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Último tango en La Habana

Lunes, mayo 30, 2011
Por
This entry is part 7 of 15 in the series Edición Especial En El Reino de Eros

Relato.

Por Ingrid Brioso-Rieumont…

 

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A mi mamá le gustaba el tango. ¿Vas a bailar conmigo? Sí, Paul.

Me subí al auto y supe enseguida que quería ver su mano entre mis piernas, cuando me dijo: No seas maleducada, se dice Buenas tardes. Buenas tardes, Susana, le dije y pensé que tenía que llamarse Susana. ¿Cómo sabes mi nombre? Se llamaba Susana. No lo sé, tan sólo lo supuse; respondí como otras veces para aquietar la esperanza. Luego le vi el tatuaje en la espalda, cuando hizo un giro intencional con el Audi negro y el pelo se movió y quedó visible parte de la espalda y un tulipán. Era demasiado. Susana y un tulipán. Casi me ahogo entre los cristales, el aire acondicionado y su pelo, color sepia. Y su cuello largo, y un lunar cerca de ese sitio donde termina el cuello y empiezan los omóplatos que se pueden agarrar y morder tan bien. Seguía descendiendo y ahí estaba el tulipán, en el lugar derecho de su espalda, tal como ella lo quería hace años, en el tiempo en que las dos estábamos en los naranjales de la escuela.

Paul me mira. Está sentado sobre un mantel que es transparente, que no es un mantel porque es como de nylon y se puede ver más abajo mi piso blanco, de granito. A este lugar le llamo Casa blanca, le digo a Paul, y le sonrío, lo hago despacio, no enseño mucho los dientes. Sólo lo necesario para poder morderme el labio de abajo un poco, que está quemado por el sol, sensible; y hacer como que he sido una tonta, me sale sangre, tocarla con mi dedo; y poner la punta de la lengua ahí, donde la herida no duele, donde apenas se ve la línea que hace de este momento una complicidad; porque yo sé que él quiere que sea su lengua la que toque con la punta el trozo de labio roto.

Estoy sentada en el piso de mi casa. De un lado la columna y del otro lado Paul. Atrás está la pared, y más arriba, si subo la cabeza, veré el cuadro que me regaló un amigo. Está cubierto por una sábana blanca para que no le llegue el polvo. Ella está vestida. El cuadro se llama Insomnio y me asusta; ella también me asusta, porque de noche no puedo dormir. Me levanto rodeada de las sillas que están dobladas sobre el piso, los libros, las botellas. Salgo del cuarto con la sensación de no poder moverme y me dejo caer. Me siento en la esquina donde estoy ahora; me embarro un poco del polvo azul que hay en la sala y lo veo todo oscuro. Hoy no tenemos vino. Ni siquiera las copas para disimular un poco y tratar que una cerveza Bucanero tenga un líquido rojo y sea de cristal. Qué pena que no tengamos vino, me dices. Sabes de la nostalgia que llega; cómo se desenredan las lenguas y cortan el silencio. Pero no tenemos vino, esta noche es de cerveza, que también nos hace hablar, aunque no basta. El silencio se corta con lo que no se le dice a nadie. Con lo que se le cuenta a una sola persona, o al espejo, cuando estamos frente a él. Paul y yo decidimos intentarlo hoy. Hablar lo que sólo le hemos dicho al reflejo.

Los constructores se van a las seis y dejan la casa conmigo. Compramos las cervezas para alejar un poco lo cobarde. Paul me lo propuso la otra noche, cuando hablábamos de la amistad, de cómo la nuestra había empezado a andar aprisa hace unos meses. Lo hablamos por teléfono. Fue mejor, porque parado frente a mí, él no hubiese propuesto que rebasáramos el límite que falta, cortar la línea de silencio, sentirse mejor luego. Pero todo lo pensamos demasiado. Es de noche, estamos cercados por botellas que sudan y tratan de desprenderse del líquido, como nosotros de los cuerpos. La casa está sola, la luz viene de una esquina del techo, se inclina ante el cuadro tapado y nos llega un poco. Las puertas están cerradas. Mi edificio no suena. Hace mucho que el sol se puso y el espacio nos exige que empecemos lo que vinimos a hacer. Pero Paul está nervioso. Los líquidos miríficos aún no hacen efecto en él; ni la cerveza, ni mi sangre. Yo hablaré primero. Luego tú. Lo decido para que todo empiece, para ponerle a la noche un poco de peligro.

Desear a Susana fue peligroso. En el campo llovía casi todas las tardes. A mí me gustaba correr hasta los naranjales, meterme entre las plantas altas y que nadie me viera ahí. Sólo Susana. Ella llegaba luego. Luego de que se formaran charcos en el suelo y la tierra estuviera demasiado húmeda, tanto que yo podía hundir los pies en el fango, penetrar y embarrarme los tobillos. Susana se demoraba porque yo sé que no estaba segura; que la que no tenía miedo y estaba segura de todo, de lo que teníamos que hacer, era yo. Qué tontas éramos y qué deliciosas eran las tonterías de entonces. Yo no sabía qué se debía hacer. No lo sabía porque nadie me lo había dicho. Eran terrenos desconocidos, sobre los que saltábamos. Terrenos de tierra un tanto prohibida. La primera vez nos tropezamos en el baño, cuando había un apagón, cuando todos se habían ido a dormir y nos mandaban a que cerráramos la boca, cero palabras que mañana se madruga. Tropezamos y Susana cayó arriba de mí, ombligo con ombligo, sus dos bultitos en el pecho presionando los míos que eran más grandes, que le permitían reposar, expandirse. Su cara estaba quieta, elevada, frente a la mía, y los cuerpos tenían la caída y el ángulo exactos para que todo coincidiera. Yo no sabía si ella iba a moverse, a apartarse. No quería que girara, mas lo hizo; tuve miedo, pero caí arriba, y ella no se apartó en el giro y yo me sentí feliz. No sabía si moverme, si poner las manos en otro lugar más que al lado de mi cara, sosteniéndome así para no aplastarla, pero muy poco, para no dejar de estar pegada a ella. Entonces hice como que iba a rascarme, a sacar un mosquito del otro brazo para moverme un poco, y poder sentir mejor eso que estaba debajo del ombligo, entre las espátulas —así les llamo—que se elevan cuando uno está acostado y empujan al que está arriba, y lo sostienen en el aire, haciendo un triángulo donde la otra punta es como un bulto que sobresale, duro y acolchonado a la vez, por las telas del short y el blúmer y quizás unos vellos que empiezan a precipitarse. Los de Susana apenas comenzaban a salir; los sentí debajo del blúmer, empezando a descender la mano más allá del ombligo, y empezando a conocer la tercera punta del triángulo. Mi mano abajo y la otra al lado, sujetando el resto de mi peso, presionando un poco más los bultos de arriba, moviéndome debido a que Susana marcaba abajo el compás de un solo cuerpo que rozaba el piso del baño. Y descubrí que cuando uno saca la mano algunos dedos están mojados. Me alcé un poco cuando Susana me agarró por la espalda con las dos manos para que no me fuera; lo hice para poner la mano húmeda en la punta de mi triángulo y ver si es que una se humedece también. Mas ella no me dejó indagar en mis vericuetos; lo fue haciendo por mí, poco a poco, despacio, llegando desde arriba, con miedo, para bajar un poco más, entre mis rizos que sí eran largos, y empujar en una salida que se descubre, una salida que va hacia adentro; yo sentí una punzada y dolor en un segundo; me sorprendí, me asusté y grité, y no pude agarrar a Susana para que no se fuera.

Paul me mira. Quiero apoyar mi cabeza en su hombro y que piense que es cansancio, que es vergüenza. Intuyo que se siente más cómodo —o perturbado— conmigo cerca de su cuello; y eso me gusta, por eso me acerqué. Él se ha recostado más a la pared. Su mirada me basta para saber qué siente. Yo empiezo a sentirme así también, cuando lo veo junto a las paredes, las lámparas, los techos, cuando recuerdo que éste es mi lugar. No sé qué piensas de mí, le digo a Paul y él sensato, obediente, permanece sin darme una palabra. Parece que me dice que así se cumplen los tratos. Ojalá estuvieras desnudo. Pero la última noche hablamos de nuestra amistad. Alzo la cabeza para poder mirarlo y sonrío de nuevo. No es capaz de imaginarse lo que hay dentro de mí. O quizás sí. ¿En qué estará pensando? Me mojo los labios de cerveza. A lo lejos se escucha una música que alguien interrumpe. Un tango. Es el ruido que nos habla del mundo que hay afuera.

Saltábamos sobre terrenos de tierra prohibida. No se puede ir a los naranjales cuando llueve, decía el profesor, porque todo el cuerpo se ensuciaba de fango. Escapar hacia los naranjales… Y que Susana se quedara acostada en el fango prohibido. Con la lluvia entrando por el canal, formando un charco pequeño en el espacio que quedaba entre sus piernas, semiabiertas, calmadas, para que yo las pudiera ver así. Susana dejaba que la observara. A mí me daba vergüenza mirar. Ella reía cuando nuestros ojos se encontraban y se quedaban fijos un momento; yo cambiaba mi cara de posición y, para disimular, echaba un vistazo hacia la salida del naranjal, cosa que la incomodaba un poco, se ponía de pie y me hacía mirarla tomándome de nuevo por la barbilla. Luego volvía al suelo, para que yo siguiera el ritual. Las miradas alcanzaron hasta una tarde en que había lluvia y mucho fango. Yo empecé a bajar, a agacharme, a ponerme encima de Susana, otra vez, como en el baño. Fui despacio, rozando con mi vientre cada parte de seguro me quedé dormida. Recuerdo que amanecí con la ropa mojada, con temblores. Estuve en la cama todo el día, hasta la tarde-noche en que fui al comedor. Ahí todos me miraban, todos. El coro de fieras estuvo a punto de empezar, pero los maestros gritaron varias veces y ellos tuvieron que desistir. Susana no estaba ahí. No estaba en ningún sitio de la escuela. Días después supe que se había ido.

Cada vez que llueve en las tardes, recuerdo su olor a naranjas, a fango. Los tulipanes, sin embargo, no tienen olor. Pero Paul no me mira con lástima. Sé que le atraen los números que van más allá del dos, y más le atrae lo que empieza a saber de mí. Recuerdo la tarde en el naranjal donde Susana me habló del tatuaje que quería hacerse en la espalda. Un tulipán negro cuando cumpliera dieciocho. Nunca había visto uno y le asombraba no poder olerlos. Un amigo pensaba regalarme un cuadro y le pedí el que aún no estaba hecho, le dije lo que quería que pintara. A ella no se le ve el rostro, incluso una sombra enmascara su perfil. El vestido blanco no deja ver el tulipán, pero su nombre es Susana.

¿Sabes bailar tango? Le dije que sí. Tengo la manía de pensar que nadie quiere estar solo. Creo que por eso dejé que se acercara. Porque lo imaginé sentado sobre el fango, en un naranjal. Él, que sigue en La Habana, sin querer regresar a San Francisco. Pobre Paul. Sin las flores ni los retratos, con las estrellas arriba, sin velorio, sin su madre. Y yo necesitaba a alguien que se atreviera a bailar conmigo. No sabía que Paul era así. Luego me sorprendió cuando me dijo que tomáramos cerveza y nos quitáramos los miedos. Hace tres noches lo propuso. Saltar la línea invisible que había entre los dos. A veces lo veo como un niño, pero no hoy.

Los recuerdos, Paul, se tornan una fantasía a la que nunca se puede volver de la misma forma, aunque se vuelva. Yo pensaba que ella era una mujer que no era de este mundo. Cuando quedó visible su espalda y el tulipán, el Audi negro dejó de ser un auto. Susana su cuerpo, hasta llegar al punto en que nos pudimos ajustar las dos. Recuerdo que aún teníamos el miedo y la curiosidad por lo que me sucedió a mí en el baño, no sabíamos qué venía después. Nos fuimos hundiendo en el fango porque la lluvia empezó a ser más fuerte. La tierra se fue marcando con el peso de los cuerpos carmelitas. Y Susana se atrevió a poner su mano en el espacio en que nos sentíamos las dos unidas y separadas a la vez. Se atrevió a entrar por la salida y salió del naranjal. Me asusté cuando supe dónde estábamos, y ella se asustó también cuando vio cómo era todo. Las naranjas empezaron a caerse, a tocar el piso y abrirse en dos; yo sentí un dolor agudo, pero no grité. No quería quedarme sola ahí. La lluvia nos dejaba mojadas sin poder descubrir otro tipo de humedad, y no sabía si todo estaba bien. Nos envolvimos el cuerpo de fango y supimos que así la piel podía resbalar mejor, que se podía caminar sin pisar las naranjas. Ella se movió, movió sus dedos y yo la hundí dentro de la tierra. La aplasté a ella y la hundí con mi peso en un hoyo profundo, que se alejaba más del frío de la lluvia, a la vez que yo caía, en lo hondo, como naranja rota, sin saber qué dirección tomar.

Yo me quedé en la esquina del baño, en lo oscuro, para que nadie me viera, ni siquiera Susana. Recuerdo el coro de los niños frente al naranjal, cuando las dos salimos de entre los árboles, con los cuerpos culpables, llenos de fango. Andábamos de manos, para no caernos y estar juntas. Había parado de llover. El agua dejaba de ser un muro líquido y todos pudieron vernos las caras; las gotas de sangre que no estaban gracias a la lluvia, pero no podía evitar pensar en ellas. Todos estaban jugando y de repente pararon, se pusieron serios; no sé qué fue lo que pasó, pero dejaron de ser niños. Empezaron a gritar, en círculos: ¡Las dos amiguitas tocando sus cositas!… las dos amiguitas tocando sus cositas. Susana se fue, me dejó sola ahí, frente a los gritos de diez bocas gigantes. Frente a las risas de las fieras. Y yo la odié por eso, toda la noche.

María Amara. “Tango”

Pero el odio sólo alcanzó para una noche en el baño y para quedarme luego allí mismo todo el día. Era la parte de la escuela que estaba en construcción y nadie podía verme ahí. La noche siguiente empezó a llover y aproveché para ir al naranjal. Sabía que ella iba a ir con la lluvia. Sentada sobre el fango, hundiéndome en la tierra, con las plantas altas y las estrellas arriba, esperé durante casi toda la noche. Digo casi porque conducía una máquina extraña entre las plantas altas y a la vez coqueteaba en el saludo. Quería meterme una mano entre las piernas y violentar algo más que las naranjas. Sin saber que yo me quedé esperándola la noche, y un día, y todos los demás. Sin saber quién era yo, que pedía botella y supe que su giro era meditado para que se le viera el tatuaje. ¿Cuántas te habrán visto bajo la lluvia, Susana? Quise decirle que fue peligroso desearla durante todo este tiempo, porque traté, Paul, pero los recuerdos… no se matan. Ella sólo estuvo al tanto de que supuse su nombre, mientras, me di cuenta de que ya yo no quería volver, que los recuerdos, Paul, no regresan.

A veces quiero que salga del cuadro. Que se inviertan las posiciones de los cuerpos y yo esté abajo esa vez. Que se vaya subiendo el vestido mientras yo me voy subiendo el vestido y tú sigues recostado a la pared. Me he parado sobre el polvo azul y creo que esta Casa blanca es demasiado peligrosa. Tú, sentado sobre el piso me miras a los ojos, entre la luz discreta de las lámparas que dejamos prendidas. Todo lo hemos pensado tan bien, y me pregunto qué querías cuando entraste a encender las lámparas tenues. Cuando la habitación se volvió una mezcla de blanco con azul y amarillo indirecto. Creo que sientes miedo y eso me gusta. Sigues sentado. Dijimos que la cita sería para fortalecer nuestra amistad. Yo sé que caen agujas gigantes sobre el naranjal, y que casi todo se abre, incluso las naranjas. Pero no sé cómo es contigo. Te sorprendes cuando ves un tulipán, tatuado en el sitio derecho donde mi cuerpo empieza a descender. Un tulipán como el de Susana. Pero Susana no me preocupa mientras mis manos sigan subiendo el vestido y tú estés en silencio. ¿Tienes miedo? No tengo tirantes que quitarme, el vestido se ha salido de mis hombros, y mi cintura muestra que le gusta más sentirse sin las telas. Te has puesto de pie y yo estoy sin zapatos. Tu cabeza sobresale por encima de mí, un poco más. Te acercas, te inclinas y quedas enfrente de mis ojos. No sé quién juega ahora: Baila conmigo un tango esta madrugada. Quiso colocarme encima el vestido. Y se sentó de nuevo en el piso.

Ese día no quisiste ver a ninguno de tus amigos. Nos dijiste que preferías estar sola. Yo pensé salir esa noche contigo y al ver que no, me fui a andar las calles, a ver qué encontraba. Era diciembre, cuando murió mi madre, y tú no estabas para hablar. Esa noche hice muchas cosas. Pensaba en ella, ese veintitrés de diciembre, y alguien me jaló por un corredor. El pasillo se estrechaba como una garganta, con olores raros. El hombre dijo que se llamaba Ángel, era negro, me burlé, un ángel negro; pero él no se ofendió. Yo decidí seguirlo. Me preguntó si necesitaba compañía. «La compañía de una mujer.» Luego abrió unas cortinas al final de la garganta y apareció un agujero donde me metí.

Después del agujero entre las telas había una puerta. «Estaré aquí, sin moverme de la entrada.» Yo era un desconocido y él no sabía qué iba a suceder más allá. Le quise dar dinero y no lo aceptó. Me dejó pasar pero antes me miró directo a los ojos, firme, para que supiera de nuevo que él iba a estar ahí. Ahora todo parece cada vez más estrambótico, pero esa noche nada me extrañó. Adentro todo era blanco. Yo recuerdo los olores, su vestido. Por ejemplo, te puedo decir que esa noche era veintisiete de diciembre. El día de tu cumpleaños. Por eso la recuerdo. La mujer me dijo que agarrara la copa, que estaba sobre una mesa cercana. Yo probé el vino y ella empezó a hacer círculos en el aire a mi alrededor. Empezó a hacer círculos con el borde de mi copa y se acercó. Luego se quedó quieta, sin besarme; para volverme loco. Sabes, tendrías que ser hombre. Extendió su mano y me alcanzó algo. Era hachís. Lo mismo que fumaba Edgar Allan Poe. Lo dije para sentir que podía controlarlo todo, pero ella sabía demasiado. Habló de una tribu africana cuyo nombre no recuerdo. Me lo dijo cerca del oído. Una costumbre que tienen las mujeres de esa tribu. Cómo las enseñan desde niñas; a que presionen ellas mismas las paredes, a hacerlo cada vez que rozan algo. Abrió la portañuela y me puso afuera y luego adentro, y yo supe que ese no era mi lugar, pero no quise moverme. Por primera vez decidí quedarme quieto. Empezó a contraerse como si bailara, al compás de una música que sólo ella podía oír. En medio de todo se quedó quieta un momento y me preguntó que si escuchaba el tango. Yo no sentí ninguna música. Pero le dije que sí. Más bien escuché el sonido de la lluvia y las últimas gotas de vino que salen de una botella y mi padre brinda porque me voy a su país. Y mi madre me mira mientras unas gotas caen sobre la cama. Recuerdo que fue como si de repente pudiera ver lo que pasó. En el funeral todo el mundo ríe, come y toma cerveza. Todos se van para que mi padre tenga que pagar el ataúd, la cerveza. Yo también me fui y dejé a mi madre. Un grito allá y otro aquí, porque el vino se derrama otra vez y nos moja. Ella mueve sus ramas y me enlaza. Me quedo sentado en una esquina, mientras empieza a mover la tierra con la punta de un tacón. Baila un tango, para mí, y yo pienso que es mi madre, que es otra mujer, que al final no estoy tan solo. Veo sus ojos, en el medio de tantas oscuridades, que se acercan y se alejan, llamándome. Yo me arrastro hacia la alfombra del piso. Hay vapores sobre la mesa, la cama; veo mi casa en San Francisco, rodeada de humo, y la habitación está con luces indirectas mientras los ojos de ella se ponen rojos, eso me gusta, y su piel es cada vez más blanca. Más blanca aún al contraste de su lengua, que trata de salir poco a poco de entre su boca, semicerrada. Los tabacos pueden oler a chocolate, a setas, a vainilla. Ella empezó a narrar como si fuera aquella mujer en París. El cuento de Gina Picart. Dos películas para volverme loco. Vamos a cortarle la cumbre al tabaco. Con una guillotina pequeñita, pero como no tenemos una vamos a hacerlo con los dientes. Hay que moverse con cuidado para que no se le estropee la piel. Ahora viene el corte y hay que hacerlo justo sobre la línea donde el gorro se une a la capa. El tabaco se enciende de esta forma… Mientras más grueso, mayor tiempo será necesario para garantizar que se mantenga encendido. La ceremonia se hacía cada vez más suave, insoportable, mientras el tabaco seguía encendido. Y empecé a escuchar una música, un tango. Ella me hizo pararme y bailar. Me fue enseñando a poner los pies y las manos en los lugares correctos. Y encendió el tabaco una vez más, mientras bailamos.

Amanecí junto a Lennon, a su estatua. Era la primera vez que no era yo quien dejaba a una mujer dormida. Siempre me iba en silencio, para no amanecer con una extraña. Pero esa vez sentí que lo único que le faltaba era dejarme unos billetes al lado de la cama, o en el banco del parque, donde fuera. Sin embargo, ni siquiera esperó para dejarme unos billetes. Todos se rieron cuando mencioné el hachís. Dicen que aquí en las calles se llama marihuana, piedra, chocolate. Fui al parque de 23 y G, ahí están las mujeres después de salir de las discotecas. Pero ninguna de ellas sabe bailar tango. Gasté el dinero que tenía para regresar a San Francisco porque quería permanecer awake. Dormir de día. No pude encontrarla, y lo peor es que cuando busco su cara dentro de mi cabeza no la veo. Esta historia la he vivido tantas veces… Es que no sé si sea una coincidencia pero me dijo que se llamaba Susana y que si quería ver su tulipán.

Ojalá que no sea Susana, lo digo por ti. Ayer llamé a mi padre y colgué. No pude hablar. Hay algo que tengo que decirle. Algo que no te he dicho. Que los meses pasaron y tuve que hacerme un examen. Y ella… No sé si fue debido a esa noche, o a noches distintas, con otras mujeres. Necesito que me digas dónde puedo hallarla.

Yo sé que Paul no se quiere morir. Me lo dicen sus ojos. Debo decirle algo. Para que se sienta mejor. Paul, es preferible que te vayas. ¿Qué dices? Le digo que no vuelva, que no quiero verlo nunca más. Eso le ha dolido. Se va sin cerrar la puerta de mi casa. Se va con su orgullo. Por un momento pensé que no lo haría. Pero se fue… Sé que debí haberle dicho más. Le dije también que se olvidara de todo lo que hablamos esta noche.
Paul me ha sorprendido, más que cuando terminé de colocarme encima la ropa. Después de que se resistiera. En ese momento pensé que iba a molestarme un poco, como lo haría una mujer; pero la cerveza tal vez me hizo olvidar qué era. Yo pedí un lienzo para tener a Susana y él pidió un tango. Pensé que quería bailar con otra y me sentí sola en esta Casa blanca, sentada junto a él, en el fango, con las plantas altas y las estrellas arriba. No quise escuchar lo que tenía que decir. Pero escuchar siempre es prudente, como decía ella. Y las noches de junio son peligrosas, casi tanto como las de diciembre. Esas noches del año en que quiero estar sola; sola con desconocidos cuyas caras me gusta recordar a veces; en que salgo afuera, con Ángel, que me cuida. Sin embargo, la noche de mi cumpleaños apenas la recuerdo; Paul. Fue demasiado el hachís. Eres uno de mis desconocidos. Pobre de ti. Ahora debe ser muy tarde y las calles estarán solas afuera. Es lunes. Debería haber estado en Miramar con una copa de vino. Seguro Ángel está durmiendo. Creo que le he dicho demasiado a Paul. Hay cosas que no se le dicen a nadie, ni siquiera al espejo.

 

[La primera ilustracion fue tomada de la página Nuevo Amanecer; la segunda foto proviene de la página virtual Infojardín; la tercera del sitio Mirada de Agua; la última es del espacio virtual Palabras que no se Dicen]

 

Ingrid Brioso-Rieumont. Nació en La Habana, Cuba, 1987. Narradora. Miembro del Taller de Creación Literaria Dulce María Loynaz, auspiciado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (2003-2008). Miembro del consejo editorial de la revista de literatura infantil La Edad de Oro en Nosotros (2003). Primera Mención Concurso Nacional Ada Elba Pérez (2004). Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2005). Participante en el Taller La Actualidad de Juan Rulfo, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México, y Centro Onelio Jorge Cardoso (2007). Invitada en el Primer Festival Internacional de Narradores Jóvenes de La Habana (2008). Premio Luisa Pérez de Zambrana (2008). Coautora del libro de cuentos Una recta entre dos puntos negros, Editorial Extramuros (2010).

© 2011, Ingrid Brioso-Rieumont. All rights reserved.

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