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Laura

Domingo, junio 5, 2011
Por
This entry is part 9 of 15 in the series Edición Especial En El Reino de Eros

Relato.

Por Amir Valle…

 

 

 

 

 

 

 

 

Quizás no se llamaba Laura,

pero algo la nombraba de ese modo

 

Puede jurar que tiene el sexo más dulce del mundo y aunque sintió que fingía el placer como la más hábil de las putas, se dijo que pocas veces antes había disfrutado tanto el cuerpo de una mujer.

No tenía unos senos descomunales, ni caderas voluptuosas, ni nalgas desafiantes, y mucho menos un pubis que desbordara de lujuria a quien lo acariciara; todo en ella era diminuto, casi insignificante: hasta sus ojos.  Y ella misma, con sus maneras y su modo de hablar y de reír, esas raras veces en que la vio hacerlo, era de una timidez que molestaba.

¿Cómo empezó todo?  No recuerda.  Entre el marasmo del alcohol y la cerveza que se mezclaron en su cabeza como una droga no puede definir cuál de sus dos colegas, mientras disfrutaban del ambiente fresco por el aire acondicionado y miraban las volutas de humo que subían a estrellarse contra el blanco imperfecto y manchado por la humedad en el techo, soltó de pronto, todavía mascando las palabras que sonaron enredadas: “hay que ir al teatro, Vigo, no podemos quedar mal con esa gente”, y que minutos después anduvieran corriendo detrás de un camión que finalmente cogieron: “vamos, un peso por persona” y el Vigo que saca tres pesos y lo deja en la mano del hombre que casi al momento grita “¡para en el teatro, Nene!” y Nene que frena y ellos se bajan, “permiso, señores, permiso” y el teatro que se alza horrible y majestuoso frente a ellos.

Cuando llegan, ya los esperan y encuentran al gordo sentado en una de las mesas y diciendo “se perdieron lo mejor” y lo mejor es un mulato y una negra que estaban fajados a cursilerías estilo Pimpinela y Vigo piensa que menos mal que llegaron tarde.  Ahora está animando el cantante del grupo que los ha invitado y Hugo, soltando algunas plumas, dice que mejor sigue cantando y deje los pujos porque hay que ser cara de guante estando tan pendejú y tan rico para hacer esos papelazos y La Cagona ríe y el Rolo enseña sus dientes que no dejan dudas de la verdad del cuento de la oscuridad y el negro.

Víctor sonríe: “¿vieron qué bueno es?” y otra vez los dientes del Rolo les descubre su rostro que se acerca a ellos: “¿y la botella de ron?”, para que La Cagona: “¿y la botella de ron, Víctor?” y el Vigo, “¿y la botella de ron, Víctor?” y Hugo recuerde que había apostado a que todo era un cuento y mire, buscando entre las mesas y la oscuridad y la gente,  y no vea a Víctor que se ha ido y aparece en un rato con los vasos: “vayan haciendo boca”; llenos de ron los vasos, y él, sonriente, mirando al escenario: “ahora viene lo mejor”, dice.

Hugo, siempre soltando plumas, suelta que el trompeta está como para chuparlo y Rolo asiente y suelta “buen comienzo” cuando el timbal se esparce solitario, en un quejido uniforme, por todas las mesas y se va quedando al fondo cuando entra el tres y la guitarra y las tumbadoras y esa trompeta que suena como tocada por un ángel.  “Parece un ángel”, dice el Vigo y Hugo lo corta: “es un ángel… está…” y se besa los dedos y  entonces quedan en silencio y escuchan.  El son se riega, se va colando entre las mesas como una niebla uniforme que sube desde el piso, conquistando los zapatos lustrados de punteras finas que empiezan a moverse, marcando el compás, las rodillas que sirven de muelle y también marcan el ritmo de la clave, las manos que comienzan a tamborilear primero tímidamente y luego casi en desparpajo sobre las mesas, los hombros que buscan un bamboleo rítmico y esas cabezas que acompañan al cuerpo que ya se estremece todo con la música.  “De verdad que son buenos”, repite el Vigo y asienten los tres: La Cagona, que ha dejado sus dolores de barriga de la comelata de estos días, y ahora mira a una rubia flaca y borracha que trata de cantar la letra estropajosamente y de pronto se para a bailar cayéndose de lado, Hugo que sigue mirando al trompetista y dice “si lo cojo, lo mato” y el Rolo que se hace guiños con un mulato que también lo mira desde una mesa cercana sin apenas sentir que la muchacha a su lado le acaricia la mano con esa rara ternura de los recién casados.

El Vigo lo veía todo lleno de estrellitas: su mesa cubierta de luces que trataba de coger y eran los vasos, brillitos que salían de otras mesas y que al fijarse era una temba con espejuelos o un gordo con cara de guajiro que no se quitaba su gorra de la NBA con las letras en dorado o los aretes de las mujeres o los cintos de los hombres que se paraban para ir a la barra o al baño o las camisas fosforescentes de la orquesta, y hasta puede jurar que de momento veía a La Cagona y a Hugo y al Rolo como vestidos con lentejuelas y entonces miraba y descubría que no, mientras los sones se escapaban por las vigas de acero del teatro y se iban a recorrer la ciudad y ellos seguían sentados bebiendo de los vasos que se fueron vaciando y otra vez La Cagona: “¿y la botella, Víctor?”, para que Víctor se parara y volviera otra vez con los vasos llenos y los hiciera chocar sobre la formica: “es que no se puede tener botellas en la mesa”, dice, y nadie le hace caso.  El Vigo ahora descubre que la mujer del que mira al Rolo tiene unas orejas preciosas y responde que no cuando llega La Cagona invitándolo a que baile con la rubia loca.  “Para loco estoy yo”, suelta, y ve que La Cagona se pierde entre la gente mientras el Rolo se llega hasta el grupo donde está el mulato que lo ha mirado para invitar a bailar a una de las mulatas que están en la mesa.  Cuando termina la pieza regresa: “es bailarín el tipo”, dice bajo y Hugo bromea, plumas mediante: “adivina adivinador” para  que el Rolo suelte: “no jodas, me lo dijo la mulata” y que el tipo andaba buscando pincha.  “¿Pincha solamente?”, insinúa Hugo y Rolo dice “sí, Hugo, pincha, ¿entiendes?, P-I-N-CH-A”, deletrea, aunque se nota su deseo de cambiar la CH por la G.

Vigo no sabe cómo de pronto el Rolo baila con la mulata cerca del bailarín que da vueltas de disco con su mujer que se pega a su esposo enamorada y no descubre lo que él mira: el Rolo que choca sus nalgas con las del tipo y el tipo que lo mira socarronamente y baja los ojos y mira a su mujer  que levanta la mirada y sonríe y él también sonríe y la abraza y tapa su cabeza con la mano, a propósito lo hace, se ve a las claras, y aprovecha que su mujer no puede verlo y vuelve a mirar al Rolo y le hace un guiño ahora más descarado.

Mirándolos bailar, el Vigo se ha despejado y tiene la cabeza clara, las cosas no tienen tanto brillo ni le dan vueltas, cuando llega Hugo y secretea: “el Rolo necesita un favor tuyo”, y como otras veces se imagina ya durmiendo en la saleta. Fastidiado dice “está bien” y se resigna: aquel guiñeteo entre dos machos le olía claro a cama y ya sabía que su cuarto era el único con aire acondicionado, bien libre de mosquitos tipo avispas que anduvieran jodiendo por la noche, como esos que Víctor conocía, ahí en el otro cuarto.

Por eso cuando Hugo le pide que adelante y prepare los cuartos y espere en el de al lado, se dice que esta vez lo jodieron, que para otro viaje tratará de empatar para que ellos sean los jodidos y se caga en la puñetera madre de todas las mujeres por esa resistencia que ponen para irse a la cama con un hombre.  ¿Cuántas veces había salido con Hugo y con el Rolo?  No recuerda.  Y siempre La Cagona y él tenían que perderse para las peores camas porque los otros dos ligaban hombres como moscas, templaban como gallos hasta en los portales y después venían con sus amantes ocasionales a sacarse los jugos recalentados a las habitaciones, mientras ellos alguna que otra rara vez habían podido desquitarse con una buena hembra. ¡Y después dicen que los hombres son los más promiscuos!

En eso piensa cuando siente que la puerta de la sala se cierra, hay un risoteo y después el portazo del otro cuarto y unos pasos que se acercan y Hugo que asoma la cabeza: “La Cagona se fue con Sara para su casa, ¿ok?”, y seguido, casi sin respirar, como apurado, “te traje compañía”, y lo ve halar suavemente a la muchacha de las orejas sexys, “dice Norge que se la trates con cariño” y le da un empujoncito para luego cerrar la puerta a sus espaldas.   Después, Vigo siente la carrerita hacia el otro cuarto y otra vez un portazo.

coito2

La muchacha queda parada junto a la puerta mientras Vigo la mira sin saber qué hacer o decir, sin moverse siquiera, aún con el libro abierto en aquella página donde el Rolo desenredaba algo la madeja de la poesía cubana más reciente y de la que sólo ha podido leer un párrafo, molesto por su incapacidad de conquistar a una de esas putas que en el regreso lo confundían con un extranjero, por sus ropas y sus maneras raras de entrar a la barra del hotel para comprar cigarros.  No sabe qué lo hace volver a mirarle las orejas, único lugar que sigue viendo apetecible en aquel cuerpo frágil, semejante a una hebra de hilo en la cual destacan, también únicamente, unas nalguitas paradas y redondas que la saya corta apenas cubre.

Ella, la cabeza algo ladeada, baja, las manos cogidas al frente, frotando una con otra en un gesto continuo y nervioso, arrinconada aún en la esquina que hace la pared y el marco de la puerta, lo mira con unos ojos muy abiertos, temerosos, y hace que el Vigo se diga: “pobre tipa” y comience a sacudir las sábanas con los pies para indicarle que se siente, tranquilizarla y decirle que nada pasaría y tratar de explicarle que algunas veces esas cosas suceden, aunque moverse y que ella saltara como un lince desde su rincón fuera la misma cosa y apenas tenga tiempo de ver cuándo se acerca, cómo lo empuja contra la cama y busca bajo la pata del short el miembro de Vigo que sólo al contacto con aquella mano pequeña y de dedos finos se eriza y crece.  Lo ve perderse en la boca de la muchacha que succiona y lame y da pequeñas mordidas y se frota los labios con el glande rojísimo que se hunde en su garganta cuando ya ha cerrado los ojos mientras piensa que se había equivocado: “una puta la muy zorra” y sonríe de placer creyendo que por fin esta vez nada envidia a La Cagona que ahora mismo quizás fornique a Sara y le abra sus nalgas flacas y blancuzcas repletas de lunares buscando el hueco que ha humedecido con su lengua como también ahora hace esta muchacha con su miembro.  Cuando abre los ojos ya ella está desnuda y sigue lamiendo mientras se pasa la mano abierta entre las piernas y respira como un animal agitado y contorsiona para que Vigo piense “experta la muy puta” que de pronto suelta el falo que brilla lleno de goticas de saliva bajo la anémica luz de la lámpara y se acuclille sobre él y hace que Vigo sienta que su vientre se hunde en una humedad cálida y desesperante y quieta y maternal hasta que ella comienza el frote: caderas sin carnes que rotan, pubis casi ralo que se une a ese otro monte negrísimo, muslos endurecidos ante cada cuclilla ahora que cubre y descubre la columnata que parece reventar de tanta vena y que la hace sofocarse y gritar y bufar y apretarse los senos y morder un grito más fuerte entre sus labios para luego salir, decir “ven” y apoyarse sobre rodillas y manos y esperar a que Vigo la penetre y otra vez ese frote, largo, largo y virarse de pronto frente al Vigo, sentarse entre sus piernas, sobre el miembro y moverse otra vez, fuerte, tan fuerte, que Vigo siente que la rompe, que la quiebra, mientras escucha que grita y cómo bufa y esa mueca-dolor ahí en su rostro y apretarla muy duro: ¡ya!, y eyacula.

La muchacha otra vez se minimiza.  Vigo la percibe engurruñándose a su lado y cae de espaldas y mira al techo que luce amarillento con los destellos tristes de la lámpara.  Siente que flota.  “Lídice es una mierda”, piensa, y se dice que con toda su experiencia de cientos de extranjeros y su fuego uterino y su lujuria aquella primera puta de su vida no lo había hecho gozar como esta otra.  Ahora comienza a vestirse.  Vigo la ve estirar con cuidado cada prenda y sonríe mirándola de espaldas, contemplando el costillar de esa yegua que lo ha cabalgado como nadie: los huesos de sus caderas, la delgadez de sus muslos, y sonriendo se repite que si no fuera por aquel sexo tibio, por aquellas nalgas redondas que caben en sus manos, por las orejas que mordió hasta el hartazgo (si hubiera acordado con otros socios para que fisgonearan, como otras veces en otros eventos), pudiera alguien pensar que se templaba a un mosquito.

La muchacha deja de acomodar la ropa a los pies de la cama: “¿lo harás otra vez?”, y espera.  Vigo la mira fijamente y dice no, moviendo la cabeza y entonces ella se viste en casi un pestañazo y queda sentada en una esquina del colchón, de nuevo frotándose las manos, los ojos asustados, ahora mirando al piso.

Vigo no habla. ¿Qué tenía que ver esa muchacha con aquella que casi lo violaba? ¿Era cierto ese miedo? ¿Ese temor que la hace estremecerse, temblar como una telaraña al viento mientras la mira? ¿Por qué gozaba sabiendo a su marido gozando más allá de esa pared? No lo entendía.  ¿Era ciertamente una puta? Tenía que serlo para quedarse tan tranquila ahora en que sentía los gritos de su esposo atravesar las paredes y llegar hasta ellos, no percibidos antes porque también gritaban y bufaban y ella le decía esa misma obscenidad que escucha ahora en voz de su hombre y que sólo masculla el que es poseído.

— ¿Cómo te llamas? — lo dice para distraerla y que no escuche.

— Laura — responde ella, aunque sigue con la cabeza baja y las manos, frotándose una a la otra, brillantes ya por el sudor que titila con la luz.

 

Vigo la mira: es muy bella. Tiene el cabello suelto y negrísimo y le cae sobre sus hombros huesudos, descubiertos por el corte de la blusa. Recuerda sus pechos: dos pezones grandísimos que ocupan casi todo el seno y apenas insinúan una elevación breve que ahora se pierde bajo la tela en el mismo sitio adonde ha ido a parar la punta del cabello.  Los ojos achinados, casi inexistentes, mustios, vuelven a crecer mientras miran a Vigo.

— Se lo dirás, ¿verdad?

Y él no contesta.  ¿Qué puede contestar?

— Decir qué cosa…

— …que te sentiste bien… aquí, conmigo.

Y tampoco contesta.  Laura casi suplica y en sus ojos hay un susto que a Vigo le parece terrible.

— ¿Se lo vas a decir? — repite ella —. Que te lo hice bien… que hasta gozaste.

Y se queda a la espera.  Del otro lado los gritos han cesado y ahora se escuchan risas y palabras y pequeños griticos.  Laura baja los ojos.  Vigo cree descubrir que eso que brilla en la mano de la muchacha es una lágrima aplastada sobre la piel ligeramente velluda cuando se seca la cara con el dorso.

— ¿Es la primera vez?

Su voz ha llegado hasta Laura casi quebrada, tímida y hace que la muchacha aspire las lágrimas y responda que no con la cabeza y vuelva a secarse las mejillas, esta vez con la palma de la mano.  Vigo tiene el libro del Rolo entre las piernas.  Se ha sentado, aún desnudo, tapado con la sábana el sexo y mirando las páginas sin fijarse en ellas.

— Si llego a saber que te hacía daño…

Quisiera que ella dejara de ser esa y dijera “no, no importa, gocé como una yegua y quiero más”, pero no habla.  Ni siquiera intenta levantar la vista de sus manos y deja que las lágrimas rueden y entonces se entretiene ampliando la manchita húmeda sobre la tela de su saya o sobre sus muslos.

— Contigo fue distinto.

Y piensa, ahora sí, ya se suelta, va a decir “quiero más” y a quitarle ese peso que le ha metido en el pecho esa fragilidad cabrona, esa mierdera resignación de puta por destino, de ramera por encargo; a llevarse bien lejos esa imagen de niña desvalida que no busca consuelo y sólo espera.  Espera.

— Lo hiciste con ternura.

Y se seca las lágrimas, se para, camina hasta el espejo y se arregla el maquillaje con los dedos y comienza  a recogerse el pelo en un gran moño.  Luego se vira.

— ¿Se lo dirás o no? — ahora desafiante.

Y él no contesta.  Le sostiene la mirada, confuso pero firme, y descubre que Laura, esa que quiso volver a ser la misma que lo violó hace un rato, retadora, liberal, desprejuiciada, se va desplomando desde el fondo de esos ojos abiertos que no aguantan, que empequeñecen lentamente, perdiendo la fiereza fingida que ha esgrimido, hasta volver a posarse sobre los mosaicos blancos del piso.

— Tienes que decirle — en voz muy baja.

Vigo descubre ahora una súplica clara en sus palabras.  ¿Qué resuelve con decirlo? Las risas que atravesaban la pared nada tenían que ver con esta tristeza y comenzaba a sentirse mal.  Nunca le había gustado ser paño de lágrimas y ahora le parecía que aquella mujer sentía el derecho de convertirlo en su confesor, en el cura que diría “reza un cojonal de avemarías, una montaña de padrenuestros y serás perdonada y tu maridito volverá a ti para templarte y olvidarse de su aficción de ser templado”, pero algo lo hace mirarla con ternura, esa que ahora se le clava entre pecho y espalda como un trago de acero fundido y lo hace moverse incómodo en la cama y acomodar la almohada contra la pared y recostarse sin dejar de mirar a Laura.

— Cuéntame cómo fue…

— …¿como fue…?

— La primera vez que hiciste esto.

Queda quieta unos minutos.  Traga en seco y Vigo se pone de pie y le sirve un vaso de agua que ella vacía de una vez.  Cuando termina, Vigo está de nuevo recostado en la cama.

— ¿Se lo vas a decir?

— ¿Cómo fue? — insiste Vigo.

La ve tocarse los dedos, nerviosamente, como quien cuenta, y entonces respira profundo y se arregla la blusa sobre los hombros.

— Fue con unos reclutas.

Y deja caer los hombros, casi hundiéndose en el borde de la cama, siempre la mirada en los mosaicos del piso, siempre la cabeza gacha.

— Norge los conoció.  Se fue a una alcantarilla con el rubio y me dejó con el otro… un animal.

— ¿Un animal…?

— Era la primera vez que me lo hacían por detrás… fue como siete veces… todas por ahí …

— ¿Estaba cerca Norge?

— Fue en un marabuzal.  Yo siempre en cuatro patas y el tipo ahí, bufando.

Ha estado mirándose la palma de la mano. La abre ante los ojos del Vigo que puede ver un costurón deforme que la atraviesa recorriendo de esquina a esquina la línea de la vida.

— Un recuerdo de esa noche — dice.

Y Vigo siente deseos de tomar esa mano que ella aparta y coloca entre sus piernas encogiéndose como un títere al que cortan los hilos y cae sobre el escenario que es esa cama y ese cuarto y ese Vigo que ahora se extiende la sábana sobre las piernas.

— ¿Por qué lo aguantas?

Laura ha quedado quieta.  Vigo se ha puesto el libro del Rolo abierto sobre el miembro cubierto por la sábana, que no sabe por qué se contrae cuando mira a los ojos de la muchacha y apenas puede escuchar la voz que sale de ese ovillo inerte que es ella hace un rato y que contempla desde su trono inventado entre cama y pared.

— Se quedó dormido, borracho, en la cabaña, en la luna de miel…

Vigo separa la espalda de la pared para acercarse a ella. Casi no la oye.

— Al otro día me dijo que la luna de miel iba a pasarla con un hombre. Que yo tenía que dormir en el cuarto de al lado.

Se ha corrido un poco para poderla oír y ya está junto a la muchacha que sigue ovillada y moviendo sólo los labios.

— No podía creerle.  Soy católica y aquello me parecía un sacrilegio… nos casamos ante Dios…

— ¿…él es católico?

— Desde chiquito, dice… Esa noche se encerró en el otro cuarto. Yo sentía los gritos… esos mismos  dijo señalando a la pared donde ya sólo se oían risas aisladas —. Por la mañana salió del cuarto con un muchacho alto y bajó a desayunar.

— ¿Y al otro día?

— Fue toda la semana.

Una risotada seca llegó desde el otro lado y los hizo mirar hacia la pared unos segundos.  Luego bajaron la vista, ella a mirarse nuevamente las manos, él a hojear el libro. ¿En pleno siglo veinte podían pasar estas cosas?  Algo tenía que existir que la hiciera soportar todo aquello.  Las Penélopes no eran cosa de este siglo y el masoquismo…  Porque le parecía masoquismo, aunque nada tuviera que ver esta muchacha con esas mujeres que gozan cuando sus maridos le abofan un ojo o le ponchan un seno a golpes. Dejó de hojear el libro.

— Dios no te permite dejarlo, ¿verdad?

— Nada tiene que ver Dios.

— ¿Entonces, por qué…?

— ¿Se lo vas a decir? — insiste ella.

Otra vez esa súplica, ese susto en el fondo de sus ojos, esa manera de hacerse diminuta, de encogerse en sí misma, de ovillarse.

— Lo que hablemos aquí, entre los dos…

— ¡No!, que te hice gozar como ninguna…

— ¿De qué te va a servir?

Mira a todos los lados y a ninguno, estira los hombros hacia atrás, enderezando la columna y luego vuelve a encogerse, se restriega las manos en la saya.

— Me deja si no gozas.

— No entiendo…

— Me prometió dejarme y yo no quiero.  Si le dices que yo no me moví, que no te hice gozar, me deja sola.

Vigo ha enrollado el libro y ya lo estruja y le da vueltas sin notarlo entre sus manos, sin dejar de mirar a la muchacha que se ha puesto de pie, aún llorosa.

— ¿Lo hacemos otra vez? — dice.

— ¿Nunca has gozado?

Y Laura no contesta.

— ¿Nunca lo has hecho con Norge?

Y ella dice que no, la vista baja, el moño coronando su cabeza, apuntando hacia el techo que se apaga de pronto y ahora es negro, un gran manto oscurísimo que no los deja verse cuando Vigo apaga la luz y va hacia ella que se ha puesto de pie y ha ido a arrinconarse junto al baño. Vigo la toma de la mano y la lleva hasta la cama y le susurra: “ahora piensa en tu Norge”. Hay silencio.  Desde el cuarto de al lado nada llega.  Vigo zafa ese moño y va estirando cada hebra de pelo entre sus dedos partiendo de la nuca.  Una mano recorriendo los cabellos, la otra rozando el cuello hasta los hombros.  La siente que se eriza y continúa.  Sus manos que bajan desde el hombro hacia la espalda y sueltan los botones de la blusa y acarician la columna hasta el mismo comienzo de las nalgas.  Ya desprenden la saya.  Luego el blumer.  Ya Laura está desnuda.  La acuesta bocabajo y con sus dedos va regando una caricia por sus nalgas, después entre sus piernas, luego el muslo que comienza a morder primero afuera, más tarde en la cadera y en las nalgas.  La siente estremecerse, removerse y encogerse en un espasmo si su lengua serpea ese camino entre los glúteos.  La oye suspirar. Después la vira.   Muerde suave su cuello, tras su oreja, la curva de sus hombros, sus pezones, le besa el vientre y acaricia el pubis y finalmente se esconde entre sus piernas.  Ya Laura que suspira, saborea, mastica las palabras, se retuerce, respira acelerado hasta que Vigo la siente endurecerse y estirarse y decir ¡aydiosmíoaydiosmío! y decir ¡ven, ya, ven! y es que Vigo la penetra y la cabalga y luego de una forma y luego otra y después sobre la cómoda, en el piso, de pie y en la pared y ella que llora y ríe y ríe el Vigo y ella grita y habla ¡aydiosmío! y luego llora y ríe y no se paran y es mucho tiempo así, después así, más tarde de esta forma, y de esta otra, siempre juntos los dos, sudando juntos, gritando al mismo tiempo ¡aydiosmío! y sentir que el vacío va llegando.

Laura se corre a un lado, lentamente.  Bocarriba los dos, mirando al techo, o a las sombras que arriba serpentean. El se para y abre las ventanas y la brisa fría de la madrugada trae a su cuerpo una humedad fresca, refrescante.  Ella no se ha movido y con la luz de afuera Vigo cree descubrir un brillo en sus mejillas.

— ¿Estás llorando? — pregunta, aunque lo sabe.

— No me gusta la lástima… — dice ella.

— No es lástima.  Quería que sintieras.

Laura se vira.  Vigo le cubre las nalgas con la sábana.  Después la ve mirar hacia las ramas de los árboles que asoman por la ventana y siente su voz, otra vez queda, tímida.

— La única vez que lo hicimos fue por atrás — y deja extenderse un silencio que Vigo no rompe —. Cuando se venía, nombraba a un hombre.

El viento arrecia de pronto y hace silbar las hojas de los árboles y Laura se tapa con la sábana hasta los hombros.  Vigo va hasta el closet y la  cubre con una colcha.

— Hoy hace frío — dice —. Pero si cerramos nos comen los mosquitos.

Ella agradece en voz baja.  Tiene los ojos cerrados y Vigo puede ver el brillo de su pelo negrísimo entre las sombras del cuarto, destellando a ratos con la luz que entra desde las lámparas de neón de la piscina que se ve algo más allá a través de la ventana.

— Dios no tiene nada que ver en esto — dice ella en voz baja —. Dios lo perdona todo.  Hasta Norge va a ser perdonado.  Yo se lo pido a Dios.

— ¿Le has pedido por ti?

— Todos los días.  Que me dé fuerzas para seguir amando a Norge como lo amo.  No le pido otra cosa.

Se acurruca y aprieta la almohada contra su pecho.

— Tengo frío — dice, y Vigo se acerca a ella y la abraza.

La brisa fría sopla ahora fuerte y mueve las cortinas estampadas de pollitos y flores a los lados de las persianas y el aire huele a lluvia.  Laura se acurruca más, casi hasta hacerse un ovillo, y Vigo trata de adaptarse a la forma tomada por su cuerpo para poder abrazarla.  Piensa que algo paternal lo une a esa muchacha y queda mirando hacia la ventana, tratando de respirar suave para que Laura se duerma.

— ¿Se lo vas a decir? — escucha.

— Sí… duérmete.

De nuevo el silbido de las hojas de los árboles, las cortinas ondeando hacia el espejo, a un lado de la ventana, el aire frío.  Del otro cuarto sólo llega silencio.

— ¿Qué le vas a decir? — otra vez ella.

Mantiene los ojos cerrados.  Un hombro se le ha descubierto y Vigo vuelve a cubrirla con la sábana y la colcha, casi sin tocarla.  Respira antes de contestar.

— Que eres una mujer maravillosa — dice.

 

[La primera foto fue tomada de La Gazette Picarde; la segunda de Publicalpha; la tercera viene de Hola, Compañeros del Cetmar; y la cuarta es de la página virtual Bruno Bisang: El Placer de Mirar]

 

 

amir-valle Amir Valle (Cuba) Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Ha obtenido importantes premios literarios en la isla y en países como Colombia, República Dominicana, Alemania y España en los géneros de ensayo, cuento y novela. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en España de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), Si Cristo te desnuda (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006), Entre el miedo y las sombras (España, 2003 y Alemania, 2007), Santuario de sombras (España, 2006 y Alemania, 2008) y Largas noches con Flavia (España, 2008). Su libro Jineteras obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en el 2006 en España y en el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Su obra narrativa ha sido elogiada por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán y Mario Vargas Llosa.

© 2010, Amir Valle. All rights reserved.

 

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