mucho más parecida al recorrido que yo realizaba en la liebre para ir al liceo y donde sólo me consolaba un jumper triste y azul. Por ello, el recorrido del personaje resultaba más rápido de lo que hubiese sido en la realidad, sin aprovechar las paradas, las compras de vendedores en el camino, las tortillas, los huevos duros, los sándwiches de palta y mortadela, las sustancias ofrecidas en canastas de mimbre por señoras de pañuelos y delantales blancos, alternándose entre los microbuses y también en los trenes (no recuerdo porqué descarté  ubicar al Tío Viejo como pasajero del tren, siendo ésta una opción más romántica, más dada al personaje, muy proclive a contemplar el paisaje campestre entre traqueteo y traqueteo; en cambio el microbús resultaba todo lo contrario, más cercano a la ciudad y a la histeria, otra historia, otra novela, lejana al Tío Viejo). No estaba capacitado para percatarme de ello, así que sólo me las arreglaba con esa fatiga de material y seguía escribiendo hasta llegar la hora de hacer onces, con el chocolate caliente y el pan tostado que mi madre me ponía en la mesa del comedor, cuando el disco de Roberto Carlos sólo repetía la última nota porque la aguja picaba y saltaba en el mismo lugar. “Come algo, niño –me decía-. Ya has estudiado toda la tarde y te puede doler la cabeza” y cómo no me iba a doler la cabeza si en ella intentaba evocar el aroma de la choca de los obreros saliendo desde los cerros, la arena, el maicillo, el cemento y el agua que se colaba inclusive dentro de la Intercomunal Calera – Puerto, más las golosinas y comistrajos ofrecidos entre paradero y paradero por esas señoras que llamaban palomitas, una de ellas con un amor no correspondido por el protagonista, a quien le ofrecía de su mercadería y el resto del cuerpo carnoso sin querer cobrarle. Para que se le pase la pena, pues, siempre tan seriecito, usted, le insinuaba ella haciendo un alto en su recorrido por el pasillo de la máquina.

El personaje del Tío Viejo me resultaba simpático, hasta cierto punto me identificaba con él más allá de la afición a la lectura. No era algo extraño si su patrimonio, aparte de la simpatía, el calor de hogar, la protección con los débiles, era el rotundo fracaso. Sí, el fracaso: como era de esperarse, la mujer que tanto añoraba en su horas de trabajo, en sus viajes en la Intercomunal Calera – Puerto (¿o en tren?) y en la casa de su hermana (mi abuela), se emparejó con otro sujeto (el eterno antagonista, la imagen del villano de teleserie con bigote y sonrisa malévola, un individuo conocido de las tías entrometidas, resultaba una buena idea). No tenía problemas en asumir que una novela rosa –aún no había leído “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, más si “Camila” de Agustín Pérez Pardella, “Amalia” de José Mármol y “María” de Jorge Isaac-, podía ser un tratado de existencialismo, de filosofía de vida, de profundidad máxima como las desconocidas obras de Thomas Mann, señor canoso y de bigotes que tuve el gusto de conocer en las páginas que El Pequeño Larousse Ilustrado dedicaba a las biografías de grandes personajes. Después yo continuaba, demasiado seguro e iluso, con mi folletín, como si de gran cosa se tratara.

Como elementos complementarios, sin pensar demasiado en el humor, las tías solteronas comentaban la situación del Tío Viejo desde su perspectiva juzgadora, cruel, insensible, qué más podíamos pedirles, anzuelo para captar la antipatía de los lectores, ese era el camino, me autoconvencía entonces con mi lápiz pasta azul punta fina en la mano. Desde que lo dejó esa mujer, este hombre se puso más raro todavía, sorbían el trío de urracas el té en hojas importado de la casa de mi abuela –¡qué poco quedaba en el baúl de la despensa desde la desaparición del Tío Viejo!, pensaban todos-, movían la cabeza y grababan cada grieta del techo y la pared para salir a comentarlo a la casa de otro familiar, más pobretón que nosotros, de seguro.

A medida que avanzaba en la escritura, me era más difícil reproducir el puerto lacrimoso de esos años, las gotas de mar y la pobreza colgante, sumido yo en un Puente Alto con montañas sobradas de arrogancia, de aire seco y tibio, el esfuerzo de mi padre por darnos el sustento y por mejorar mi habilidad matemática, la casita junto al potrero y el río, las labores y las lentejas de mi madre. Como una forma de inspiración, encendía la radio grande del living de la casa y buscaba las emisoras de Valparaíso, Radio Recreo, Festival, Amapola, La Porteña y con esos sonidos distorsionados intentaba acercarme al puerto, cada vez más difuso y anquilosado.

Recuerdo más tarde y mucho más borroso, al Tío Viejo convertido en un vagabundo, caminando por las callejuelas empinadas de los cerros, tomando del suelo todo papel en que supuestamente podía encontrar la foto o la dirección de su amada (que desapareció de su vida sin dejar rastro) y al darse cuenta que no se trataba de ella, sino del recorte de un diario, una cuenta de agua o de luz, la rompía en mil pedazos (estas escenas son más bien apuntes sin pulir, ideas sueltas, páginas rayadas y otras en blanco).

Una acusación de robo de un par de zapatos desde una ventana llevó al Tío Viejo a pasar una temporada en la cárcel de Valparaíso, más tarde en un hogar para loquitos en Quilpué, Villa Alemana, Limache, Quillota o Calera, y una escena no escrita pero que tenía en la cabeza sobre el hecho de llegar a un punto de la desesperación que lo hacía llorar con todas sus fuerzas, azotándose la cabeza y las manos contra las paredes de la celda, detenerse por una pequeña luz de esperanza que creía divisar en su consciencia (de seguro el regreso de su amada, risueña y acogedora) y al darse cuenta que carecía de sentido, volver a llorar con todas sus fuerzas.

“Después del golpe militar, el Tío Viejo desapareció –me comentó mi madre cuando quise saber un poco más del personaje-. No supimos nada de él, se lo tragó la tierra, al igual que a su novia”.

Imaginaba a mi madre, mi tío y abuela dejando los pasos en las calles del puerto, subiendo y bajando cerros, enfrentándose a marinos con fusiles, voces roncas, desconocidas y portazos, con tal de saber la suerte del Tío Viejo, del tío amable de la hora de hacer onces, de los regalos, las palabras bienintencionadas y los consejos por salir adelante, estudiar, por sobre todo tienen que estudiar, sobrinos.

Una vecina lo vio por aquí, quien sabe en qué andaba, pero en nada bueno, comentaban las solteronas, se le habían pegado malas costumbres y eso que no se veía mañoso, si usted lo tuvo aquí, Carmencita, y nunca le desapareció nada, no es cierto, le sonsacaban a mi abuela.

Sin siquiera proponérmelo, reproducía la sensación que me embargaba por esos años, sin querer estudiar ni asimilar los consejos que salían de boca de mi personaje, sospechosamente parecido al Monje Fuertes, a mi compañero de banco y a mi padre, mientras la muchacha del jumper triste y azul se volvía cada vez más distante, bajándose en su paradero para encontrarse con una sombra que la acompañaría hasta su casa y luego ella lo invitaría a pasar (al villano de bigotes, a quién más), mientras el motor de la liebre Santiago – Puente Alto se burlaba en mi cara con su ronroneo, sin que yo tuviera una palomita que me ofreciera golosinas gratis de su canasta y menos su cuerpo adiposo pero confortable.

 

[La ilustración fue tomada de Google Images]

Claudio Rodríguez Morales nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Es periodista de circunstancias, con ínfulas de historiador y escribidor, además de lector voraz y descriteriado. Hincha de Wanderers de Valparaíso y Curicó Unido, se reconoce bielsista, balmacedista, alessandrista, allendista, liberal – socialdemócrata, beatlemaniaco. Actualmente se encuentra poseído por los mensajes de Led Zeppelin, el pisco sour peruano (culpa de los hermanos inmigrantes), la chicha de Villa Alegre (culpa del historiador Jaime González Colville) y el congrio en todas sus variedades (culpa de Neruda). Casado con Lorena y padre de Natalia



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14 Responses to El Tío Viejo

  1. Alejandra on Viernes, abril 29, 2011 at 1:50 PM

    Fantástico! Es usted un escritor único, pude leerlo en otros sitios y disfruto de todo cuanto publica. Saludos.

  2. Diego on Viernes, abril 29, 2011 at 1:56 PM

    Muy bueno. Gracias a mi amiga por recomendarlo y lo felicito a usted por como escribe.

  3. Ana on Viernes, abril 29, 2011 at 1:59 PM

    Excelente!!

  4. luis on Sábado, abril 30, 2011 at 5:57 PM

    Excelente relato,amigo Claudio. No puedo negar que su lectura me llevó también a recordar a mi propio tío viejo(conocido en mi familia como El tío Pollo, aunque su nombre era Segundo)y que tuvo,por supuesto,un final distinto a su personaje.
    Gracias una vez mas por haber podido disfrutar de sus relatos,tal como me ha sucedido con sus publicaciones en otros sitios.

  5. Claudio Rodríguez on Lunes, mayo 2, 2011 at 3:52 PM

    Muchas gracias, amigos (as): Alejandra, Diego, Ana y Luis, por su amable lectura y generosos comentarios. Un aliciente para persistir en estas lides.

    Un abrazo.

  6. carolina on Miércoles, mayo 4, 2011 at 6:43 PM

    Muchas gracias, por tan bello relato. Muy bien escrito. Atenta a sus próximos escritos.

  7. Savannah on Miércoles, mayo 18, 2011 at 10:05 AM

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    Un relato magnífico, muy propio de vos estimado Claudio. Mis sinceras felicitaciones, espero seguir leyéndote seguido en este sitio y en todos las demás ventanas por las que te animés a asomar.

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