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El verbo

Jueves, junio 30, 2011
Por
This entry is part 7 of 17 in the series En el Reino de Eros II

Relato.

Por Laura Fernández Campillo…

foto

© Andrés H. Cabrera. Derechos reservados

 

 

Se escuchó un lamento. No era suyo. No era de nadie. Era un lamento atravesado, inquietante. Era la comprensión de la nada en el apuro del viento. Era un “ya no estás” vacío de palabras; pero lleno del más profundo de los sentimientos: el dolor inspirado por el placer.

Se escuchó el frío hecho verbo.

Javier se retorcía entre unas piernas ya disueltas.

Minutos antes había entrado sigilosamente en la habitación de María. Se sentó a los pies de su cama. Levantó la manta con cuidado. Observó sus piernas mientras escuchaba la voz de su cabeza. Aún hablaba. Era necesario acallarla. Solo el orgasmo era capaz de convertir la conversación en silencio. Lo buscaba como se busca cada experiencia: con incertidumbre. Comenzó a acariciarla para percibir el roce de las pieles que no se aman,  pero se entienden por costumbre. Se inició la sinfonía. Por fin las palabras empezaban a sustituirse por las notas que ya viven en el espacio; las que el compositor escudriña desesperadamente hasta convertirlas en melodía. Acarició todo su cuerpo, husmeando en el vientre de María la aparición de la transgresión del artista. Ella ronroneó algo ininteligible: el aullido del celo de la hembra dormida. Paseó sus labios por el pecho en carne viva; por la confluencia del alimento y la ternura: néctar de ternera humana.

María empezó a danzar como lo hacen las serpientes, movilizando su cadera al ritmo de las caricias. Javier trató de entrar al compás del movimiento; pero ella inició un giro magistral, acuñado por la pasión que se despierta, como del mismo sueño. Se colocó encima de Javier con exquisita habilidad. Lo dejó inmóvil, enmudecido. Ahora todo era música: la cadencia de María, la penetración a tiempo, el movimiento perfecto y el calor de los cuerpos. La repetición constante elevó la carga hasta intuirse una cumbre esperada; no por ello menos deseada y…

… se escuchó un lamento. No era suyo. No era de nadie. Era un lamento atravesado, inquietante. Era la comprensión de la nada en el apuro del viento. Era un “ya no estas” vacío de palabras; pero lleno del más profundo de los sentimientos: el dolor inspirado por el placer.

 

El Todo se hizo Nada. La sinfonía perfecta. La danza infinita. El placer completo. El frío de sentirse disuelto y comprender que uno no es siquiera lo que piensa, ni la emoción que surge al encontrar la música que uno va buscando entre las nieblas de la existencia. La comprensión del Vacío entró en él, como lo había hecho María: con la palabra del sexo.

 

[La foto como ilustracióon fue tomada de Cuerpo, en Flickr, y el copyright es de Andrés H. Cabrera]

 

Laura Fernández Campillo. Ávila, España, 07/10/1976. Licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca. Combina su búsqueda literaria con el trabajo en la empresa privada y la participación en Asociaciones no lucrativas. Sus primeros poemas se publicaron en el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en 1999. En Las Palabras Indígenas del Tao (2008) recopila su poesía más destacada, trabajo este que es continuación de Cambalache, en el que también se exponen algunos de sus relatos cortos. Su relación con la novela se inicia con Mateo, dulce compañía (2008), y más tarde en Eludimus (2009), un ensayo novelado acerca del comportamiento humano.

© 2010 – 2011, Laura Fernández Campillo. All rights reserved.

 

 

 

 

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One Response to El verbo

  1. María Eugenia Sáez on Sábado, abril 6, 2013 at 3:37 PM

    Impactante relato nada morboso y plenamente sexual; iba a decir que me siento compenetrada con la escena, pero decirlo provocaría la suspicacia de la autora, quien me conoce por internet y supongo me tiene por pícara. Acompañando al relato, una imagen que para la mayoría de los que pasan por este foro será considerada como “de alto erotismo”, sin duda, mas no para mí. La foto, culo y tetas sin rostro, es lo habitual en las revistas literarias de hoy, en las que las mujeres leen más y los hombres ven más que leen. Yo por mí subiría una de mi culo al internet (de lo otro no hay mucho ni nunca hubo) si no fuera porque han pasado muchos años y muchos kilos por mi alma pecadora etc. Un abrazo, Laura

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