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El exilio en la obra de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas

Domingo, abril 24, 2011
Por
This entry is part 14 of 21 in the series Número 13, abril de 2011

Ensayo.

Por Ángela Martín Pérez…

 


 

 

cruiz64

 

 

El exilio ha sido, desde finales del siglo XVIII hasta principios del XXI, una experiencia recurrente en la historia de Cuba. A él se unieron un sinnúmero de escritores y poetas, quienes superados por el ostracismo y el silencio, primero impuesto por el colonialismo español y finalmente por el castrismo, decidieron poner fin a una situación que limitaba su libertad física y creativa. Esto ha dado lugar a una infinidad de poemas, dramas, memorias, testimonios e investigaciones académicas que inciden en lo autobiográfico, en el ejercicio constante del recuerdo y en la misma voluntad del escritor de rescatar una parte de su vida a través de sus escritos.

Entre ellos se encuentran Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, dos miradas que convergen en un mismo punto: La Habana. Ambos rendirán culto al pasado, a una realidad creada por la memoria y a una ciudad alejada de la historia e inmersa en una ficción que retrocede en el tiempo.

La labor de un escritor en el exilio es tal vez la labor de todo artista: recobrar un tiempo que tal vez exista solamente en su propia memoria (Machover 2001: 269)

Comparar la figura de Guillermo Cabrera Infante con la de Reinaldo Arenas implica contraponer dos experiencias completamente distintas de la Cuba castrista y del mismo exilio. El primero no llegó a vivir la represión y la crueldad atroz de una revolución que él mismo defendió en un principio y de la que luego quedó desencantado. Su huida, primero a España y más tarde a Inglaterra, le llevarán a asentarse en la cultura del cine y del libro, abierto siempre a las experiencias de un nuevo idioma. El segundo, silenciado, encarcelado y perseguido por su condición de escritor y homosexual, no tendrá otra opción que el exilio para conseguir la libertad. Sin embargo, ya en el país de acogida —Estados Unidos— le será imposible adentrarse en la cultura americana y en los círculos literarios del momento, siendo la crítica y el llamamiento sobre la situación de su país obcecaciones que le perseguirán hasta su suicidio en 1990.

Aún así, ambos serán portadores de una mirada que regresa una y otra vez a la capital de Cuba en las páginas de sus libros. Cabrera Infante mitificará La Habana prerrevolucionaria del bolero y del choteo parodiando la de otros autores cubanos como Carpentier, Lydia Cabrera o Nicolás Guillén, mientras  que Reinaldo Arenas se hará eco de una Habana inmersa en la revolución pero que comparte la sensualidad y el erotismo de su pueblo.

Para ambos será una idea fija, una especie de espejismo fabricado e inmóvil, lugar de recuerdos y vivencias, pero también de frustraciones. Su escritura pasará así a transcribir el ejercicio constante de su memoria, el vaivén de los acontecimientos, de las sensaciones y los sentimientos, logrando recuperar un tiempo alejado del exilio e inmerso en la melancolía.

El gran descubrimiento de mi vida fue la ciudad de La Habana. No solamente descubrí la ciudad sino descubrí un cosmos, descubrí un hábitat y descubrí un mundo particular. Para mí eso fue decisivo (Machover 2001: 225)

Para entender esta obsesión compartida por la ciudad de La Habana es interesante revisar las dos obras autobiográficas. En La Habana para un infante difunto (1979) y Antes que anochezca (1992) se relata la entrada en la capital de ambos autores como un ascenso personal: Arenas dejó el mundo campesino de Holguín para entrar en contacto con los círculos intelectuales de su país; mientras que Cabrera Infante se sumergió en la sexualidad adolescente, en el mundo del cine y en el erotismo desde Zulueta 408 tras su salida de Gibara. Aquí La Habana es una ciudad de proyectos, promesas,

experiencias, de entrada en la madurez y sobre todo, espacio de libertad donde todo está permitido. Esta mirada se consolida en Tres tristes tigre (1967). Los personajes, todos de provincia, llegan a la capital con ansias de medrar. Allí encuentran una ciudad carnavalizada, una Habana que vive al ritmo de la noche, del choteo cubano, de los boleros y de los encuentros eróticos. No faltará el sentido del humor ni tampoco la tristeza y la frustración. La música inundará la vida de sus personajes, su forma de hablar y hasta la misma escritura (1). Lo mismo sucederá en Ella cantaba boleros (1996), obra extraída de la anterior. Su protagonista es la personificación de una Habana sin complejos, llena de vida, sensualidad y ritmo. Ambas serán un homenaje a la ciudad que Orlando Jiménez-Leal y Sabá Cabrera intentaron inmortalizar en su documental P.M. (1961), testimonio de la noche habanera y del ser cubano que consiguió la primera censura del régimen por no compartir su nueva moral.

Distinta será la mirada de Reinaldo Arenas en sus novelas. En Viaje a la Habana (1990), el protagonista, ya exiliado, no puede evitar volver a su ciudad a través de la memoria, aunque en ella haya sufrido la represión y el aniquilamiento. Su viaje es la última oportunidad que tiene de volver a encontrarse a sí mismo, de darle un sentido a su vida. La isla ya no será un paraíso sino más bien una “isla maldita” (Arenas 1990: 18) que ha sufrido los avatares de la Revolución, y que ha cambiado no sólo los nombres de sus calles, sino también la finalidad de cada uno de los lugares destinados anteriormente al disfrute y a la contemplación de La Habana. Algo similar sucede en Otra vez el mar (2002), libro que forma parte de una colección de novelas que él llamó como pentagonía. Aquí el personaje se desdobla para dar distintas perspectivas de una misma realidad, de su realidad. El mar, como lugar predilecto, tendrá un papel decisivo, ya sea como cárcel que rodea la misma isla o único medio para salir de ella. El mar ejemplificará la libertad que antes existía en la isla, proveerá de recuerdos la mente del personaje y será cómplice de su suicidio.

[…] desde aquella azotea no sólo se veía el sol, sino el mar y podíamos ver también La Habana, una ciudad en la que tanto habíamos sufrido, pero que desde allí parecía un paraíso (Arenas, 2008: 207)

He contemplado el infierno, la única porción de realidad que me ha tocado vivir, con ojos familiares; no sin satisfacción lo he vivido y cantado (Arenas, 1989: 207)

¿Paraíso o infierno? Resulta difícil elegir una de estas opciones a la hora de clasificar la visión de estos dos autores. Reinaldo Arenas llegó a entender su literatura como arma para el llamamiento y la denuncia de lo que le tocó vivir en Cuba. Su visión lo llevó a mostrar una isla hecha cárcel y unos seres convertidos en prisioneros bajo las represivas instancias revolucionarias. Sin embargo, nunca dejó de adorar la isla, su belleza, su sexualidad sin tapujos. El traslado a Norteamérica le hace entender el misterio que tenía su país, lo insustituible que puede llegar a ser cuando estás en un lugar ajeno e incluso la justificación que puede tener el sufrimiento cuando se lucha por algo propio:

Yo estaba acostumbrado a una ciudad con aceras y calles; una ciudad deteriorada, pero donde uno podía caminar y reconocer su misterio, disfrutarlo a veces. Ahora estaba en un mundo plástico, carente de misterio y cuya soledad resultaba, muchas veces, más agresiva (Arenas 2002: 313-314).

Cabrera Infante, por el contrario, se mostró más reacio a plasmar en sus obras lo que denunciaba por otros medios. La vida de los seres que la habitan, las historias particulares y únicas eran más importantes literariamente que los cambios políticos que se iban produciendo en la isla. De ahí que sus obras muestren el color, los olores, la alegría y el lenguaje habaneros por encima de cualquier ideología:

[…] y me zambullo en la música y en el ruido de los vasos y en el olor del alcohol y en el humo y el sudor y en las luces de colores  y en la gente y oigo el famoso final de ese bolero que dice, Luces, copas y besos,  la noche de amor terminó, Adiós, adiós, adiós, que es el tema musical de Cuba Venegas […]  (Cabrera Infante 1996:280-281).

En lo que sí confluyen ambos autores es en los lugares por los que transitan sus personajes. A ninguno le interesa recrear la ciudad institucionalizada y fría, la de los mítines y de las altas instancias cubanas, y si en algún momento lo hacen, es para mostrar el choque entre la antigua e idealizada Habana y la actual capital revolucionaria.

Es así como los puestos de café, los cines, los clubes nocturnos o los cabarets inundan las páginas de sus libros. El erotismo está presente en cada lugar o personaje, de ahí que en Arenas el Parque Lenin, el mar, los urinarios o el mismo edificio donde se vive en comunidad sean lugares idóneos para que se produzca el “flete cubano” o el despegue de la sexualidad adolescente. Por si fuera poco, asistimos a la modificación de una ciudad, a la creación de la Habana Nueva que necesita ampliarse más y más para dar cabida a distintos estratos de la sociedad. No se evitará tampoco la horrible cárcel de El Morro, donde Arenas estuvo preso, situada en la misma entrada del puerto de La Habana; ni el famoso Puerto de Mariel, desde donde 125,000 cubanos lograron salir de la isla rumbo a Miami en 1980.

La vida privada se describirá en pocas ocasiones en favor de una vida pública llena de movimiento y cambio. El sofocante calor, la algarabía de sus habitantes y la farándula habanera serán incesantes motivos que aparecerán, una y otra vez, como muestra del ser cubano. Las reflexiones, las intimidades y los hechos aislados de cada personaje aparecerán de forma escasa, sin   quitarle protagonismo a lo que sucede en el exterior, pero mostrando el choque constante entre la realidad que se vive y el sueño de lo que se anhela. Así pues, la ciudad quedará petrificada en distintas imágenes, en distintos fragmentos de vida. Se creará una ilusión, una suerte de deseo, una ciudad plagada de melancolía que no por ello será triste, sino llena de vida y color, alejada del negro que Reinaldo Arenas asociaba con el exilio (2)

Entonces esa Habana para mí no existe, esa Habana yo he decidido olvidarla, ahora  Y La Habana del recuerdo es más física, es más real para mí que La Habana verdadera  (Machover 2001:226).

Llega un momento en que La Habana de sus escritos, La Habana del recuerdo se vuelve mucho más real que La Habana que evoluciona a kilómetros de ellos. Los dos escritores se permiten la invención de un tiempo y de un espacio imaginario. El texto pasa así a ser la recuperación del pasado, la hipotética y no la real, a las que seres como ellos han tenido que renunciar para siempre.

La condición de exiliado se yergue triunfante rechazando hablar de su país de acogida para homenajear La Habana. Al mismo tiempo, la rebeldía entra a formar parte de una lucha contra el silencio al que, o bien se vieron sometidos dentro de Cuba, o bien habrían padecido de haberse quedado allí. Esa rebeldía recuperará un lenguaje, unas formas de vida que, aunque no siempre sean acordes a los nuevos postulados, existe en la isla. El homenaje ya no sólo será hecho a La Habana como ciudad sino también al mismo pueblo cubano, asediado por los cambios y deseoso de crear su propia historia al margen de dictaduras y falsas libertades.

Por otra parte, llama la atención el número tan alto de cubanos que tras el exilio se ven abocados a la escritura (3). El contar lo que sucedió o simplemente la denuncia a través de los textos actúan como un acto de exorcismo para todos aquéllos que vivieron la represión y el silencio. No se trata de crear obras que cambien la historia de la literatura (muchas no llegan al nivel que Cabrera Infante, Reinaldo Arenas o el mismo Severo Sarduy logran con sus escritos), sino escritos que logren una difusión más rápida del conflicto que se vivió y que todavía se vive en la isla. No es de extrañar, por tanto, que también estas obras vuelvan su mirada a la ciudad de La Habana, lugar determinante del acontecer de la historia de Cuba.

Así pues, podemos construir una Habana de la memoria, una Habana a la que se retorna constantemente desde fuera y que es más accesible que La Habana real. Los autores conservan y viven su tierra a través de retazos de escritura, transitan por sus calles a través de las escenas de sus recuerdos, conviven con sus gentes evitando perder su idioma, reafirmando de esa forma la existencia de una isla inaccesible y triste, ahogada en el aislamiento.

Por tanto, habrá dos islas paralelas, ambas rodeadas de mar, llenas de música y color. Una permanecerá estática en los mapas del mundo; la otra persistirá inamovible en el recuerdo inmortal de estos dos grandes autores que eligieron renunciar a vivir en su patria a cambio de la libertad.

Citas:

1 El mismo escritor dice al comenzar que su libro está escrito “en cubano” (Cabrera Infante 1967: 9).

2 «Si yo tuviera que identificar el exilio con algún color sería con el negro. El exilio es todo como una bruma, como un negro… Pienso en el exilio como en un color único» (Espinosa 1990:61).

3 Véase la lista tan amplia en Pen Club de Escritores 2001.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARENAS, Reinaldo (2008) Antes que anochezca. Barcelona: Tusquets Editores.

— (1992): El mundo alucinante. Madrid: Cátedra.

― (2002): Otra vez el mar. Barcelona: Tusquets Editores.

― (1990): Un plebiscito a Fidel Castro (junto a Jorge Camacho). Madrid: Betania.

― (1990): Viaje a la Habana. Miami: Ediciones Universal.

― (1989): Voluntad de vivir manifestándose. Argentina: Adriana Hidalgo Editora.

CABRERA INFANTE, Guillermo. (1996) Ella cantaba boleros. Madrid: Alfaguara.

― (2001): La Habana para un infante difunto. Madrid: Biblioteca El Mundo.

― (1967): Tres tristes tigres. Barcelona: Seix Barral.

 

BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA

ÁGUILA, Nicolás (2006): “Los intelectuales ante el dilema de mirar al frente”, en

Revista Hispano Cubana 25: 17-24.

CINO, Luis (2006): “Las exageraciones de Don Guillermo Cabrera Infante”, en Revista

Hispano Cubana 24: 10-11.

CORZO, Pedro (2008): “Exilio cubano, más represión”, en Revista Hispano Cubana

31 : 68-70.

DA CUNHA-GIABBAI (1992): El exilio. Realidad y ficción. Montevideo: Arca.

DELGADO BATISTA, Yolanda (1996-1997): “La música de las palabras”. Entrevista a

Guillermo Cabrera Infante”, en Espéculo: Revista de Estudios Literarios 4.

ESPINOSA DOMÍNGUEZ, Carlos (1990): “La vida es riesgo o abstinencia. Entrevista

con Reinaldo Arenas”, en Quimera 101: 61.

ETTE, Ottmar (ed) (1992): La escritura de la memoria. Reinaldo Arenas: textos,

estudios y documentación. Vervuert: Frankfurt am Main.

GUILLÉN, Claudio (1995): El sol de los desterrados: literatura y exilio. Barcelona:

Simio Quaderns Crema.

IZQUIERDO, Yolanda (2002): Acoso y ocaso de una ciudad. La Habana de Alejo

Carpentier y Guillermo Cabrera Infante. Puerto Rico: Isla Negra Editores. Universidad

de Puerto Rico.

MACHOVER, Jacobo (2001): La memoria frente al poder. Escritores cubanos del

exilio: Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas. Zaragoza:

Universitat de València.

MIAJA DE LA PEÑA, María Teresa (ed) (2008): Del alba al anochecer. La escritura

de Reinaldo de Arenas. México D.F: Universidad Autónoma de México.

NEGRÍN, María Luisa (2000): El círculo del exilio y la enajenación en la obra de

Reinaldo Arenas. EE.UU: The Edwin Mellen Press.

PANICHELLI-BATALLA, Stéphanie (2008): “Otra vez el mar... Los cantos de Reinaldo Arenas”, en Revista Hispano Cubana 30: 125-142.

PEN Club de Escritores Cubanos en el exilio (2001): La literatura cubana del exilio.

Miami: Ediciones Universal.

PORTUONDO, José Antonio (1981): Capítulos de Literatura Cubana. La Habana:

Editorial Letras Cubanas.

ROJAS, Rafael (2006): Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del

intelectual cubano. Barcelona: Editorial Anagrama.

 

Ángela Martín Pérez. Española. Miembro del Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 Responses to El exilio en la obra de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas

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