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Paraschiva

Martes, diciembre 1, 2009
Por

Cuento

This entry is part 12 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

Por José Manuel Rodríguez Walteros…

 

 

 

 

 

 

 

 

Paraschiva

 

Cómo levantarte del piso cuando estás rota o cuando te han echado en la espalda los escombros de siglos.  La lluvia, los vientos que barren la avenida, son tan solo un emblema.  Días interminables de prisión te lavaron el alma vaciándola de todo.  Dando un portazo dejas las faldas, los collares, los cabellos a la cintura, la lengua que unifica, y te alejas de todos.  Atrás quedan las costumbres que te hacen especial, la raíz que te ancla en el presente eterno y te olvidas del nombre de tus hijos y de las historias antiguas.  Tu madre, que es la madre de todos, sigue recorriendo calculadora las calles empedradas de la ciudad sin nombre sirviéndole de oreja y de dedo acusatorio a los nazis para salvar su piel, la tuya, la de todos los que descenderán mañana de tu vientre, incluyéndome a mí, en un pasado que no quiere pasar.  Es hermosa tu madre con su pañoleta verde y con su piel que relumbra al sol de los condenados.  Somera habló alguna vez de las caravanas delirantes que iban con el día y con la noche sin destino y descalzas por los caminos de la Europa en guerra.  Llena de sortilegios, de cartas trucadas y de peticiones angustiosas de felicidad la esperanza para ti es una meretriz conocida de largo tiempo atrás.  Dios es un arcón muerto y el cuerpo es un equipaje estorboso que duele y que pide comida, agua, calor en la madrugada de los brazos vacíos.  Con deleite, a veces con furor, imaginaste por años el día de tu liberación.  El sol rasguña, muerden los brazos de tu hombre desgarrándote una vez más como un perro de presa las entrañas regresando tú a la vida, pero nada pasó.  La vida es un ajuste de cuentas y todo te lo cobraron con intereses.  La sociedad sedienta te arrancó catorce años y bajándote del autobús que te trajo del odio la abuela, siempre vital vendiéndose a los nazis, te vomitó en el rostro la ignominia.  Tu hombre nada quiso saber de ti, tus hijos tenían su propio infierno y el mundo había seguido cavilando su zambra sin cuidarse de ti, mujer de un tiempo extraño.  Menuda sensación la de saberte libre, incluso con la obligación de presentarte cada viernes, te sentías vigilada, perseguida, acorralada por las samoanian girls que te vapuleaban contra la pared bajo la luna llena igual que en el encierro.  Yo siempre te amé.  Mojado de tu sangre y de tus gritos de parto te inventé en la ventana.  Paraschiva, gritó mi voz, soledad de los desheredados es la que padecemos en la tierra madre y yo.   Tan solo una fotografía tuya quedó de la tormenta cuando te llevaron los kriss.  La abuela y los sobrevivientes del estruendo renegaron de ti y te dieron la espalda para no contaminarse.  Yo conservé tu foto, una pulsera y el dejo tuyo de dolerme hasta el hueso diciéndome te quiero.  Vamos a la noche, me dijiste hace un par de horas.  Los dos somos iguales, agua en el agua, tierra en la tierra.  Cuando regresaste yo estaba entre odiándote y no.  Los días de encierro y de palizas de la abuela me habían hecho una puerta cerrada.  Sucia y malherida de adentro, rechazada por todos, me recordaste a mí.  Fue fácil abrazarte en la sombra y decirte te quiero en el silencio.  Fumando en el portal me bebí tu silueta, tu voz enronquecida y enseñada a callar en la prisión musitó queda unos te quiero vagos.  Cierras la puerta de casa y me das la mano.  Por fin sonríes en mi sonrisa.  Delante de nosotros la ciudad inmensa se nos regala en esta noche de viernes, somos uno y todos.  ¿El mar o la tierra?, preguntamos sonrientes.  Como siempre primero la tierra, respondes.  De la mano y recién nacidos decidimos mejor la Long Beach y no la Woodruff.  Preferimos la crisis al sosiego.  No necesitamos muchas palabras para saber que estamos llenos de nosotros.  Seis cincuenta en la tarde.  Tambores remotos del África profunda y misteriosa nos golpetean el pecho.  Ventanas descorridas, hombres sigilosos y mujeres frondosas nos toman la medida en los callejones en torno a un carro muerto.  El tiempo en casa es como una piedra estancada que apenitas se mueve empujada por la abuela y sus designios, pero en cambio en la calle es un tren que nos empuja con fuerza en el delirio.  Apenas llevábamos tres bloques adentro de la noche cuando un fogonazo nos paralizó.  Todos saben que un coche a media marcha con los vidrios polarizados es un viaje al infierno.  Súbita la muerte se enconchó entre los afroamericanos sorprendidos.  Quién vive, quién muere, y entre la algarabía de los quejidos madre y yo corrimos perseguidos de cerca por los sobrevivientes barrio adentro.  Después de un rato, ya con la lengua afuera, paramos a descansar en un Seven Eleven de la Compton.  Enseñados al silencio nada dijimos.  Juntando nuestros tesoros teníamos veinticinco dólares y monedas, así que una soda para apagar la sed que nos consume.  Patrullas policiales estruendosas corren de aquí para allá atronando la noche.  Liberados de culpas, a cada quien su muerto, volteamos por la Trinity y entre un horizonte de perros, gatos, botes henchidos de basura y esqueletos de sillas y de colchones aterrados nos hacemos el amor en cada paso.  Madre y yo habíamos sido amaestrados meticulosamente para odiar a la gente.  Deshumanizar al individuo es el camino viable para luego desplumarlo sin cargos de conciencia y en eso somos expertos.  Dentro de una casa, premonitoriamente la 3333 si es que nos atenemos a los signos, un murmullo de voces y de cantos nos atrae y sin nada qué perder, ya todo lo perdimos, nos dejamos llevar a sus adentros.  Para muchos la religión o su cultura es su razón de ser, pero para madre y yo no.  Somos iguales, sentimos, pensamos, respiramos igual, y si no es así es un placer de dioses el tener a alguien apretado en la mano compartiendo tus miedos y asumiendo los rostros que le pongo.  Paraschiva, dónde estás, gritaba constantemente en mi memoria.   Si eso no es el amor es la definición más acertada que he encontrado.  En el fondo del 3333 un puñado de gente en torno del altar celebra la vida o la muerte.  Latinos sudorosos se pierden en el humo del copal y del rezo monótono.  Tendido el canto se prolonga al infinito.  Madre se sienta en el piso frente al tambor inmenso y cierra los ojos.  Me gusta saborear sus cabellos, sus ojos cerrados, su piel, los senos de donde alguna vez debí de haber bebido.  Sus labios en lo oscuro susurran el canto monocorde que adormila, que va subiendo en volumen haciendo que su cuerpo romá se levanté del suelo.  Primero lenta, lejana, la Paraschiva suelta sus cabellos adelante atrás los hombros y los pies descalzos.  Junto a ella la tierra abierta se llena de jaguares y de cabellos rojos.  Yo estoy de piedra en el rincón mientras madre es un árbol que se mece cada vez con más fuerza.  Hecha de presagios y de mundos que habitan este mundo madre es un río de sudor y de manos encadenadas.  Es la desdichadora y ha cometido el más ruin de los crímenes, yo lo sé, ha prostituido hasta el hastío a la esperanza, y llora, ríe y se sacude como un espantapájaros y hermosa con sus cabellos negros, con sus labios abiertos, con su vientre de donde yo he emergido cae al piso y en su lengua, que es la mía, regresa al precipicio, a las cenas en la cocina, al odio, a la carrera, al perseguir de los perros de presa y yo con ella bailo, me dejo llevar por el tambor y los gritos y en el centro de la tierra vacía encendemos una hoguera y en ella nos lanzamos hasta quedar convertidos en cenizas sin nada que ofrecer, solo el silencio que cobija a los gitanos muertos.  Pasada la gran euforia los aztecas que pululan en los submundos de Los Ángeles de nuevo guardan los cantos y los tambores y cumpliendo los preceptos de Cuauhtémoc, eso nos dicen, dejan de ser quien son y nos lavan el rostro, nos dan la mano y exhaustos y felices nos llevan a la puerta de casa y recién nacidos, eso dicen, nos regresan al mundo de donde hemos venido.  Arriba las estrellas y en las calles dormidas madre y yo doblamos por la Rosecrans rumbo al este a donde el sol se esconde cada día.  Atrás de las cortinas los solitar

ios habitantes se beben su cerveza frente a la televisión e imaginándose que están con quién no están se hacen monótonos el amor con un desespero a hombre que se ahoga que aterra.  Liberados de todo nos reímos despacio.  Bajo el puente de la 105 bebemos de botellas sin fondo junto con los White trash que encandilados con nuestro resplandor nos comparten sus tesoros ocultos.  Madre, la Paraschiva, respondiendo a su naturaleza, se lleva a un rincón a una mujer ajada de cabellos al piso.  Largos los cabellos la mujer, tatuada hasta más no poder pervive aferrada a la jeringa.  Madre me acerca a ella, le susurra en el viento, le acaricia el rostro.  La mujer eterna de la 105 es una llama al viento.  Entre sus bluyines desgarrados y cientos de veces subidos y bajados al mejor postor me dice un nombre que la noche se llevó en sus delirios.  La botella circuló entre nosotros con madre a contraluz en la avenida.  La mujer de los cabellos hasta el piso abraza con fuerza.  Sus labios, hojas secas, aceite de los callejones, me recorren despacio y yo a ella.  Su piel tiene la huella de todos los hombres de la tierra mientras dejo que sus manos me saquen la camisa.  Madre parada sobre los montes de basura que se elevan al cielo nos observa.  Ser de alguien, tomar a alguien por un instante nos releva de ser protagonistas de nuestra propia vida.  Los ojos de madre mirándome inventar el amor con la mujer de los cabellos al piso llenos de dulzura refrescaron mi mundo.  De su mano y después de la tormenta dejamos atrás los bajos del puente y a sus habitantes extasiados y nos internamos en los barrios latinos de South Long Beach.  Sirenas a lo lejos y el vértigo de un coche que nos acorrala en la Anaheim y la Cherry nos arrancan el rostro.  Sabedores de los cuchillos que trae la oscuridad nada nos sorprende.  El coche, un gris Sentra, Honda o Toyota, nos pone cara a la pared y tres hombres cuya alma se la trague el olvido me golpean el estómago llevándose la luz y llevándose entre gritos el cuerpo tantos años anhelado de mi madre.  Adolorido y medio muerto me dejan tendido en esa calle para siempre maldita.  Yo sé lo que un hombre sediento puede hacer así que recomponiéndome lo mejor que puedo me levanto, trago aire, y mirando hacia el west por sobre la Anaheim  empiezo a caminar.  Nuestros enemigos, los de todos, son los policías, los Vatos Locos sueltos y de cacería y los supremacistas, así que pido al cielo no toparme con nadie, solo con madre intacta.  Los tragos que apurado me bebí en la 105 aún me calientan, Paraschiva, dónde estás, grito, suplico, hasta que pasado todo el tiempo del mundo un punto tambaleante en la distancia, fuera de un restaurante camionero 24 horas open se acerca a mí.  Madre cabellos revueltos labios sangrantes cerca del amanecer se abraza a mí con fuerza.  Tiembla, gime, abraza fuerte la fiera herida que conserva adentro madre.  Sin saber qué hacer busco un teléfono y llamo a casa de padre.  Dejó un mensaje y una dirección confusa en el voice mail y regreso a madre que se recompone al calor de los camioneros.  Un trago, un cigarro, y los enrolladores de autopista babean sobre el cuerpo de madre sin poderlo evitar.  Como de costumbre sin nada qué perder madre y yo mendigamos amor como toda la gente.  Venimos de lejos en el tiempo y caminamos, dice sonriente madre con su voz cascada por el amanecer incipiente.  Con señales torpes y queriéndome engañar los camioneros platican y me dan de beber llevándose por turnos a madre al rincón.  Yo sé de sus abrazos y de sus piernas torneadas que se aprietan a tu espalda como una cascabel.  Ya rompiendo el alba madre rejuvenecida, cabellos al viento, se agarra de mi brazo para no caer mientras los camioneros dicen chistes y lisuras para matar el tiempo.  Perdida en un abrazo un coche nos sorprende.  Es padre que adormilado se resiste a ser malherido por la espada del pasado.  En silencio, por primera vez en quince años padre se contempla en esos ojos que lo miran como una aparición.  Envarado como en el paredón no sabe si abrazar a madre o romperle el cuello.  El amor y el odio son hermanos gemelos.  Puta, le musita al oído como decirle tanto tiempo he esperado por ti y le señala el coche.  Madre le da la espalda por fin rumbo al mar.  En este instante me juego y sigo los pasos de madre.  Sonrientes adentro le hemos amargado la mañana a padre, nos hemos dado el pírrico consuelo de abandonarlo nosotros aunque sea por una vez.  El aire de gaviotas y de grasas y de aguas heladas del Pacífico nos explota en el cuerpo incluso a tres bloques del océano.  Abrazados y tiritando de noche y de manos humanas que te toman y se entregan madre y yo somos testigos de cómo nace el sol en la distancia.  Solos en el mundo nos abrazamos en la playa vacía y nos prolongamos con un beso en el tiempo madre y yo.  Paraschiva la gitana bucareste y yo que por los siglos de los siglos he de llamarme Mihay el romá, que significa el que no tiene sombra, nos hacemos de piedra en el amanecer helado de la gran Long Beach mientras despierta el mundo aún a nuestro pesar.

***

jose-manuel-rodriguezJosé Manuel Rodríguez Walteros (Bogotá, Colombia) es un escritor que radica en California desde hace 20 años.  Novela y cuento, a veces poesía, están en sus creaciones que han sido galardonadas aquí y allá. Premio Fernando de la Mora, en el Juan Rulfo; mención especial Casa de las Américas y Letras de Oro, entre otros, dan fe de su quehacer literario. Ha publicado Las Voces del Enigma, novela, No más canciones para los muchachos muertos, los cantos de la noche son los cantos del East LA, y últimamente Las historias del Descifrador en cuento. Pertenece al grupo literario La Luciérnaga de Los Ángeles con el cual lleva añales luchando por darle un lugar de relevancia a la literatura en español hecha en Estados Unidos.
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0 Responses to Paraschiva

  1. Javier Gallo on Sábado, diciembre 26, 2009 at 1:26 PM

    Me atrapó. Lo comencé por darle el beneficio de la duda, escéptico, pero lo terminé ansioso y gustoso de haberme encontrado con diferencias, con ambigüedades y complicidades, con letras usadas con intención.
    Me gustaría discutir un punto mencionado en la referencia biográfica: la literatura en español hecha en Estados Unidos. Con el afán de usar preguntas como método de conocimiento ¿en qué se caracteriza y qué diferencia a esta literatura? Porque, en cierto sentido, siento que formo parte de algo que todavía no sé que es… ¿alguien lo sabe?

    • Jorge Alvarado on Miércoles, enero 6, 2010 at 9:48 PM

      Javier:
      Gracias por recomendarme esta pagina. Feliz 2010,
      Jorge.

  2. Jorge Alvarado on Miércoles, enero 6, 2010 at 9:47 PM

    Juan Manuel:
    Me ha encantado esta historia, por su magia, su ambientacion especial de las calles de Long Beach, ciudad en la cual tambien yo habito. Reconoci en la historia los ambientes, los olores y colores de Long Beach. Si tienes la oportunidad de leer este mensaje, y de contemplar la posibilidad de crear un Network local artistico en la ciudad de Long Beach, por favor contactame a la direccion electronica alvaradoengineering arroba yahoo punto com. Como tu, siento y quiero la ciudad de Long Beach, y como tu, tambien soy de Bogota, Colombia.
    Saludos, Jorge Alvarado.

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