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La casa de mi vida

Domingo, abril 24, 2011
Por
This entry is part 7 of 21 in the series Número 13, abril de 2011

Relato.

Por Gustavo M. Galliano…


 

 

 

 

 

Elena, la joven empleada inmobiliaria, atractiva y curvilínea tan dulce como su sonrisa —aunque aquellas curvas fueran más sugerentes y más peligrosas que su sonrisa, sin dudas más turbantes— me recibió con cordialidad en el portal, haciendo uso de una verborrea de monólogo finamente estudiado en cada detalle, para indicarme al final que le acompañara en el ingreso a la casa.

Era la encargada de mostrarme la bellísima mansión, que se alzaba en pleno Boulevard Carmesí, una magnífica mole de mármoles y finas maderas, caobas, robles; adornos imponentes de cristal, bronce, plata y oro, escaleras con barandales macizos, cuadros y pinturas de exquisitos autores. Y su mejor sonrisa para ocultarme las pocas bondades que los años se atrevieron a robarle  a  aquel inmueble impresionante.

Pero mi ojo clínico, mi sagaz perspicacia y mi delicada intuición ya habían dictaminado, apenas cruzado el umbral, apenas traspasado el dintel, que aquella era “la casa”.  La residencia donde acabaría mis días. Lo sentenció la fragancia a jazmines proveniente de los jardines, la luz pura que penetraba los ventanales. Adoré la fachada de ladrillos antiguos, la estimulante firmeza de sus cimientos, la fuerza rojiza de sus tejas. Desde la amplitud del living y la comodidad extensa de los dormitorios, hasta los marmóreos baños de griferías en oro. Desde el hogar rústico de acogedores leños ardientes hasta la sobria biblioteca repleta de libros nunca leídos. Desde la increíble cocina, hasta le inexistencia de un sótano que detesté desde niño.

Es una pena que Elena resultara tan eficiente en su trabajo. No cesaba de hablar y hablar sobre las bondades de la casa.

Una hermosa mujer no debería hablar constantemente, pues abruma y se desmerece. Un buen vendedor debería aprender que en ciertas oportunidades es necesario callar. Y mirar a los ojos. Como cuando un sommelier se toma unos instantes y cierra sus ojos para dejar descansar el buen vino en su paladar, antes de dar el veredicto.  Pero Elena era una máquina posmoderna preparada para avasallar, no dejar pensar. De la terrible escuela sacrílega del “confunde con tus palabras, al extremo que no piensen, utiliza el engaño para que no vean defectos, luego será tarde, cierra el negocio, cobra tu comisión y ve por otro cliente, tiempo y vida convergen finitos. Mañana vivirás”. ¡Vaya si conozco sobre esto!

Respiré hondo antes de suplicarle cortésmente, y mirándole a los ojos, le dije:

—Cállate, por favor—. Ella titubeo, confundida. —Esta es la casa, entiendes, Elena. Es la mejor, y tú eres la mejor. La he escogido entre cientos. Despreocúpate. Tan sólo necesito unos minutos a solas, en la terraza del ala norte, si puede tu enérgica verba otorgármelo, luego estaré a tu plena disposición, dalo por hecho. He escogido esta casa. Aquí viviré hasta el último de mis días. Lo juro. El precio no será obstáculo alguno.

La joven sonrió, en una mezcla de ambición, codicia, perversión y satisfacción. Seguramente resultaba la venta más rápida y sencilla que había logrado en su corta carrera. Un antecedente meritorio rumbo a una carrera brillante. “El cliente perfecto”, pensó casi en voz alta. Aunque también eso llegó a molestarle un poco: necesitaba demostrar todas sus habilidades; había resultado demasiado fácil, y no era una mujer que gustara de lo fácil, necesitaba retos que movilizaran la adrenalina de su cuerpo. De todos modos, el resultado era el mismo: dinero y buen concepto, lo cual calmó su ánimo.

Me indicó con una sonrisa casi distraída la dirección del pasillo hacia la terraza, y me explicó que estaría en la biblioteca preparando los documentos pertinentes, para la firma. Le respondí que me parecía correcto, siempre que respetara mi cuarto de hora de intimidad en la terraza del ala norte. Accedió con un gentil gesto, y fingió una sobriedad que ahogaba la total euforia del triunfo.

Una vez instalado en la terraza, me dejé caer en un cómodo sillón de esterillas, ubicado allí, no casualmente. Observé los picos nevados de la majestuosa Montaña Clamor, sobre mi diestra. Como contraste, a mi siniestra, las luces insinuantes del atardecer próximo a devorar Ciudad Santa Fe.

Respiré relajado, imaginando a Elena, habitante de un cuerpo tan hermoso,  capaz de generar tanta pasión y, sin embargo, convertido en un frasco de codicia, completando formularios a ultra velocidad. Encendí un cigarro con la última lumbre que me quedaba. Siempre fui bueno para no desaprovechar últimas oportunidades. “Esto sí resulta majestuoso, y es todo mío”—pensé—. “Tal como lo imagine”. Exhalé una intensa bocanada, una nube maciza y condensada de nicotina y recuerdos.

Hurgué en el interior de mi abrigo, comenzaba a castigar la brisa. Saqué la pistola. El marco era perfecto, como una pintura a la que nada más le falta el pincelazo final. Lamentaba que Elena tuviera que ser quien pusiera el broche final, hacerse cargo, ella, tan plena de belleza y superficialidad, pero no podía hacerme cargo yo por ella. Debemos optar. Sacrificios. Tantos años me llevó encontrar la casa de mi vida. Donde pasar hasta el último de mis días. La boca de acero me beso la sien. Y la piel se erizo ante el frío del incipiente invierno que la convertía en más frío aún, pero sólo por un instante. La visión era maravillosa, la naturaleza posee tanta belleza que solemos obviarla por distraídos. Quizás por ser tan imperfectos como humanos es que no recalamos en la perfección que nos rodea, quizás por encerrarnos en nuestras cápsulas de dolor, por dedicarnos a atormentar nuestras almas en lugar de cuidarlas, quizás por aferrarnos, costumbristas,  a las penas hasta que la carga se torna insoportable,  antes que escoger la libertad.

Luego creí escuchar la voz de Elena reclamándome y decidí apresurarme. Una obra de arte no debe desperdiciarse. Aquél paisaje, aquella terraza, la comodidad del sillón, la musicalidad de la brisa, el pico nevado en el celeste de Montaña Clamor, las amarillentas luces relucientes de Ciudad Santa Fe. La casa perfecta, para el partir adecuado. No sirve ya repensar las causas, demasiado frío afuera y adentro, no comprenderían. No se comprende jamás el dolor ajeno. No por incapacidad, sino por genuino desinterés espontáneo.

Toda la firmeza que no tuvo mi alma hasta entonces, se concentró en mi diestra. La mano responde al cerebro y al corazón, supongo. Porque los ojos se llenan de lágrimas, que pueden ser producto de penas, recuerdos, o del viento frío que azota ya incesante la terraza del ala norte.

“Vamos, ya es hora. Es la casa de tu vida, aquí soñaste siempre que fuese el fin”,  me dije en voz alta, para insuflarme esa fuerza que comenzaba a flaquear.

A la distancia, la nieve de las montañas comenzaba a vestirse de un ostentoso manto azul. Las luces de Ciudad Santa Fe ya presumían su expansivo color naranja, casi prepotente. Desde la biblioteca, la voz de Elena llegaba lejana pero clara:

—Apúrese, ya anochece, debemos regresar—.  Pero no había regreso, ya no. La detonación fue única y retumbó en cada rincón de la magnífica mansión. La joven dudó unos instantes antes de correr hacia la terraza.

Al llegar al ala norte supo que era más tarde de lo tarde que había presumido. Más allá de la terraza, todavía el eco del disparo aún escapaba y se escondía entre montañas y luces que fulguraban distraídas. Mi cuerpo estaba tendido en el cómodo sillón de esterillas, ella no atino a acercarse. Tampoco a pronunciar palabras. Su locuacidad parecía haberse agotado inexplicablemente.

Mientras la nieve comenzaba a dislocarse en suaves y ligeros copos, un hilo purpúreo descendía por mi hombro y mi brazo izquierdo, apoyado en el piso de mármol, e iba dando paso a una mancha que se expandía conformando una extraña figura. Figura de contornos extraños, formada por sangre casi tibia. Tibia de apasionados recuerdos, fría de vida y mutiladas esperanzas. Demasiado fría por inmensas desilusiones. Sacrificios.

Anochecía, y el reflejo inexpresivo de la oscuridad trataba de cubrir con un manto de piedad el piso de Mármol de Carrara, de la Terraza en el ala norte de la bellísima mansión ubicada en el boulevard Carmesí, de Ciudad Santa Fe, cercana a Montaña Clamor

 

Foto Montañas

 

Gustavo M. Galliano. Poeta, narrador, docente e investigador universitario. Nació en Gödeken, y posteriormente se radico en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina, donde encaminó sus estudios en Economía, Derecho, e Integración (Mercosur). Su pasión por las letras le impulsó a generarse su propio espacio en el medio literario. En septiembre de 2006, obtiene su primer premio en un certamen literario internacional, por su poema “Carta de un Cyrano a la más dulce dama”. Le continuaron entonces numerosas distinciones nacionales e internacionales; entre ellos, el primer premio en narrativa, por “La casa de mi vida”, en el XXXIII Concurso Nacional de Poesía y Narrativa Breve, el 7 de agosto de 2010, San Lorenzo, Santa Fe, República Argentina. El 2 de abril de 2009 presentó, en el Salón Real del Club Español de Rosario, su libro de relatos cortos: La cita. Tiene registrados y prontos a editarse un nuevo libro de narrativa (Un Dragón en el Acuario) y un poemario (Ocultos tras la bruma). Actualmente es columnista especial y miembro editorial de revistas de literatura y arte en Toronto (Canadá), Buenos Aires (Argentina), Jerez de la Frontera (España)  y Miami (USA). Sus escritos se han traducido a varios idiomas.

 

 

 

 

 

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2 Responses to La casa de mi vida

  1. Clayton Boreland on Jueves, mayo 19, 2011 at 8:18 PM

    I’d be inclined to settle with you here. Which is not something I usually do! I enjoy reading a post that will make people think. Also, thanks for allowing me to comment!

  2. Lauren on Sábado, mayo 21, 2011 at 7:20 PM

    hi-ya, I like all your posts, keep them coming.

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