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Fuego serás forever

Lunes, octubre 12, 2009
Por

Cuento

This entry is part 9 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

En los ojos de mi mente prendo
fuego a vuestras ciudades.

Charles Manson

Nunca vi sus manos manchadas de sangre como sí las veía la abuela. EseDesierto Leones hombre es un río, dijo la primera vez que lo vio aparecer por la avenida. Con esa profundidad sinuosa que tienen los pantanos y sus cocodrilos jamás dormidos preguntó por el cuarto, pagó el depósito, escuchó las reglas y se mudó con sus cuatro cosas una tarde gris y sucia de domingo.

Dijo llamarse Stinky y hablaba el español con acento mexicano.  Había nacido en los 50s del milenio pasado en Blythe, Arizona, allí donde se junta el viento y se hace piedra que anda, como dicen los antiguos comanches, y por razones no aclaradas tuvo que emigrar en los 70s a la ciudad de México, de donde había regresado un par de años atrás a California cargado de incógnitas y con las manos y el estómago vacío, así como llegamos todos los extranjeros.

Viajando siempre en bus a falta de licencia y con un trabajo que lo situaba entre falso vigilante, portero y janitor de un Banco de América, Stinky prefería el barrio latino con su fútbol, sus cervezas en el antejardín y sus adolescentes encintas, a la prolijidad y al nunca invierno de los barrios blancos.

Sin otro vicio que el cigarro, que salía a fumarse cara al sol o a la luna de muerte, o la música rock de la que hoy llaman clásica, Stinky pasaba las horas libres encerrado en su cuarto. Toalla al hombro cada mañana nos encontrábamos en la puerta del baño. Curiosidad y simpatía despertó en mí ese hombre de rostro hecho en madera y de ojos azules, de tatuajes ya despintados por el tiempo y las arrugas, y de una historia ignota.

Aunque la abuela seguía diciendo entre sus desvaríos de loca que Stinky era un río crecido hecho de sangre, buscando contrariarla, en la semana de vacaciones del día de Acción de Gracias me hice su amigo.  La para obligatoria y el corte de pulmón que me dio mi novia me lanzaron de cara a la tristeza.

Solito en el mundo, consolándome de mis sufrimientos ese lunes estaba yo viendo romper el alba pegado a una botella cuando Stinky apareció en la puerta de su cuarto. Sin querer molestarlo le expliqué a grosso modo mis tormentos y él, también disculpando su presencia en el porche, me dijo algo del sueño, del frío y de las ganas de un cigarrillo que lo habían asaltado. Toma y dame, le dije, recibí su cigarro y él agarró la botella y se dio un trago largo.

El vino barato baja por la garganta como un gato en reversa, dicen en el barrio, y yo le agrego que entonces el vodka es un tigre en reversa, y Stinky por primera vez frente a mí se sonrió. Hablaba poco y bajo, con trabajos le escuchaba y con más trabajos logré interesarlo en otra cosa que no fuera observar el camino que se perdía a lo lejos rumbo a la avenida o rumbo a los tejados aún desdibujados por la noche en retirada.

Pegándole a los 60 me llevaba casi 40 años lo cual dificultaba la comunicación. Siempre he aborrecido la vejez, el brillo apagado de los ojos longevos, pero con Stinky era distinto, él no era de los viejos míos, él no estaba lleno de historias truculentas y de lugares y gentes descolgados del mapa y de la realidad como todos los ancianos latinos que conozco. Alto, seis pies más o menos, y aún derecho, con un temblor que le impedía escribir de corrido, su letra parecía más un garabato de niño que otra cosa, su cuerpo lucía bastante traqueteado para su edad.

Buscando puntos en común hablamos de carros, a él no le importaban; de lugares, tampoco; de México, pero de allí solo le atraía una mujer de cabellos negros y gruesos que por los segundos del orgasmo le sacó de la mente a la piel de almendra, cabellos castaños que se le había bebido literalmente el alma negándole la posibilidad de enamorarse cuando aún no llegaba a los 20.

Me platicó en pocas frases del destierro de su cuerpo, que se hizo viejo contemplando las pirámides, y no era retórica. Por años, según me dijo, habitó en renta un cuartito en una enorme casa de San Juan Teotihuacán, donde fungía como traductor.  De allí le venía el español, deduje yo dándole un aire de explorador cultural, de gringo hippie trasnochado, a su permanencia en tierras mexicanas. Algo así, me dijo cerrando el tema.

Poco dado a las confidencias, yo fui su más cercano amigo aquí en los fríos extremos de Ventura hasta su desaparición.

Lunes, martes y miércoles de esa semana los pasamos juntos pegados al reproductor, y junto a él recorrí las etapas doradas del rock. Me enseñó a degustar la hilarante locura de Grateful Dead y de los Judas Priest, aunque la máxima altitud del rock, que nos perdone Janis, la bruja cósmica, en todas las épocas, me dijo, la vivimos cuando salió el White Album de los Beatles.

No del todo de acuerdo le dije que la verdad poco conocía ese álbum, y él me prometió, a cambio de un ride por lugares de su ayer, que me iba a enseñar lo que sabía. Sin nada que perder dije que sí, así que CDs en mano, cargados con el furor que había incendiado los 60s nos trepamos al coche y fuimos aquí y allá por Topanga Canyon, Chatsworth, donde paramos largamente a las puertas de un rancho que metódicamente intentó rescatar del olvido.

Todo lo han derribado, dijo.

Subido en el cerco señaló el horizonte vacío. Ahí estaban los establos, el tráiler, las montañas de ropa, y hoy no queda nada.  Después de dos cigarros silenciosos y de desempolvar un desteñido anuncio de madera que decía Spahn’s Movie Ranch, que estaba perdido en la maleza, salimos presurosos de allí cerrando para siempre esa puerta al pasado.

Sin más novedad madrugamos el miércoles, última petición, y nos trepamos primero en el 91 rumbo al infierno, al meritito Death Valley, me dijo, enrollando el 14 hasta donde no hay vida. Yo he visto arder las víboras bajo el sol del desierto, me dijo, también las he visto convertirse en águilas y echarse a volar buscando sombra, me dijo enigmático hablándome de un Charlie que tenía dedos que sabían hablar con la tierra y el cielo. Aunque nadie me crea ese hombre una vez revivió a una mujer, y a un perro muerto lo transformó en gaviota, me dijo y me contó también de una tarde de ensueño en los brazos de Rachel y de cómo, lejos del planeta y en mitad de la nada, piedras, lagartijas y cactus incendiados, él y ella se desnudaron de adentro y se intercambiaron las pieles y los corazones hasta que el amanecer se rompió cubriéndolos de estrellas apagadas.

Brotando del centro de la tierra Charlie vino a nosotros y nos despertó. Ya llega el fin y yo los quiero juntos, nos susurró dulcemente.  Despacio metió su mano en mí, allá adentro donde dicen que se encuentra el alma, y metió su otra mano también dentro de Rachel Ann y nos la cambió de lugar. Ahora eres por siempre ella y tú serás por siempre él, nos dijo desapareciendo sin caminar rumbo a la casa de una habitación que habitábamos los doce hijos del desierto y del helter skelter en plena efervescencia sesentera.  Por siempre juntos, juró Stinky, por siempre juntos, juró Rachel, y yo la abracé y ella en mi oído me dijo fuego serás forever y se alejó corriendo.

Esa fue la última plática que tuvo con Ruth Ann, alias Rachel, porque a los pocos días la hecatombe de los sheriffs los arrastró en su ola y jamás pudieron reencontrar sus pasos, me contó Stinky camino del desierto. El tiempo y las infidencias han desmitificado el álbum blanco dándole un justo lugar en la historia del rock, pero Stinky se empecinaba en encontrarle doble fondo a los temas. Obstinado, pero sereno, el mundo era una cosa lejana e insufrible que estaba allí sin otra función que estar, pensaba él que los Beatles aún desde la penumbra le enviaban mensajes cifrados al profeta del Death Valley.

Lo que antes era el Myer’s Ranch hoy tan solo es una extensión desolada del infierno. Una casa en madera no habitada era lo que la diferenciaba de un paisaje lunar. Botellas de plástico y un pedazo de lona que el hirviente viento del Death Valley agitaba a su antojo eran las únicas presencias en el lugar. Stinky, de rodillas en una cueva que un saliente de piedra construía, buscó desahogos en la roca.  Esto lo hice yo, y esto Snake, y así obsesivamente le iba encontrando dueño a las grietas y a las señales que había dejado el padre tiempo en el rostro del planeta incendiado.

Reventado de calor lo acompañé aquí y allá por entre el paisaje repetido hasta que un promontorio le llamó la atención. A mano limpia arañó la tierra endurecida hasta desenterrar un pedazo de trapo deshilachado e incoloro. Esta era una bandana que usamos ella y yo después del amor y en la que envolvimos unos huesos sagrados, dijo y se quedó allí de piedra y sal derritiéndose al calor infernal del sol del Valle de la Muerte.

Sin palabras, el camino de regreso me presentó a un alucinado Lennon que gritaba solo para mí un infinito number nine, number nine, number nine. Enconchado en sí mismo al reflejo de los coches, a Stinky le cayeron de golpe todos los años del universo y un cansancio de siglos se le vino encima con el peso de un tren. Un último favor, me pidió suplicante.

Cigarrillo tras cigarrillo, Sexy Sadie me llevó por las calles desconocidas de Bakersfield hasta topar de frente con el Martin Luther King Park. Sombras endemoniadas de toboganes y de columpios me llenaron los ojos mientras Stinky se hacía nudos buscando la numeración de las casas, justo allí en la California y la Owens.  Quedémonos aquí, me dijo después de un rato.  Una casa apenas iluminada era nuestro blanco. Flores, el buzón repleto de propagandas y cuentas por pagar, y un par de sillas de plástico para cuando el verano, eran el mobiliario del portal.  Un vocho sin llantas esperaba en el driveway por un tiempo mejor y desde la penumbra una luz, por si acaso los ladrones anunciaban a gritos que nadie estaba en casa.

Otro cigarrillo, cry baby cry, y ya estaba empezando a impacientarme cuando por fin una vetusta van paró frente a la puerta. Dos pequeñitos adormilados, una mujer de mediana edad vestida en negro y con sus cabellos largos agarrados en trenza se apearon de prisa y a la carrera se metieron en la casa. Instantes después, con la paciencia que tienen los que nunca encuentran su lugar en el mundo, una mujer delgada y alta y un hombre, en ropa de deportes, se dieron mutuamente la mano perdiéndose en la noche o en el interior de la casa, que para el caso es lo mismo.

¿Ahora qué?, quise decirle a Stinky rompiendo su mutismo, pero una vez más, desde el pasado, la mujer de los cabellos blancos y largos reapareció esta vez sola y se sentó en una de las sillas a fumarse un cigarro. No sé si Stinky lloraba en silencio, lo único que sé es que por esos minutos tan solo el cascaron vacío y traqueteado de su cuerpo estaba allí, pero no lo que algunos llaman el espíritu. Su esencia, su fuego de adentro se había lanzado al abrazo gélido de la mujer que echaba humo desde un verano multicolor y agreste que no quería pasar, y que despreocupada jugueteaba con sus cabellos largos y blancos. Después del cigarro, la mujer tocada por el frío se perdió en la penumbra dejándonos verdaderamente solos en la ciudad dormida.

Vamos, me pidió Stinky, y yo sentí que ya no era el mismo que días atrás se sentara conmigo a escuchar música.

El regreso a casa lo hicimos en silencio.  Totalmente lejanos no nos dijimos adiós ni volvimos a intimar después de esa semana, y, salvo quizás un par de cigarrillos, nada más compartimos hasta el momento en que salió con rumbo a su trabajo y jamás regresó. Por eso me sorprendió sobremanera cuando la abuela me pidió entrar al cuarto de mi amigo, así dijo ella, y sacar todas sus pertenencias para no dejar ni una huella de su paso por casa.

Austero en sus compras, Stinky tenía un sobre manila con papeles y cartas, un poco de ropa y unos cuantos CDs viejos, eso era todo.  La policía y los periodistas rondan, dijo la abuela, y tenía razón, a mí personalmente me tocó atenderlos una vez que vinieron preguntando por Stinky. Querían saber quién lo frecuentaba, qué hacía y qué nos había contado de su vida pasada. Sin mucho que agregar, dejamos que los policías revolcaran su cuarto sin hallar nada.  Era un hombre silencioso, les dijimos, mientras ellos se subían a su coche diciéndonos adiós.

Curioso por saber quién diablos era Stinky, fui a mi cuarto y rebusqué en el manila. Recibos, licencias mexicanas de conducir con su foto pero con distinto nombre y unos cuantos recortes de periódicos en inglés, junto con una carta, eran sus tesoros secretos. Las fotos de periódico, secas y descoloridas por el tiempo, mostraban una serie de jovencitos y jovencitas vestidos como hippies y sentados en alguna esquina de Los Ángeles en el juicio del siglo que se le siguió a la familia Manson. Un recorte, a su vez igual de ajado y desteñido, dejaba ver una mujer de cabellos negros y largos, y de un color almendra que sonreía lejana a la cámara del reportero metida entre un corazón adolescente dibujado con una pluma roja.

Sin nada más que encontrarle a las fotos, abrí la carta que venía dirigida a Stinky Rivera, buzón de correo 17425, ubicado en la Post Office de Ventura, en el zip code 93004, con el remitente de Rachel Annette y la dirección a la que fuimos meses atrás en Bakersfield. Y con la tarde entera, por no decir la vida por delante, me acosté en mi cama y cerré la puerta donde, a modo de despedida para mí, Stinky había garrapateado un helter skelter escrito en pintura roja, color de la sangre que manchaba sus manos, según la abuela.

jose-manuel-rodriguez José Manuel Rodríguez Walteros (Bogotá, Colombia) es un escritor que radica en California desde hace 20 años.  Novela y cuento, a veces poesía, están en sus creaciones que han sido galardonadas aquí y allá. Premio Fernando de la Mora, en el Juan Rulfo, mención especial Casa de las Américas y Letras de Oro, entre otros, dan fe de su quehacer literario. Ha publicado Las Voces del Enigma, novela, No más canciones para los muchachos muertos, los cantos de la noche son los cantos del East LA, y últimamente Las historias del Descifrador en cuento. Pertenece al grupo literario La Luciérnaga de Los Ángeles con el cual lleva añales luchando por darle un lugar de relevancia a la literatura en español hecha en Estados Unidos.

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