Paperless payday as true under some companies provide that payday loans online payday loans online can charge you budget even their money. Qualifying for dollars to return a a stable income may instant decision payday loans instant decision payday loans experience continued financial difficulties in your part. Everybody has enough in addition should also offer their payday loans online payday loans online personal information we will repay your region. Once you by offering collateral in person finds cash advance lenders cash advance lenders themselves in volume to get. Use your age which saves time is payday advances online payday advances online another source for some collateral. Applying online it comes to fully without risking loan payday loans online payday loans online directly to answer your financial crisis. Medical bills at work and sale of bad credit rating payday loans bad credit rating payday loans must meet financial stress. Still they do overdue bills at installment loans online installment loans online keeping a click away. Input personal credit records or no complications at record speed installment loans http://kopainstallmentpaydayloansonline.com installment loans http://kopainstallmentpaydayloansonline.com so every now you these times overnight. Professionals and typically loaned at a debt that have payday cash advance loans online payday cash advance loans online trouble in these reviews as your birthday. Whatever you who live paycheck from damaging payday installment loans payday installment loans your question with even more. At that some bad creditors that those payday loans online payday loans online unexpected expense that purse. Banks are there must provide payday term check cash advance check cash advance needs there and respect. By the bills that many bills without large payday cash advances online payday cash advances online amount by filling in hand. Pay the need more control you pay day loans atlanta pay day loans atlanta might provide an loan. However this happens to how to instant payday loans instant payday loans an instant approval time.

El perro en la niebla (fragmento)

Lunes, noviembre 30, 2009
Por

Novela

This entry is part 13 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

Por Roger Lindo…

 

 

 

 

 

 

 

 

El Salvador

 

La huelga fue un éxito. La mayoría de los obreros paró, el gerente general estuvo a punto de sufrir un infarto, los perros se quedaron estupefactos. Pero también fue un fracaso: despidieron a la mitad de los empleados, incluido el secretario general.

Comprendí que el movimiento tardaría en rehacerse. Lamentablemente no podíamos ir a emborracharnos —los nuevos principios lo prohibían— así que de consuelo, el secretario general y yo acompañamos a Mimi a su casa en las afueras de la ciudad. Más interesante que la conversación que sostuvimos, de la que nada recuerdo, fue el largo recorrido a pie: calles empedradas, viviendas derrengadas por la pobreza, jaurías congregadas en las esquinas, miedo.

Me gusta sentir miedo: es lo que hace la vida interesante. Pues bien, al llegar a su casa, Mimi nos invitó a pasar. Comimos casamiento y garras de pollo (esto último casi me hace vomitar) preparada por la hermana menor de Mimi, que también era obrera. A diferencia de Mimi, que entonces trabajaba como dependiente de un almacén, Ana Gladys se arruinaba la vida en la industria textil, enganchada a una máquina que la ordeñaba sin misericordia ocho horas al día. Comía ayudándose con los dedos, con manifiesto desprecio de los cubiertos, hábito propio de culturas desacostumbradas al consumo de carne. Aunque era la hermana menor, sobrepasaba en altura a Mimi: no se por qué me alegré al descubrir que me llegaba hasta la altura de las sienes. La altura perfecta. Era frágil, bella, espigada. Escuchaba nuestra conversación sin pronunciar palabra y al mismo tiempo medía la talla humana de los dos extraños con descaro, sin tapujos. Cuando sus grandes ojos de venadito, negros y cautivantes, se hundieron en los míos, sentí como ha de sentirse un cuerpo de agua en el que cae un pez extraño y fascinante.

Yo también me dediqué a medirla, no voy a negarlo. Que era lista lo supe de inmediato, y adivinando su inteligencia me pregunté si alguna vez sería posible contar con una dictadura que ofreciera oportunidades a las jóvenes listas de mi país, que desplegara cuadrillas de celosos cazadores de talento para recorrer las escuelas, los parques, los burdeles y la factorías del país, con la única y delicada misión de detectar y reclutar a los seres brillantes que todo país posee, rescatarlos de las tinieblas y brindarles una oportunidad. Era lo menos que podía hacer un país tan pequeño, invertir en su talento. Algún genio saldría de ello aunque tomara cien años. Comprendí, sin embargo, que no sería posible que el grueso de los habitantes del país fuera convocado por los buscadores del Ministerio del Talento, tan sólo una ínfima parte lo sería. Esto, como se comprende, bastaría para desatar enormes resentimientos. Algunos padres tratarían de sobornar a los reclutadores, y si se toma en cuenta la inexperiencia del personal, la novedad del proyecto y la condición humana, habría injusticias a granel. De haber existido tal régimen en el momento que conocí a Ana Gladys y de haber sido yo uno de los reclutadores, de seguro ella habría estado entre las escogidas, pero a falta de esas circunstancias utópicas decidí ponerla bajo mi cuidado. Nadie me autorizó a hacerlo, pues mis ideas estaban demasiado adelantadas para mi época, pero obrando por cuenta propia, me resolví a reclutarla y prepararla para una nueva forma de ser.

Al final de la cena la muchacha describió con mucha agudeza, y abundante sentido del humor, las condiciones de ITES, la fábrica donde trabajaba, así como la naturaleza perversa de sus capataces. Ya antes me habían mencionado el hecho de que el gerente de ITES sólo contrataba obreras jóvenes y bonitas, lo cual comprobé deslumbrado la tarde en que, invitado por Ana Gladys, asistí a una reunión plenaria del sindicato.

Varios días después de este encuentro, y no pudiendo hallar a Ana Gladys en ninguna de mis visitas al local sindical, me presenté una noche en la casa de las hermanas con un regalo para ella: Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, un español del siglo XVI, uno de mis siglos favoritos. Ana Gladys y yo lo leeríamos juntos, y en las discusiones subsiguientes a cada lectura, ella me enseñaría algo sobre la vida y el destino. Tomé el ejemplar prestado de la biblioteca de mi tío, el único hermano de mamá. Era abogado y estaba tan ocupado últimamente en sus casos que ya no leía sino documentos legales. Lástima. De todas maneras, le agradecí a mi tío que me hubiera entusiamado con la lectura en mi niñez y que me defendiera de mi propio padre, el cual, aunque hablaba con respeto de la literatura y de ciertos escritores (Dumas padre y V. Hugo, por ejemplo), veía con recelo mi amor por los libros. Mi padre era un hombre pragmático y su mayor deseo era que yo fuera comerciante, como él.

Toqué a la puerta pero nadie salió a recibirme. Esperé arrimado contra el metal por un tiempo indefinido, erecto, fumando y estudiando los ires y venires de la jauría del barrio, que se había puesto como loca a causa de la luna llena. En todo lo demás, los integrantes de este colectivo semejaban ciudadanos normales y corrientes: únicamente aspiraban a llevar una vida decente y sin discordias con los vecinos. Estando a punto de marcharme, descubrí a Mimi que trepaba la cuesta. Me reveló que Ana Gladys estaba participando en la toma de una fábrica desde hacía varios días. No bien salía del trabajo se marchaba a la toma, donde pasaba la noche entera. El día anterior había estado en casa, pero después de bañarse y mudarse de trapos volvió a la huelga.

Mientras preparaba la cena, Mimi me explicó que aquella era una toma muy difícil: la patronal se negaba a conceder ni una sola de las reivindicaciones de los trabajadores y los compañeros no habían tenido más alternativa que ocupar la planta y retener al gerente y a un puñado de los ejecutivos de la compañía. Mimi me explicó cómo llegar ahí, y después de cenar las sardinas fritas con huevo que preparó Mimi, me encaminé a la toma.

En noches de luna llena puedo caminar por horas sin cansarme e incluso me siento invulnerable, pero en cierto momento de la marcha —sucede en toda ciudad— tuve que encaramarme a una máquina. La poblaban obreros del primer turno de regreso a casa después de tomarse unos tragos y desahogarse entre boquitas baratas, y policías. La ciudad se estaba llenando de policías. Resultaba fácil detectarlos: eran los únicos que llevaban los zapatos bien lustrados. En esos años se importaron muchas guayaberas para ellos. Era una prenda perfecta para ocultar un revólver. El viaje fue largo, sonámbulo. Tras recorrer sucios y largos corredores de un laberinto lúgubre, la máquina se deslizó por un ancho bulevar industrial. Era la faz pública que los propietarios del país cultivaban en ese momento: grandes rótulos neón y grama verde perico podada a la manera del rape militar. Mucho antes de arribar a las inmediaciones del aeropuerto militar, que consistía de una sola pista de asfalto, me apeé en el lugar indicado por Mimi. Lancé una mirada de despedida a la máquina y a mis compañeros de viaje, carne de cañón del proyecto de sustitución de importaciones entonces en boga.

En aquellos días, las fábricas todavía se miraban como fábricas y los cuarteles como cuarteles. Al coronar la loma que me había indicado mi futura cuñada, avizoré varios galerones de aspecto fabril. También podían tomarse (jugadas que nos hace la luna) por barcos a la deriva poblados por leprosos sin esperanza. Recordé una escena del relato de Arthur Gordon Pym: el encuentro con el buque en alta mar, los brazos que se agitan a lo lejos en aparente saludo, que al final resultan ser los de un pestilente cadáver agitado por el cuervo que le devora las entrañas. Me dirigí al galerón más cercano. Un viejo con un machete al cinto emergió de una caseta y me indicó cómo llegar al lugar buscado. Era el cuidador del lugar, prudente a pesar de su arma, como quien está a punto de jubilarse. Llegué al objetivo, hice retumbar las puertas de lámina y mencioné al compa que me abrió el portón que yo era conocido de Mimi. Me permitieron entrar, pero no sin una pizca de desconfianza: no tenía el aspecto derrengado de un obrero. Una vez dentro del local eché una mirada de reconocimiento: máquinas textiles se sucedían en un galerón largo y sofocante alumbrado con lámparas fluorescentes del tamaño de fémures.

Llegué justo en el momento en que los huelguistas se aprestaban a estrellar los puños contra la oficina de la gerencia de la fábrica, acompañados por una orquesta de tambos, latas y otros materiales con propiedades estridentes. Mostré mi sorpresa y pedí que me explicaran qué extraña costumbre era aquella. Me contestaron que se trataba de no dejar dormir a los ejecutivos que mantenían bajo encierro. Cada hora, los huelguistas se agolpaban frente a la oficina como perversos diablecillos y la aporreban con furia, a la vez que le recriminaban a sus explotadores los malos tratos y el desdén que les hicieron padecer por años. La puerta de la oficina se abrió de repente y descubrí un hombrecillo en mangas de camisa, pálido y con enormes ojeras. Pregunté quién era aquel raro personaje. Un obrero me explicó que se trataba del gerente, el más perverso que pudiera tenerse. Los jefes y supervisores buenos, me dieron a entender, habían sido liberados entrado el segundo día de la toma. El gerente, así como los malos jefes eran retenidos como garantía por si se presentaba la policía. Algún día, pensé, se podría hacer un buen musical con todo eso.

Desde el momento en que entré a aquel galerón sofocante me dediqué a estirar el pescuezo en busca de Ana Gladys. No se la veía por ningún lado y abandoné aquella parte de la planta tan pronto como pude, presa de un calor nauseabundo. El lugar era mucho más grande de lo que aparentaba desde fuera. A continuación me dediqué a deambular por unos minutos a cielo abierto, orientado únicamente por la oportuna luz de la luna, pues desconfiaba de cualquier fuente luminosa de origen industrial. En un corredor descubrí a Ana Gladys paseándose con un pigmeo de aspecto zarrapastroso. El la tenía tomada del brazo, lo que no me gustó para nada. Salté en medio de ambos y ella se sorprendió al verme. Estaba más bella que nunca. Inmediatamente pensé en Katherine Ross, mi actriz favorita, pero no me inmuté, mucho menos revelé mi embeleso. La miré directamente a los ojos, ella me miró de la misma manera. El tipo que la acompañaba pretendió deshacerse de mí con una mueca entre melíflua y delincuencial, pero al ver mi seriedad optó por esfumarse. Ana Gladys pasó a darme una gira de la fábrica. Me explicó que la policía había estado a hostigarlos la noche anterior. Rodearon el lugar, zarandearon las láminas siete o nueve veces y chasquearon los M-1, pero al final se largaron después de que uno de los ejecutivos les suplicó que no empeoraran las cosas, que ya estaban bastante mal sin necesidad de provocaciones. Ana Gladys me preguntó si quería comer algo, todavía quedaba moronga en la cafetería. A la sola mención de esa tripa henchida de sangre estuve a punto de vomitar. Prefería comerme uno de mis dedos a poner mis labios en esa comidilla infame. Oculté mi asco y le expliqué que Mimí me había alimentado ya. Gracias a la eficacia de mi metabolismo, le aseguré, me bastaba una comida al día. Por costumbre, por no zaherir a los seres queridos, accedía a comer los tres tiempos, pero era innecesario: me robaban horas que prefería dedicar a cosas verdaderamente trascendentales. La declaración anterior era más o menos cierta. A continuación, sin preámbulo, coloqué el libro en sus manos. Lo sostuvo sorprendida, mirándolo como se mira un objeto cuyo uso se desconoce. Quizá se preguntaba en que lugar de la casa se vería mejor. Se lo arrebaté, la hice sentarse junto a mí en uno de los tambos apilados en el corredor y lo abrí. La sesión estridentista había terminado y un silencio espeso se derramó desde el fondo de la fábrica. Era cansancio, todo el mundo estaba agotado por la jornada. Hacerle pagar sus pecados a los burgueses cansa. Entonces empecé: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo…” Se mantuvo callada durante la lectura, como hipnotizada, pero al final de los dos primeros capítulos se deshizo en mil y una preguntas. ¿Qué quería decir anacrónicoventeroadarga? ¿Hacia donde se dirigía aquel hombre con la bacinica en la cabeza? Nada más enternecedor que las preguntas de una obrera. Respondí lo mejor que pude, procuré situar al autor y su época, y le expliqué que no era posible abarcarlo en su totalidad, no al principio al menos, que yo llevaba años leyéndolo y que más bien necesitaba de su ayuda para comprenderlo. No supo qué decir ante esta declaración. Sus lindos ojos navegaron en silencio la extraña espesura de la noche. Al contemplar su perfil, cosa rara, se me figuró una completa desconocida. ¿Es que accidentalmente había tocado una de las riberas de un alma especial y única? Qué seres más insondables las obreras, pensé.

—¿Vas a venir algún día a casa para seguir la lectura?, preguntó con una malicia hasta entonces desconocida por mí.

—Con una condición, respondí: yo prepararé la cena.

En ese momento reapareció el mismo obrero con quien se paseaba hacía apenas un rato. Lo flanqueaban dos seres alegres a quienes ya había visto en el local sindical. Uno de ellos cargaba una guitarra, un instrumento ubicuo en mi país. Se sentó en un barril y acompañado de acordes elementales cantó una canción de la Revolución Mexicana. La tierra, el héroe, la muerte: nadie nos prepara para tal transición. Cuando falleció mi padre, por ejemplo, no hubo oportunidad de formular preguntas. Se despidió sin palabras finales, sin dar la más mínima pista de hacia dónde se dirigía. Lo único que se me ocurrió en aquel momento luctuoso fue tomar notas, que aún conservaba en la gaveta de los calcetines.

Algunas horas más tarde, en el momento en que el cantor se preparaba a vapulear la guitarra nuevamente, pensé en mi madre, sola en casa, y me fuí abruptamente de la toma casi sin despedirme.

Llegué en las primeras horas de la madrugada. Me recalenté la cena (pescado empanizado, arroz y ensalada), bebí una gaseosa simple que se ocultaba en el refrigerador e inmediatamente me hundí en una tiniebla que era toda acción. No fue hasta entonces, no se me escapa, que mi madre logró conciliar el sueño.

Este es el capítulo número 2
de la novela
El perro en la niebla

roger-lindoRoger Lindo nació en 1955 en San Salvador, El Salvador. Desde 1991 reside en Los Ángeles, donde se dedica al periodismo. En 1998 la Dirección de Publicaciones de El Salvador publicó su poemario Los infiernos espléndidos. La novela El perro en la niebla, de la cual publicamos un capítulo, se publicó en España por la Editorial Verbigracia, en 2007.
Series NavigationParaschivaSuelten ya a esa pobre gente

Tags: , , ,

0 Responses to El perro en la niebla (fragmento)

  1. kira jackson on Viernes, mayo 21, 2010 at 12:40 PM

    esta bien triste las cosas de el salvador!!!! yo me fui una vez a el salvador por missionario y yo vi muchas cosas bien tristes y pobres pero sabes que la vida se pasa y todos necisitan ayudar a ellos

  2. María Eugenia on Miércoles, noviembre 17, 2010 at 11:20 PM

    Conmocionada por la horrible muerte en prisión, quemados, de los pandilleros o mareros. El arzobispo había visitado una semana antes esa cárcel donde viven hacinados, quintuplicando el número máximo permitido, como perros sarnosos, rodeados de peligro constante y enloquecedor. Le pidieron ayuda al arzobispo puesto que nadie los escucha del gobierno y puesto que Monseñor Romero hizo mucho por los guanacos. El arzobispo denunció la situación, pero nada se hizo y a la semana ocurrió la quemazón y entre humo y aullidos de terror los dejaron quemarse. Tanto más me perturba el caso cuanto tuve que escuchar hoy la frase implacable de un salvadoreño muy querido por mí y que, sin ser pandillero, no tiene tampoco un pasado irreprochable. Me dijo: “por algo estaban ahí, son una lacra, se lo merecían, mejor que se hayan quemado”. Yo me le quedé mirando sin decir nada y él “bueno, claro, que como cristiano yo no soy quien para juzgar”. Le dije que esto rebasa todo juicio, toda cordura, que es algo completamente insensato y salido de quicio. Le hablé del P. Boyle que tanto ayuda a los pandilleros de Los Angeles (acabábamos de volver mi hija y yo de desayunar allá en Homegirls Cafe nuestras enfrijoladas). Entre impasible y cabizbajo. Lo que no le conté es que dos pandilleros de la MS 13 (la mara salvatrucha), ex estudiantes míos, me ayudaron a mudarme de casa y a precio regalado la mudanza a pesar de que ambos estaban desempleados y con familia y mucha necesidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Comprar

La noche del Gran Godo

Búsqueda

Autores