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La máquina Singer de mamá

Sábado, marzo 6, 2010
Por

Novela

This entry is part 12 of 21 in the series Número 5, marzo 2010

Por Yaron Avitov…

 

 

 

 

 

 

 

 

 


—¡Qué bonito![1]— batió, con pesar, las palmas mi madre cuando volví a traerle para arreglar una camisa cuyos botones se balanceaban como el cadáver de un condenado en la horca.

Teníamos entre nosotros una especie de acuerdo: por cada botón que ella me arreglaba, yo le traía una flor.

Ella cumplía el pacto. Yo no.

—¿De dónde podría traerte ahora una flor?— le pregunté.

—Ve a lo de “Guinzburg”[2] y compra— respondió.

—Pero allí venden ramos, no flores sueltas.

—¿Y qué pasaría si un día alegraras a tu madre con un ramo de flores?

Pero yo no supe alegrarla y no bajé al negocio ubicado en Beit Ha-kranot.

Ahora, cuando ya es demasiado tarde, le llevo asiduamente flores, y hasta me enojo porque ella no cumple su parte del acuerdo y no continúa cosiéndome mis botones.

A veces, una vida entera se convierte en chatarra, de un momento para otro. También la vida de mi madre estuvo a punto de convertirse en chatarra, pero eso solamente ocurrió después de su muerte, cuando quisimos vender su máquina “Singer”, que siempre había estado colocada en un rincón del dormitorio de mis padres, en un lugar que le permitía a mi madre disfrutar tanto de los rayos del sol que brincaban en el balcón, como de los chismes de las vecinas.

La “Singer”, cuyo nombre grabado en letras doradas se fue decolorando con el correr de los años, parecía un león de piedra. Estaba colocada sobre una superficie de madera que se abría de par en par, debajo de la cual tenía una rueda grande y un pedal con grabados. Sobre la máquina siempre se apilaba ropa para arreglar, y cuando se abría su puerta inferior, se deslizaban al piso un montón de trozos de tela de colores, que mi madre utilizaba para remendar la ropa que arreglaba. En uno de los cajones estaba la tijera gigante, con la que una vez traté de cortarme las uñas y casi me rebano un dedo, también muchísimos alfileres y agujas y botones y otras tijeras y bobinas de hilo.

Nadie estaba ya interesado en esta máquina, que había sido todo el universo para mi madre, pero yo no tenía corazón para arrojarla después de su muerte, ya que siempre me había gustado observar cómo ella cosía, presionaba el pedal de la “Singer” y la hacía salir al galope.

En los días en que extraño a mi madre, puedo escuchar la máquina de coser que galopa como un caballo en una carrera y el runrún de la manivela, y puedo ver su espalda inclinada sobre ella. Así como el niño en el cuento “El caballo mecedor ganador” de D. H. Lawrence  se volvió adicto al galope de su caballo de juguete, también mi madre se había vuelto adicta al galope de su “Singer”.

Sí, mamá dominaba la “Singer” como un experto jinete. Su cuerpo se movía al compás de la manivela que hollaba como una locomotora sobre los rieles. Ella y la máquina formaban un solo cuerpo. Cada vez que se escuchaba el traqueteo y la aguja avanzaba ligera y acrobática sobre la tela y la pinchaba, me parecía como una enfermera hábil que aplica una inyección sin que se sienta, después de haber desinfectado muy bien la zona.

—Mira cómo la aguja picotea. Como una gallina que busca granos— dijo mi madre, cuando se dio cuenta de que yo espiaba su trabajo.

Desde entonces, cada vez que mis pantalones se desgarraban, le pedía: “Cóselos con la gallina”. Ella se reía y comenzaba su tarea. Al escuchar el zumbido, yo ahuecaba las palmas de mis manos alrededor de la boca y vociferaba: “Co-co-ro-có”, como Tía-tía, la gallina que teníamos, y mamá volvía a reírse.

“¿De qué color quieres el parche?”, me preguntaba. Ella era experta en remiendos. Aún no nació una remendona como ella. Mis pantalones estaban armados de parches y ahora, después de su muerte, necesito su habilidad para emparchar mi vida nuevamente.

Después de cada arreglo, mamá extendía el pantalón sobre la máquina y declaraba: “No se ve el remiendo”. Yo me reía para adentro. A veces las persianas estaban semi-cerradas, la luz estaba encendida tenuemente y mi madre solía trabajar en la oscuridad; por eso, era difícil encontrar la aguja en el pajar, y más aún la costura. Pero al acercar el arreglo a la luz, corroboraba que era difícil distinguirlo. Hasta hoy, algunos años después de su muerte, uso unos pantalones que mi madre remendó y nadie notó nunca la costura, fuera de mis ojos y de los ojos de mi madre, que ya no ven nada más que la tierra.

Mientras cosía, mi madre canturreaba: Taferú, taferú li begued im kisim…[3]

Ella también sabía coser bolsillos.

Ya en la adultez, ella me cosió bolsillos internos en los pantalones, para protegerme de carteristas que pudieran atacarme durante mis viajes en el extranjero – bolsillos ocultos que siguen sirviéndome mucho después de su muerte. Desde su fallecimiento, no encontré ningún sastre que estuviese dispuesto a coserme ese tipo de bolsillos y, sin otra alternativa, traspaso esos bolsillos de los pantalones viejos a los nuevos. Un sastre, al que acudí una vez, antes de la Pascua judía y en vísperas de un viaje para que me cosiese bolsillos, me explicó que era mucho trabajo y me preguntó con asombro: “¿Qué sastre te cosió este tipo de bolsillos? Yo no sé hacerlo”.

Le respondí que mi madre lo había hecho y él sonrió comprensivamente: “Bueno, ¿cómo puedo competir con tu madre?”

—Ven, te coseré bolsillos – propuso mamá cuando regresé a casa, antes de la Pascua, cantando con la garganta seca:

Taferú, taferú li begued im kisim.

Mileú, mileú otam be-egozim.

Simjá rabá, simjá rabá

Aviv higuía, Pesaj bá[4]

—¿Para qué quieres coserme bolsillos?— me sorprendí.

—¿Cómo para qué? ¿No quieres acaso bolsillos como el niño de la canción?

—Pero… es solamente una canción— respondí.

—Necesitas bolsillos para guardar tu billetera en un lugar seguro, para que no se te caiga, ya que todo se te cae.

Después de coserlos, los extendió ante sus ojos y observó su labor con admiración: “Mira qué bolsillos hermosos te he cosido”.

Pero yo estaba malhumorado.

—¿De qué sirven si no contienen nueces?— le pregunté. Un niño me había dicho ese día, mientras jugábamos con nueces en el aula, que yo debía llenar mis bolsillos con nueces para que el viento no me llevara. Tan escuálido era entonces.

—No sé coser nueces— se rió mi madre.

Cuando ella murió, antes de la Pascua, recordé la canción Simjá rabá…, pero estaba terriblemente triste. Llené mis bolsillos con piedras y las deposité, una por una, sobre su tumba.

Fuera de nueces, mamá sabía coser de todo: vestidos, camisas, pantalones rotos, botones y, por supuesto, bolsillos. El talento para la costura y la sastrería lo había heredado de su madre, que había trabajado para el mujtar[5] de una aldea beduina en Jordania. Mi abuela, que se había exiliado allí durante la Primera Guerra Mundial por la hambruna que reinaba entonces en Tiberíades, disfrutaba de la protección del mujtar y confeccionaba túnicas para los beduinos y, hay quien relata, que también le cosía a Amir Abdallah[6].

Mi madre sofisticó su virtuosidad en la costura con la ayuda de un curso organizado por la WIZO[7], a pesar de que todo aquel que descubría su capacidad, consideraba que ella no necesitaba ningún perfeccionamiento, especialmente, después de haber tomado un curso particular con su propia madre modista. Si lo hubiese querido, también mi madre habría podido ganarse la vida con la costura y escribir en su tarjeta personal: “Segunda generación de modistas”, pero ella solamente quiso coser para sí misma y para su familia, no para otros. Mi abuela cosía con hilo y aguja; mamá lo hacía en su vieja máquina “Singer”.

Ella también quiso enseñarme a mí a coser. “¿Qué haces allí mirando todo el día? Ven, te enseñaré a coser” – propuso. Pero yo no quería aprender, sólo deseaba mirar y me escabullía de todos sus intentos por darme clases particulares. Una vez, cuando ella trataba de enseñarme a enhebrar una aguja, me pinché un dedo y algunas gotas de sangre mancharon el botón flojo de la camisa que yo estaba tratando de coser.

Cuando mamá se empecinaba, yo me volvía más impaciente:

—Tienes paciencia para leer libros durante horas— solía rezongar —¿pero no la tienes para sentarte conmigo a que te enseñe a enhebrar una aguja?

—La costura y el bordado son para las niñas— me quejé —no para varones.

—Pero no tengo hijas— manifestó —¡hubiera querido tanto tener una niña! Bueno, por lo menos ven a aprender a coser un botón, ya que cada dos días se te cae uno y yo no podré coserte botones toda la vida.

Nunca renunció a sus intentos por enseñarme a coser y ya siendo adulto, siempre introducía hilo y aguja en mi equipaje, en caso de necesidad, ya que continué acudiendo a ella para que me cosiera algún botón caído o arreglara un agujero en mis pantalones.

“Tienes más agujeros en los pantalones que en los dientes”, se mofaba.

A veces los botones se perdían y mi madre debía buscar alguno adecuado en su gran depósito.

—¡Párate derecho! ¡Acércate a la luz!— me retaba y apoyaba sobre la tela de mi camisa un botón, que hasta en la oscuridad se veía diferente a los demás.

—Es exactamente del mismo color— se encaprichaba.

—Pero no es el mismo tamaño— le decía yo —Si me coses este botón, lo arrancaré y lo arrojaré.

Mamá se rendía ante mis amenazas y buscaba otro botón, aunque se impacientaba rápidamente.

—Se me irá todo el día buscando este botón. Por tu culpa. Por lo menos, ayúdame a buscar.

Los dos hurgábamos en la pila de botones que ella guardaba en uno de los cajones de la “Singer”, pero mi aporte se limitaba a esparcir la mitad de ellos sobre el piso. Se diseminaban como perlas brillantes y debíamos juntarlos uno por uno, hasta que mi madre encontraba uno que me conformaba, pero también entonces mi rostro continuaba disgustado.

—¿Por qué estás enojado?— me parecía escuchar a mi madre —Sin la máquina no podré arreglarte el botón.

—Siempre dijiste que era suficiente aguja e hilo, ¿por qué ahora necesitas la máquina?

— Mi vista ya no es lo que era, por eso, solamente puedo arreglártelo con la máquina.

—Qué suerte no haber vendido finalmente tu máquina— murmuré.

—Realmente es una suerte.

Yo no necesitaba la máquina y no tenía qué hacer con ella. Mi hermano Meir no tenía lugar en su casa y propuso que llamemos a un altezajen[8] y se la vendamos junto con todo el mobiliario. Bajé al negocio de segunda mano – queda en el frente de nuestro edificio – y le pregunté si conocía algún altezajen. El dueño vislumbró la oportunidad y preguntó, utilizando triquiñuelas, si podía ver el departamento. Su entusiasmo me causó rechazo: no quería que pusiese un pie en la casa de mi mamá, palpara con dedos codiciosos los objetos y estimara su precio como si fuese un comerciante de ganado. Le dije que todo lo que necesitaba era un changador que bajara la máquina de coser y pagara por ella lo que considerase apropiado.

Inmediatamente después de hacer ring-ring desde su teléfono móvil aparecieron dos, un changador y su ayudante, midieron la “Singer” con sus miradas, estimaron nuevamente sus medidas con las manos, la elevaron en el aire, la colocaron sobre la espalda del ayudante, la ataron – pobrecita ella – se dirigieron a la salida y comenzaron a bajar las escaleras. En cada escalón la “Singer” se tambaleaba como quien trata de liberarse de sus ataduras, mientras el oficial changador la sostenía por detrás.

Cuando la “Singer” ya estaba abajo, amarrada en el maletero del Peugeot, llamó repentinamente mi hermano y me suplicó que anulase la operación. Había encontrado una interesada. Mi prima Shoshi, que dos días antes no había querido la máquina, se había arrepentido y ahora la deseaba para “colocar sobre ella macetas”. La objeción de que ya estaba vendida y que los changadores ya me habían pagado, no le hizo cambiar de opinión.

—Yo también quiero un recuerdo— argumentó.

En ese momento, tuve que rogar al changador que aceptase anular la venta. Me miró como quien mira a un excéntrico y sólo aceptó después de comprometerme a pagarle un resarcimiento doble.

Cuando la “Singer” fue subida y colocada nuevamente en su rincón, sentí que mi madre rehusaba separarse de ella, aún después de su muerte.

—No estoy dispuesta a entregársela a Shoshi — creí escuchar su susurro.

—Pero, ¿por qué?— me sorprendí – ¿Qué tienes contra ella? Quiere usarla para colocar encima macetas.

- Que coloque macetas sobre su cabeza, no sobre la máquina. Es una máquina de coser, no es un macetero. Lleva la máquina al cementerio y jalasna[9], ya encontraré qué hacer con ella.

—¿Para qué la necesitas?

—¿Cómo para qué? ¿Te volviste bobito, o qué? Debo arreglarte los botones, como pediste, ¿no es así? Y debo coserte bolsillos, ¿no? Y reparar mi sudario, ¿correcto? Se rasgó en algunos sitios y el agua me cala los huesos. Hasta puedo tener reumatismo por eso. ¿Quieres que tu madre tenga reuma? Además, entran insectos, cucarachas, hormigas. ¡Tráela rápidamente acá y listo!

—Pero, ¿por qué elegiste una tela tan delgada para el sudario?

—¡Llegaron los buenos tiempos! ¿Desde cuándo te volviste un gran entendedor en telas y costura? Quizás de una vez por todas puedas hacer un favor a tu madre: trae la máquina y jag’a[10] de cháchara.

El pedido de llevarle la máquina al cementerio, no me resultó extraño. Que ella continúe utilizándola, me pareció la solución adecuada, para una máquina que ya nadie valoraba.

La ubicaré sobre su tumba, en el rincón, entre la lápida y el florero, y cada vez que mamá quiera entretenerse, podrá coser. Seguramente, ahora está terriblemente aburrida, entonces, que por lo menos pueda coser.

Más adelante, le construiré allí una cocina.

Sólo quedaba una cuestión: ¿cómo acarrear la máquina hasta el cementerio?

Regresé al negocio de segunda mano y le pedí a su dueño que volviese a llamar al changador.

—¿Qué hay esta vez?— me recibió con una sonrisa irónica.

—La máquina de coser— respondí.

—¿Otra vez?— se rió —¿Qué pasó? ¿Tu pariente ya no la quiere?

—No— dije —mi mamá la necesita.

—Pero tu madre está muerta hace ya medio año— me miró reticente.

—Sí, pero…— me interrumpí.

Él encogió sus hombros y volvió a hacer ring ring. Llegaron los mismos dos, el changador y su ayudante, y les dije que debían cargar la máquina. Preguntaron: “¿A dónde?”. “Avancen”, respondí sin puntualizar.

Los changadores cargaron la “Singer”. Mientras lo hacían, interrogaron:

—¿Qué le pasó a la máquina? Esta vez no pesa casi nada.

—Es que esta vez está contenta por irse de aquí— contesté.

Observé la máquina y noté que su barniz brillaba de felicidad, por el reencuentro con mamá.

Indiqué al changador: “Gira a la derecha, avanza, conduce derecho”. Viajamos y viajamos, llegamos a la carretera de la costa, continuamos viajando. Cada tantos minutos, el changador volvía a preguntar “¿a dónde?”.

—¡Continúa!— le respondí —No te preocupes por el dinero.

Llegamos al barrio Majané David, junto al cementerio. “Seguramente se la vendió a alguna inmigrante rusa”, murmuró el conductor para sí.

Les dije que no, que debíamos continuar. Subimos una pequeña elevación y doblamos hacia la derecha. Entonces, el conductor observó: “Desde acá, solamente es posible llegar al cementerio. Dime, ¿a dónde quieres llegar?”

—Exactamente allí— contesté.

El conductor se replegó en su asiento y le comentó a su compañero:

—Te dije, todavía la vez anterior, que este muchacho está chiflado— Y dirigiéndose a mí agregó —Dime, ¿eres normal? ¿A dónde nos llevas?

—Deben llevar la máquina al cementerio. Mi madre la necesita— expliqué.

El conductor frenó, abrió precipitadamente la puerta, corrió hacia el maletero y silbó a su compañero. Entre los dos bajaron con rapidez la máquina de coser y la depositaron junto al portón del cementerio. Tanto se apresuraron a huir del lugar, de los muertos, de mí, de mis locuras, que me dejaron las sogas y ni siquiera me pidieron dinero por el transporte.

Calculé con la vista la distancia que había desde la entrada hasta la tumba de mi madre, sin saber cómo arrastraría la “Singer” hasta allí. “No son más que doscientos metros”, me consolé y comencé a presionar el pedal de la “Singer”.

Enseguida la manivela comenzó a bramar y yo fui galopando sobre el lomo de la “Singer”, que ya se había vuelto liviana como una pluma.

***

Traducción: Tamara Rajczyk

***


Capítulo de la novela Una nota de mi mamá, Ediciones Am Oved, 2001.
[1] En el original: Kaftor vaferaj (Éxodo 25: 33). Frase que se utiliza para expresar entusiasmo o asombro ante un hecho realizado de manera virtuosa.
[2] Florería muy famosa de la ciudad de Haifa, ubicada en Beit Ha-kranot, centro comercial de la calle Hertzl.
[3] Cósanme una vestimenta con bolsillos…: verso de una canción típica de la festividad de Pesaj (Pascua Judía).
[4] Letra completa de la canción: Cósanme una vestimenta con bolsillos, llénenlos con nueces. Alegría, alegría, la primavera ha llegado, ha llegado la Pascua.
[5] Jefe de aldea árabe.
[6] Gobernante de Jordania, abuelo del Rey Hussein, quien firmó el tratado de paz entre ese país e Israel, junto con Itzjak Rabin, en 1994.
[7] Organización Internacional Sionista de Mujeres.
[8] En el original, en idish: Vendedor ambulante de mercadería de segunda mano.
[9] En el original, en árabe: y listo.
[10] En el original, en árabe: basta.

***

Yaron Avitov, escritor, poeta, antólogo, director de cine y guionista, investigador cultural  y crítico literario. Nació en Haifa, Israel, en 1957.  Vive entre Israel y América Latina. Ha publicado doce libros, novelas y compilación de cuentos, en hebreo, y parte de ellos son sobre América latina. Escribe en algunos estilos literarios, entre el realismo y el surrealismo de vanguardia.

Ha ganado cuatro premios literarios en Israel:, Premio de Ciencias Sociales (1993); Premio de Fondo de Jerusalén (1994), Premio Amos de la Casa de la Presidencia (1998) y Premio de Primer Ministro de Literatura (2005).

Entre sus obras figuran: Observación (1991), Nota de mi Mamá (2001), La noche de Santiago (2001), Luces de Miami (2005) y Homeless (2008), que la crítica ha comparado con la narrativa de Kafka. Otro capitulo titulado “Narkis”, publicado anteriormente en Palabra Abierta, es parte de esta novela.

En español, como escritor y antólogo, ha publicado hasta hoy otros libros, entre ellos: El Pueblo del Libro (2007) y Jerusalén en los Andes (2007), con la editorial Libresa. Los libros Un solo Dios (2009), antología; y Luces de Madrid (2009), novela que está escrita sobre América Latina, y El libro de la paz (2010), antología de literatura israelí sobre judíos y árabes, que se publicó recientemente, están publicados con la editorial Paradiso. Con algunos de estos libros, participó en los años 2008, 2009 y 2010 como invitado en ocho ferias de libros, en Guadalajara (México); Sao Paulo, Porto Alegre  Fliporto (Brasil); Lima (Perú), Bogotá (Colombia), Ciudad Panamá (Panamá), Santo Domingo (República Dominicana) y Quito (Ecuador).

Su película La tribu perdida de Loja, documental de 75 minutos sobre la historia y la vida actual de los conversos —judío sefarditas— ha estado presente en las pantallas de cinematecas de Ecuador; también en otras cinematecas de países como Perú, República dominicana y Guatemala;  y ha obtenido gran acogida por el público y la prensa. El filme trata sobre los judíos que se convirtieron al catolicismo en la época de la Inquisición, en España, en el siglo XV, y llegaron a Ecuador. El documental se basa en una investigación del autor de esta temática, durante cinco años, en el ámbito nacional e internacional. Avitov es autor, investigador, guionista, editor del contenido y director de la película.


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0 Responses to La máquina Singer de mamá

  1. francisca de la torre on Lunes, mayo 17, 2010 at 10:15 PM

    Estimados,

    me gustaría comunicarme con Yaron Avitov. Les agradeceré muchísimo si ustedes pueden transmitirle mi interés y proporcionarle mi email.

    saludos cordiales

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