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Azar (fragmento)

Domingo, abril 24, 2011
Por
This entry is part 10 of 21 in the series Número 13, abril de 2011

Novela.

Por Héctor Huerga…


 

 


 

Billete de la lotería israelí Mifal Hapayis

 

Tras recorrer unos kilómetros sobre carreteras rurales estacionó la pick up en el interior de un terreno repleto de árboles de caqui. Los tailandeses e Ismail bajaron no sin antes tomar unos morrales de dril. Se los colgarían entre pecho y espalda para ir recogiendo la fruta de los árboles. Moshe distribuyó a sus jornaleros de manera que cada uno tuviera un pasillo propio. Al pie de la carretera estaban las cajas que tendrían que ir rellenando. Cada quien su propia caja. Con esto se medía la capacidad de trabajo de cada uno de ellos. Eran buenos o malos trabajadores si la diferencia de frutas recolectadas con el resto era evidente. Pero como la ley del fuerte no es la ley del más débil, los tailandeses e Ismail procuraban trabajar a la par para no hundir más a nadie. Rellenaban las cajas apiladas al inicio de los pasillos y observaban el ritmo de llenado de las otras para no caer en grandes diferencias.

Moshe, después de hojear el Yediot, abandonó el terreno en dirección al mercado. Tras los diez minutos dedicados a la lectura de las noticias lo dejó tirado junto al pasillo de Dec. El periódico voló unos metros debido al ligero viento matutino. Ismail regresó donde estaba su caja con la bolsa repleta de fruta. Encontró parte del periódico estorbándole. Lo apartó con una mano y vació el morral. Lo descolgó de su espalda y retomó el despeinado Yediot con mayor curiosidad. Abrió las páginas. Primero una, otra, otra más. Fue al final, no encontró lo que buscaba. Atestiguó que se tratara del Yediot Ajaronot del día. Volvió a hojear detenidamente, de derecha a izquierda, página por página hasta dar con el logotipo de Misal a Pais, la lotería nacional israelí. Encontró el número premiado del día anterior. En el mismo recuadro halló la fecha que venía en su resguardo. Se escondió entre los árboles de su pasillo. Metió la mano en el bolsillo y extrajo su resguardo de la lotería. Lo puso a la altura del número ganador del 23 de septiembre. “Dos, y el mío es…, dos; siete, y el mío es…, siete; veintiocho, y el mío…, veintiocho; veintinueve, y…, veintinueve; treinta y uno, treinta y uno; treinta y dos, y el mío es…, treinta y dos”. Sintió un escalofrío desde la punta de los pies al cuero cabelludo. Aumentó el ritmo de sus latidos descontroladamente. Miró a su morral de dril, a los árboles de caqui, al sol que comenzaba a calentar. Regresó la mirada al periódico para tratar de averiguar la cifra de dinero que se llevaría el portador de su resguardo. Veinticinco millones de shekels entre dos acertantes: Ismail era millonario. Según los datos de la lotería le tocaría 12,5 millones de shekels, algo más de dos millones de euros. Trató de tranquilizarse y continuar con el trabajo. Era difícil. Podía no haber sido millonario si el militar israelí le hubiera roto el resguardo que quedó intacto. Su mente estaba puesta en cómo se haría de ese dinero. Ningún palestino podría cobrar un premio millonario en Israel, sería una ofensa al orgullo y patrimonio nacional, además de violar las propias reglas de la Misal a Pais, excluyente con todo aquel que no fuera israelí.

Llegó la hora del almuerzo. Moshe estacionó su pick up junto al pasillo delegado a Ismail. Los tailandeses y el palestino se acercaron. El patrón revisó todas las cajas para comprobar el ritmo de trabajo.

—¡Les voy a bajar el sueldo si siguen trabajando así! Cómo es posible que no hayan llenado ni cinco cajas cada uno. Han estado hablando, ¿no? Pues nada. Se almuerza cuando hayan completado las cinco cajas. ¡Yalah!, a seguir trabajando. Ismail y tú —dijo señalando a Dec—, vayan cargando la batea. Los demás continúen recogiendo caquis.

Por la mente de Ismail cruzó la posibilidad de decirle a Moshe que había sido afortunado. No le inspiró la suficiente confianza. Apenas llevaba tres semanas de contrato desde que Moshe se fijó en él un día que lo encontró solicitando trabajo a la entrada de la Puerta de Damasco, al norte de la Ciudad Vieja. Cargaba el pick up con la incertidumbre instalada en su mente. Le era harto complicado hallar algún israelí que le ayudara a cobrar el premio millonario. Pertenecía a la segunda generación de una familia enraizada en Palestina desde la llegada de sus padres, originarios de Petra, Jordania. “No le tengo tal confianza a ningún israelí”, murmuró. La ineptitud del momento daba saltos en el interior de su cabeza como queriendo encontrar una salida. Sus manos respondían temblorosas al trabajo de carga. Moshe se percató de que Ismail no era el mismo de otros días. Lo notó perdido, nervioso.

—Ismail, ven un momento.

Caminaron a una distancia donde nadie les pudiera escuchar.

—¿Por qué estás tan serio? ¿Tienes problemas en tu casa?

—Eh…, sí.

—¿Qué problemas tienes? ¿Dinero?

—Sí, dinero. No sé cómo explicarte. Un primo que vive con nosotros se ganó un premio de la lotería israelí y no sabe cómo cobrarlo.

—¿Cuánto ganó?

—Dice que un millón de shekels.

—¿Un millón? No está mal. Hay una posibilidad entre trece millones para ganarse la lotería, debería estar contento. ¿Por qué te preocupas tanto por él? Debe conocer a alguien que por una comisión le cobre su premio, ¿no?

—No creo. Él trabajó la semana pasada en un moshav cerca de Haifa. Fue su primer trabajo en Israel. Estuvo unos días. No conoce bien a nadie.

—Si habla hebreo tal vez puedo comunicarme con él. Si llegamos a un acuerdo podría cobrar parte de ese premio. Mejor eso que nada, ¿no?

—Gracias, Moshe. Sí, habla un poco de hebreo. Le voy a decir llegando a casa.

—¿Tienen teléfono?

—No. Hay una vecina que nos presta el suyo.

—Si está de acuerdo en negociar, mañana me das el número y una hora para llamarle, ¿te parece?

—Muy bien, Moshe. Gracias. Esta noche, llegando, le aviso de tu propuesta.

—Anda, ve a cargar las cajas que faltan. Cuando acaben se suben atrás el tailandés y tú. Vamos a dejar esas cajas en el mercado.

Ismail mintió a medias. Según se sabe es la peor de las mentiras. Le daba vueltas a la cabeza con todas las posibilidades que se abrían en ese momento. Tomaba una caja, la subía a la altura de la cintura y de un golpe la descargaba en la camioneta. Regresaba pensativo a la pila. Tomaba otra mientras cavilaba qué hacer. Ahora tendría que negociar con varios frentes para intentar cobrar. En el momento que Moshe se diera cuenta de que no era un premio de un millón, sino de doce millones y medio podría pasar cualquier cosa. Lo peor sería recibir una denuncia de su jefe ante la policía. Sin mayor abrojo podría alegar que su empleado le robó el comprobante del premio. Se cree evidente que nadie jugaría a una lotería que jamás pudiese cobrar. Para subsanar ese detalle deliberó que lo mejor sería no sacar de Palestina a su imaginario primo millonario, a ser posible, conseguir una voz convincente del otro lado del teléfono. Ismail tendría que dar con un personaje astuto, conocedor de la legalidad y de extrema confianza. En la baraja de candidatos pocos podían cubrir tal exigencia. Su familia derrocharía un entusiasmo exacerbado, al filo del suicidio delator. Estaba convencido de que no había espíritu más desprendido que el de una familia pobre a la que de pronto le favorece la fortuna. En todo caso siempre quedaba su madre, aunque revelarle el secreto flotaba sobre su cabeza. Sobre todo porque desde niño se había identificado con la supresión de toda identidad cuando le tocó vivir las concesiones de su madre ante los reproches paternos. Sus amigos representarían un eslabón de confianza distante, al extremo de contar con posibilidades de fraude. Nimios flecos faltarían para confirmar lo que su mente decidiría pasados unos minutos: él mismo tendría que pasar como el primo millonario. Partiría con varias ventajas, y es que su jefe jamás ha escuchado su capacidad ventrílocua. Confiaba gradualmente en mantener el anonimato a través del teléfono. Otro asunto sería propalar a Moshe los doce millones y medio. En el papel de primo argumentaría que no quiso hacer público el total del premio para no ganarse el recelo de su familia. Trataría de compinchar el espíritu insaciable de su patrón sin que sospechara del engaño a medias.

 

Ficha editorial de su novela Azar, que saldrá publicada próximamente

 

Título

Azar

 

Autor

Héctor Huerga

 

Año

2011

 

Extensión

185 páginas

 

Breve sinopsis

Novela ambientada entre Israel y Palestina la primera parte, y Sudáfrica, la

segunda. Una misma trama resulta en dos ambientes y con dos personajes

principales. Ambos son inmigrantes ilegales que reciben un premio de lotería

sustancioso. Su condición de inmigrantes ilegales no les permite cobrar el

premio a su nombre. En ambos casos la trama desvela el devenir de la

búsqueda de prestanombres y sus consecuencias.

 

Referencias temáticas

Es la intención del autor hacerle un guiño al detournement proclamado por Guy

Debord y Gil J. Wolman cuando definieron el concepto como la posibilidad

artística de tomar algún objeto creado por el capitalismo o el sistema político

hegemónico y distorsionar su significado y uso original para producir un efecto

crítico.

En este sentido la novela pretende cristalizar la idea inconclusa de intervención

literaria que los integrantes de la Internacional Situacionista llegaron a definir

como “sin mucho futuro”.

En el mismo ensayo sobre el detournement se incide en que “Aparte de los usos

directos de frases tergiversadas en posters, discos o emisiones radiofónicas, las

dos principales aplicaciones de la prosa tergiversada son la escritura

metagráfica y, en menor grado, la hábil perversión de la forma de la novela

clásica”.

 

Ambientación de la novela

Azar se nutre de varios ambientes. En Israel y Palestina, la trama discurre entre

la ciudad fronteriza de Hizma, en Jerusalem Este, y los campos de cultivo del

Moshav Magshimim, en Israel. Los numerosos viajes que realiza el personaje

principal ofrecen traslados de un lugar a otro. En Sudáfrica la novela recorre las

calles de Ciudad del Cabo y el conflictivo barrio de Athlone. Proliferan los

ambientes interiores donde se remarcan las diferencias sociales de clases.

 

Argumento

Ismail es un joven jornalero palestino que cada día cruza a Israel para completar

su trabajo como agricultor. Un día recibe la noticia de que es millonario al revisar

su resguardo de la lotería israelí. Su condición de inmigrante ilegal le hace

cavilar en quién confiar a la hora de prestar el resguardo con el objeto de cobrar

el premio. Las diferentes personas que a diario se relacionan con él no terminan

de ofrecerle todas las garantías.

La trama continúa en los hechos y coincide en la fecha pero se traslada a

Sudáfrica. En Ciudad del Cabo una empleada doméstica mozambiqueña

llamada Manuela obtiene el premio mayor de lotería pero no tiene papeles y por

lo tanto no puede cobrarlo. Su empleadora es la señora Verdoorn, una

inmigrante holandesa asentada en el país africano, quien se le ofrece como

prestanombre. Manuela prepara lo que será su viaje a Mozambique después de

siete años sin ver a sus hijas, pero antes tendrá que visitar a su mejor amiga,

Zuima, en el barrio conflictivo de Athlone.

 

Estructura

La trama de la novela es lineal pero los ambientes se dividen casi a la mitad de

la misma. El hándicap por cobrar el premio por parte de un inmigrante ilegal se

extiende entre dos bloques narrativos continuos que mudan sus personajes y

sus ambientes pero mantienen la tensión en la trama.

 

Héctor Huerga. Escritor español. (Barcelona, 1972). Narrador y editor. Trabajó como editor de literatura contemporánea en la publicación de narrativa, ensayo y poesía en la editorial Almadía de México. Clasificó fondos bibliotecarios en el Museo Etnográfico de Ginebra, Suiza. Ha trabajado para el Centro Atlántico de Arte Moderno, en Las Palmas, España, en el área editorial. Tiene publicado la narrativa Hijos putativos, Disculpe ¿sexto sentido?, De ámbulos concéntricos, Ortiz el músico y Arquitexturas urbanas en diferentes publicaciones de España y México. Ha escrito las novelas Radio Puente Ed. Baile del Sol, España, Azar y Ni ayer ni mañana.

 

 

 

 

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5 Responses to Azar (fragmento)

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