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El guarda equipaje (fragmento)

Martes, julio 20, 2010
Por

Novela

This entry is part 11 of 18 in the series Numero 8, julio 2010

 

Novela (fragmento).

Yaron Avitov…

 

 

 

 

 


 

—¿Aquí es el guarda-equipaje?— pregunté.

El cartel en la entrada anunciaba “Guarda-equipaje”, pero el lugar se veía demasiado abandonado y polvoriento como para que alguien quisiera guardar algo en él; especialmente lo que yo quería custodiar allí.

—¡Ajá!— respondió el hombre, desde el otro lado del mostrador podrido, y su voz sonó aun más fatigada que los objetos que debía cuidar y el sitio al que estaba asignado. Todo allí se descascaraba. Incluido el funcionario del guarda-equipaje. Él estaba atrincherado en su cubículo, espiaba el mundo desde una pequeña ventana enrejada, que parecía el último ojo de buey de un barco a punto de hundirse, del que se podían atisbar las olas. Los objetos que tenía a su cuidado, ubicados a su espalda, parecían interesarle más que el mundo que se encontraba más allá del mostrador.

—¿Cuánto cuesta el depósito?— pregunté.

—Diez la hora. ¿Por cuánto tiempo lo quiere dejar?

—Hasta que regrese— dije.

—¿Y cuándo regresará?— inquirió con su voz extenuada, que me infundió también a mí una profunda fatiga.

—No sé cuándo regresaré, nadie sabe cuándo regresará— afirmé.

El empleado me lanzó una mirada desfalleciente:

—Señor, no tengo tiempo para astucias. Dígame cuánto tiempo desea que cuidemos sus pertenencias y cuándo regresará a buscarlas. Debo entregarle un recibo.

—Ya le dije, hasta que regrese.

—Pero, ¿cuándo regresará?— preguntó —¡No puedo permitirle a cualquier hijo de vecino depositar aquí sus objetos! ¿Qué pasará si no regresa a pagar? ¿Quién me pagará entonces? ¿Quién?

—Si dependiese de mí— intenté responder —regresaría. Pero ya sabe, no depende solamente de mí. También depende de…

—Dígame, mi honorable señor, ¿está usted loco o qué? ¿Cree que tengo tiempo para este embrollo? Este es un guarda-equipaje, no un manicomio.

—Seguramente cree que le estoy tomando el pelo, sin embargo estoy hablando en serio— dije.

—Señor, en un rato debo cerrar— expresó con una evidente impaciencia —entonces, entregue de una vez lo que quiera. No tengo todo el día para perder con usted. La gente viene, deposita objetos, se lleva el recibo y se va. Éste es, en síntesis, todo el procedimiento. Sólo usted está aquí clavado desde hace media hora, rompiendo la paciencia. Dígame de una vez cuándo regresará a recoger sus pertenencias y váyase de aquí, por favor.

—Pero no tengo objetos para depositar.

 

Hubo un tiempo en el que tenía un montón de objetos para consignar, pero no quedó nada de ellos. Qué lástima que no me dejé ni siquiera un pequeño objeto de recuerdo, para satisfacer al fatigado funcionario y demostrarle que no estoy loco, como él sospecha.

—“¿Soy yo acaso el guardián de los locos?”[2]— se quejó el hombre con una voz cansada, que aspiraba fatiga de las paredes manchadas, de las grietas espantosas abiertas en el cielorraso, del revoque caído sobre las baldosas gastadas y de los objetos abandonados y empolvados que descansaban allí, sobre los estantes, como si hubiesen pasado años sin que nadie hubiese venido a reclamarlos nuevamente. Al mirarlo, pensé que en mi vida no me había topado con un hombre tan cansado. Parecía tener, por lo menos, cinco mil años.

Le eché una mirada más. Por un momento me pareció que era indistintamente el doble del que da la hipoteca, el doble del prestamista, el doble del gerente del banco.

—Dígame otra cosa para que yo comprenda— agregó el empleado fastidioso —¿para qué vino al guarda-equipaje si no tiene objetos para consignar? Nunca me había tropezado con un cliente como usted: ¡uno que no sabe cuándo regresará para retirar lo que no tiene para depositar!

—En realidad, tengo algo para depositar— dije conciliador.

—¡Qué bueno! ¡Ahora va al punto!— el hombre suspiró aliviado. Por un momento, sólo por un momento, revivió y sus mejillas se colorearon como si junto con el orden retornado al mundo, la lógica también hubiese vuelto a su lugar. —Nu, deme de una vez sus objetos, ya que dentro de un cuarto de hora cierro. Y entonces, aunque lo desee, no le abriré nuevamente.

—Dentro de un cuarto de hora, también yo debo cerrar— le dije.

—¿Usted?— se rió el hombre cansado —¿Qué tiene para cerrar? Ni siquiera tiene una maleta para cerrar.

—Yo…— respondí con tranquilidad —justamente me quedaron unas cuestiones para cerrar antes de que yo…

—¿Antes de que usted qué?— se despertó la curiosidad del hombre fatigado. Si esta conversación se prolongara, hasta podría despertarse totalmente y su voz no se escucharía como si viniese del más allá.

—Vine  a depositarme a mí mismo hasta que regrese— declaré finalmente, abúlico —Hágame un favor y encuéntreme un lugar sobre uno de los estantes…

—Pero, ¿qué quiere dejar en el guarda-equipaje? ¡Aún no entiendo!— exclamó el hombre cansado —Dígame, ¿usted se escapó de algún lugar?

—No me escapé de ninguna parte; como máximo, huí de mí mismo. Quiero depositarme aquí, porque no encontré otro lugar para colocarme, hasta que regrese.

—Aún no entiendo a dónde va ni de dónde debe regresar— insistió.

—Depositarme a mí mismo hasta que regrese— repetí como un loro.

—¿Depositarse a usted mismo? ¿Cree que somos la sucursal de un banco, en la que usted cobra o deposita un cheque? ¡Este es un guarda-equipaje, compañero!— expresó con un evidente orgullo —Aquí puede usted depositar su maleta, ¡no a usted mismo!

“Maleta”, me burlé. ¿Acaso sabe este jetiar[3] cuántas maletas adquirí a lo largo de mi vida? ¿Acaso sabe en cuántos mostradores de guarda-equipaje de estaciones de tren, ómnibus y aeropuertos las deposité, en el marco de mis travesías alrededor del mundo, para despreciarme de esta manera?

—Si yo pago, ¿por qué no puedo depositarme a mí mismo? ¿Por qué es algo inferior a una maleta? Hágame un favor y encuéntreme un lugar sobre uno de los estantes.

—No sé si puede entrar allí— dijo el hombre cansado mientras se iba extenuando a medida que la conversación se alargaba. Su voz agrietada ya sonaba como el susurro de las últimas gotas que quedan en el grifo, después de haberse declarado el corte de agua —Son estantes pequeños. Solamente personas bajas y chicas pueden depositarse a sí mismas aquí. Es usted demasiado alto para nosotros.

—¿Por qué? ¿Vinieron antes otras personas a depositarse a sí mismas?— me interesé —Creí ser el primero.

—No le estoy diciendo si es el primero o el último— respondió el hombre cansado, con impaciencia. Reconocí que mis preguntas lo agotaban y quién sabe cuánto tiempo podría mantener sus ojos abiertos. Comprendí que mi tiempo se estaba acabando. Me quedaban, en el mejor de los casos, siete minutos antes de que se durmiese finalmente detrás de su ventana enrejada.

—Búsquese un lugar para depositarse a sí mismo.

—Hágame un favor— le supliqué —traté de depositarme en todos las guarda-equipajes de la ciudad y en todas partes me dijeron que no había lugar. Usted es el último que me queda, por lo tanto, hágame un favor y ayúdeme. Unos minutos más y cierran y si hasta entonces no tengo un lugar para depositarme, no sé qué haré. ¡Estoy perdido!

—¿Por qué perdido?— preguntó el hombre cansado mientras cerraba la caja con llave —Espere hasta mañana y deposítese. Tal vez entre tanto algunos lugares se habrán vaciado.

—¡Pero no puedo esperar hasta mañana!— exclamé desesperado  — ¡No puedo esperar!

—¿Por qué no?— se asombró el hombre somnoliento, que adormecido contaba la recaudación del día, antes de introducirla en una billetera grande, que sería guardada en un viejo bolso de cuero agrietado  — Esta noche duerma sobre esto, quizás mientras tanto encuentre alguna maleta.

—¿Y qué haré con ella?

—Introdúzcase adentro de la maleta y entonces deposítela en el guarda-equipaje. Es así de simple como suena.

—Es simple para usted, no para mí— dije —Necesito depositarme a mí mismo aquí y ahora.

—Sin maleta y sin bolso— dijo el hombre cansado —nadie aceptará cuidarlo. Esas son las reglas del lugar y aquí las normas son muy estrictas.

—Ya veo…— murmuré desesperanzado —Por favor, ayúdeme. No sé qué haré. Necesito depositarme a mí mismo, si no…

—Si no, ¿qué?— preguntó el hombre cansado, mientras espiaba el reloj de pared y ajustaba lentamente el suyo. Las agujas del reloj se movían despacio, tic-tac…, tic-tac…, y los ojos del empleado las seguían con la vista como a un péndulo, hasta que se cerraron completamente.

No pasó mucho tiempo hasta que se durmió y comenzó a roncar. Pasé por sobre el mostrador. Sabía que tenía menos de un minuto para acomodarme. Busqué un estante un poco más largo que los demás, para depositarme. Antes de trepar, le firmé un cheque al hombre dormido y lo dejé sobre el mostrador, para que cuando algún día se despierte no piense que traté de engañarlo y vine a depositarme gratis.

Repté sobre los estantes y me acosté sobre uno de ellos. Por arriba y por abajo de mí había muchos estantes repletos de objetos. Realmente, lápidas con formas de maletas, un cementerio de objetos.

Un momento antes de que la luz finalmente se apagara traté de imaginarme el día de mi regreso, el día en que se despertasen todos los objetos en el guarda-equipaje, yo entre ellos, como en el día de la resurrección de los muertos. Pero la luz se apagó sin que supiese el desenlace. Me dormí y comencé a roncar a viva voz, exactamente como el empleado del guarda-equipaje.

 

Traducción: Tamara Rajczyk

Todos los derechos pertenecen al autor

Capítulo de la novela Homeless, publicada en hebreo en 2008.
Otro capítulo de esta novela, “Narkis”, se publicó en
Palabra Abierta

***

YaronYaron Avitov, escritor, poeta, antólogo, director de cine y guionista, investigador cultural  y crítico literario. Nació en Haifa, Israel, en 1957.  Vive entre Israel y América Latina. Ha publicado doce libros, novelas y compilación de cuentos, en hebreo, y parte de ellos son sobre América latina. Escribe en algunos estilos literarios, entre el realismo y el surrealismo de vanguardia. Ha ganado cuatro premios literarios en Israel:, Premio de Ciencias Sociales (1993); Premio de Fondo de Jerusalén (1994), Premio Amos de la Casa de la Presidencia (1998) y Premio de Primer Ministro de Literatura (2005).Entre sus obras figuran: Observación (1991), Nota de mi Mamá (2001), La noche de Santiago (2001), Luces de Miami (2005) y Homeless (2008), que la crítica ha comparado con la narrativa de Kafka. Otro capitulo titulado “Narkis”, publicado anteriormente en Palabra Abierta, es parte de esta novela. En español, como escritor y antólogo, ha publicado hasta hoy otros libros, entre ellos: El Pueblo del Libro (2007) y Jerusalén en los Andes (2007), con la editorial Libresa. Los libros Un solo Dios (2009), antología; y Luces de Madrid (2009), novela que está escrita sobre América Latina, y El libro de la paz (2010), antología de literatura israelí sobre judíos y árabes, que se publicó recientemente, están publicados con la editorial Paradiso. Con algunos de estos libros, participó en los años 2008, 2009 y 2010 como invitado en ocho ferias de libros, en Guadalajara (México); Sao Paulo, Porto Alegre  Fliporto (Brasil); Lima (Perú), Bogotá (Colombia), Ciudad Panamá (Panamá), Santo Domingo (República Dominicana) y Quito (Ecuador).
Su película La tribu perdida de Loja, documental de 75 minutos sobre la historia y la vida actual de los conversos —judío sefarditas— ha estado presente en las pantallas de cinematecas de Ecuador; también en otras cinematecas de países como Perú, República dominicana y Guatemala;  y ha obtenido gran acogida por el público y la prensa. El filme trata sobre los judíos que se convirtieron al catolicismo en la época de la Inquisición, en España, en el siglo XV, y llegaron a Ecuador. El documental se basa en una investigación del autor de esta temática, durante cinco años, en el ámbito nacional e internacional. Avitov es autor, investigador, guionista, editor del contenido y director de la película.

 


[1] Capítulo de la novela Homeless (Sin casa), Ediciones Carmel/Emdá, Tel Aviv, 2008.  El protagonista de la novela es un poeta aficionado y creativo publicitario que perdió su casa, su trabajo, todo su patrimonio y fue arrojado a la calle.

[2] Alusión a Génesis 4, 9: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”.

[3] En el original, en árabe: muy anciano.

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One Response to El guarda equipaje (fragmento)

  1. Mya on Sábado, mayo 21, 2011 at 7:20 PM

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