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En el baile

Lunes, enero 24, 2011
Por
This entry is part 15 of 19 in the series Número 4, febrero de 2010

Relato.

Por Margarita Belandria…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al día siguiente cuando Mari-Concha vio al hijo que dio a luz entre tinieblas porque en su choza de cañabrava ni un cabo de vela encontramos para alumbrar el alumbramiento, le fue imposible suprimir el grito de pavor que durante nueve meses y a la macha había venido reprimiendo. Con la luz del sol se convenció de no haber parido una criatura linda como para amamantar y besar. Mamaba como un becerro dándole topetones que desgarraban sus pezones y los dejaban sangrantes. Ni qué ver con sus dos hermanos que habían nacido bonitos y con gestación tan apacible que daba hasta lástima parirlos. Era el único que no era de su marido que tampoco ya era suyo. Lo concibió en una noche de parranda, de joropos, contrapunteos y galerones, cuando el sol agonizante se despedía entre la polvareda sacudida por las alpargatas de los lugareños que bailaban impetuosos la celebración de un casorio. El mozo que insistente la miraba con cara de desamparo era un forastero nunca visto en aquellos descampados. Recostado a un horcón todos parecían ignorarlo. Nadie le conversaba y tampoco él se interesaba en conversar con nadie. Mari-Concha se restregó los ojos para aclarar su visión y cerciorarse de no estar soñando. Forzándose a mirar hacia otros lados intentaba evadir el encuentro de sus ojos con los que tan fijo la miraban, pero tropezaban indefectiblemente. Desde el instante de su llegada olfateó un aroma fascinante que sin duda provenía de aquel fuereño llegado sabe Dios de dónde, porque su pinta y modales no cuadraban con la usanza de aquellos predios. Irradiaba el forastero un halo perturbador. Sintió entonces Mari-Concha como si el hombre la jalara con amarras invisibles de las que no se podía desatar. Arrebatada de turbación se le acerca embobada sin dejar de mirarlo. Él la prensó entre sus brazos y se dispusieron al baile. Engarzada por la cintura iniciaron una danza majestuosa y por vez primera se sintió la mujer más linda y feliz, no la abandonada del arriero que se fue con otra más joven para que las demás se rieran de ella, malnacidas, ni la que se partía el lomo en el río lavando canastadas de ropa ajena con las manos desolladas a punta de blanquear manteles con lejía. Entre los brazos del hombre fue la soberana de un cuento lejano que oímos leer a otra niña mientras su madre limpiaba las caballerizas en una casa del pueblo. Bailando en cabriolas con su camisón esponjado la va sacando del caney hasta dejar atrás el rebullicio que alpargateaba al compás enloquecido de las maracas y el arpa. Joropeando sin tregua la fue llevando en retroceso hacia el establo encajándola de bruces entre la canoa de comer las vacas. El ronco mugido de los animales en estampida no fue escuchado. En la oscuridad no fue posible ver lo que sentía. Habiéndole parecido el bailarín más bien de aspecto delicado ahora se transfiguraba en descomunal musculatura que volcado en potencia feroz desgarraba sus entrañas con terribles embestidas. Bajo el peso bestial corrió como una ola gloriosa por los aires para finalmente arrojarse en el légamo de un placer doloroso que le arrancó un enorme alarido, y se tornó fétida la fragancia que la trastornó en el baile. Desde esa noche Mari-Concha sintió como un corazón de res palpitándole por dentro. Ebria de repugnancia y dolor acude a la comadrona con la esperanza de que alguna pócima la salvara de lo que ya sólo era un nido de ratones royéndola sin clemencia. No sólo no le creyó el cuento la comadrona sino que le espetó su reprimenda. Desde que te conozco solo sabes decir embustes, siempre con algún invento raro y viendo espantos y aparecidos en cualquier sombra del camino, qué baile, qué casorio, qué forastero ni qué ocho cuartos, hace añales que por estos montes no hay nada de eso, ah mujer pa disparatera.

Con la luz del sol examinó bien Mari-Concha a la criatura que dio a luz entre tinieblas. Los ojos de murciélago, muy abiertos, la miraban penetrantes cuando pensaba en algo para desaparecerlo, y la boca demasiado gruesa ya acusaba el gesto de burla que había de tener para siempre. Su desconcierto mayor fue constatar que, pese a los baños diarios con jabón de olor y agua de romero, en el recién nacido persistía un fuerte olor a orines de rata. Todos los niños tienen su olor, nos decía, jieden un poquito a algo, como a pollito o a gatico remojado… ¿pero a orines de rata?, ¡zape! Esta vez acude a otra experta. Tonta yo, nos decía, cómo no se me ocurrió ir allá desde el principio en vez de hablar con esa burra de comadrona. Cuando la mujer toma al chiquillo en sus brazos vimos que casi lo suelta al suelo por el latigazo que sintió en la espina dorsal, pero ella era una veterana en eso de romper sortilegios y vencer fuerzas oscuras. Preparó entonces una cocción con varios aditamentos para bañarlo, agua recogida del cruce de dos ríos, una cruz de ramo bendito, hojas de mastranto, clavelito sabanero, tres granos de sal, una pizca de mierdita de gato y otra más grandecita de zamuro rey. Tres días y a fuego lento hirvió el cocimiento en una paila hasta quedar reducido a un medio litro de sustancia espesa que había de ser repartida en tres baños, durante los cuales daba pavorosos berridos que nos hacía parar los pelos de punta. Después del tercer baño a la hechicera le pareció que la criatura comenzaba a tener un poquito de olor a gente, pero a los demás nos pareció que en nada había disminuido el hedor.

Al mes de nacida la funesta criatura murieron los otros dos niños súbitamente. Se le clavó entonces a Mari-Concha la fuerte corazonada de que ella sería la próxima víctima. Miró al fondo de sus ojos, pese a todo, en pos de al menos un hilito de ternura, ansiosa de una emoción maternal, y la estremeció lo que vio; vio el espantoso corazón del crimen y palpitantes las vísceras del mal, muchedumbres desangradas, ríos de sanguaza y desesperanza. Mi Dios. Se aprestó de inmediato a sofocarlo con la cobija. No quiero que nadie me culpe de nada, gritaba estrujándose los cabellos, que mis ojos no vean los enjambres de ofendidos buscándolo hasta debajo las piedras para con sus guadañas filudas degollarlo y mis oídos no oigan los insultos cuando le griten maldito, alimaña ponzoñosa, hijo de siete leches, porque eso y peor se lo dirán. Pero su corazón de madre la exhortó a desistir del intento, y las manos temblorosas soltaron la cobija al suelo. Antes del amanecer lo dejó durmiendo en el chinchorro con la puerta del rancho abierta y huyó lejos con el primer canoero que pasó por el Caipe. Nadie más subió a la barca durante el largo trayecto. Callada y sin pensamientos Mari-Concha reparte su mirada entre las aguas, la vegetación tupida de las riberas y la espalda sudorosa del barquero, que remaba también en silencio. Al final de una larga travesía sobre selváticos ríos de honduras formidables, en un delta desolado bajó de la barca al anochecer para dirigirse a casa de un pariente residenciado en un fundo cercano. Descendió con dificultad, desfallecida de hambre y ardiendo de fiebre. Al pagarle el viaje al barquero le miró el rostro y se le frenó el corazón; vio que le sonreía triunfante el mismo forastero del baile. Al día siguiente, cuando la hallamos agonizante entre los troncos podridos de un recodo del río, apenas le alcanzó el aliento para relatarnos el suceso hasta el momento en que se le frenó el corazón. Corrimos luego hacia el rancho con la firme decisión de que no nos temblarían las manos como a ella, ni se nos caería la cobija al suelo como a ella, pero ya no había nadie en el rancho.

[Imagen: ‘Barquero’, Rufino de Mingo, 1987].

 

Margarita Belandria (Canaguá, Estado Mérida, Venezuela). Escritora de novela, cuento, ensayo y poesía. Abogada y Magíster en Filosofía, profesora de la Universidad de Los Andes, Mérida, en el área de Filosofía del Derecho, Lógica y Hermenéutica Jurídica. Distintos autores han realizado estudios sobre su obra en la IV Antología de la Asociación de Escritores de Mérida (AEM) Escritoras venezolanas ante la crítica, 2007.  Entre sus publicaciones se destacan: Qué bien suena este llanto (Novela), Mérida, Venezuela, Coedición del CENAL y la AEM., Mérida, 2006 (Mención de Honor otorgada por la AEM en el Concurso de Narrativa “Antonio Márquez Salas”, 2004) y ha sido objeto de estudio en el “Seminario de escritoras iberoamericanas” de la Maestría de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Los Andes (ULA), 2008; Otros puntos cardinales (Poesía), Mérida, Coedición del CENAL-AEM, 2006 (Mención de Honor por la AEM en el Concurso de Poesía “Simón Darío Ramírez”, del 2005). Otras selecciones de poemas suyos han sido publicadas en: “Al Pie de la Letra” del Diario Frontera, 12 de junio de 2004; I Antología de Poesía, AEM, 2005; III Antología de Poesía, AEM, 2006; revista La Palabra, Barinas, Venezuela, No. 8, Instituto Barinés de la Cultura y Bellas Artes (INBCYBA), 2006; y en Revista Faceta, Ibagué, Colombia, No.30, p. 2., 30 de noviembre de 2008.

© 2011, Margarita Belandria. All rights reserved.

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One response to “En el baile”

Rosa Marina Gonzàlez-Quevedo.

29/01/2011 at 13:17 | Permalink | Reply

Excelente relato. Felicitaciones a la autora y a “Palabra Abierta” por su publicaciòn.

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2 Responses to En el baile

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