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Todo lo que usted necesita es amor

Domingo, junio 5, 2011
Por
This entry is part 11 of 15 in the series Edición Especial En El Reino de Eros

Ensayo.

Por Ivette Fuentes


" TODO LO QUE USTED NECESITA ES AMOR " DE FLAVIO GARCIANDIA

 

Todo lo que usted necesita es amor

Flavio Garciandía

 

“All you need is love”

Lennon-Mac Cartny

 

Desde que en boca del médico Eriximíaco, Platón lo definiera como la fuerza cósmica que rige las proporciones y armonía del universo, eros celeste referido más al alma que al cuerpo, hasta su concepción en el análisis freudiano como regidor absoluto de la actividad del hombre, el amor ha sido tema y asunto del pensamiento humano.

Desde entonces, las dos tesis fundamentales ensayadas lo han tratado indistintamente como relación finita e infinitas. La primera de ellas, más concreta y real, basa el amor en un intercambio recíproco de sentimientos y emociones, sujeto al fracaso o al acierto, a la continuidad o la ruptura, dado su carácter temporal apoyado en lazos circunstanciales de relaciones vivas y dinámicas.

La segunda tesis lo examina en sus nexos de unidad absoluta e infinita. Esta particularidad, sin embargo, tiene fin en su mismo principio, pues basa la relación en una atemporalidad y abstracción como fenómeno cósmico y no terrenal o interpersonal, lo que le hace perder su significado en la dependencia a un plano supraterrenal, ajeno a su esencia propia, sujeta a sus límites comunes y a una dinámica propia y no extrínseca.

Entre estas dos grandes corrientes especulativas se asienta el concepto que extiende sus gradaciones de un amor puramente humano y personal al amor divino, correspondiendo esta tipificación a las formas del amor sensual  el amor espiritual.

Sea cual fuera el sentido al que se refiera, el amor interpersonal es una relación electiva, condicionada por efectos positivos aunque las derivaciones contextuales inmediatas disten, a veces, de esta positividad.

Especular sobre algo vivo y cambiante, dúctil a las más disímiles variaciones como es el sentido amoroso, es el mayor riesgo que la filosofía —y la poesía— ha tratado de salvar. El afán por aprehender tan voluble esencia hace discurrir el pensamiento por los vericuetos de la más audaz fantasía. Las primeras elaboraciones sistémicas sobre el amor como objeto de estudio, sin embargo, aunque basadas en la extratemporalidad y la polisemia del mito despejan de escollos mentales un terreno que dispone su virginidad en pos del descubrimiento de sus más vedados resquicios.

Es así que Platón, desde una dimensión poética a través del mito del “andrógino” —ser primitivo compuesto de hombre y mujer y dividido por los dioses para su castigo— revela una faceta notoria del carácter amoroso en la insuficiencia.

 

 

Si en el mito, estas dos mitades separadas se buscan mutuamente para restañar la perfección del protohombre, en la realidad es esta necesidad de fusión, junto a la conciencia de su falta, las que sostienen el sentimiento de atracción sexual, el más acendrado fundamento de los valores positivos del amor. La insuficiencia de sí mismo es lo que hace ansiar la complementariedad del contrario —imantación de la “otredad”— y ver en esta carencia la belleza que guía la vocación amorosa; vocación que no se resume a la posesión del objeto amado pues la insuficiencia no es tan sólo corporal, sino además anímica. Hombre y mujer en la unión carnal, consumen una propensión de complementariedad, pero continúa la insatisfacción, pues la fusión momentánea tan sólo calma una tendencia raigal, una búsqueda de conocimiento —sabiduría— que sólo la colmará la compañía, la posesión, en fin, el deseo siempre vivo de la complementación.

El amor es, pues, deseo de belleza como retorno a la armonía y la perfección perdida. Si bien es quien sostiene la simetría de los astros, el código que penetra esta geometría, como correspondencia microcósmica-macrocósmica, perfección en la reunificación de la pareja humana, es la belleza de un estado de satisfacción, de una complementación de sentimientos, no sólo corporales o sensuales, sino anímicos, que colman más que el instante, el más intrincado yo como alcance de la unidad perdida. Es quizás este, en su trasfondo, el sueño alquímico de alcanzar el “homúnculo”, empeño que va más allá de la división sexual para alcanzar el ser perfecto en su carácter andrógino, lo femenino pasivo como receptáculo o matriz y lo masculino activo como vehículo promotor de la acción elemental y fecundante —aunque en el proceso alquímico rebasa la mera intención procreativa para invadir, en la Imitatio Christi, el terreno de la divinidad al intentar la génesis de un ser en una correspondencia perfecta con Dios, índice que, al igual que las más novedosas técnicas de fertilización in vitro, trascienden un terreno donde la eticidad y la naturaleza humana confunden sus propios límites y donde el amor, por tanto, es utilizado como pretexto de otras ambiciones que, en su limitación, son proclives a censura y atentado personal.

Salvado el riesgo de la propia audacia, la base de esta propensión a la divinidad como unidad perfecta —y sin entrar en un terreno puramente teológico— es el deseo de belleza y posesión del objeto amado, búsqueda de una nueva forma en la unión. Pero esta insuficiencia, impenetrabilidad del otro ser a pesar de la emoción que suscita, es la base del sentimiento de angustia que todo amor genera. Es la angustia —así como definiera el filósofo Kierkegaard— de tomar la existencia como posibilidad y no como realidad. Todos los sentimientos de duda, soledad, incomprensión, desarraiga y demás matices de la insatisfacción que se cobijan en la palabra amor, son hijos de esta angustia por la insuficiencia.

Sin embargo, el descubrimiento de la complementariedad en la forma más apropiada de la carencia, es descubierta como súbita revelación, pues esa visión del segmento faltante, de aquella fracción hasta entonces “desconocida” y ahora “reconocida” entre toda la ajenía, la que determina que esa búsqueda de belleza, vocación de complementariedad, legue a su término. Reconocimiento que es, en buena medida, afán y deseo, pero no realidad, pues en el propio avatar humano, la carencia va ocupando distintos grados de complementariedad y satisfacción —en su camino de perfectibilidad— y el reconocimiento puede no ser el acertado a pesar de la “buena voluntad” que guiara y condujera, por avidez y angustia, al error. Y esto hace que se revele otro carácter del amor en la ausencia de racionalidad como base. Si nos atenemos al mito platónico que mostrara la insuficiencia como carácter más perentorio y calificativo, el andrógino volvería a ser la consumac

ión del ser ideal en el redescubrimiento de la unidad perdida, el hombre y mujer como mitades que sorprenden su propia identidad. La impetuosidad del amor, como contrapartida —o como antítesis de la primera angustia—está en reconocer la belleza de improviso, como el bien que conduce a la felicidad. Es por la visión (o sea, por los sentidos), que se percibe la belleza ansiada, deseada, trascendida como mero objeto amoroso, para ser autocomplacencia, necesidad de satisfacción, dicha, éxtasis. La visión, de este modo, aparece como vehí

culo de reunificación por ser el de mayor importancia y alcance de los sentidos humanos y por ser, quizás, el que más identifique los sentidos íntimos del alma1. Es por eso que el reconocimiento no colma el placer convencional de la comunidad social, ni las derivaciones lógicas que los cánones de belleza imperantes —y subyugantes— impongan. Pues como dijera San Pablo: “Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no

se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas”2, son los ojos del alma el vector que revela la identidad perdida, de lo descubierto como cierto no por ser notorio sino real, “secretos del mirar adentro” (E. Diego) que conducen la mirada prístina hasta la pureza de lo esencial. Y así el amor cuando es verdadera guía de la belleza y el bien.

 

androgino con alas

 

En esta compleja ecuación de lo próximo como propio —refracción en la propia sustancia, es donde radica la perennidad del amor por la certeza de la elección. Elección que no obedece al parecer extraño ni al consejo, ni a la convicción de un deber, ni tan siquiera al sentimiento de amistad o solidaridad que en su disposición activa (Aristóteles) es sólo hábito, sino en la convicción de mirar atento, con los ojos interiores, viaje íntimo al reino de lo increado, lo prenatal (M. Zambrano) donde el vagar sin forma acerca a las esencias más que a la corporeidad, efímera y circunstancial, que luego adquirirán. Es el amor, como éxtasis, como logro de la unidad perdida, el modo de alcanzar, por el bien, la mirada de Dios.

En esta indistinción —insuficiencia y carencia— estriba también uno de los conceptos más arraigados en la conciencia humana y que derivan otros factores, tanto personales como de índole social. En la separatividad (E. Fronm) —conciencia de saberse entidad separada, escindida de su raíz y origen— germina la soledad del hombre, certidumbre de sentirse desvalido frente a la naturaleza a la que pertenece pero de la que se aísla por su propia individualidad.

La complejidad del sentimiento de pertenencia al “gremio” y la plenitud de la fuerza del hombre como ente individual, se basan en este carácter de separatividad que, a la vez que genera el sentimiento de angustia, lo mueve a buscar, en consecuencia, el lazo que lo une y lo distancia a la vez. Esta necesidad de aislamiento se torna angustia por la certeza de pertenencia al grupo, y nutre la imperiosa necesidad que obliga al hombre a buscar su identidad en las formas de la cultura y la civilización: es el secular complejo del “rebaño” y el vituperio que constituye para la sociedad la individualidad fuerte y original de la personalidad distinta que evidencia ruptura con las conductas establecidas por la sociedad. Esta postura ética y cívica es la sublimación del sentimiento que produce la insuficiencia del ser humano en su división sexual. Del mismo modo en que se busca la compañía del ser amado por la complementariedad de sus emociones, sensuales y espirituales, así buscará el hombre al grupo por afinidad social y cultural. De aquí la sentencia del poeta inglés John Donne cuando dice: “Nadie es una isla completo en sí mismo; cada hombre es una parte del continente, una parte del todo… La muerte de cada hombre me disminuye, porque yo estoy ligado a la Humanidad”.

Si bien este miedo a la individualidad hallada en algunos hombres se resuelve en la adopción sin reservas de “formas” externas que lo acerquen a la congregación, ya sea en las convenciones morales, normas de conducta, hábitos, vestimenta, etc., la exterioridad de ellas hace que la separatividad se acentúe y el sentimiento de soledad sea sólo un ocultamiento de la verdad. En la intimidad, el hombre se encontrará nuevamente “distinto”, y, por tanto, angustiado por su independencia y su “suficiencia”, ya sabemos, falsa. La individualidad es parte del cultivo de la persona humana, verdadero rostro con que se mira a Dios en una dignidad de correspondencia directa entre la criatura y su hacedor. La imagen y la semejanza se establece de persona a Dios; lo múltiple es la participación omnisciente de la divinidad, condición de la que carece el hombre per se, la que sustituye por su actividad creadora, modo de suplir los dones de ubicuidad y de inmortalidad con la impronta de su personalidad en la acción social. Si en la relación interpersonal el sentimiento amoroso condiciona el logro de la unidad, el sentimiento de identificación tribal —sea cual fuese el hombre dado en cada estructura social— también logrará la unión con la consecuente eliminación del desarraigo y la soledad.

Este axioma es bien comprendido —y resuelto— por el cristianismo en su asimilación y proyección del sentimiento amoroso más allá de su significado bipolar hombre-mujer, a toda la persona humana, entendida como ente biológico y social. En el “ámense sinceramente los unos a los otros” y en el mayor de los mandamientos de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” estriba la más alta valía del amor como conjunción plena de los hombres, abrazo con la naturaleza en su simbología de aceptación nuevamente al seno de Dios. Es así que la parábola del desterrado —que en lo social es la del “hijo pródigo”—, se resuelve en el regreso, la vuelta a los orígenes, el paseo por el “oscuro esplendor” para luego del conocimiento por la pérdida, valorizar lo perdido. Es la conciencia de lo que pertenece por la falta, la presencia por la imagen de la ausencia. Pero concientizar sólo el hecho no es la salvación ni el logro de la felicidad. Si bien en la parábola de Adán y Eva —tal como apunta Erich Fronm— la conciencia de la separatividad comienza en el reconocimiento de la diferencia y, por tanto, la entidad “persona” se vuelve polaridad femenino-masculina para condicionar la primera atracción, el hallazgo de su auténtica condición sólo ocurre cuando existe el sentimiento más que de atracción por la bipolaridad, de angustia por la reunificación; es decir, cuando la angustia mueve la emoción y la belleza rebasa el sentimiento de separativdad para iniciar el de identificación, es que comienza el amor y así el “conocimiento de salvación”.

Dice el sicólogo alemán al respecto que “la conciencia de la separación humana —sin la reunión por el amor— es la fuente de la vergüenza. Es, al mismo tiempo, la fuente de la culpa y la angustia”3

Así pues, el hombre y la mujer redimidos del pecado original —culpa que radica en la separatividad y en la enajenación de su verdadera condición— sólo son salvables por el amor. Del mismo modo, la expulsión del paraíso —lugar de la máxima felicidad, espacio donde el ser humano vivió su completez y su suficiencia—, inicia la larga parábola de la acción humana, donde la culpa de saberse parte de un gran todo al que pertenece y del cual ha sido desarraigado, la propicia el miedo a no volver a él.

La ajenía del sentido auténtico del amor hace que el pago de la culpa se retarde. Continúa el hombre siendo un expulsado, ajeno y extraño a sí mismo en la prepotencia de una condición que se hace vana.

Es esta angustia por volver, como modo de alcanzar la complementariedad individual —y por ende social— la que mueve por caminos falsos al hombre cuando no es guiado por los verdaderos sentimientos de redención y amor. Son las formas de falsa identificación con el gremio en la pasividad y la mansedumbre, la plena aceptación de la opinión mayoritaria sin el ejercicio de la voluntad ni la proyección de una individualidad sin la cual este mismo conglomerado social carecería de faz propia y plenitud. La sumisión al líder, uno de los mayores vicios de la civilización moderna, la inmersión en las formas de la muchedumbre, que no hace más que llevar la acción humana a la enajenación, son sólo conductas impropias y equivocadas, derivaciones del miedo extremo y de la intención de socavarlo en la anulación de la responsabilidad personal. En contraste con ello, la indolencia y la falta de esta responsabilidad, el desarraigo tanto de conducta como de sentimiento, hacen que el hombre se aleje aún más del conglomerado humano al que pertenece y extravíe la ruta hacia su plena realización, es decir, a su reincorporación al “reino de Dios”. El “paraíso perdido” será recobrado en la medida en que el hombre comprenda que amar al prójimo es el primer paso para llegar hasta sí mismo. En lo personal las posturas se corresponden. La unión con el ser amado como modo de salvar el sentimiento de separatividad, se vuelve simbiosis, que es la forma más simple en la escala biológica de la fusión natural. De la dependencia total y completa, sumisión al objeto amado que lleva a la pérdida de la personalidad y el deslinda de las márgenes de su individualidad, se pasa al sojuzgamiento de la persona, posesión que deriva en una total esclavitud, simbiosis que hace del otro parte de sí mismo, en una equivocada aceptación del sentimiento sano de la identificación con el semejante. En ambos casos, la sumisión pasiva y el sojuzgamiento activo, queda el sentimiento de angustia y soledad por la insatisfacción que el “otro” deja: la insuficiencia como motivo de amor continúa en la carencia de un verdadero afecto que equilibre el afán de complementación con el carácter inviolable de persona que debe subsistir y preservarse a toda costa. En la peor de las formas, la aceptación de los dictámenes del “otro” ya sea por miedo individual o por exageración del carácter gremial que sostiene la conducta humana, restituye la condición del “desterrado”. La tierra prometida es un fuego fatuo que desbarata la más pequeña ensoñación o atisbo de que no era la mitad extraviada; la vocación de belleza como deseo, persistirá en el vacío indeleble que perpetúa un amor de cimientos falsos.

Sólo en el respeto al semejante, que es una primera fase de mutuo amor, se establecen las bases duraderas del sentimiento. Sin esa realidad, sin la felicidad de la difícil formula de separatividad y suficiencia, persona y pareja, los lazos se vuelven esclavitud y su permanencia o no dependerán del “miedo a la libertad” y no al sentimiento de amor. El apotegma “hasta que la muerte los separe” en su alcance metafórico, deberá ser interpretado como “hasta que la muerte del amor los separe” para que así mantenga la dignidad del alto postulado que representa, y no fórmula vacía que oculte la iniquidad de un dogma, el temor a la individualidad que en su condición dinámica implica cambio vivo y existencial.

Es así que en las insuficiencias de las relaciones interpersonales estriban muchas de las razones de las insuficiencias de las relaciones sociales. La neurosis provocada por la carencia de afecto —que es la misma que la demasía de la falsa— hace que el hombre se oriente por la ruta equivocada de la incondicionalidad o la exagerada participación en la pasividad, ambos modos de ser extranjero en su persona.

Es cuando afloran la huída y la evasión, la introspección y la liberalidad sexual. El extrañamiento de la misión humana conduce a las sendas equivocadas que adulteran las relaciones amorosas o las marginan a lazos meramente sexuales. En el caso extremo, la ausencia total de sexualidad, por errónea moralidad o por la pérdida de la libido —sea por la caída en la vorágine del trabajo o por el encadenamiento social que le hace perder facultades socio-biológicas hace del hombre un ser desdichado.

El secreto mayor del amor se halla en el total desligamiento a todo tipo de sentimiento que envicie su propio esplendor. La luz que emerge del amor verdadero no necesita de los afeites ni enmiendas de la racionalidad moderna.

La mirada inmaculada aún prevalece para aquellos que esconden su faz en el miedo o el cansancio, o esquivan la responsabilidad enorme que Dios les regala en el don de poder amar. La vocación de entrega, que es el misterio del Dador, el dar sin reservas, saberse dentro y fuera del entorno que le rodea, de sentirse fragmento y totalidad, comunión e individuo, segmento inacabado de un largo camino emprendido por la Humanidad, es la primera necesidad que impone el amor.

Si bien un día alguien, como usted, fue expulsado del Paraíso cuando supo que no era único, y por conocer la naturaleza de su indistinción incurrió en el pecado, el afán por reparar la culpa le indicó una vía; y aún hoy prosigue los pasos que han llevado a concertar aquel Uno en una multiplicidad que le retornará a la pureza de lo Indual cuando su mirada vea, más allá de la belleza que lo mueve, el amor que Dios le otorgó.

Llegar a la tierra prometida no es tarea fácil. Se confunden los horizontes y los recodos que invitan al descanso vuelven a separar. Quizás se detenga a pensar que nunca llegará. Para entonces sentirá el enorme vacío de la soledad y no sabrá tan siquiera por donde emprender de nuevo el viaje. De pronto se sorprenderá con un recuerdo que le vuelve a nacer, quizás sea tan lejano como alguna estrella. De allí al milagro de sí mismo dista la eternidad. Es difícil, mas inténtelo. Para alcanzar el sueño de ser hombre, todo lo que usted necesita es amor.

 

1         Estudios científicos actuales han constatado que el sentido auditivo juega un rol importante en la atracción sexual, de modo tal que a cada sonido existe una respuesta correspondiente en individuos sexual y espiritualmente afines.

 

2         San Pablo: Corintios, 3, 8.

 

3         Erich Fronm: El arte de amar, Editorial Gredos, S.A., 1972.

 

[La primera ilustración, Todo lo que Usted Necesita es Amor (del pintor cubano Flavio Garciandía), fue tomada del blog Fotolog; la segunda se extrajo del sitio Voces de Fantasía; la tercera viene de la página Campo D-Mentes; y la cuarta del blog Comoveslavidavos]

 

Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz (La Habana, Cuba). Doctora en Ciencias Filológicas (1993). Obtuvo Diploma de Estudios Avanzados por la Universidad de Salamanca (2002) y Grado de Salamanca (2003). Labora actualmente como investigadora titular en el Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”, en La Habana. Directora del Centro de Estudios Arquidiocesano de La Habana (CEAH) y de su revista Vivarium. Fue Consultora del Programa de Diálogo Intercultural e Interreligioso de la Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe (ORCALC), de la UNESCO. Miembro del Ateneo de la Crítica, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) y de la Unión Católica de Prensa (UCLAP). Ha publicado numerosos artículos especializados en revistas nacionales y extranjeras, además de libros de ensayo; entre los más recientes se cuentan: A través de su espejo (Sobre la poética de Eliseo Diego, 2006); La incesante temporalidad de la poesía. (Sobre el concepto espacio-temporal en la poética de José Lezama Lima, 2006); y La cultura y la poesía como nuevos paradigmas filosóficos (2008). En colectivo de autores ha publicado, entre otros títulos: Filosofía, teología, literatura: aportes cubanos en los últimos cincuenta años (1999) y Cuba. Poesía, arte y sociedad. Seis ensayos (2006). Ha obtenido diversos premios y reconocimientos literarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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