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Ocho minicuentos de Augusto Monterroso

Sábado, diciembre 5, 2009
Por

Minicuentos

This entry is part 9 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caballero con caballo gris, Abraham Van Calraet, 1642-1722.

Caballo imaginando a Dios

“A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elementa”l, razonaba los otros días el Caballo.

“Todo el mundo sabe” —continuaba en su razonamiento— “que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete”.

*

El Conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante  los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

*

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

*

El fabulista y sus críticos

En la Selva vivía hace mucho tiempo un Fabulista cuyos criticados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del odio.

Como él estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corridos, como la vez que la Cigarra se decidió y dijo a la Hormiga todo lo que tenía que decirle.

*Mosca

La mosca que soñaba que era un águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

*

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

*Eclipse

El eclipse

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

*

La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

*

(Estos minicuentos de Augusto Monterroso
provienen de Ciudad Seva,
sitio del escritor puertorriqueño Luis López Nieves).

*

Augusto MonterrosoAugusto Monterroso (Honduras-Guatemala, 1921-2003). Nació en Tegucigalpa, Honduras, de madre hondureña y padre guatemalteco. En 1936 su familia se asentó definitivamente en Ciudad Guatemala, donde él permanecería hasta la adolescencia. En la capital del país centroamericano, publicó sus primeros cuentos cortos y comenzó su lucha clandestina contra la dictadura de Jorge Ubico. Para este fin, fundó el diario El Espectador junto a un grupo de otros escritores. Debido a su oposición al régimen fue detenido y tuvo que irse exiliado para la Ciudad de México en 1944. Poco tiempo después de su arribo a México, el gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz triunfo en Guatemala y Monterroso fue asignado para un cargo de la embajada de Guatemala en el país mexicano. En 1953 se trasladó por breve tiempo a Bolivia, al ser nombrado como cónsul de Guatemala en La Paz. Al año siguiente se le transfirió a Santiago, Chile, cuando el gobierno de Arbenz resultó derrocado. En 1956 regresó definitivamente a la Ciudad de México, donde ocuparía varios cargos académicos y editoriales y se dedicó a trabajar como escritor por el resto de su vida. En 1988 recibió el más alto honor del gobierno mexicano, el Águila Azteca, concedida a los dignatarios extranjeros. También, en 1977, se le concedió el Premio Nacional de Literatura de su país, y en el 2000 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias por toda su obra literaria. En el año 2003 falleció de problemas del corazón a la edad de 81 años en la Ciudad de México.

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2 Responses to Ocho minicuentos de Augusto Monterroso

  1. daniel sanchez on Miércoles, diciembre 23, 2009 at 7:09 AM

    GRan trabajo, le hare un link a mi pagina en la seccion fomento del buen microrrelato

  2. Flomac on Miércoles, enero 13, 2010 at 1:57 PM

    Siempre he admirado a Augusto Monterroso porque en la brevedad de sus escritos encierra vastas verdades filosóficas; o al menos las verdades con que muchos nos identificamos.

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