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La poesía tiene que ser transferida (fragmento)

Lunes, diciembre 13, 2010
Por

Ensayo.

Por Ángel Velázquez Callejas…

 

 

 


 

 

Fernando Ureña Rib, Orfica, Museo de Arte Moderno, Santo Domingo

 

[Este fragmento de un ensayo mayor,
"La poesía tiene que ser transferida",
ha sido enviado por su autor
en exclusiva para Palabra Abierta
]

 

“La esencia de la poesía reside
en abolir el pasado
y refutar toda la historia”.

Emerson; Ensayos, El Poeta


Transformados he visto ya a los poetas,
y con la mirada dirigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu he visto venir: han surgido de los poetas

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

 

Con la obra de Lezama sucede igual que con otras, como la de Nietzsche por ejemplo, que al principio levantan revuelos incomprensibles y luego la crítica poco a poco comienza a entenderla, a descifrarla, a analizarla y acaba ocupándose de explicarla hasta la saciedad. He estado durante este año en la misma situación de la crítica; leyendo sus poesías, sus ensayos y novelas, pero sobre todo me he detenido puntualmente en esa suerte de filosofía abstracta-empirista —si es que cabe el término— que constituye su imprescindible “sistema poético del mundo”: una especie de, parafraseando a José Ingenieros, “idealismo estoico”. A cien años del natalicio del escritor cubano y a treinta y cuatro de su muerte, la crítica aún sigue intentando explicar la hermeticidad de sus poemas, de sus conceptos, metáforas, imágenes y mensajes alegóricos. Desde luego, Lezama debe ser comprendido a fondo; y, desde luego, es un bien necesario para la cultura americana y universal. También he leído muchos textos sobre la poética de Lezama, entre libros, entrevistas, tesis, ensayos, artículos, prólogos, más de cien trabajos de todas las latitudes, de todos los enfoques, en publicaciones y en formato digital, todos excelentes y, sin embargo, paradójicamente en todos prima el mismo discurso: explicar y divulgar reiteradamente lo que está dicho en otras palabras, lo que está expresado poéticamente, lo que intenta decir sobre el misterio. Parece que la idea de Gabriela Mistral acerca de “lo inagotable del pensamiento martiano” se transfiriere casi por igual a la obra de Lezama. Es como un submarino cuando se zambulle en el océano; entra primero en aguas turbias y no es hasta el fondo donde alcanza a ver la claridad. Y la crítica ha ido casi hasta el fondo, ha ido racionalizando los rincones de cada espacio de la empírea poética lezamiana. Falta por comenzar a decir, desde un perspectivismo crítico, audaz y sin prejuicio, qué faltó a la imaginación lezamiana, cuál es el servicio práctico de su obra y qué provechos reales tiene su creación literaria.

A Lezama se le ha entendido más a partir de la racionalización que él mismo hiciera de su obra, de sus conceptos y metáforas, que de su labor literaria y poética. Cuando Lezama se expresa en entrevistas sale a flote su lógica expresiva; lo barroco, lo hermético, lo indescifrable, lo poético pasa a un segundo plano. Y éste es un Lezama accesible, prudente y comprensible. Me inclino a pensar que Lezama sabiendo lo condicionada que estaba la mente a la racionalización, a la lógica de compresión, debió explicarse de ese modo. Pero lo esencial, lo vivencial de su obra se hallaba fuera de esas justificaciones. A Lezama no se le puede comprender asistiendo únicamente a través del esfuerzo racional. A Lezama hay que también vivirlo; hay que sufrir con él. De lo contrario nada en claro nos llevaremos de su poética y de su visión del mundo.

¿Es Lezama un Poeta? Sí, uno de los más grandes poetas en verso nacido en estos últimos cien años. Debido a que su poética es ilustrativa de la imagen, en posesión de asir lo inefable, el misterio, a Dios, parece indicar que su poética se contrapone directamente a la poética del hombre común y lo condena a no poder cantar; es decir, en su visión del mundo, en Lezama el hombre común, el poeta en acto, no puede ser un Poeta, a no ser que los versos le demuestren su arraigo poético. El hecho es que en Hispanoamérica no hubo una eugenesia sobre la diferencia entre el poeta en verso y el poeta en acto, cuyos primeros balbuceos son anunciados por José Martí al decirnos en una parte de su obra “tengo miedo a no llegar a ser un poeta en acto”. ¿A qué se refiere Martí con la sugerencia del poeta en acto? Ésta ha sido una frase que contiene el misterio mismo. No se puede explicar, pero se puede vivir. El mensaje del poeta en acto no es en sí escritural; no lleva un mensaje del yo siento al otro, sino una forma evocadora, empírica, de transformación humana. Es una propuesta individual que evoca la señal inequívoca de estar fuera de la rueda, por un instante, de cualquier tendencia poética.

De hecho, cualquier tendencia y movimiento pertenece al ego poético, a la construcción del verso y de la escritura poética. Y Martí concientizó profundamente esta aptitud, que tal parece fue resultado de la angustia y el malestar que le infringía la poesía en verso en momento de contacto con el misterio. Siempre me he cuestionado por qué esta aptitud no tuvo desarrollo después, y me asombra ver lo difícil que resulta que un poeta acepte la conversión total, que el poeta puede ser al mismo tiempo la poesía.

Es sintomático como el modernismo no acepta esta distinción; el poeta canta por su sensibilidad, pero en la generación de Lezama vuelve aparecer el llamado de los dioses. Y Lezama acepta, pero a medias. Al no estar la posibilidad de la conversión total, la de salirse de la rueda definitivamente, este hecho nos obliga a mirar de cerca la poética de Lezama. Lezama no es un poeta en acto, pero su poesía asombra por su acto poético. Lezama de vez en cuanto es un poeta en acto, un místico, pero no siempre permanece allí; y esta es la paradoja de su existir: sale y regresa; nunca su percepción se vuelve la percepción en sí, en el testigo, porque hay algo que lo va distinguiendo sobremanera y no le permite fluir: el modo en que un ego, una voluntad es succionada enteramente por la imaginación. Lezama se movía a través de este dispositivo creador de historia y cultura, de domesticación, pero no de eternidad.

En Hispanoamérica no hubo conciencia de lo que podía representar una dualidad conceptual sobre el poeta. Pero no estoy de acuerdo en este sentido con Lezama, porque nunca saboreo la naturalidad y la realidad que encierra la facultad de ser un Poeta. En verdad, pocos han sido los poetas en la historia de la humanidad que han logrado el canto y, por ende, pocos son los Poetas de verdad. Esto lo pensaba Lezama, pero se olvido de algo que para mi ese esencial en un Poeta: se olvido de sí mismo y desde el inicio —“Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo envolviendo los labios que pasaban entre labios y vuelos desligados”— extendió la búsqueda de lo inefable “creando” cosas, conceptos, metáforas e imágenes. En Lezama no ocurre la síntesis, la unidad: El poeta, la poesía y el poema son una misma cosa; es un todo. Lezama divide para crear un sistema y por esa razón su poética no trae la creación, sino la composición de un riguroso sistema de palabras con significados —un laberinto de conceptos— para transitar a través de ellas y llega hasta el creador. Lezama es un esfuerzo de hacer; es la culminación magistral del ego poético, pero sigue siendo el más grande de los poetas. Sus sueños es la de un Poeta, que sueña con la poesía.

Lezama ha dejado un espacio vacío para meditar y transformar la poesía en verso en poesía en acto y es que debido a que nunca se abrió a la creación, no fue un medio, una flauta para manifestar el canto de la creación, la poesía nunca fue transferida. Me refiero a usando la declaración de Emerson cuando afirma que la esencia de la poesía reside en abolir el pasado y refutar toda la historia. Y la historia cubrió con manto dorado la poética de Lezama. La historia ayudó a disciplinar un método, una búsqueda y crear una especie de tragedia dionisiaca: “lo difícil es estimulante”. Si el objeto de la poética de Lezama Dios, la conversión debió ser sobre Dios. Y Lezama no pudo ser un Dios como Zaratustra, un poeta en acto porque en principio nunca le dio muerte a Dios.

En la literatura védica los llamados sabios, esos que Lezama considera que han entrado en casa de Alibi, se le denominan Richis, que quiere decir poetas místicos. Sin embargo, existe otra palabra, Khavi, que se ha traducido como poeta también. Es decir, el poeta puede ser lírico, un rimador de fragmentos pero no será un poeta absoluto, un místico, es decir, un poeta en abundancia; sin embargo, el místico puede ser un poeta, al mismo tiempo que lírico. Ese vacío de que el místico es la fase trascendental de la poesía en verso se intentará cubrir con el surgimiento del movimiento literario Orígenes. Digo que se intentará cubrir porque será Lezama Lima, como veremos más abajo, a través de un sistema poético del mundo y de la novelable lírica de Paradiso, quien intenta dar ese paso trascendental de lo fragmentario a lo abundant

En ese paso del ser al no ser se halla la dicotomía esencial del significado de la palabra Poeta. Antes un poeta en verso, después un poeta en acto. Pero la crítica está acostumbrada a que cuando un poeta indica con sus versos algo de lo misterioso, de lo inefable, de la resurrección, como se obtiene de William Blake, Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, Valéry, Juan Ramón Jiménez, Pérez Bonalde, Kahlil Gibran, Max Ehmann, el propio Martí, entonces les catalogan de poetas místicos y no es exactamente así. En un ensayo bajo el título Poetas y místicos publicado en los años 40 (No. 19 de la revista mexicana El Hijo Pródigo, pp. 59-69.), Roland de Reneville intentaba reconstruir magistralmente la posible unión entre el acto pasivo poético —místico— y el acto activo por fuerza de la concentración consciente —el poeta— de acceder al laberinto de lo misterioso. Para Renevill, cuando se llega al punto de que el yo queda abandonado momentáneamente, el poeta y el místico se hacen uno, se funden. Blake es considerado un poeta pasivo, de inspiración mística, pero para mi gusto separaría, por ejemplo, a Juan de la Cruz de Rimbaud y Baudelaire que se desmarcaron por una poesía activa, consciente. Sin embargo, tanto Blake, Rimbaud y Baudelaire no fueron en sí mismo poetas místicos, es decir, no fueron Richis. Aunque a partir de sus métodos accedieron a un fragmento de la verdad, a tener vislumbre del misterio de la vida, sólo la belleza de sus versos indicaron el contacto con el misterio; pero en verdad ellos no fueron místicos, sino poetas que accedieron al campo del místico pasiva y activamente por inspiración. Siempre la inspiración llevará el sello de la poesía. La poesía es inspiración. Renevill afirma:

“Mientras que el poeta se encamina hacia la Palabra, el místico tiende al Silencio. El poeta se identifica con las fuerzas del universo manifestado, mientras que el místico las atraviesa, y trata de alcanzar, detrás de ellas, la potencia inmóvil y sin límite de lo absoluto”.

“Así pues, los místicos y los poetas, empleando el método activo o el método pasivo con el fin de conquistar la plenitud de su espíritu, llegan progresivamente a la negación de su yo, a la negación de los valores éticos y acceden a una realidad tenebrosa en cuyo seno la noche y la luz cesan de oponerse.”

Al considerar a Juan de la Cruz temperamentalmente pasivo confunde la dimensión esencial entre el poeta y el místico. Como lo ha dicho Shree Rajneesh del Desiderata: “De vez en cuando el místico es también poeta; ésta es una coincidencia. Cuando sucede —como en el caso de Lao Tse, de Zarathustra, de Mahoma— entonces tenemos algo del más allá que está disponible para nosotros. Pero un místico no necesariamente es un poeta; ser poeta es un talento diferente. Se puede ser un místico sin ser poeta, se puede ser un poeta sin ser un místico”. Es el caso del Profeta de Khalil Gibran. Uno de sus biógrafos, la poetisa Magdalena Porro, ha sustentado que fue uno de los poetas místicos más grandes que haya conocido la humanidad. Sin duda que como poeta lo es, pero como místico no. Estoy de acuerdo con la opinión de Rajneesh cuando afirma en Háblanos de amor, reflexiones sobre el Profeta de Khalil Gibran que esta obra se le presento a Gibran, no fue su autor, sino el medio por el cual la Poesía comunicó fragmentos del misterio, de la luz, la vida y el amor.

Cuando el destacado psicólogo norteamericano William James recogió en su extraordinario libro, Experiencias religiosas, varias de las manifestaciones del misticismo oriental, establecía un hecho poco común para la cultura occidental: la poesía era al mismo tiempo el poeta, un estado de conciencia en la cual el sujeto y el objeto habían desaparecido. Allí sólo quedaba lo que le llama, parafraseando a Swedemborg, la mente oceánica. Este concepto lo llevó a discutir con Freud en más de una oportunidad la no autenticidad del ego, en este caso del ego poético. Es lo mismo cuando Martí dice que en la Biblia encontramos la más hermosa poesía; estaba reconociendo que ese documento fue escrito por las manos de la Poesía, es decir por Richis, poetas, apóstoles.

Todos los intentos por definir la poesía han naufragado dentro de la imaginación de la experiencia vivida por el poeta. El poeta siempre define la poesía partiendo de su experiencia que ha vivido. El pasado lo asecha y siempre hay un sujeto que deviene poeta. Octavio Paz es uno de los más finos hispanoamericanistas que posee una de las mejores definiciones acerca de la poesía. Desde luego, su definición es personal, subjetiva, parte de su experiencia: “Escribo —dice Paz— sobre lo que he vivido y vivo. Vivir es también pensar y, a veces, atravesar esa frontera en la que sentir y pensar se funden: la poesía” (Octavio Paz: Pasión crítica, p. 85) El acto de fundación entre el sentir y pensar es un acto también intelectual, un procedimiento mental y por ende un proceso que puede transformarse en poesía; pero Paz sigue siendo un poeta, un poeta en verso. Si cambiase la dimensión de la experiencia, si el poeta comienza a ver el verso como algo ilusorio, irreal, como una imagen, profunda pero aún como una imagen, entonces sucede la transformación, sucede la poesía, nace el poeta en acto. En un pequeño ensayo, pero lleno de valoraciones conspicuas, La búsqueda del presente (Octavio Paz. Convergencia,), Paz enfatizaba que “así como hemos tenido filosofía del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de la presencia”.

Sí, el presente es el manantial de la presencia cuando se ha superado la ilusión de la imagen, al maya de que el “hoy es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo de siglos, sonríe y, de pronto se echa a volar y desaparece por la ventana”. Como bien dice Paz ese presente está dentro de él. Es su experiencia, su visión como poeta. Para decirlo de algún modo esotérico y trascendental, es una visión, un sueño, una imagen, en la dimensión de uno de los espacios más sutiles del ser humano, pero no es una realidad. Próxima a la realidad, pero sigue siendo un sueño de la mente humana, de la mentalidad de Octavio Paz. Se puede considerar, según la denominación de Elizabeth Sewell, como la proyección de la mente órfica. Esta visión mental crea el tiempo como presente. El presente como regresión y como futuro. Pasado, presente y futuro se hallan en la dimensión del presente, yendo hacia atrás y moviéndose hacia delante, cuya futuridad –dice Paz- se escapa siempre: “Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de silabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscamos sin saberlo: el presente, la presencia”. El otro intento mayor por definir la poesía es el de la teoría del sistema poético del mundo de José Lezama Lima. Se pasa de lo individual, de lo personal, a la manifestación colectiva. Una teoría tiene que ser generalizada para un territorio, para una colectividad o, por lo menos, que capte los lineamientos más profundos de la mentalidad colectiva de una nación y la cultura. En ello estriba el significado oculto de la teleología insular. Si en Octavio Paz la definición de la poesía contiene el sello de lo personal, en Lezama lo personal se exterioriza para alcanzar al otro. Es un proceso de alteridad. En este proceso la dinámica de la poesía se estanca. Pero no ha existido nada parecido como el sistema poético de Lezama que se aproxime al alcance de lo indescifrable, lo misterioso, lo inexpresable. Hablo de Lezama en este ensayo porque en el Prólogo de Martí se puede hallar también el germen de lo infinito, la semilla de la poesía, pero no en el sentido de la alteridad. En Martí el otro no importa, desaparece de la visión poética.

Digo que el sistema poético de le Lezama es un estanque y no compagina con la densidad del misterio de la vida, con el eterno fluir, porque se detiene en el límite, en el limbo entre lo más sutil de la mente humana y la trascendencia espiritual. Quizás Lezama es el más grande creador hispanoamericano; su sistema es algo imposible de concebir. Nadie como él ha logrado entregarnos mediante conceptos —símbolos, metáforas, imágenes— un método, un todo, para revelarnos la incógnita de la vida. Mediante el sistema poético lezamiano, por primera vez el hombre accede al conocimiento de la realidad como propio, es decir, desde su propia experiencia imaginada. Se trataba, pues, de la contracción cusana, relativa a que el supremo absoluto no podía contraerse a nada.

Este sistema poético no debe ser comparado con ningún otro sistema filosófico y de conocimiento social, porque será siempre algo superior, algo en plena concordancia con lo vivo y no con lo muerto. La crítica de Lezama a la causalidad aristotélica, al espíritu objetivo hegeliano y a la crítica de Nietzsche sobre el espíritu objetivo es una demostración de que la poesía puede profundizar al núcleo mismo de la vida. El espíritu objetivo, el espíritu científico, no puede ir más lejos que el espíritu poético sobre la verdad. Lezama con su sistema poético llega mucho más profundo que el habitual conocimiento de las cosas. La diferencia es tangible, pero este conocimiento poético en el sistema de Lezama tiene su dificultad, su limitación.

Considerémoslo de esta forma: el modo de conocer del poeta en el sistema de Lezama no solo objetivo, es mucho más profundo. Va hacia la raíz viva de las cosas. De modo que en vez de conocer, analizar, extraer una conclusión lógica en superficie plana, donde el sistema valida la suma total de las partes, el espíritu lezamiano, el espíritu poético más bien se enamora, experimenta, penetra y dice que en cada parte se halla la totalidad del sistema. El amor es su método de conocer. Pero ese amor nace del espíritu encarnado, nace de la fuerza del yo, del ego. Y este será el gran valladar. No es una fuerza liberadora en su totalidad. Es una necesidad —de ahí que Lezama diga, mi sistema es una locura, una temeridad— por conocer lo vital, lo desconocido, el misterio, la energía que hace estar vivas —el alma— las cosas. El acto del espíritu objetivo es contrario, es conocer al objeto, conocer lo que está muerto, lo que es historia. Objeto para la conciencia conocedora significa algo muerto, algo que no tiene vida. La poesía busca lo vivo, lo intrínseco del alma de las cosas. La frustración de la que se discute en el campo intelectual cubano en los años 50 es producto del fracaso del espíritu objetivo, del orteguismo, del hegelianismo, que produjo el arrastre de la carga del cadáver republicano. La república ha cargado con un cadáver, con algo muerto. La república no tiene alma; de la cruz, de su pesada carga, de esa frustración, de la cual no se ha conseguido nada, la falta de un mito como dice Rafael Rojas, Lezama reconstruye el sistema poético del mundo. Una nueva vibración para penetrar el núcleo central del Ser cubano.

En el sistema poético desembocan todos los demás sistemas, el filosófico y teológico se hacen uno. Este sistema de Lezama puede decirse que es el último de los sistemas, el último de los paradigmas. Pero nunca se ha concebido de tal modo. Por eso en él prima, desde su primera revelación ante la muerte de su padre, una verdadera y profunda necesidad, la del mayor deseo sutil del ego, quizás el último, el deseo de la expresión. De ahí el sistema poético, lo que él llama la expresión vital. Pero siento que algo en Lezama se gestaba inconsciente: entre esos conceptos habían resquicios, fisuras, que no llegó a vislumbrar como los verdaderos escondites de la poesía. Esa es la barrera y, por ende, ha sido el resultado del sistema. Todo su sistema es un intento conceptual, mental, racional, lógico, una muestra, un sustento, la prueba lógica sobre algo que no se puede expresar, que le queda demasiado grande al lenguaje de la existencia: la vida.

Es sorprendente ver como en la novela Paradiso de Lezama Lima se deja entrever, y es por primera vez que sucede en la literatura moderna hispanoamericana, el doble significado que implicaría la palabra poeta: el poeta en el personaje de José Cemí y el poeta místico en el personaje de Oppiano Licario, que traducido al lenguaje martiano significaría la diferenciación tácita entre lo que es el poeta en verso y el poeta en acto, entre lo que es el poeta y su alteridad y el poeta de la casa del Alibi. Dos cimas alcanzan al poeta en la novela Paradiso: la del poeta, la lírica, y la del poeta místico, la autodestrucción poética. Pero al parecer, Lezama no estuvo consciente del hecho esencial y por eso la novela se lo perdió. Los mezcló, al poeta y al místico los sepultó en una misma caverna; no supo hallar la diferencia esencial entre ambos. Su concepción sobre la imagen, significando lo mismo que la realidad, la imagen es la realidad, convirtió el hecho de la poesía en un epifenómeno.

No basta con entrar en determinado momento en el terreno del misterio; no basta con entender lógicamente, y la imagen es la creación de la lógica, esos momentos del misterio. Primero llega el mensaje del misterio y cuando ya éste se ha ido es cuando aparece la imagen. La imagen es un acto consciente de que el misterio ha sucedido y se ha ido. Esta fue la experiencia ante la muerte de su padre. Lezama nunca advirtió ser un médium, un vehículo receptor del mensaje supremo, de un fragmento de la verdad, una no mente por momento, sino un creador de imagen. La imagen se produce porque el hecho esencial, el mensaje del misterio, se ha marchado. Lo que queda como sombra es su imagen, el sueño de haberlo recibido. Este darse cuenta postreramente de que el mensaje ya no está, que se ha marchado, enciende la llama de la conciencia de la imagen, el modo de captar lo que vino y se fue. Lo que queda es un recuerdo lejano, porque lo que vino fue vivido en un estado sin pensamiento, de muerte, de resurrección momentánea. Es como soñar cuando se está durmiendo; cuando despierta cree que el sueño no fue real, pero sabes que ha estado soñando. Entonces tiene que recordar profundamente para reconstruir lo soñado. El poeta lezamiano tiene que reconstruir la imagen porque lo recibido ha quedado como un sueño, en la penumbra. Entre lo real y lo irreal existe un largo trecho. Por eso Lezama confunde, a mi modo de ver, imagen con realidad. Ambos conceptos están tan próximos, casi juntos, que aparentan ser uno. La sutileza que lo separa es tan delicada, tan fina, que solo un místico, un poeta en acto, una fuerza como la de Martí podría darse cuenta de la separación.

Lezama no fue un místico, pero anduvo en determinados momentos viajando por terreno místico. A mi modo de ver, en ello radica la clave para entender a un creador como Lezama, como una mente órfica, advierte siempre que su sistema no es ni absoluto ni definitivo. Cada vez que tiene oportunidad de entrar y salir del terreno del misterio, de la Poesía, aparecen nuevas dimensiones categoriales que van enriqueciendo su sistema. De ahí que se pueda ir de la poesía en verso a lo novelable, del verso a la novela. Si se hubiese convertido en un poeta en acto, si la resurrección hubiese colmado toda su vida, de seguro que el sistema poético por el cual trabajó durante más de 30 años se convertiría en una gran fuerza impulsora para trascender, para alcanzar la cima de la conciencia poética, aquellos momentos finales vividos poéticamente por el Apóstol en el campo mambí.

Lezama ha dicho con suma intuición que Martí fue quien nos enseñó la posibilidad infinita de la casa del Alibi. Pero, quién más ha entrado en esa casa. No se sabe cuántas veces Lezama entró y salió; lo cierto es que el potencial más grande, la fuerza más extraordinaria, a juzgar por su obra literaria, no logró disolverse en la casa del Alibi. Hasta ahora, todo parece indicar que el único de los visitadores que no ha regresado jamás fue José Martí. Eso es lo que yo entiendo por resurrección. La resurrección no es una imagen como nos ha querido presentar Lezama; la resurrección es el único modo del hombre estar vivo, despierto, consciente total en unión directa con la realidad, sin que medie un sueno, categorías, imágenes, metáforas y símbolos. La resurrección es el estado de pureza del misterio mismo, que si no se vive, si no se bebe, nunca se sabrá que se ha perdido en la ignorancia docta. Es lo máximo de la experiencia, de la existencia, que no posee explicación y no guarda una lógica de expresión. La resurrección es la mayor transformación posible: es dar muerte al inconsciente, al pasado, a la tradición histórica para renacer como hombre natural. La resurrección es un cambio esencial, el único cambio verdadero, en la vida del hombre. Un cambio de percibir al mundo no como cosa, como objeto, sino como vaciedad. Es un acto enteramente existencial y no intelectual.

Entendámoslo del siguiente modo: lo que vino y se fue, el mensaje del misterio, se ha recibido en un estado de no pensamiento, pero lo que queda, la imagen, es producto del pensamiento, de la creatividad de la mente. Por eso digo que el sistema poético de Lezama naufraga en un epifenómeno. La resurrección sigue siendo un fenómeno mental y no sucede con entera realidad. Es aún un sueño, una imagen maya. Lezama lo sabe, que la resurrección existe porque proviene de su profundo conocimiento libresco y eruditivo. En La docta ignorancia del teólogo y filósofo alemán Nicolás de Cusa podemos entrever esta ignorancia, del sueño y la imagen: creer que sabe a partir del conocimiento prestado, instruido, docto. El conocimiento para Cusa proviene de uno mismo, de la experiencia, de la conciencia, no del contacto con el otro, con lo que enseñan los libros, las escrituras, las filosofías y la tradición. Siempre habrá un idiota, dice Cusa, que recibirá el mensaje y elaborará el supuesto conocimiento. Sentidos, mente, son todos idiotas, elaboradores de docta ignorancia. El modo de asir el mensaje, lo que fue ahora, requiere de una fotografía tomada desde un lugar y espacio fuera de la realidad, fuera del presente, del momento en que fue recibido el mensaje, lo que fue ahora, presente y muerte. De ahí el poeta; de ahí el verso. Leyendo quizás el mejor de sus poemas, Muerte de Narciso, Lezama creyó ser su creador. Parte del poema fue una creación suya, pero lo que para mí es esencial en ese poema, el sentido de la muerte, del regreso a la fuente, le vino del más allá, el autor no es Lezama sino es el misterio. El puso el cuerpo y el espíritu de poeta para que fluyera, para que la humanidad recibiera un vislumbre de la resurrección. Y en esa dicotomía, en ese va y viene del poeta al místico, avanza toda la obra de este genial creador.

Hay una poética marginal, y Paradiso me parece que cabe en este criterio. No tiene medida, no posee una métrica, pero yace en la novela una poética esencial. Ha surgido de ella una nueva perspectiva del ver el mundo. Un sistema poético por el goce de la vida (hedonismo complementario) que se abre para contraer la historia y romper el vicio funerario de la poesía en verso.

 

 

Ángel Rolando Velázquez Callejas. Cuba, 1962. Historiador, museólogo  y ensayista. Publicó La Hacienda Ganadera de Bayamo 1880-1868, colección Pinos Nuevos, Ed Ciencias Sociales, 1996. Coautor del libro Bayamo: crisol de la nacionalidad cubana. El Centro Juan Marinello premió como mejor investigación del año 1996 su libro El capitalismo en Cuba: el proceso de concentración y centralización azucarera  en la región Manzanillo. Varios artículos sobre crítica de cine aparecieron en el  blog Cine cubano, la pupila insomne. En la actualidad, publica para el blog Cuba Inglesa y Dhirty City.

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  1. Alexa on Sábado, mayo 21, 2011 at 7:20 PM

    Just thought i would comment and say neat design, did you code it yourself? Looks great.

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