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Los que comen de pie

Jueves, noviembre 5, 2009
Por

Relato

This entry is part 2 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

Georges de La Tour

Las botas de goma están tiradas en la entrada, cubiertas de barro a medio secar,  los ruidos que llegan de la autopista se diluyen en la  luz de la luna y los sueños de todos los habitantes de la aldea se entretejen, pero la aldea, cuyo nombre dejaremos en la bruma, es una aldea muy peculiar en todo lo que concierne al tan comentado y todavía misterioso mundo de los sueños. Y también la luna.

Porque en la aldea –llamémosla F.– casi todos están convencidos que saben leer los sueños de su interlocutor o de cualquier vecino y que si se dedican con presteza a los ejercicios espirituales que les fueran enseñados podrán llegar a atisbar horizontes aun más avanzados.  Son capaces de premeditar sus propios trayectos oníricos y también los del prójimo. Hay quienes temen tanto a la autoridad imponente que tiene tamaña cohesión intuitiva que más quisieran aprender a no soñar. Pero decidir si van a soñar o no es una tarea que está más allá del alcance de la mayoría. Llegar a tan alto nivel de espiritualidad no le es dado a las personas sin que estén dispuestas a dedicarse a este fin con visible ahínco.  Además, dejar de soñar sería como vencer a la muerte y como abdicar a la vida. Tomando en cuenta que los sueños son un preludio de la muerte –temida, negada y adorada en medidas iguales en las casas de F.– es fácil entender que los más adeptos, los más bizarros, pretendan poder elegir de manera consciente, lúcida, de qué manera llegarán al mundo la próxima vez, unos cientos de años después que su cuerpo cese. No dicen muerte. Tienen nombres en sánscrito para las etapas que les tocará atravesar: en las conversaciones a nadie se le ocurriría decir “cuando me muera”  –es como cavarse la propia fosa.  En esta  presteza metafísica no están solos, pero se consideran muy especiales.  Nadie les prohíbe nada. Nadie les impone preceptos. La palabra que corre más fácil entre los labios de todos es “Libertad”, pero es una libertad que poco tiene que ver con la sana distancia que suele entablarse entre un individuo y los demás, dado que –esto es muy corriente en F.– los sueños de los habitantes se entretejen y, desde el amanecer hasta la velada siguiente, cuando se encuentran por algún motivo, las personas se miran unos a otros de una manera cautivante, aunque también un poco temible. Bajar la mirada equivale a admitir que uno está fuera. Peor aún sería afirmar en voz alta que los encuentros acontecen por casualidad.

Cuando llegué a la F. noté algo raro, algo terrible, pero tan sutil que no sabía decir qué era. Hace frío hoy y algunos árboles ya están renegridos de lluvia impregnada en la corteza, con las hojas secas azotadas de granizo, las que el viento no acabó de arrancarles.  He salido otra vez a caminar.  El corazón me late con premura. Estoy en uno de los lugares más lindos que hay en el mundo entero y aun encuentro razones para la insatisfacción. Los perales, los membrillos, los manzanos, los grandes fresnos, los susurros de tantas hojas y el aroma de tanto verde bajo la llovizna.

Hay vacas, no muy lejos, muy buenas, tan quedas.  Los trenes no llegan a F., pero si uno camina tres millas o se toma una de las tres líneas que pasan con alguna regularidad o si tiene uno de esos coches impresionantes con que cuentan los más afortunados, entonces se llega a G., desde donde la gran ciudad de L. no dista más que treinta minutos. Pero en F., aquí, hay tantos árboles de copa orgullosa y fragrante follaje, corteza elocuente, capaz de contar lo que nadie quiere saber a esta hora. Me cuentan que hay duendes. Estoy muy atenta. Si no logro verlos, supongo, no seré bien considerada, pero si logro verlos, me digo, me habré convertido en alguien irreconocible. En alguien que ya no sería yo. Vivir aquí es como aprender a morir, quedar desnudo de todo lo que uno llama uno mismo.

Tantos duendes, así me cuentan. Hay una chica japonesa que también camina mucho y, el otro día, la encontré mirando unos hongos recién aparecidos. Tenía los ojos vidriosos de lágrimas a punto de rodarle por las delgadas mejillas.

Una maestra de la escuela más cara de F.  me encontró a la salida del pequeño supermercado y me dijo, en son de excusa, dado que no se trataba de la tienda estrictamente orgánica:

Danuta: “Oh… entré a comprar unas cosas para los duendes… los chicos les quieren dejar unas sorpresas… con los duendes se puede ahorrar”.

No sabía qué debía responderle. Pero la miré fijo. Me había acostumbrado a dejar claro que también yo participaba en el apasionante drama de misterios, iniciados y estudiosos de la materia o, más bien, del espíritu. Estaba tan enojada con todo lo que sabía, con todos los que había amado en vano, con todo lo que había dado y había sido rechazado. Me sentía como un Caín que no hubiera matado a nadie.

Uno no llega a F. así porque sí.

¿Son las miradas o el color de los ojos? Es sorprendente, pero la mayoría de los habitantes más respetados de F. tienen ojos azules. Azules o celestes o grises. Están también los tres brasileños (aunque dos de ellos son rubios y otro tiene ojos verdes) y una argentina, aunque es judía. Hay algunos israelíes, de ojos negros, pero, en fin, ah…y hay dos niñas africanas que fueran adoptadas por una mujer sueca, de larga y penetrante mirada y labios blanquecinos.

Por suerte, a uno de los cursos llegó Alicia, una mexicana del D.F. Me hizo bien encontrarla. Alicia usaba diminutivos, sonreía con bondad, hablaba con cariño de su familia. Además, era bueno compartir un tiempo con alguien que ignoraba lo que realmente se cuece en F. No le conté de la hostilidad hacia el chocolate, los tomates y ajíes, chiles y papas. Hildegrun, dueña de una frutería que en los fondos vende también estampas de la Virgen y el Niño,  me mira con gran preocupación cuando elogio los poquísimos tomates que allí tiene.  Niega con la cabeza y  me explica que llegado el momento podré leer y aprender que los  primeros consumidores de estos productos originarios del continente americano, de norte a sur, no murieron de mano de los españoles sino porque estaban condenados a morir… “por cuestiones espirituales”.  Estoy desesperada. Algunos vecinos invierten un gran esfuerzo en desmentir su infelicidad.

Pronto se abrirá un claro en el cielo. He soñado mucho esta noche. Me siento tan abrumada bajo el peso de tantos sueños impensables, pero lo que antes me hubiera dejado algo consternada se transforma en una perversa curiosidad. La primera persona que salude. El primer animal. Todo está cargado de sentido. Aconsejan tomar cuenta de todo.  Ayer la vecina en el corredor colgó un ícono de la Virgen de Vladimir con su niñito delgado y serio. La estampita de la Virgen de Vladimir es muy popular en F.

Todos juntos y en total libertad iremos a ver a la mujer de las heridas en las manos que será capaz de contarnos con precisión los gestos y palabras de Cristo en la cruz, cómo fue llevado a la bóveda, las lágrimas de la Magdalena y muchos asuntos que conoce en detalle. A mí me parece sacrílego que alguien tenga fama de santo cuando su milagro – el rumor que no come desde hace dos años – es sumamente imposible de probar, dado que se aísla totalmente durante cuatro días por semana… La vecina me contó que la santa tiene las mejillas sonrojadas y que realiza dibujos y croquis en una pizarra, para  demostrar lo fidedigna que es su visión. Pregunté si le había visto las marcas.

Mi vecina me devolvió un mohín de reprobación casi asesino. Me avergoncé, pero sin saber por qué.

Rezar no está bien visto, pero dada la raíz de muchos miembros de la comunidad, el desprecio con que tal entrega es vista en F. no debe sorprender.  Los que rezan, en F., no son bien considerados.  Hay quien va a la iglesia, pero no a rezar, dado que los iniciados indican a toda hora que ya no es necesario rezar.  Algunos sacramentos, mucho silencio. La joven argentina, la judía, aparece un domingo de mañana en la iglesia donde no se reza. A la salida, durante la larga caminata bajo el sol helado me dice que fue para saber, para aprender, pero más que nada porque quería ver qué sentía .

Me invitó a caminar un trecho más y llegar hasta su casa, donde prepararía un buen almuerzo. Le dije que no tenía ningún apetito.

Durante unos días estuve buscando unas hierbas que mi paladar añoraba, no sé por qué. Fui por el camino de las antiguas vías del tren hasta la aldea siguiente, olvidando que podría encontrarme con un toro o con una manada de ovejas. El toro no me vio. Pasé a espaldas del toro, a espaldas de las moscas –invisibles en la bruma– que la bestia  espantaba con su cola que describía formas hermosas en el aire. Pensé, por un instante, en seguir directamente a L. y si hubiera tenido el dinero y alguna confianza en lo que me esperaba fuera de F., quizá me hubiera ido.

Estamos emocionados. Casi como en el momento en que nos ponemos en fila frente al altar y ofrecemos la lengua para recibir el ínfimo trozo de oblea. En F. creemos que la stigmata –dicen que tiene marcas como las de San Francisco de Asís– habla de los misterios de la creación y su transmutación más que de los de la hesitación con que se desarrolla la personalidad humana. No sólo sufre de las santas marcas sino que vive sin comer bocado. A veces pasan más de dos meses entre una cucharada de agua y otra cucharada. Este secreto nos cae como un balde de agua fría, aunque la lluvia que cayó al atardecer, durante horas, no era muy distinta a muchos baldes de agua fría, así que la metáfora no sirve para describir aquello. Una mujer que desde que descubriera las marcas no había probado bocado. No sé si podré ir, porque la entrada al encuentro con la extraordinaria criatura cuesta no poco dinero. Hasta hace poco esto de caminar tanto me daba hambre, tema que no estamos acostumbrados a entender.

Hace mucho frío. Me  desvisto, para darme un buen baño de inmersión, caliente. Me miro los rasguños que me dejaron las briznas, las gotas de sudor rojizo, los ojos vacíos de principios, me despido del alma que ya me convencieron que no es del todo mía.

fabiana-heifetzFabiana Heifetz, argentina, dejó su país en el comienzo de los 70. No vivió allí las atrocidades que acontecieron, pero aquellos acontecimientos fueron decisivos en su rica biografía. Poeta, editora, crítica literaria y traductora, lectora en cinco idiomas y trilingüe en efecto.

 

 

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