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Rayitos

Martes, julio 20, 2010
Por

Cuento

This entry is part 9 of 18 in the series Numero 8, julio 2010

Relato.

Por José Manuel Rodríguez…

 

 

 

 

 

 


 

La guerra es ruido, un cigarro encendido y un mundo de enemigos que te cercan por todos lados. Podría decirte la verdad, que estoy herido y que el dolor es un horizonte amarillo y rojo en el que cabalga la muerte, que es una mujer. Cerca de mí, me besa, se envuelve en mi estandarte y me llama en la alta noche extranjera. Pienso en ti, en lo que nunca conseguiré y en que el enemigo jamás me agarre vivo. Sigo siendo el blue que atronaba las calles del East y del norte. Walk of the fame de los indeseables.  Contigo conocí el otro lado del espejo. Rayitos es mi nombre, me dijiste esquiva, inalcanzable como una estrella. Eres un sol, te dije, y tú eres como un agujero negro, me respondiste cara a cara bajo la luna de muerte de la zona blanca de Los Ángeles.  Qué sabías tú de mí, de la aureola de matón, de los pasadizos miserables donde el sol se agacha, se prostituye, se te escapa de la piel. Nada, me dijiste, y no me interesa.  Vivías por Glendale, y a mí me gusta Malibú, el sol, mirar por la ventana, ir por la picieich, me dijiste levantando fronteras infranqueables. Bordeando la autopista sobre mi coche de placas vencidas quise coronarte frente al océano helado y agreste. Como todos venías de lejos y la casualidad nos había cruzado en un evento. Tú por gusto y yo obligado para evitar el hueco, el bote, la cápsula, la cana, la escuela obligatoria de las cuatro paredes, de los signos, del acoso, del batallar continuo de la cárcel. Sin nada mejor qué hacer me entretuve en tu cuerpo bien formado que recorrí despacio, en tu rostro, en tus cabellos rubios, aunque decías que no, sólo Rayitos, en tus piernas, en tu voz firme que platicaba con alguien más absolutamente lejos de mi mundo. Somos máquinas de matar, decíamos en el parque, en el callejón, en torno al fuego sagrado del recién caído. La calle nos hermana en el odio. Uno a uno todos cayeron a mi lado.  Padre y madre luchaban por sobrevivir segundo a segundo mientras mis hermanitos correteaban a sus anchas por la Bandini y sus esquinas que no debes cruzar si es que aprecias tus carnes. Madre amanecía en mis labios cantándome una nana en la lengua de sus abuelos. Contigo en el vientre atravesé los valles, los desiertos, hasta llegar a California, me decía en un susurro.  El gitano dormido no tiene pare, lo parió una gitana en mita e la calle, cantaba cabellos rojos mientras afuera el alba de los pandilleros se cernía sobre el barrio. Idas y venidas a la juvenil me treparon en el potro indomable de los vuelos altos. Nacimos para el odio, decíamos dándonos valor, quebrando los nudillos contra un rostro, reventándonos sin pestañear ante las patadas policiales que vienen, iluminan, encierran, te tiran del camino como a un perro muerto en la autopista.  Los hechos se encadenan fuera de nuestro control. Madre murió atropellada por un coche fantasma mientras yo estaba guardado. Espalda a la pared para evitar un regalo sorpresa estaba yo rodeado de mis brothers cuando vino el guardia y me llevó al rincón. Madre muerta, madre despatarrada en la avenida ahogada en su sangre, madre solita en el mundo, como siempre había estado, eso me dijo el oficial al darme la noticia, pero a nadie le importa, yo no siento nada, yo soy el duro, yo soy el blue de los azteca warrior, yo no he querido a nadie, no tengo pare, me parió una gitana me echó a la calle. Me dije una y otra vez. Rota mi relación con padre salí de prisión para volver a entrar una y otra vez. Mi adolescencia pasó entre carreras, balazos y cogidas a diestra y siniestra en la zona de muerte de Los Ángeles. Rayitos, tú qué sabías de no tener ganas de nada, del llanto que rompe las paredes adentro.  Eres un asco, a cañonazos me lo repetía el mundo mientras nosotros moríamos una y otra vez. Fuera de control me vi montado en una película que no era la mía. Eres un asco, me dije yo una noche sentado frente al océano mientras se rompía el alba y en el fondo del fondo. Sin nada en los bolsillos y lejísimos de toda la ciudad, eres un asco, canturreaba su sonata inmortal.  Pensé en mudarme a Bakersfield, a Chicago, en regresar con los míos a un país que ya ni siquiera debe existir en el mapa. Mis heridas sangraban, es todo, iba a morir de pie y cara a la luna de los gitanos, pero ahogado de vodka y de madre muerta a mediodía desperté en las arenas con un tambor de guerra en la cabeza. El sentido de clan estaba muerto y en torno mío cien mil espantapájaros compraban vendían extorsionaban hasta reventarse rumbo a la fosa abierta siguiendo unas órdenes, un manipuleo, que venía desde lo profundo de las prisiones federales sin que eso de pronto significara algo para mí. Es hora de cubrirse de tierra o de soltar amarras, me dije, pero con todo en contra, ellos o yo, tuve que decidir entre lo mismo o lo diferente.  Atrapado entre dos aguas, declaras o eres cómplice, me puso la policía entre la espada y la pared. A la fuerza me vi metido en un drive shot, en una cacería al azar. Alguien manejó un coche a media máquina, alguien ingresó en un barrio enemigo, alguien jaló el gatillo, alguien les dio piso a unos pobres diablos que tenían otra señal, otra piel, otras carencias, y especialmente alguien dijo mi nombre a la policía. Somos los hijos bastardos que Caín lanzó al mundo, decíamos antes como grito de guerra. Mi inocencia valía su peso en oro y mi libertad le costó hacer tiempo a cuatro jovencitos que buscaban levantar cartel a costa mía. Sentenciado por traidor el barrio me hizo el feo clausurando sus escaleras al cielo y al infierno para mí. En poder del sistema fui llevado aquí para allá  como un fardo estorboso. Yo era su pequeño trofeo de restitución en sociedad. Te reías Rayitos en la mesa contigua. Aburrido y sin salida las horas me llevaron a ti. Vengo del sol, me dijiste en un descanso. Yo soy dado al silencio así que perdiendo la oportunidad de ingresar a tu vida por la puerta del frente me colé por un resquicio del desván. Odio el sol, las playas, los colores, el bullicio, te dije a la deriva, y tú, segura de tus caminos, me mandaste al demonio, y yo me fui, de allá vengo a ver tu cuerpo hermoso, te dije en los labios. El infierno es mi casa, le dije a tu rostro enrojecido de rabia. Eres un grosero, susurraste y para mí fue un muérete, fue una declaración de guerra, fue el aguijón que desató el veneno que me forma.  Con la misma decisión que antes tiraba del gatillo en un segundo me acerqué y sin tiempo de reaccionar besé tus labios. Debo confesar que hasta yo me asombré de ese gesto instintivo de supervivencia. Una sonora cachetada me regresó al presente de tu espalda alejándote. Domesticado en no pedir perdón el reto era hablarte, recorrer esos metros interminables que me separaban de ti y hacerte sonreír. Somos seres de luz, decía alucinado el expositor a mí que soy de sombras.  Recuerdos más, recuerdos menos, el hecho es que terminamos hablando asomados a una ventana que daba al parqueadero. Querías saber de mí y yo de ti. Recelosos, tú de mí y yo de mí también, encubriste tu nombre, tu lugar, tus secretos de estado. Llámame Rayitos, dijiste y estiraste una mano pequeña que yo apreté queriendo sin dudar apretarte lo demás de tu cuerpo. Un teléfono dubitativo me quedó de ti. Un fugaz y efectivo curso técnico me instaló en los rayos equis de una clínica y un trabajador social diligente ubicó para mí un cuarto decente y alejado de toda la hecatombe del barrio. Qué puedes hacer cuando eres un asco, cuando eres un cañón a punto de explotar, cuando todo lo que recuerdas son gritos patadas en la puerta y a madre con el rostro cubierto de sangre cantándote una nana en la lengua de los abuelos. Eso quería decirte, platicarte de las horas, del morir cara al sol como mueren los guerreros, pero sin embargo después de un intento fallido y de juguetear con el celular en la mano cara al techo en mi cuarto me enfrenté a tu impersonal contestador. Envarado te dejé un mensaje estúpido, un saludo que denotaba dónde estás que estoy solo, que
me hundo, que soy un asco. Dos días después respondiste mientras yo estaba laborando. Tu acento caribeño y firme dio un saludo y dijo adiós. Sin nada en común, me lo aclaraste, y solo por razón humanitaria aceptaste salir conmigo. En campo abierto y frente al mundo. Arrancado del barrio y de los míos no soy nadie, te dije. A grosso modo te platiqué los códigos y las razones de ser lo que somos, pero tú poco querías saber de mí. Directa y lógica tus preguntas no daban margen para adentrarse en ti. La playa, el sol, a mí me gusta el cono de vainilla, está helada la mar de California, y saltando por los lugares comunes derretimos el hielo, las conchas con que nos protegemos de la gente. Sabes reír, te dije, y tú sabes portarte, me respondiste como siempre dejándome en la nada. Ese domingo interminable, totalmente diferente a todos los domingos de la tierra, repletos de todo terminamos en tu coche y frente a casa. Un beso rápido y un tenue acariciar de tus cabellos me quedaron de ti en esa semana. Atareada en tus clases después de varios días fuimos al cine. Llueve sobre el desierto al igual que llovía aquella noche cuando sin razón aparente nos empapamos a placer. La película fue lo de menos, hablé como nunca y tú escuchaste como nunca. Descrestador me apropié de una canción, la hice mía y te la dije al oído. Alguien ha colgado el mar de tus pestañas, pero tú conocías la canción y me la respondiste así como respondes tú, cara a la tormenta y cara al sol.  Es viernes y mañana el mundo es nuestro, me dijiste y yo te propuse vamos a mi barrio, quiero enseñarte el cáncer que se devora la ciudad de Los Ángeles, y fuimos y desde el coche respiraste la angustia, la desenfrenada euforia de los cuerpos al son de un hip hop profundo o de un rasgueteo norteño entre los coches muertos en un patio interior y ahogados en alcohol los seres de la noche disfrutaban al máximo de sus últimas horas. Despacio, meticulosa, exacta, me enseñaste a recorrerte despacio en la penumbra. Nos amamos hasta extradito el sábado. Horas que puedo rememorar segundo a segundo se acomodaron triunfantes sobre las horas grises del ayer. Poco a poco abriste tus ventanas ante mí, me platicaste de tu casa, de tus caminos, de una tarde, de los amores, de las rabias, de los sueños. No quiero etiquetar lo nuestro decías, y yo, siempre me sacabas de pista, a todo decía sí.  Me reía contigo, de ti, de tu manera by the book de hacer las cosas tan dispares de las mías. Para variar, todo yo soy un lugar común, ese verano fue una fiesta. Amabas despacio, con sigilo te entregaste, uno a uno leíste los mensajes grabados en mi piel. Llueve sobre el mundo Rayitos mientras yo me desangro aquí en la tierra vacía. Padre, una tarde, intempestivamente vino a mi trabajo y de golpe me enseñó que sigo indefectiblemente ligado al barrio. Para siempre serás un azteca warrior, me dijo contándome de mis hermanos tirados en la acera. Maldita sea la Prospect y la Randolph, maldita sean las vías del tren, la tarde, malditas las carreras que dejan malherida a mi sangre. Es un error dejar un enemigo vivo, hay que rematarlo, a él y a toda su secuela, nos decían los guerreros viejos y curtidos, y en eso yo fallé. Carne de cañón mis hermanos fueron la venganza.  Desde Victorville una culebra mía los compró a precio de oferta, dos por uno y en saldo.  Sabiendo lo que hay que hacer le dije adiós a todo. Velé mis armas, espíe, me convertí en rata de callejón, en guadaña sedienta y en la relumbrante alta noche de Los Ángeles le di fuego a la guerra. Esta por el Pato y esta por el Esponja, y respiré despacio como un perro de presa. La reacción en cadena no se hizo esperar.  Alejado de mis brotheres nadie me respaldaba. Yo era el midas de la desolación, lo que tocaba estaba irremediablemente muerto o sentenciado. Fueron días de callejón, de puente debajo de los freeways, de saña, de ser el padre muerte que se lleva por delante todo lo que encuentre. Sin saber qué pasaba conmigo una tarde te abordé saliendo del trabajo. Qué te pasa, dónde has estado, quién demonios eres en verdad, me gritaste desde tu silencio enojado. Mirando hacia atrás cómo decirte lo que soy sin llenarte de heridas, de putrefacción, de juramentos y de pactos en el alley para siempre unidos los aztecas warrior. Sabedora de que algo no estaba bien con sigilo me dejaste estar en ti. Podría mirarte siempre, solía decirle a tu rostro desnudo después del amor.  Nada quieras saber te susurré, te abracé, por una única vez solté un te quiero que me supo a yerba amarga, a llanto de madre en la madrugada. Orgullosa y para siempre altiva ante mí también por esa vez bajaste de tu estrella. Pienso mucho en ti, fue tu forma de decirme te quiero. Ya encarrerado en confesiones fue fácil para mí decirte no estoy ya nunca solo, fue fácil besarte sin descanso, fue sumamente fácil apretarme a tu abrazo. Lejana de todas mis andanzas sugeriste una prueba, tú y yo, una vida juntos y yo dije que sí, solo dame unos días para despoblar la zona infestada del Este de Los Ángeles de todas mis culebras. Te mentí una comisión, un viaje hasta Arizona y un regreso pletórico a tus brazos. Lo siguiente que supiste de mí, ese sábado de mayo que aún dentro de mí se quiebra como un cristal inmenso, fue cuando el detective se acercó y te develó mis últimas hazañas. Paso a paso conociste mi rostro oculto por la Atlantic acechando a mis enemigos, vaciándoles un tambor a risa abierta, bañándome en la sangre aún hirviente de los muchachos muertos. Con todo y sin nada qué decir me borraste del libro de la vida. En lo profundo del encierro, porque caí, porque me condenaron, porque a los perros y a los gatos muertos los retiran de la autopista, intenté una vez hablar con tu contestador pero fue en vano. Habías cambiado tu número y yo soy de los que nunca escriben cartas. Yo soy oscuridad, soy olor a encierro.  Aquí se pierde la noción del tiempo. Rodeado de culebras que se reproducen sin descanso y espalda a la pared me voy en ti como el agua en el agua. Ya nunca pienso en los años que me faltan, solo pienso en resistir el día en esta guerra y amarrado al estandarte, cara al sol como un azteca warrior.

***

jose-manuel-rodriguezJosé Manuel Rodríguez Walteros (Bogotá, Colombia) es un escritor que radica en California desde hace 20 años.  Novela y cuento, a veces poesía, están en sus creaciones que han sido galardonadas aquí y allá. Premio Fernando de la Mora, en el Juan Rulfo; mención especial Casa de las Américas y Letras de Oro, entre otros, dan fe de su quehacer literario. Ha publicado Las Voces del Enigma, novela, No más canciones para los muchachos muertos, los cantos de la noche son los cantos del East LA y, últimamente, Las historias del Descifrador en cuento. Pertenece al grupo literario La Luciérnaga de Los Ángeles con el cual lleva añales luchando por darle un lugar de relevancia a la literatura en español hecha en Estados Unidos.

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0 Responses to Rayitos

  1. Rayitos | Enfoque Hispano on Domingo, agosto 1, 2010 at 3:02 PM

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