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Ya no hay decencia

Sábado, marzo 6, 2010
Por

Cuento

This entry is part 10 of 21 in the series Número 5, marzo 2010

Por Irving Roffe

 

 

 

 

 

 


 

 

Sicarios

Que no les cuenten que no duele, o que es instantáneo. A mí me consta que no.

Eso de que no duele… ¿Alguna vez se han dado un martillazo, de esos buenos, de los que les despanzurra el dedo y se les cae la uña? Ahora imagínenselo en la base del cráneo. Sólo que más fuerte: el golpe lo lanza a uno de boca al suelo. No se ven estrellas. Se ve una sola, enorme y muy brillante. Deslumbra tanto que ya no se vuelve a ver claro.

Y eso de que es instantáneo… Sí y no. Si el trabajo está bien hecho, todo es cuestión de un par de minutos. El problema es que sí es cierto que uno ve pasar toda su vida, y eso se hace eterno. Lo vivido transcurre como una película en cámara enloquecidamente rápida, desde el primer recuerdo hasta el último, pero no pasan en orden: saltan de aquí para allá. Si cuando la película termina uno sigue vivo, entonces vuelve a empezar. Yo la vi tres veces. Aunque pasa rapidísimo, uno capta cada detalle: en mi primer recuerdo, que es los rayos del sol filtrándose a través de mis pestañas, pude ver el color de los barrotes de mi cuna, y me llegó un olor a leche y a ropa puesta a secar, y al pasarme la lengua por el labio sentí una ampolla. Y luego pude contar cada peca en la espalda de Livia, y sentí en la lengua el sabor de cada uno de sus poros. La extrañé muchísimo. Sentí los ojos muy abiertos, y todo se hizo cada vez más borroso, y me corrió por el pelo una marea viscosa y espesa, que avanzó hasta gotearme entre el cuello y la barbilla. Al entrar al zaguán de casa de mi abuelo, que siempre estaba oscuro, me llegó otra vez ese olor a viejo y a húmedo pero que por alguna razón siempre era agradable.

Oí claramente la voz del jefe, “No la vayas a cagar esta vez”, y vi en sus anteojos de espejo un taxi rojo pasándose un alto. “¿Para qué me lo dices, si ya sabes que no la voy a cagar?”, le contesté, un poco ofendido.

Unos tacos. Muy grasosos, pero muy ricos. Me quedaba aceite en las yemas de los dedos, el que se había filtrado por el papel estraza. Pero ya no era aceite de los tacos, sino del que uso para limpiar la Uzi. Y luego pasarle un trapo con gasolina para quitar el aceite, y luego un trapo bien seco para quitar la gasolina. Y quedaba hecha una muñeca, con su interior resbalando suavecito y esperando a quedar caliente. Los tacos estaban calientes. “El Chelas” tomándose una cerveza detrás de la otra, hablando sin parar y riéndose de sus propios chistes. Ya comenzaba a ser pesado, cuando se puso muy serio, casi triste, y dijo: “La vida es igual a la muerte, sólo que al revés”. Y ya no me pareció tan pesado.

Y yo pensando: “No, esta vez no la voy a cagar. Ahora va a ser a propósito”.

Y el maestro aplaudiendo para quitarse el gis de las manos. “Usted no es malo, pero le encanta pasarse de listo. Tiene que aprender a no pasarse de nada. Lo castigo para que aprenda. Si sigue así, quién sabe qué podría pasarle”.

Todos quisieron enderezarme. Nadie pudo. Estoy orgulloso de eso. Y eso que me pasó lo que quién sabe que podría pasarme.

Me escurre saliva de la boca, y sabe a sangre. Gotea hasta el pavimento, que está muy caliente. Puedo oír cómo la baba hierve.

El Chelas siempre se pone extraño después de una chamba. Se ríe, se pone serio, no para de hablar, no dice nada, de pronto así, de pronto asá, a veces todo al mismo tiempo. Y se pone filósofo. Me había dicho: “Te toca a ti”. “¿Y por qué a mí?”. “Porque yo digo”. “Me vale madres, hazlo tú”. “¿Y ahora te andas con remordimientos? Míralo, no es más que un judicial”. Sí, yo soy de los que se andan con remordimientos, pero efectivamente no era más que un judicial. El Chelas notó que me ablandaba: “Órale, termina y vámonos. Ya tengo hambre”. Yo no, pero quería ver a Livia por la noche. Así que lo hice rápido. A mí no me gusta alargar esto. Además, no me pagan por hacerlo. Hay otros que sí les gusta, y les pagan muy bien. Le agarré la barbilla al judicial y recargué su cabeza contra mi pecho. No le quité ni la venda ni la mordaza. Le dije “Ni modo, todo por servir se acaba”, y le disparé debajo del oído.

Pasan días, semanas y meses. O milésimas de segundo. Ya no sé. Como hace ya un rato que dejé de respirar, ya perdí la noción del tiempo. Eso que llaman “tiempo” ya está dejando de correr. Además de borroso, todo se está oscureciendo, hasta el sol que me da en plena cara.

El jefe gasta mucho en lentes de espejo, y en ron. Los mejores rones, y siempre los jode con coca-cola, tehuacán, limón y no se cuántas chingaderas más. Pero ahora toma vodka, del bueno, tan helado que parece jarabe, y se lo toma sin mezclarlo. El Chelas le cuenta el último trabajito, y cómo me convenció diciéndome que sólo era un judicial. El jefe me echa esa mirada ladina que nunca me gustó: “¿Ah, sí? ¿Y te sentiste muy cabroncito?”. Tampoco me gusta lo que está diciendo. Estamos en una guerra que él empezó. Ya ordenó quién sabe cuántos trabajitos, y ahora resulta que soy yo el que se siente muy cabrón. ¿Y eso de tomar vodka? ¿Y eso de que “hay que terminar esta guerra. Es mala para el negocio, y por una mochada con los judiciales podemos ganar mucho más?”.

No me importó que empezara una guerra nomás para luego terminarla. Así son las guerras. Creo que sólo para eso sirven. Lo que sí me importaba, y mucho, es qué pasaría con nosotros, con los que sólo cumplimos órdenes, que siempre son los que salen jodidos. Y encima, el jefe diciendo algo en voz baja, como para que pensemos si lo oímos bien o no: “Voy a terminar trayendo gente de fuera para que ora sí se hagan bien las cosas”.

El corazón es la parte más terca del cuerpo. Sigue latiendo, nomás porque sí, aunque ya no sirva de nada. Late como borracho, dando dos pasos, cayéndose al tercero, quedándose quieto uno o dos compases, para luego volver a latir, cada vez más lento, como si le costara trabajo dejar una vieja costumbre.

De pronto no volví a ver al Chelas. Nadie sabía nada, y el que sí sabía no quería decir nada. Pero yo conozco a estos cabrones, porque soy uno de ellos, y sé cómo soltarles la lengua. Uno me dice: “Olvídate del Chelas. Ya sabes lo que pasó, así que ni preguntes. Yo que tú mejor me preocupo de cosas más importantes. Como tu pellejo”. “¿Y por qué mi pellejo, pendejo?”. “Ya sabes”. “No, no sé, por eso te estoy preguntando”. “El jefe terminó la guerra. Se va a mochar con los judiciales. Tú estabas ahí cuando lo dijo. Pero ahora los judiciales quieren desquitar desaires. Tú los desairaste. Estás marcado”.

Estar marcado es lo mismo que estar muerto. Se puede uno esconder, pero eso nomás es alargar las cosas, porque siempre lo encuentran a uno. Y si no ellos, entonces los enemigos de ellos. Y a mí no me gusta alargar las cosas. Lo único que se puede hacer es atacar. Si el ataque es bueno, ya la libraste. Si no, te jodiste.

Yo sabía dos cosas: una, que el jefe le había dado por tomar vodka del bueno; otra, que algo había dicho de traer gente de fuera. ¿Y para qué quiere gente de fuera? Para hacer bien las cosas, pero… ¿qué cosas? Si se va a mochar con los judiciales, ¿para qué traer a otros con los que también hay que repartir el pastel? O se mocha con los judiciales, o trae más refuerzos. O es uno, o es otro. No hay de otra. Lo que pasa es que quiere confundirnos.

Sí… pero confundirnos a todos. A nosotros y a los judiciales. ¿Y si se está mochando, y también está trayendo refuerzos? Apacigua a los judiciales, les promete lana, pero sólo les da un poco. Mientras, trae refuerzos. Tiene que ser gente muy especial. De los que tienen forma de acabar con los tiras por un buen rato. De los que entran al negocio, pero también trayendo sus propios negocios donde necesitan refuerzos. Y les gusta el vodka. Qué listo el jefe: juego doble, con su mirada ladina que nunca me gustó.

Rusos… uno no se mete con ellos.

Ya todo está muy oscuro. No veo nada, y no oigo nada. El corazón ya me dio traspiés, y no se ha vuelto a levantar. Sólo quedan aquí y allá unas chispas de vida. Ya sólo quiero juntarlas y quemarlas. Terminar con esto. No quiero volver a ver la película. Son sólo unas cuantas chispas, pero cómo se aferran. Como una brasa que estalla antes de apagarse.

Rusos… uno no se mete con ellos. Esos sí están muy locos. Demasiado Afganistán en la cabeza. Ya se cansaron de cortar cabezas en Internet, y ahora quieren emociones más fuertes. Sólo al jefe se le ocurre. Yo con ellos mejor de lejitos. Para el caso mejor tratar con judiciales o con colombianos. Comencé a darles a entender a los tiras que quería hablar con ellos. Sí, los había desairado, pero ya saben de qué soy capaz, y por eso me tienen respeto. Pero una cosa es tenerme respeto, y otra que no sabían qué hacer conmigo. Y ahí comenzaron con sus “ven mañana…”, “el que decide no vino hoy porque está crudo…”, “el comandante todavía no sale de su junta…”. Ahí es donde entendí que el jefe tenía razón: se necesita gente de fuera para hacer bien las cosas. Así que me fui a Cancún, pregunté por aquí y por allá, me apersoné con un ruso. Me recibieron luego-luego. Les dije toda la verdad. Bueno, no toda. O sí, toda, nomás que al revés. Que el jefe estaba haciendo doble juego, pero les iba a echar a los judiciales a ellos. Claro que no me iban a creer así nomás, pero ya les había puesto la duda. Que averiguaran. Total, en un doble juego, las cosas se complican tanto que cada quien averigua lo que puede, y piensa y hace lo que quiere. Me acordé del Chelas: la verdad es igual a la mentira, sólo que al revés. Le averiguaron las cosas al jefe, sólo que al revés. Lo ajusticiaron por Internet. El video dura dos horas. Para cuando le cortan la cabeza, parece un acto de piedad.

No sé por qué quiero saber quién me hizo el trabajito. En un juego doble todo se complica. Véanme a mí, que me eché encima a tres enemigos. Los sucesores del jefe tienen razones para despacharme muy despacito, así que ellos no fueron. Entonces fueron los tiras o los rusos. Para callarme rápido, o para decir que lo hicieron ellos para quitarle el gusto a los demás. Pensándolo bien… ya no importa.

Ya sólo me queda el último recuerdo: hace un rato, apenas una eternidad, una señora me quiso “redimir”. Me habló de dios, o de Dios, o como se escriba. Me dijo que todavía estaba a tiempo de cambiar mi camino, y lo que hubiera hecho en el pasado, hecho estaba, y que dios, o Dios, o como se escriba, me pediría cuentas y haría conmigo sólo lo que es justo. La dejé hablar, sonriéndole muy educado, hasta que se cansó o nada más paró para respirar. Ahí aproveché para decirle: “Señora, con todo respeto, si existen tipos como los rusos, o como yo, eso quiere decir sólo dos cosas: o que su dios no existe, o que de plano es muy pendejo”.

* * *

—¿Y este güey de qué se ríe? —preguntó el ejecutor.

***

Irving Roffe (Tijuana, 1954). Hizo estudios de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Vivió en Israel en 1976 y 1982, donde fue redactor y luego periodista en el semanario Tiempo, y posteriormente corresponsal para el periódico Uno más uno y la estación Radio UNAM, ambos de México. A su regreso al país, se desempeñó como articulista y guionista de radio y televisión, y actualmente es traductor. Es autor de Vértigos y barbaries (cuentos, Ed. Claves Latinoamericanas, 1988), que recibió mención especial en la Feria del Libro de Frankfurt, y de Otro hombre en el espejo (novela, Ed. Norma, próxima publicación). Sus cuentos figuran en la antología de ciencia ficción mexicana Más allá de lo imaginado (CONACULTA, 1991) y en otras publicaciones. Fue también traductor e integrante del consejo editorial de la Revista Isaac Asimov, de ciencia ficción en español.

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