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Tres estampas de José Luis Borja

Martes, agosto 16, 2011
Por
This entry is part 17 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Carta a Elisa

 Apreciada  Elisa:

Cuando leas estas líneas, probablemente ya me encontraré en algún lugar muy remoto. Para mi bien y el de la Humanidad he decidido mudarme al desierto del Sahara. Imagino como te sorprenderá esta decisión tan drástica y aparentemente tan irracional. Pero el aprecio que siento por ti me impulsa a compartir contigo un terrible secreto que sin lugar a dudas sabrás guardar.

¿Recuerdas aquel 20 de Mayo tan lluvioso? Era el día del cumpleaños de Monika y llovió a cántaros. Aunque podrá parecerte algo extraño, me siento culpable por tanta humedad, aunque, por otra parte, el día no terminó tan mal, a pesar del apagón y del frío. Tuve la oportunidad de conocerte un poco mejor y me alegro por ello.

En realidad no me sentí muy satisfecho con aquel día. Generalmente me esmero en colocar algunos alto-cúmulos y unas cuantas pinceladas de cirros, pero se me fue la mano en cuanto a los cúmulo nimbos,  lo que resultó en un día de fuertes lluvias. Hubiese podido arreglar las cosas haciendo que nevara un poco, pero eso nunca ocurre bajo el Trópico y de algún modo aborrezco la extravagancia, aunque es parte de lo cotidiano y algunas veces raya en lo genial. Pero ya me imaginaba lo que hubiera dicho la gente. En verdad, lo más difícil fue parar la lluvia. Me hubiera gustado coronarlo todo con un magnifico arco iris, para que me perdonasen, pero estaba un poco escaso de rojo y de verde. Así que tuve que resignarme a un día gris y lluvioso como los usuales en las Islas Británicas.

Me sentí como un aprendiz brujo y espero que el Creador perdone mis torpezas. Sin embargo ¿cómo impedirme pensar y añorar la lluvia fina y el olor a hierba mojada tan frecuentes en mi tierra natal? Nada mejor que un buen tazón de café negro para evocar estos recuerdos. Café y música, una combinación sabrosa si además se mezcla con una lluvia torrencial o una buena nevada. Cuando era niño, solía mirar hacia arriba cuando nevaba. Me daba la impresión de estar subiendo hacia el cielo, en un extraño ascensor lleno de copos de nieve. No existe luz más bella que la de un día de nieve. El blanco parece llegar hasta el infinito.

No puedo impedir cierta fascinación con la lluvia. A veces me parece que una nube muy personal me acompaña a todas partes. Cada vez que llego a algún lugar parece que el tiempo se descompone. La gente suele decir entonces “¡Qué raro! Generalmente aquí hace bastante sol y buen tiempo en esta época del año “. No puedo hacer nada para impedirlo. Cuando llegué al Trópico pensé que todo había terminado y le agradecí al Creador el hacer que todos los días fueran tan bellos, que el cielo fuera tan azul y puro. Pero, poco a poco, a medida que fue pasando el tiempo e invadiéndome la nostalgia por el otoño, los árboles empezaron a perder sus hojas y el cielo a llenarse de nubes grises.

Espero que en este momento no esté nevando, porque eso nunca ocurre bajo el Trópico. En verdad, no recuerdo a partir de qué momento mis pensamientos empezaron a materializarse. Algunas veces, cuando el autobús tardaba en llegar, cerraba los ojos, lo imaginaba y llegaba al rato. Pero yo no le prestaba mayor atención a eso. Sabía que de todas maneras llegaría. Sin embargo ocurrió que un día llegó a pesar de un derrumbe que obstruía totalmente la vía por donde se suponía que debía pasar.

Otro día, al ver las nubes concentrándose, deseé que lloviera, sólo un poquito, lo que me fue concedido. Pensé que debía suceder, porque no existe nada más caprichoso que el tiempo. Intenté luego imaginar una lluvia local, sin éxito. Sin embargo, una noche soñé que estaba lloviendo en la cocina de mi apartamento y al despertar encontré un charco de agua que no parecía haber venido de ninguna parte porque los grifos del lavaplatos estaban bien cerrados. Me asustó la idea de soñar alguna vez con un diluvio. Entonces empecé a tratar de reducir mis horas de sueño tomando innumerables tazas de café y viendo televisión hasta el final de la programación. Pero de todas maneras necesitaba dormir y cuando uno duerme no puede controlar sus sueños.

Hace algunos meses, se me ocurrió cultivar ese don, si así se puede llamar, para transformarlo en arte. Empecé con una lluvia clásica con gotas finas sobre un fondo de música de Vivaldi. Los violines siempre me recuerdan con melancolía las lluvias del verano francés. A pesar de lo sencillo fue algo bastante bien logrado. En verdad me agrada la sencillez aunque algunas veces sea el último estado de la complejidad.

Luego me di cuenta de que necesitaba más conocimientos sobre las nubes, sobre su composición, la altitud a la cual viajan, cuales son las más cargadas de agua, las que mejor pueden participar en una simple lluvia ó en un chubasco. Organizar una lluvia es como componer música ó pintar un cuadro. Cada instrumento debe intervenir a su debido tiempo, con una intensidad adecuada; cada pincelada debe ser pensada con detenimiento. Me empezó a preocupar el sentido de la belleza en todo, tanto de la pureza de las formas como de los colores y de las duraciones. Todo se complica cuando se transforma en arte pero alcanza al mismo tiempo una simplicidad tan obvia que pone de manifiesto lo torpe que son los seres humanos cuando quieren hacer algo bello y sencillo, es decir perfecto.

Una lluvia bien diseñada debe cumplir con ciertos requisitos que fui descubriendo a medida que experimentaba. Uno de ellos es que debe regirse, al igual que una música bien compuesta, con movimientos que nunca deben ser monótonos y que se deben colocar en una secuencia que resulte armoniosa. Un scherzo mal ubicado puede resultar en un real fracaso. Me gustaría discutir de ello con expertos en la material, pero creo que todos ellos se mantienen, al igual que yo, en el más estricto anonimato. Algunas veces me horrorizo al imaginar lo que los militares harían si pudieran controlar el tiempo.

El toque de mayor refinamiento consiste en colocar un arco iris al final de la composición. Para ello se requiere de mucha delicadeza en la manera de separar las nubes para que los rayos del sol puedan interferir con las gotas de agua. El arco iris es como la firma del artista. No debe opacar el resto del cuadro, pero al mismo tiempo debe evocar cierta sensación de júbilo, cierto cosquilleo en las neuronas que afecte las fibras más emotivas e infantiles del ser humano.

Algunas veces sin embargo, la creación no se hace sin cierto dolor, sin errores. Demasiados cúmulo nimbos y en vez de una lluvia bien simpática se obtiene un desagradable e incontrolable chubasco como el del otro día.

Desde algún tiempo para acá, la cocina de mi apartamento es el lugar predilecto de todas las lluvias que provoco inconscientemente. Pienso que resultaría más práctico que ocurriesen en la regadera, pero todavía no he logrado soñar con una lluvia  allí. Algunas veces me despierto muy angustiado al pensar que mi apartamento se está inundando. ¿Qué dirían los vecinos si el cuarto se me llenara de agua a medianoche?

Comprenderás sin duda la inquietud que me embarga. Por otra parte, dejar de practicar el arte que cultivé sería como dejar de componer música si fuera músico, ó dejar de pintar si fuera pintor. Lo peor de todo es que, aún cuando lograra censurar mis pensamientos, bastaría con un tazón de café negro sobre un fondo musical para desencadenar un diluvio en el momento menos oportuno.

Por eso he decidido irme al Sahara. Creo que resultará más provechoso que llueva allí. Te extrañaré.

Hasta siempre.

 

Post Scriptum: Si algún día nieva bajo el Trópico, sabrás que solo se trata de un soñador que para distraerse y calmar su nostalgia deja libre curso a su imaginación.

 

 C a f é …

 

Sólo son manchas de café, y sin embargo son universos de cafeína azucarada esparcidos en aparente desorden. Son microcosmos insospechados que se  hilvanan como dentella, en miles de burbujas, todas muy similares, y sin embargo tan diferentes, tan individuales. Son miles de remolinos caprichosos, donde parece imperar el caos más inesperado, en un intrincado laberinto de moléculas arrancadas a un líquido en ebullición. Los remolinos se mezclan o se disgregan y surgen nuevas formas espirales con sus tentáculos gravitatorios adonde otras desaparecen. Es una danza continua de partículas azucaradas girando sobre si mismas alrededor de un vértice que también gira y proyecta su corola de cafeína contra las paredes del universo. Las espirales se absorben o se repelen unas a otras, en un vals desordenado y cada vez mas rápido, donde se aglutinan y se funden todas las moléculas. El caldo vibra, inquieto. La superficie se tuerce y se estremece. Las ondas de calor desgarran el espacio con frenesí, mientras la gravedad une el azúcar y la cafeína sobre un lecho de agua. El humo se escapa en desordenadas volutas y se esparce en el aire del tiempo un perfume cósmico esmaltado con sonidos multicolores que llamamos olor a café.

Solo son manchas de café, dispuestas en aparente desorden. Y sin embargo son universos donde brillan millones de estrellas, donde el tiempo se destila en la rotación de millones de galaxias y cúmulos globulares, se desliza en las orbitas de las estrellas dobles, y lleva la luz hasta los lugares mas remotos. Las espirales bailan, se atraen o se repelen, y proyectan su estela de materia hasta los confines del universo, mientras las ondas de gravedad surcan el espacio y lo estremecen sin cesar, al compás de la cucharilla con la cual remuevo el café…

 

Espuma…

 

espuma

 

Las olas se estrellaban inexorablemente contra las rocas cubiertas de musgo. El día transcurría sereno entre los gritos de las gaviotas regresando a sus nidos y el ruido incesante del mar royendo poco a poco la tierra. La espuma se acumulaba sólo por breves instantes en los intersticios de las rocas milenarias, y luego se escapaba con la resaca. El cielo mostraba todos los tonos, desde el blanco hasta un azul grisáceo, como precursor de tormenta lejana, esparcidos en suaves pinceladas que apenas dejaban la sospecha de una mano divina manejando el pincel sobre un lienzo cada día renovado.

El mar había sido mi dominio, salvaje e impredecible. Su inmensidad me cobijaba, y en medio de la noche admiraba las estrellas que alumbraban mi camino. Sabía que no podría poseer ninguna, pero las amaba. Estaban allí. Su sola presencia me reconfortaba, al mismo tiempo que me hacía sentir una profunda soledad con gusto a sal. El mar era mi vida, eternamente libre e indómito, algunas veces manso, y otras alborotado.

Había vagado por horizontes circulares, fondeado en bahías de un azul hondo y cósmico, recorrido todos los océanos, dejándome llevar por las corrientes marinas. Había observado el vuelo fácil del albatros, envidiándolo muchas veces. Mi piel estaba curtida por el salitre y el calor de mil soles de agua. Me gustaba viajar incansablemente, con la cabeza en el viento, rompiendo las olas y deslizándome sobre abismos insondables, sólo acompañado por delfines plateados.

Añoraba los puertos rebosantes de vida, donde tantos destinos se cruzaban, se confundían por algunos instantes, y volvían a separarse, las ensenadas tranquilas y las islas más precarias. Apreciaba la inmensidad del océano y la serenidad de los días apenas enturbiados de las islas de sotavento, el azul turquesa tan puro de los arrecifes de coral y las aguas cristalinas del trópico. En mis viajes, atravesé también muchas tempestades, aunque ninguna lograra asustarme jamás, porque yo ya era parte del mar. Conocí mucha soledad también. Soledad es el viajar sólo, sin otra compañía que la de las estrellas distantes que sólo brillan de noche. ¡Soledad la de aquel holandés errante, que algunas veces crucé, condenado a vagar eternamente por los mares en su bajel fantasma, ciego a todas las bellezas del mundo, tan alejado del camino!

Descubrí muchas tierras vírgenes e insospechadas, aguas limpias y tranquilas, turbias y atormentadas, corrientes frías y sin propósito, cálidas y seguras. Mi destino era surcar los mares sin límites, salir ileso de todos los torbellinos, de todas las tempestades, bogar sobre abismos sin fondo, a menudo con el viento en contra, pero siempre con la cabeza en alto. Viví a plenitud.

Un día encallé en una playa irlandesa, cerca de un farallón donde miles de gaviotas tenían su nido, y desde entonces permanecí allí, contemplando el océano de mi juventud, esperando el momento de mi regreso al mar, y recordando aquellos tiempos, cuando fui un gran navío…

[La primera ilustración fue tomada de Bahía Esperanza; la segunda de Arte-Sano; y la tercera de La Vida es un Viaje]

 

José Luis Borja. Nació en Francia, de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse y efectuó su servicio militar en la Cooperación Técnica Francesa, en Sudamérica. Siempre le apasionó la literatura y, a pesar de que nunca estudió formalmente el castellano, ha escrito varios cuentos cortos en este idioma como “El tiempo de las cerezas”, “Cadena de los tiempos”, “Amargos de mandarina”, y una novela histórica, Aroma de caña fresca.

E-mail: joseluisborja23@aol.com

©José Luis Borja. All Rights Reserved.

 

 

 

 

 

 

 

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