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Las raíces del odio

Lunes, octubre 12, 2009
Por

Novela

This entry is part 12 of 17 in the series Número 1, 12/10/2009

“El renacimiento del pensamiento y la filosofía del fascismo en nuestros días, más allá de constituirse en una excepción, adquiere los preocupantes niveles de la regularidad; y es más alarmante su influencia en los sectores jóvenes de las sociedades desarrolladas, donde las ideas del totalitarismo fascista se han convertido en un aliciente que satisface la inconformidad de los jóvenes con su tiempo y su sociedad”.

Manuel Vázquez Montalván

Las raíces

FascismoCuando Martín me dijo que Hitler y Fidel podían ser hermanos gemelos, supe que estaba loco. Pero no dije nada a Álida. Era mediodía y La Habana crepitaba bajo ese calor siempre pegajoso de sus veranos. Y caminábamos: Martín, como todo turista, mirando los edificios que alguna vez fueron hermosos, la boca semiabierta por ese asombro que forma parte de la piel de los turistas, la cámara digital recogiendo de vez en vez las imágenes del desastre; yo, harto ya de andar por los mismos sitios de siempre, sin ese espíritu de magos reconstructores de las glorias antiguas que siempre esgrimen los guías de turismo como su mejor arma.
— No sé cómo ustedes disfrutan viendo esta mierda de país —le dije, y lo vi sonreír, los cachetes coloradotes, sus ojos achinados en la sonrisa: un perfecto bebé de esos que anuncian los productos Nestlé.
— De las cenizas renació el Fénix —dijo, y a decir verdad, me dolían tanto los pies que no estaba para andar averiguando quién carajo era ese Félix, y mucho menos qué mierda se quemó para que el tipo saliera de las cenizas.
Seguimos caminando.
La Habana, en los crudos días del verano, me resulta un horno insoportable. Nada que ver con esas saunas sabrosotas de las películas extranjeras donde uno va a soltar la grasita mientras se toma una Coca Cola, una cerveza de calidad, o cualquier trago, ahí, enredado en una toalla, perdido entre el humito que forman las nubes del vapor, gritando sin gritar “vaya, caballeros, ¿quién dice que la vida es una mierda?”.
La Habana es un horno que te tuesta hasta los huesos. Y Martín, aunque sudaba, se veía feliz. Y no perdía el paso. Y se colaba por la boca oscura de lo que siglos atrás fue un imponente portalón, para caer al mismo centro de un solar mil veces más cochino que el nuestro, lleno de cuartuchos hechos de maderas viejas y pedazos de zinc y cartón tabla, con negros viejos y churrosos sentados en cajas de madera y en los quicios de las puertas, y niños descalzos corriendo por todas partes, escandalizando, mientras jugaban a la gallinita ciega, como si tanta miseria no les importara.
Hedía a rayos. Y lo dije: “¡Qué peste a rayos hay aquí, coño!”, para verlo detenerse, virar la cara y mirarme: “Luego me explicas cómo es el olor del rayo”, dijo, realmente intrigado. Después volvió a lo suyo.  Fotos, más fotos, una negra desgreñada que hurgaba en la cabeza de un mulato joven, también despeinado, mientras mascullaba en voz baja, pero audible: “cada vez que tu hermano mete en la casa el perro de mierda ése, te llenas de garrapatas”; una putica blanca saliendo medio desnuda de uno de los cuartos del fondo, con un cubo vacío en una mano, “ni bañarse puede una en este cochino solar”, soltó a los vecinos de los cuartos cercanos, que la miraban y menearon la cabeza, “la gente gasta el agua así, porque les da la gana”, levantó una tapa de hierro sobre lo que era, a todas luces, una cisterna, se tiró en el piso y metió el cubo por el hueco, hasta sacarlo lleno de agua y regresar contoneando las nalgas hacia su cuarto. Martín seguía el bamboleo rítmico de aquella carne, palpitante y sensual bajo el short apretado cuando una bolsa de nylon llena de basura le cayó cerca, arrojada desde algún cuarto de la segunda planta. “¡La madre del que lo tiró!”, dijo una pecosa de pelo rojo, casi enana, que caminaba junto a Martín, “para indicarte los lugares que todos vienen a fotografiar”, le había dicho al vernos entrar al solar y notar la cámara colgada a su cuello. En una esquina, justo en un espacio libre en la hilera derecha de los cuartuchos, un gordo blanco sacaba cubos de agua de un tanque y los vaciaba sobre un cerdo tan gordo y tan blanco como él.
— Parecen gemelos —dije en voz baja, y Martín, otra vez con su cara de bebito de la Nestlé, soltó una risita, también por lo bajo.
— Cómo mola este paisito para un fotógrafo —dijo.
— Para ti es turismo, Martín —protesté—. Vivir entre la mierda no es nada sabroso.
Habíamos pasado toda una noche discutiendo su teoría. “Una filosofía interesante”, dijo, sentencioso, con aires de quien ha pensado profundamente en el tema. “No hay ningún país en el mundo, excepto ustedes, los cubanos, claro, que marque su paso por la vida con una palabrita tan denigrante”, y se extendió en una perorata sociológica sobre los distintos usos que los cubanos dábamos a la palabra mierda, todos asociados a la existencia común, al día a día. “Este país es una mierda, estamos hundidos en la mierda, deja esa mierda, no comas mierda, la vida acá es una mierda, ese hijoeputa de mierda, es un negro de mierda, estamos hasta el cuello en la mierda, un blanquito de mierda, una puta de mierda, qué mierda esa comida, qué mierda está el transporte”, enumeró, buscando las palabras entre trago y trago de cerveza, ya sentados frente al ventilador, luego de la primera salida a la ciudad, apenas a dos horas de su llegada, “son frases que ustedes usan como si hicieran poesía”, y que le colocábamos la palabrita mierda a cualquier valoración sobre algo no agradable, “es una filosofía de vida, ¿no crees?”, terminó, llevando también la interrogación de la frase hasta el gesto en su cara.
— Una vez oí decir que era una filosofía violenta —me atreví a decir, todavía abrumado por la certeza de algo en lo que jamás había pensado: sí, los cubanos mirábamos la vida con unos lentes hechos de la más fina y selecta mierda, de ahí que todo lo viéramos de aquel modo.
— Ustedes los cubanos no saben lo que es la violencia —le oí decir.
Tenía razón. Aunque en ese momento no pudiera comprenderlo, por la simple razón de que uno se aferra a lo cotidiano, como animal de costumbres que es, y lo cotidiano para los cubanos iba siendo esa violencia que la miseria del país nos iba metiendo en la sangre, como una bestiecilla venenosa que nos transformaba en seres oportunistas, bien distintos a esos hospitalarios, abiertos, solidarios, que las crónicas sobre Cuba pintaban en muchas partes. Mamá lo decía mucho: “Hospitalidad, la de antes”, cuando se recibía al visitante, orgullosos, “éste es nuestro hermoso país”, “el paraíso mismo”, el alma limpia, el corazón abierto, sin pensar en nada más que en la satisfacción del otro. “Ahora es distinto, mi’jo”, mascullaba, sentada en su butaca, hastiada por los dolores de huesos, por las arrugas y el calor. “Ahora el cubano finge ser hospitalario para sacar algo, cualquier cosa, del visitante”. Y llevaba razón.
Lo comprendería después. Cuba no es un país violento. Y hasta podría ser el paraíso si el hombre que yo era por esos días lo comparaba con esa violenta imagen que estoy seguro me perseguirá hasta la muerte: la cara hirsuta pero noble de Daimiel, sin ojos; los gusanos blanquísimos y regordetes saliendo de aquellas órbitas vacías, de su boca entreabierta, brotando como una nata, también blanquísima, del hueco de la oreja; el hedor a carne podrida; el hueco del disparo sobre la frente; la carne del cuello hinchada, el pellejo a punto de reventar. Y el hedor. Siempre el hedor. Los retortijones en mi estómago. Las arqueadas. Y el sabor ácido de mi vómito. Amarillo. Grumoso.
_______________________________________________________________

Fragmento de una noveleta, Las raíces del odio, ya terminada,
que trata de los movimientos neonazis en Europa,
a partir de la experiencia personal
del choque de dos hermanos con esa realidad.
amir-valleAmir Valle (Cuba, 1967). Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Ha obtenido importantes premios literarios en la isla y en países como Colombia, República Dominicana, Alemania y España en los géneros de ensayo, cuento y novela. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en España de su serie de novela negra El descenso a los infiernos, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), Si Cristo te desnuda (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006), Entre el miedo y las sombras (España, 2003 y Alemania, 2007), Santuario de sombras (España, 2006 y Alemania, 2008) y Largas noches con Flavia (España, 2008). Su libro Jineteras obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en el 2006 en España y en el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Su obra narrativa ha sido elogiada por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán y Mario Vargas Llosa.
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0 Responses to Las raíces del odio

  1. Lorenzo on Viernes, noviembre 6, 2009 at 9:24 PM

    La ambivalencia de la diaspora es tangible en este corto capítulo
    de la obra de Amir.

  2. Victor Alonso on Viernes, noviembre 13, 2009 at 10:58 PM

    Como bien dice el comentarista anterior, esta novela
    es algo ambivalente. Nos muestra a un cubano dentro de la isla,
    quejándose de todo, y por otro lado, otra idea parece indicar
    desde el exilio que tal vez las cosas no son tan malas
    dentro de Cuba:

    “Lo comprendería después. Cuba no es un país violento. Y hasta podría ser el paraíso si el hombre que yo era por esos días lo comparaba con esa violenta imagen”..

    Es un fragmento de novela y no puedo hacer un juicio completo
    pero si puedo decir que viajando por la isla recientemente me
    quedé admirado de sus bellezas naturales, y sus playas casi
    desiertas, y me pregunté: si este pais estuviera abierto al
    capitalismo nada de esto existiría. Y por un momento la dictadura
    no me pareció tan dura-dicta.

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