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Molinos de otros vientos

Jueves, octubre 15, 2009
Por

Cuento

This entry is part 7 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

Molinos de vientoSabiendo que en aquella historia de los muy famosos molinos de viento no todos los sucesos dignos de ser recordados tuvieron cabida en la memoria y pensando por su buena experiencia y conocimientos que allí estaría fijada una buena solución que sólo esperaría por ser escrita o descubierta en lo no escrito y sí sugerido, que es mejor función aún de la letra, y viendo que los nuevos acontecimientos no daban para esperar más, buscó una buena palabra, abierta y sin final, para sumergirse en el chorro de tinta de su escritura que se desparramaba por luengos pliegos de manuscritos y otros tantísimos tiempos, y entrar directamente en el fragor de la batalla que en el capítulo VIII de su propia historia libraba el valeroso Don Quijote en la jamás imaginada aventura de los molinos con otros sucesos dignos de feliz recordación, dichos en términos que por muy precisos y exactos, estrujaban y casi ahogaban el cuerpo de la escribana que por entre las estrepitosas vueltas de las aspas buscaba donde hacerse personaje, sabiendo además que sólo así sobreviviría a tan gran tropel. Y como no es lo mismo ser juez que parte, y viendo que ahora las palabras de tan cerca que estaban le gritaban al oído y le golpeaban a veces sin dejarse entender, les buscó acomodo hasta hacerse deslizar por las mismas, pero cambiando en algo su expresión, que no la música ni el timbre, ni la razón por las que fueron puestas allí, dibujadas por la misma tinta que ahora la dibujaba a ella, para de este modo llegar hasta su único sentido.

Y fue así que entonces, confundidos los vientos ante la impar soltura de  aquellos molinos, soltaron bravura para agitar las aspas que los gigantes desde la roca vislumbraban para dar brío o desfallecer sus giros, y entre giros y vientos, ya entre ellos, avistóse como tal, desplazada por la tinta y empujada por entre otras frases y acontecimientos precedidos en la historia original, la Hermosa Dama del Coche, chorreada pero muy bien acometida en su avatar, que así vio oportunidad para ser una entre otras tantas figuras que en el famoso relato mezclaban candor y valentía, astucia e inocencia, para desde allí, aprovechando las argucias y cabriolas de las metáforas que reúnen, como real, personajes, lugares y tiempos que ocultan alejamientos y desmesuras, levantar del sosiego y la paz mal disimulada los destinos de una tierra, ni firme ni prometida, mas sin embargo de cierta forma desprendida de la fábula de la misma Barataria, y por ello necesitada del susodicho espíritu para escalar las venturas del cielo.

En medio de tales cavilaciones, que se hacían parte de las tribulaciones de la famosa historia manchega por ser que hasta esos lares habíase llegado el hilo de la tinta tironeada por la letra y el entusiasmo de la lectura, viéronse unas grandes aspas moverse y a Don Quijote espetarles como a brazos del gigante Briareo. Juntando tal ímpetu en el acto, vióse aquel abalanzarse hacia el voraz enemigo con más furor que tino desoyendo el buen juicio de Sancho, y a la par que soltaba amarras a su buen Rocinante, soltó ira y lanza, que fueron a dar contra una de las aspas que hecha añicos, cayó sobre él como purga de su propia incontinencia.

Viendo Sancho los despojos de aquella insólita batalla, se aprestó a socorrer a su amo que aún en el suelo, forzóse a rumiar su desgracia dando voces y alaridos que, para gran temor del escudero, iban a despertar dormidos fantasmas de caballeros, quienes envueltos en los sueños de la ya alta noche socorrerían en su suerte al demandante de nuevos bríos, conjurados como ejército de otras buenas batallas.

—Válgame Dios y todos los santos y beatos que le asisten, cómo ha quedado vuestra merced de maltrecho y tasajeado que bien parece así, un tasajo presto a ser cocido.

—Ya ves, mi buen Sancho, que mucho agradezco tus buenos empeños y razones para socorrerme en tan mal trance, pero bien dejada tu lengua atrás fuese mejor y menos herido mi corazón, a más de este mi cuerpo, pues aquello del tasajo me huele más a corcel que a caballero.

—Yo creo, mi amo, que tanto socorren a vuestra merced mis manos y pies como mi lengua, que hiere menos que aquellas aspas de molino que, por más decir, digo que se han fuyido de estos parajes, a lo que agrego que mi valiente señor debe haber batallado de tal modo que las estrellas, con pavor, han dejado a oscuras y en tinieblas el cielo y el suelo para esconder, de este modo, los molinos.

Dicho esto, escudero y caballero se hicieron al camino que es largo aquel de hazañas y aventuras, no sin antes, el buen Sancho, echar buenos reojos al campo que aun sin luna ni estrellas, ni luciérnagas ni cocuyos, que allí también los había pero que a Dios gracias ocultaba las formas de una Dama embozada hasta los tuétanos entre ramajes y troncos destartalados y que así esperaba con paciencia llegar a su sitio y su momento, dejaba ver altas figuras de nubes que insinuaban gajos de otros cuerpos retorcidos que no concernían ni a la Dama ni a la figura hidalga de quien antes yacía, herido pero entero, y así quedóse atónito el escudero ante lo que fuera, con tanta verdad como amor a su Teresa, aspas de molino, y era ahora un brazo cercenado de raíz a otro tanto que por las dimensiones del gajo fuera enjundiosa ceiba.

Ante la visión que le iba asaltando y que cortaba en tantos pedazos su respiración que semejaba el asma goteada de un moribundo, sacudió el escudero su cabeza y volteó la mirada por ahora no saber si temer más por su vida o por la de su amo, o por ambas que quedan sujetas a la certeza de la visión. Y así, sin decir palabra, creyéndose más cerca de la locura que aquel que desvariaba al sentir gozoso las mieles de tan raro triunfo, continuó la marcha muy a la par que don Quijote para su mejor auxilio y para salir de tan espantoso paraje, hasta que bien entrado el camino lo puso a descansar mientras le contemplaba sin decir palabra, decidido por prudencia, a no mirar más que el proseguir de sus pasos, pensando entre oscuras meditaciones que más valía ser rechoncho en carne y hueso que verse convertido en un saco de sal.

Para curar las heridas del hidalgo caballero, buscó Sancho hojas de caisimú y de sábila, que una buena e interesada mano, imaginamos la cuál, prodigaba por bien suyo y de su nueva y requerida historia desviando el curso de otras plantas y, aunque con algo de renuencia y titubeo, buscó el fiel escudero unas yerbas de anamú y de aquellas llamadas amansaguapo, que en el monte se dan tan silvestres como voces de aparecidos y que dicen curan los males de adentro y de afuera, y aún los de más afuera, que aunque sin costumbre a tales pociones, pensó que si puede ser un aspa un brazo de gigante, pudiera el juntamiento de tales plantas vencer el maleficio que quizás sería el tanto sangrar de una herida. Y así, con una cataplasma digna de la ciencia del barbero Nicolás, entróse en materia de curandería y posó el mejunje en las carnes de don Quijote, quien plugió al cielo que tales artes de su escudero, si bien no le curaran al menos no le dolieran. Y mientras Sancho aplicaba sus artes por el bien estar de su amo, parecieran aquellas estimular la verborrea del que así decía.

—Yo bien sé, mi buen Sancho, que esto de ser caballero andante es oficio de dureza y gran espíritu más un mucho de corazón, y que a fuer de repetidas batallas, debe fortalecerse más la hombradía y el valor, pues entre los tantos enemigos que puede tener no sólo están las espadas de otros tantos caballeros, con carencia de honor y sobrada vileza, sino que mucho más ha de temer las malas artes de los hechiceros que confunden las cosas mezclando lo bueno, lo malo y lo regular y devolviéndolas hechas un lío, más para aquel que no tiene su cabeza bien pensante y sí bien pesada, y es aquí que el alto espíritu debe pasar por encima del tal lío para ver en aquello que parecen aspas de molino los brazos de gigantes y no dejarse confundir con bravatas ni palabras, llenas de sincero afecto pero nacidas de la ignorancia o el desatino.

Al oír esto Sancho, que ya sentía el tal lío en su cabeza, no quiso pasar ni por ignorante ni por atónito, más que ni él mismo podía jurar luego de aquellas oscuras apariciones, que fueran aspas de molino las que hirieran al noble caballero y sí dudar de que el gran espíritu hubiera ayudado a su amo a quitar briznas de la verdad dejándole a él tan sólo la paja en el ojo. Y poniendo a buen recaudo su tan traída prudencia, prefirió callar y escuchar el sabio discurso de don Quijote, que así parecía escucharlo a su vez de los aires de la propia estancia, como si fuera su voz el eco de la brisa:

—Pues sí, Sancho, que bien sé esto ocurre en tantas y tantas regiones y en tal asunto contáronme que en un vasto, perdido y calenturiento lugar, aconteció, o habrá de acontecer, bien no recuerdo, que un mago convertido en sombrero, se posaba en la cabeza de un letrado, conocido en tierra y mar por su pronta y agradable versificación, haciéndole de tal modo desaparecer y tal parece que el poeta, de linaje Zequeira y de nombre Manuel, un mal día desapareció tanto tiempo que aún no se ha descubierto el paradero, con la sospecha de que el mago de su sombrero, aletargado y caído en gran sopor por los muchos calores del lugar, quedó dormido en su cabeza. Y cuentan que así vaga el buen poeta, despavorido del poco caso que le hacen sus comunes, suceder, por otra parte, tan común a los poetas, y diciendo versos por doquier tan bien hechos que las gentes que le escuchan copian en largos manuscritos, alegando luego que escucharon el canto de una lira o el susurro de una musa, pero nunca que son versos que corren invisibles por el aire. Dijéronme además, que la triste historia corrió de boca en boca y ya conocida de una punta a otra de aquella extraña región, hizo que nunca más los letrados usaran sombrero, siendo así muy bien vistos y mejor distinguidos de soldados, funcionarios y comerciantes, pero siempre habidos sospechosos de que escondieran dentro o fuera de la cabeza algún otro hechicero.

Y no contó más porque de tal cuento se escapaba el narrado sopor que ya envolvía las entendederas de don Quijote, y éste, temeroso de quedar dormido para siempre como el mago errado o peor aún, quedar invisible con el mago encima, como el poeta, dejó la conversación para entregarse al sueño real de su propia historia, no porque fuera mejor sino porque le era más conocido. Y así sin más y sin saber a cuál de las yerbas se debía el encantamiento de adormecer hasta corceles y aún más a sus jinetes, buscó el sueño que le coronó con nuevas imágenes de batallas, de molinos y de vientos.

Al otro día, plenos de las fuerzas que otorga un nuevo día, emprendieron, don Quijote y Sancho, el camino por el cual iba el hidalgo señor alertando a su escudero de que naturales ímpetus le harían auxiliar a otros caballeros, como bien se debía entre los propios de una orden o de otra, que así se reconocían en su linaje y su hidalguía. Y así hablaban de futuras contiendas y bravuras, cuando avistaron a dos frailes de la orden de los carmelitas, que por ser de tal orden vendrían hablando de sanjuanismos y de los poderes de la luz en noches oscuras, y que así conversando sobre sus mulas, tan apacibles como su parlotear, se adelantaban a un coche guiado por varios mozos de cuadra que cuidaban a una bella señora, o así lo creyó don Quijote a pesar de que confundiéranle algo los aceites de su cabello y sus mejillas con el chorrear de una tinta, pues de tal modo esta había hecho un borrón por cara  que creaba confusión a los ojos del Quijote como tal sería luego la confusión de su lectura, a lo que los críticos llamarían entonces a tal borrón deslices de la forma y a tal confusión riqueza de contenido, pero que al hidalgo caballero, aún diciéndole de tal fermosura a su fiel Sancho, le provocaba su contemplación cierto aturdimiento por un muy sutil parecido con el ya enfrentado gigante o el presentimiento de un suceso aún por conocer, pero achacada la congoja a otro encantamiento o a la flojera de su mollera, aturdida aún por palos y sopores, prosiguió su loanza sin desdorar el rostro que asomaba por entre las líneas del relato desafiando la ventisca del camino, y el que no le pareciera al escudero tan fermoso como el tal de su Teresa, que si no bien compaginado al menos se podía reconocer. Pero en esto no quiso Sancho contradecir a su amo, pues con tal de que no asomara un aspa o un brazo por la ventana, bien le pareciera admirar el dechado de todas las fortunas, como fuera Leonor, la de Aquitania, o Helena, la de Troya, aunque mejor sería quedarse con la visión de Leonor, que la de Helena, famosa su beldad por la blancura de sus brazos, asunto que ya le parecía adentrarse en lo escabroso de algún tema.

Pero en lo que tales disquisiciones ocupaban el tiempo del buen Sancho, ya el caballero de lanza en ristre, al que los mejunjes de la noche anterior le tenían entre la verdad y la mentira de las visiones y que de vez en vez dejaba caer el ímpetu por el otro lado de la balanza, se encaró con bravura a los frailes sanjuanistas a los que acusara de querer raptar a la princesa que llevaban atada en el coche y casi sin buen respiro, lo que pensara al ver que asomaba presta y marcadamente su nariz. Los carmelitas, sin costumbre de otros asaltos que no fueran los demonios que acosaban la ascensión al Monte Carmelo, y sin tiempo de pensar, absortos que estaban en sus rezos y en la contemplación de las gracias del Señor, pusieron pies en polvorosa, aunque uno no llegó a poner más que un pie pues fue alcanzado por la lanza de don Quijote que le dejó maltrecho y más descalzo que lo que bien mandaba su santa orden.

Al tanto, y en la creencia de que había ya saldado sus cuentas con aquellos que creía raptores y no santos varones, se acercó a la Dama para comprobar que el reciente y tremendo triunfo ante los forajidos, a los que hubo de despojar de sus sogas y cordones para que no pudiesen hacer más de sus fechorías, daba los frutos esperados con que estuviera sana y salva, y para alabar las virtudes de la fémina, que aunque siempre en votos de amor por su Dulcinea, sus ojos y lengua, como buen caballero andante, eran todos gentilezas con las armonías naturales.

—La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniera en talante…

Diciendo tal frase, don Quijote calló brevísimo instante, y mirando al cielo se afanó en buscar la procedencia de las palabras que acababa de pronunciar, y acordóse así del poeta invisible y de los versos que volaban, pero pensando por añadidura que siempre tuvieron los caballeros ayuda de ángeles y querubines, y sabido que ya eran bien andados los años de que el susodicho poeta estuviera por el cielo o bien que, retenido allá esperara sus otros tiempos para bajar convertido en arpegio, se convenció de que por tanto usar las mismas palabras, ora para bien o para mal, los poetas podían llegar a ser uno y que ahora ese uno, que seguía invisible, le auxiliaba en tan difícil menester como es el agradar a una Dama, continuó sin más temor su discurso.

—… que siempre estará mi lanza y mi ánimo presto a complacerlo. Muchas otras bravuras he hecho por mi brazo y el empuje de mis batallas, pero no ha habido, desde hace tiempo, un motivo tan justo que éste de espantar a vuestros robadores y librarla de sus crueles carceleros. Y ya que conoce de esta hazaña, he de deciros que soy don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa Dulcinea del Toboso…

Y aunque volviéndole las cosquillas por la rabadilla y un poco de resquemor porque así y todo tan fiero con la lanza, el espíritu tiende a la congoja y la duda con el vago rumor de los fantasmas, atrevióse a pensar que el rumor, aunque invisible, de tanto presentarse ya no podía ser enemigo, por lo que continuó la arremetida con las lanzas de su verbo.

—… y sólo requiero en pago a la buena acción que acabo a vos de facer, riegue su voz a los cuatro vientos la victoria de este lance, que de algún modo ha de enterarse mi dueña, la sin par Dulcinea.

En este punto, la hermosa señora del coche, que para no dejar de serlo volvióse a esconder su rostro tras el velo so pena de que aquellas sinceras palabras de don Quijote, como toda sinceridad dicha de forma tan cercana, lo borrara de un golpe, no pudo dejar de sonreír al escuchar su ruego pues era la naturaleza del pedido parte de la secreta acometida de su viaje.

Embelesado que estaba don Quijote en la contemplación de tan encantado como encantador rostro, presa la virtud de su belleza por la también encantadora charla, que no sabemos si fuese aquella virtud alguna trampa mal digerida o argucia de metabolismos, recordando que los efectos de los bálsamos del buen Sancho surtieron tan buenos efectos que aún fuera difícil de quitar en tan pocas horas, necesarias de por sí para el largo y tortuoso camino, no sintió cuando los mozos de cuadra se acercaron al sitio en que tan bien estaba el caballero en compañía de la Dama y su agradable palabra, de tal guisa que uno de ellos esgrimió contra su esqueleto grandes golpes con un palo, escarnio aún más atroz que si fueran de nuevo las aspas del molino, por lo humillante del combate y de la baja ralea del súbito contrincante.

Sacado tan abruptamente de la placidez y la compañía de la bella Dama, confundido de ver amigos y enemigos, raptores y cautivos en una misma columna de batalla, ayudándose los unos y los otros, sin otra cosa en común que la presencia en su camino, quedóse un poco perplejo y en tal perplejidad decidió sumirse en meditación para sacar muy juiciosas conclusiones que permitieran continuar su marcha por el bien de los humanos.

Y así pensando y sabiendo harto ya de ardides de magos y hechicerías por tanta experiencia que acumulaba entre palabras escuchadas y repetidas y formas vistas y ya no vistas, que bien pudiera ser que en vez de un mozo era retado por un sombrero, le respondió de este talante.

—Malhado te parta que mi hidalguía no puede contestar tu audacia y tu perfidia y bien has de vértelas con puercos espines o asnos, por no decir que con bombines, que harán pagar cara tu osadía.

Y dándose Sancho por aludido por las dichas palabras, no por aquello de puerco espín o asno, ni mucho menos por bombín, pero sí entendiendo que el desdén por la fullona mal pretendida no era cobardía sino honor y respeto a los rangos y leyes de la caballería, se presentó más justo que la onda al golpe de una piedra y saltó por sobre el mozo que viéndose retado a su vez por tan imprevisto asaltador, huyó de tal modo que aún falta memoria para contar tal huida.

Mientras esto acaecía, y aprovechando tanto la perplejidad de don Quijote, la desazón de Sancho, como el desafuero de los mozos que salieron en fuga, dejando coche, calzados y palos como rastro de su huida, los gigantes y la Dama, que de lejos contemplaban los sucesos, volviendo a su propia contemplación, y temiendo por la suerte del caballero, que era la suya propia, quedaron sumidos en largo silencio y reflexión, pues no sabían si rehacer los entuertos que el aguerrido ánimo de don Quijote había provocado, y así ayudar a que el Bien prevaleciera, o bien que Sancho, aún sin el suficiente seso del que suscita la imaginación, viniera a conciliar los brazos con las aspas, o lo que es lo mismo, pudiera colocarse en juez de su destino, o bien que el dechado en hidalguía, aquel de la Mancha, continuara para bien su marcha para dar lustre a un nombre que sonaría, en tantos siglos después, como trompetas de anunciada equidad y valentía, que tal era lo que más convenía a la Dama,  y de tal modo en cavilaciones, sentáronse en una orilla de esta historia, lejos de entuertos y batallas sin ganar, para llegar a un final, que no era fácil toda vez que aún no se ha llegado, pues Cide Hamete, que así era el nombre de uno de aquellos gigantes, no recordaba dónde hubo de guardar el manuscrito que originaba una nueva contienda donde el caballero andante recuperaba sus bríos y espantaba a los mozos con su espada al mismo tiempo en que, picando espuelas a Rocinante, el caballero manchego seguía nuevamente a los frailes por encontrar un no se qué de espantajo en sus ánimas que le recordaban los muy recientes sucesos de los molinos y las aspas, lo que no sería provechoso a la Historia si éste descubría lo que no estaba escrito en los manuscritos del ingenioso árabe, a lo que, con su único brazo, ya el otro perdido en audaz batalla, convertido en aspa que no cruzará más vientos, don Miguel rubricaba otro más original pasaje en el que la Dama convencía al Hidalgo, con palabras que bien entendería, de hacerle sitio en su coche.

Mas la Dama, que les acompañaba en el coloquio adonde se había introducido para bien recabar de ellos y que con derecho y necesidad se sentía de dar fin a la atribulada historia a la que les había convocado para que no la hicieran asumir, en contra de su voluntad y sí por la voluntad acostumbrada de varones escribanos, más aquellos que tan grande fama habían alcanzado ya, un pasivo rol al que su naturaleza femenina, y por esto quizás más licenciosa en ingenio que las aventuras del ingenioso hidalgo que ella urdía, se rebelaba, apurada por demás ante el temor de ser tachada o convertidos sus rasgos en un asterisco o en una conjunción, tomando las riendas de tan complicado asunto para su propio beneficio que era reinventar una parte que resulta, por sus entresijos y decires de toda su luz, la casi propia novela, pensó en que bien cumplidas estaban tantas palabras y palabras por largos siglos leídas, y que si antes nadie había imaginado más signos ni más punto que aquel suspensivo que hace continuar aquestas divagaciones, sería conveniente convertirse los tres hacedores en convidados de piedra que proseguir la tal apostasía, pensando por demás que el espíritu de la letra sabio sería en posarse allí donde más le requiriesen, y así mejor fuera dejarse conducir por la tal sabiduría.

Creyendo ambos varones, aunque casi nunca acordados en tales menesteres de escribir y decir, por su fe de varones letrados, lo que es mucha vanidad en detrimento de otras tantas y necesarias razones como es la de escuchar, el uno robándose paternidad al tema aunque sin dar crédito de tal ley, y el otro indeciso entre la lealtad a los cánones secretos de los manuscritos por su difícil lengua y más difícil transcripción e invención, que era en verdad sabia la ocurrencia de la Dama, y teniendo el diestro poeta su pluma y atención levantadas, por no querer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, confiado en los menesteres de las palabras y en el halo de sugerencias que de este modo encausaba el buen decir y en atención también a su fama, posó ambas en el pergamino y bajo la complicidad ilustrada de los otros gigantes, comenzó a escribir el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló de tal modo que se contará en otra parte, situados los hechos para algunos, por necesarios, ya que así lo quiso el vuelo de la invención, en las orillas de un muy torrente río, bordeado de bejucos y de corales y peces de tantos colores que bastaba con ser vistos para descubrir el sol, y que se llamaría en lengua extraña —al decir de la Dama que en esto más sabía— Cauto, como cauto era el seguimiento de su curso que podía llegar a las Hespérides, pero que, acertando otras aventuras como fin de una nueva historia que bien puede ser parte de esta misma que ahora se reescribe, se situará en esas regiones donde habitan fantasmas, ora gigantes ora molinos, que sólo hacen confundir a simples gentes que más quieren ver gigantes que aspas cortantes y batientes de tormentosos aires, y por eso piensa la Dama, que es quien ha sacado a la luz los viejos manuscritos arábigos, puede y más debe continuar la Historia algo después, pero no tanto como para que el buen don Quijote olvide sus artes y bondades, y su juramento de desfacer desmanes y fechorías, y para que la historia toda sea en algo diferente, bien habida su falta, se situará la continuación en una tarde de mayo, en un lugar que algunos llaman Dos Ríos, allá en la tierra más fermosa que ojos humanos han visto, de una ínsula indistinta en el cosmos, ávida de sus propios molinos.

Ivette Fuentes
Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz (La Habana, Cuba). Doctora en Ciencias Filológicas (1993). Obtuvo Diploma de Estudios Avanzados por la Universidad de Salamanca (2002) y Grado de Salamanca (2003). Labora actualmente como investigadora titular en el Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”, en La Habana. Directora del Centro de Estudios Arquidiocesano de La Habana (CEAH) y de su revista Vivarium. Fue Consultora del Programa de Diálogo Intercultural e Interreligioso de la Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe (ORCALC), de la UNESCO. Miembro del Ateneo de la Crítica, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) y de la Unión Católica de Prensa (UCLAP). Ha publicado numerosos artículos especializados en revistas nacionales y extranjeras, además de libros de ensayo; entre los más recientes se cuentan: A través de su espejo (Sobre la poética de Eliseo Diego, 2006); La incesante temporalidad de la poesía. (Sobre el concepto espacio-temporal en la poética de José Lezama Lima, 2006); y La cultura y la poesía como nuevos paradigmas filosóficos (2008). En colectivo de autores ha publicado, entre otros títulos: Filosofía, teología, literatura: aportes cubanos en los últimos cincuenta años (1999) y Cuba. Poesía, arte y sociedad. Seis ensayos (2006). Ha obtenido diversos premios y reconocimientos literarios.
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