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La Casa y la kabila, un relato bereber

Sábado, enero 30, 2010
Por

Cuento

This entry is part 11 of 19 in the series Número 4, febrero de 2010

Por María Eugenia Sáez,
la hija de Chiniachu*


 

 

 

 

 

 

 

***

 

Era el norte de Africa y en una casota de muros blancos vivía una niña flaquita y morena que había tenido dos pulmonías y la llamaban Chiniachu por sus ojos rasgados.  La casa era de cuatro pisos y no tenía terraza en el de arriba, sino tejado a dos aguas como en las casas vascas. Adentro discutían un hombre, ingeniero jefe de Minas de El Rif, y su mujer.

Estaba en la punta de una colina en un pueblo bereber llamado El-Wizam.  En la fachada, al lado derecho, había una escalera retorcida que subía al primer piso y un muro también escalonado.  Al frente había dos datileras del tamaño de un hombre y una mujer.  Adentro la casa era oscura, con pesados muebles ingleses de caoba, espejos y juegos de plata.  Las cortinas de grueso brocado ocultaban otras de blanco encaje bereber.  Había cuatro niños silenciosos, una nanny, una cocinera, una lavaropa, una mucama y dos moros.

Un moro se ocupaba del huerto y de la vaca y pollos; el otro del caballo y del automóvil, pero además era guardaespaldas del señor vasco. Este prefería ir a caballo a las minas para subir hasta la punta del monte.  Podía montar en silla inglesa o a la jineta mora. El moro estaba a cargo de la pistola y de la escopeta.  A veces venían a cenar el obispo de Melilla o el general Millán Astray.  Corrían los años 20 y había mucha tensión en el aire.

La niña salió al corral de manos del moro y vio el carro pulido y brillante que llevaba días sin que nadie lo usara.  Los dos se fueron a ver a las gallinas que estaban solas.

—Mohantiller dime, dime qué pasó con el gallo blanco que trajeron de Inglaterra. Era tan bonito, tan blanco, grandote, con sus plumotas blancas y su cresta roja, como un rey.

—pues que no ponían las gallinas y por eso nos lo comimos anoche en caldo…

—Noooo, ¡qué malos! ¡pobre gallo blanco!

—muy bonito y muy grande era pero no servía para nada, no montaba a las gallinas

—Porque era muy bueno; por eso nosotros no nos lo comimos, yo no me lo comí Mohan…

—me lo dio tu padre para mi familia y lo preparó mi mujer en un caldo justo para mí.

—¿Por qué Mohantiller, por qué si tú no eres malo? ¿por qué te dio mi padre el gallo?

—porque yo le traigo mi gallito africano, negro y chiquito, que les va a llenar de pollos

—¿Y cuándo me vuelves a llevar a tu kabila a tomar té de menta y a jugar con tus niños?

El moro y la niña entraron, él primero y ella siguiéndole, por la puerta de atrás de la casa.  Subieron una escalera retorcida que conectaba con la buhardilla. La niña se quedó a la puerta.  No se atrevía a entrar porque sabía el peligro que aguardaba adentro.  La gata Jalipi, una abisinia anaranjada de gran ferocidad y tamaño, guardaba con garras y fauces a sus recién nacidos. Sólo el moro se atrevía a meterse en la buhardilla una vez al día para darle de comer.  Jalipi atacaba siempre.  Se escondía cada día en un lugar diferente para cazarlo y se le tiraba al cuello en la oscuridad. El moro se la quitaba del ropaje enrrollado en torno a su cuello y luego se lavaba la mano ensangrentada. Era una mancha naranja que saltaba y rugía.  Los otros gatos, Bisbo y Milani, eran de razas diferentes y le tenían miedo a la gata.  Nadie sabía cómo ni por quién había quedado preñada Jalipi.

—Fue un gato montés, ¿verdad Mohantiller? Tú me dijiste que Jalipi sale afuera a cazar.

—salta de la ventana al muro y de allí baja a la palmera datilera y de allí a la tierra ¡zas!; y luego vuelve por el mismo camino; ayer se trajo en la boca otro gazapo

—Otro pobre conejito, ¡qué mala es esta gata!

—es buena cazadora y conoce su tierra

—¿Y cuándo me vuelves a llevar a tu kabila? ¿cuándo Mohantiller, cuándo?

—cuando salga la luna llena y le pida permiso de llevarte a tu madre.

Adentro, en la casa blanca, la madre de la niña discutía llena de furia con su marido:

—¡Hombre de Dios que no te enteras por qué ponen mal ojo las moras por las cortinas!

—sólo a ti se te ocurre dejar entrar en casa a las mujeres de los moros como está la cosa

—Pues son gente como tú y yo

—sí claro, que nos rebanarían el cuello si pudieran

—Y entonces ¿para qué vas al bazar y me compras tela de moras para hacer las cortinas?

—y ¿qué tendrá que ver mujer? ¡que tú me vuelves loco con tus tonterías y tus celos!

—¿Ahora vas a negar que tomas clases de equitación para verte con tu prima?

—¡como vuelvas a sacar la cantinela de mi prima, cojo el portante y me largo a Melilla!

—¡Vaya tela me compraste! Resulta tú que en El Rif a las pobres moras las da la familia una telilla de ésas de encaje sólo el día que se casan, que es simbólico de nosekélíos y que ellas la tienen como si fuera perlas en ristra;  total que ahora mismo me voy a bajar estas cortinas y no las vuelvo a colgar y ya puedes decir misa gregoriana

—con la de dinero que me han costado… si es que tú no entiendes de cosas finas.

—Pues más nos vale no colgar esas cortinas, a menos que quieras que nos cuelguen a nosotros, ¿no te la pasas diciendo que se van a levantar los bereberes del Rif?

—no los bereberes, sino los muy tiñosos de moros … vagos que no hacen sino tomar té en la kabila y desvirgar a la morita que se la traen puesta en una bandeja el día de la boda. Ahí tirados todo el día con la chilaba tapándoles la cara y tomando té de menta.

—Más vale que no te las des de gallo y salgas a las minas sin el Mojantiller que te es muy fiel; sin ese moro de ojos verdes al la’o, los demás te apiolan como al conejo.

—que no es moro, mujer, es bereber; y es bueno para el corral y con la enfermita

—Yo de vez en cuando le dejo que se monte a la Chiniachu en los hombros y se la lleve a tomar  té a la kabila a ver que si a Munana, o como sea que llamen a la luna

La luna llena salió y la niña se fue a la kabila del moro montada sobre sus hombros.  La luna en sus ojos, la niña se sentía altísima, como si bogara en un camello de esos que de vez en cuando paraban en el pozo de la casona.  No dejó de mirarla hasta oír las palmas y los cantos de los que se juntaban alrededor del fuego enfrente de la kabila blanca.  Se le acercaron corriendo unas sombras risueñas, “¡Chiniachu, Chiniachu!”.  La niña sonrió, les gritó sus nombres y miró a la luna blanca desde los hombros del moro. “Munana”

(Desde Alhambra, cerca de Los Ángeles)

***

*María Dolores Soloaga Aretxabaleta (El-Wizam 1927-Caracas 2004)

María Eugenia Sáez es el nom de plume (y de soltera) de María E. Mayer

***

Maria E. Mayer (“María Eugenia Sáez”) enseña, investiga, traduce, escribe y actúa el idioma español y sus culturas hispanas. María nació y se crió en Venezuela; se graduó de bachiller en España, de licenciada en Caracas y de Ph.D. en Los Ángeles. Ha enseñado en secundarias, colleges y universidades tanto en su país natal como en EE.UU., así como actuado con la Fundación Bilíngüe para las Artes (Too Many Tamales) y el grupo Sinergia del teatro Frida Kahlo de Los Ángeles (Una vieja bien berraca).  Ha publicado relatos, ensayos, artículos, partes de libro y un libro digital en: la revista venezolana Letralia, la mexicana Destiempos de la UNAM y las estadounidenses Renaissance Quarterly y Cervantes, en las Actas de teatro de la mexicana Aitenso (Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro) y próximamente en la española Anales Cervantinos en el número anual de enero. Fue traductora del diario angelino La Opinión; luego reportera y coeditora del quincenario angelino Avance.  Enseña español en Pasadena City College. María publicará este 2010 su Don Quijote de Indias; y vive en la ciudad de Alhambra con su esposo, la hija de ambos y una gata cazadora.
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0 Responses to La Casa y la kabila, un relato bereber

  1. Victoria on Jueves, febrero 11, 2010 at 5:21 PM

    Me he enamorado de este cuento. No sólo por mi identificación mora (lo llevo en los genes) sino por lo bonito y dulce del estilo en que está escrito. Lo llevo para compartir. Me gusta muchísimo este tipo de historias.

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