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El lector potencial y el lector virtual

Martes, noviembre 10, 2009
Por

Ensayo

This entry is part 9 of 16 in the series Número 2, 14/11/2009


 

 

 

 

 

 

 

 

Frente a la computadora

 

Dos miradas opuestas frente al mensaje literario

Si asumimos como cierto el hecho de que el escritor tiene en mente un lector posible, aquel ser ideal para quien se escribe, ese que va a entender a plenitud el mensaje, a valorarlo o contestarlo, ese que se va a sentir reflejado o va a responder activamente a sus ideas, ya sea con sumisión o rebeldía, entonces entendemos que existe un lector potencial, el perfecto receptor.

Pero la realidad adolece de esta simplicidad y el escritor nunca sabe para quién escribe ni hasta dónde puede llegar el mensaje que deja de ser propio para convertirse en una entidad por sí misma, con valor y significados que evolucionan  y cambian según las instancias sociales, culturales e históricas que lo condicionen.

Es el lector quien da vida a la literatura, el escritor es sólo el hacedor que debe decir algo, expresar una idea, constatar su existencia y producir un mensaje que una vez hecho realidad se aliena de su origen para ser recreado y enriquecido sin límites.

El lector potencial pertenece a un momento social o cultural o económico predecible según los alcances de su interpretación, donde el mensaje se proyecta en una multiplicidad de significados importantes en ese contexto determinado. Es aquel para quien el mensaje tiene sentido e interés que llegan a ser personales. Es aquel que va a buscar el libro como conocedor, por gusto y motivación propia, para llegar con mente abierta y sed de descubrimiento a la fuente que le permite saber y descubrir, sentir y pensar, intuir y ser más humano.

Para el lector potencial la literatura es una expresión por sí misma a la que puede acceder, ya sea en un libro o en una página de la Internet. El goce literario y la dimensión semántica no se ven afectados por el medio en el que se presente.

El lector virtual, por estar inmerso en un contexto sobresaturado de información, maneja el mensaje de manera superficial. Es un lector casual para quien la pasividad es la orden y guía en su encuentro con el mensaje.

Por definición la palabra virtud, del latín virtus —fuerza, virtud—, es aquella cualidad aparente que tiene la fuerza para realizar algo aunque no lo produzca, es lo no real como hecho sino que permanece en potencia. De allí que por definición este tipo de receptor cibernético no completa de hecho el acto de comunicación que se establece con el significante (el texto) que exige por parte del receptor una respuesta: el hallazgo del significado.

El lector virtual es impredecible, es un espejismo para quien el encuentro con el texto literario no representa nada más allá de un otro mensaje que no requiere una respuesta ni sugiere un cambio.

En ese gran complejo de datos que es la Internet, la literatura pierde su envergadura de ser la expresión más sofisticada y elevada del individuo, de obra de arte o documento de profundas connotaciones ideológicas, sociales, culturales para convertirse en un discurso más al que se puede acceder en medio del atiborramiento de la red de sitios, portales, páginas web, lugares de chateo o intercambio de fotos y mensajes.

El lenguaje del mensaje de la Internet es homogéneo y casi siempre va unido a la imagen. Ya la literatura por sí sola no representa un atractivo si no conlleva a otra cadena de sucesos que retenga la atención e interés del receptor.

La percepción de la realidad es paradójicamente limitada porque el espacio que hay para que cambie es muy corto. Como el tiempo se hace relativo, el lector virtual no está dispuesto a estar frente a una pantalla llena de palabras por un lapso indefinido sin sentir la necesidad de cambiar de sitio en la red, de averiguar otros horizontes, de chatear o ver imágenes que alimenten su atención con el movimiento incesante y la música y la oralidad.

La inquietud que despierta la imagen deja atrás el ejercicio del pensamiento y la razón. El lector virtual no soporta la lentitud de la lectura juiciosa, el juego dialéctico del pensamiento creativo. Su condición es la inmediatez, la conexión fácil y la inevitable desconexión de lo que supone el discurrir de la conciencia con un propósito u objetivo determinados.

Este receptor cibernético se opone de hecho a la función que per se desempeña la literatura como fuente estética de conocimiento y de goce.

El escritor que se arriesgue a la virtualidad tendrá que crear un mundo de encantamiento que se adueñe del lector y lo convierta de virtual en potencial.

Ya no será simplemente escribir o leer bien, se requiere de nuevos procesos y manejo de destrezas para convencer a ese lector accidental a quedarse en el proceso de acabar de leer el mensaje que abre, de completar el acto de lectura y escritura y significado que penetre en el bagaje de intereses de ese internauta para quien, sin embargo, sigue intacta la necesidad humana de comunicación y de búsqueda.

El lector virtual es un lector impaciente, volátil, rápido, de respuestas exactas y cortas, un enemigo del discurrir: el discurso que se extiende en el tiempo y se hace agudo en las ideas e incisivo en los procesos de la lógica y la semántica.

El escritor tendrá que retornar a la literatura como divertimento, tiene que jugar con la razón y hacer de su logro estético una proeza para tan elusivo receptor. Quizás la Internet suponga la muerte de la novela larga y esté creando el espacio para la economía de palabras donde la precisión y concisión sean una necesidad.

Se puede decir que el receptor virtual está en constante diálogo, en constante exposición como diletante. No posee una toma de conciencia determinada, no quiere ni requiere de absolutos, se niega a repetir las mismas ideas, a consolidar el pacto del lector con el libro y su mensaje.

Esta inestabilidad está produciendo en la mente de este lector una negación a la verdad absoluta y consolida las bases para el caos ideológico de resultados inimaginables. Atrás van quedando aquellas supuestas bases de la cultura y el conocimiento, atrás se van dejando las pautas a partir de las cuales edificar y estructurar lo que para nosotros era el pensamiento occidental. La proyección del lector virtual no es hacia el pasado y su razón, es hacia el futuro y su sinrazón: la computadora pensando y creando por y para el hombre.

constanza-reverendConstanza Révérend (Colombia). Crítica literaria. Estudió filología e idiomas en la Universidad Nacional de Colombia. Hizo una maestría en Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y adelantó estudios de doctorado en literatura latinoamericana y española en Washington University, en Saint Louis Missouri. Trabajó en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, como editora de artículos y colaboró para la página editorial en varias ocasiones. Actualmente vive en Palm Beach y trabaja como traductora para The Palm Beach Post y su periódico hispano La Palma.
Series NavigationEl otro sueño de SísifoInterpretación sobre “La mujer en Martí. En su pensamiento, obra y vida”, de Onilda A. Jiménez

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