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Los desnudos de Dios o La piel y los desnudos

Lunes, diciembre 13, 2010
Por

Novela (fragmento).

Por Amir Valle…

 

 

Anäis Nin, José Lezama Lima, Julio Cortázar

 

(A partir de cartas, entrevistas, reportajes periodísticos
y otros documentos consultados por Amir Valle para escribir
esta novela, se cuenta la búsqueda de un manuscrito erótico maya
en el París de los 50′s por Anäis Nin y Julio Cortázar y,
en La Habana de los 60′s, por José Lezama Lima.
Enviada por su autor en exclusiva para
Palabra Abierta).

***

Aquellos calores lo iban a matar. La Habana parecía hervir, como si bajo las calles, en vez de cables y alcantarillas y tierra y la mierda que reptaba, pútrida y promiscua, a darse un baño de mar en el malecón, corriera la lava del volcán que debió ser la isla millones de años atrás. Sudaba. Ya le era insoportable trasladarse a cualquier sitio caminando. Creía tener el corazón en la nuez de Adán, igual que unos cómics del genio de Disney que había visto hacía unos años, y por eso el edificio de la Biblioteca Nacional se le antojó una especie de oasis, con la transparencia mágica de su mole blanquecina, de narices a la Plaza Cívica, o mejor, Plaza de la Revolución, pues los tiempos no estaban para ciertos equívocos, aunque en su caso, como en el de muchos otros cubanos, su equivocación respondiera a la costumbre de llamar a las cosas por los viejos nombres.

El conserje, con su sonrisa de esclavo escapado de alguna película americana, lo saludó con el inseparable gesto de sumisión y el mismo: “¿Cómo lo lleva la vida, señor?”, de todas sus visitas a ese sitio, y lo sintió detenerse a sus espaldas para verlo arrastrar su paso de bestia cansada y sudorosa, escaleras arriba, mientras hacía una seña cordial al negro Friol, que conversaba demasiado efusivo con una mulata de unos veinte años, cuerpo hermoso al estilo de las griegas blancas y nariz de reina africana: extensa, abundante nariz que le anegaba todo el rostro, como una mancha.

En el segundo piso, al final, antes de entrar a la pequeña oficina en busca del muchacho que le había recomendado al Arenas de los Reynaldos, especialista en la cacería polillesca de datos perdidos en los fondos raros y valiosos, logró ver a Benítez Rojo y Jesús Díaz en una discusión teórica y gestual, a la cubana, es decir, con más gesticulaciones que palabras, sobre un tema que creyó adivinar por algunas frases escapadas que el viento trajo a sus oídos: las diferencias conceptuales de visión de la realidad cubana entre Los años duros y Tute de reyes, con los que habían ganado recientemente el Premio Casa de las Américas, con la pírrica diferencia de un año entre un premio para Díaz y otro para Benítez.

— ¿Cómo está, Don José? — lo recibió el muchacho, casi enano, regordete y frágil como una damisela oriental.

— Estos calores — contestó, sentándose en la silla de estilo, desvencijada y de pajilla rota, hacia donde apuntó la mano del otro.

Buscaba un nombre de mujer, explicó, y observó la cara de sabueso experimentado que, bajo el abracadabra de sus palabras, había impostado el muchacho, como una máscara: se notaba, hedía casi, el deseo de serle útil “a esta vaca sagrada, seguro piensa”, se dijo. “Quizás podamos encontrarla en anuncios de funciones de ópera, en sociales, en crónicas sobre el mundo del cabaret”, precisó mirando a la montaña de periódicos viejos que se amontonaba en una esquina, y lo vio asentir.

— Va ser bien difícil — le escuchó.

Tenía algunas cosas. Durante un tiempo se dedicó a buscar precisamente en esas áreas de la vida cultural cubana, tras la caza de un mundo escondido, el de la prostitución: “No sé si Rey se lo dijo, señor, pero a Tomás Fernández Robaina, este que está aquí, no hay datico de ese tipo que se le escape”, y en esa búsqueda había obtenido detalles exquisitos, rarísimos, chismes realmente apasionantes, que lo colocaron en la disyuntiva de ficcionar aquello o de testimoniarlo. Había optado por lo segundo: el testimonio le permitiría salir ileso “de las plumerías histéricas de algún que otro personajillo que estoy seguro saltará con unos cuantos trapitos sucios que descubrí, Don José”.

— Pero si existió la tal Gertrudis, Tula, ¿no?, yo la encuentro… déjelo en mis manos.

Existió, sin dudas. Había sido amante del padre de Anäis Nin, un cubano de origen español fallecido en París en el cuarenta y nueve, “luego de una bien larga carrera como pianista — era, además, musicógrafo —, por lo que se sabe, amigo de irse de tragos y putas a oscuros cabarés parisinos donde seguro conoció a Gertrudis”. No sabía el apellido. Pero quizás ayudaría a buscar “por las dos primeras décadas del siglo, muchacho. Imagino que ya en los treinta, Joaquín, con sesenta años, no andaría de temple para tener una amante”. Y que la muchacha, según datos de su hermana, la pordiosera, que obtuvo en la conversación con Fabricio, el barman del hotel Inglaterra, había cantado primero en alguna que otra zarzuela, en un par de óperas italianas, y después se decidió, o el destino la obligó, a buscarse la vida cantando en alguno de los tantos cabarets nocturnos de La Habana. ¿Cuál?, tampoco podía precisarle.

La puerta de la pequeña sala chirrió y dio paso a una figura bien conocida, que se detuvo en el dintel, indecisa, cuando observó la paquidérmica inmensidad de Lezama sentado en una silla. El muchacho pareció darse cuenta del estupor de los dos.

— Enseguida te atiendo, Pepe — le pidió al de la puerta, en un tono tan familiar que Lezama se sintió sobrando, aunque el otro desapareció sin responder siquiera.

— Me marcho — dijo, incorporándose y empezando a caminar hacia la salida —. Le agradeceré esos datos.

Ya el pasillo estaba vacío: ni Benítez Rojo, ni Jesús Díaz, ni Pepe Rodríguez Feo. Era hora de almuerzo. Bajó las escaleras, se despidió del conserje y su sonrisa de actor negro de relleno en las películas americanas del sur, y respiró todo el aire que cupo en sus pulmones, parado frente a la Plaza Cívica, antes de decidirse a sacrificar su cuerpo bajo los rayos del sol, de regreso a su casa.

¿Llegaría a tener alguna vez en su colección aquel manuscrito que tantos sofocos y tantas rupturas estaba provocando en la callada monotonía de su existencia? ¿Por qué se le había convertido en una obsesión ser dueño de aquella joya bibliográfica? ¿Qué sentido, más allá de la simple posesión, podía encontrar en esas hojas amarillas vistas por tanta gente, menos por él? Otra vez sudaba. Dobló por Carlos Tercero para llegar a Centro Habana entroncando con la calle Reina, y de nuevo se descubrió pensando a la antigua. ¿Qué iluso creería que la gente iba a decirle a esta avenida Máximo Gómez, por el simple hecho de que el general hubiera vivido sus últimos suspiros ahí, en la Quinta de los Molinos, después de años y años de llamarla Carlos Tercero?

La Habana, al mediodía, bajo el castigo del mismo sol tozudo y empalagoso, semejaba un cuadro de Van Gogh: amarillo, fantasmagórico, iridiscente. La gente se movía en las aceras como espectros, reflejos de la luz. También sudaban. ¿Imaginaría siquiera Anäis Nin que en esta islita del Caribe con vocación de olla infernal donde había nacido su padre alguien perseguía un manuscrito del que ella quiso librarse enviándolo nada más y nada menos que a una amante de Joaquín Nin? ¿Qué pensaría el bohemio de Henry Miller si supiera que todos sus desvelos para regalarle aquel libro antiguo a su ¿amante?, ¿amiga?, ¿compañera de letras?, habían sido tirados por aquella mujercita a las aguas pútridas y revueltas del Sena?

¿Quién le había contado de la enigmática relación entre Miller y Anäis? “Fue Alejo”, se contestó en voz baja y devolvió el saludo fugaz de alguien: “Hola, Don José” que no conocía, o no recordaba. “¿Tal vez Julio?”, se preguntó, realmente confundido porque también a Cortázar le había escuchado aquel enredo.

Un escándalo. Anäis había tenido demasiadas relaciones extrañas, casi todas convertidas en la comidilla de la aburrida y pacata intelectualidad francesa, alarmada ya no sólo por los escritos irreverentes y obscenos de aquella mujer, sino también por su promiscuidad escandalosa que la llevó a empañar con la bruma del chismorreo, según decían los más conservadores, la moral del psicoanalista Otto Rank y de Antonin Artaud, entre otras muchas víctimas dentro de la comunidad de intelectuales de la llamada Generación Perdida.

La fama de liberal de Anäis había llegado a ese grado, aseguraba Carpentier, “prrrecisamente porque ella se ocupaba de escandalizarrr más si se la crrriticaba”, y que, incluso, vendía sus escritos eróticos en subastas públicas de cabarets de mala muerte, y junto a Miller “escrrribió horrrrendos cuentos pornográficos” para un ricachón parisino que pedía “más sexo, carne, que se vea el sexo”, cuando, quizás atormentados por el miedo a tocar fondo en la mediocridad del mundo porno, decidían escribir con el verdadero toque de erotismo que ellos sabían elevar al nivel del gran arte.

Había sido el propio Carpentier quien le trajo en uno de sus viajes a La Habana una de aquellas historias subastadas por Anäis, evidentemente, en un sex-show de mujeres para mujeres.

***

La Traición

A veces suele pensar que todo fue preparado, que Claretta nada se parece a la imagen que de ella se hizo. El ventilador la refresca. Tiene las piernas abiertas y deja que el aire seque sus vellos, acaricie su sexo con esa corriente fría y por eso se expande cuidadosamente los labios menores, permitiendo que la frialdad penetre por el agujero de su vagina, expandido también por sus dedos, deseando que el ardor cese.

Así mismo estaba cuando su amiga entró al cuarto: abierta de muslos, sobre la cama, desnuda, disfrutando la temperatura de la habitación, aromatizada por esa pastilla de sándalo que la criada colocaba en una de las ventanillas para que la brisa nocturna de París la regara hacia adentro. Claretta estuvo mirándola mucho rato. Lo supo porque al volverse la vio parada a sus espaldas, a un lado de la puerta, con una admiración en los ojos que nunca le había conocido. “Tienes un cuerpo perfecto”, le dijo, y ella sólo sintió que sonreía, porque no puede asegurar que sonrió por su propio deseo. “¡Vístete!”, dijo después, ya de espaldas, “vamos a comer por ahí. Hoy necesito comida china”.

Por eso es que lo piensa. Ahora, cuando han pasado tantas cosas en su vida, es fácil hacerlo. Claretta siguió hablando como lo hacían todos los ricachones en aquel país, con una banalidad asombrosa, rayana en la estupidez: del viaje a Israel, de ir al Muro de las Lamentaciones a pedir a Dios por ellas, del placer que se darían en los zocos árabes comprando joyas caras a buenos precios y telas y souvenires que luego les recordarían que estuvieron allá, bajo la sensual noche donde el mundo echó a andar alguna vez, siglos atrás. Hablaba mucho, los ojos brillando, como si ya hubiera paseado por el interior de la ciudad amurallada, posado para una foto bajo sus puertas o en el templo de Al Quds, paseado por las callejuelas asediada por niños árabes que pedían algo, cualquier cosa, con la alegría de poder tocar aquellos cabellos tan rubios y aquella piel tan blanca.

Quedaban rendidas. Las noches en París, y más si se acompañan del cansancio de las juergas nocturnas a las que su amiga la llevaba, siempre son frías, y las obligaban a taparse bajo el edredón de motivos árabes que la misma Claretta había comprado en uno de sus viajes a Sevilla, en España. De madrugada la sentía: buscaba el calor, se corría en la cama, apretándose contra ella y Muanot entonces se viraba de espaldas y la dejaba acurrucada, casi un ovillo, pero con los pies enredados en los suyos. “Duermes como una anaconda”, le comentaba en las mañanas, “te enroscas tanto que no puedo zafarme”. “No me doy cuenta”, respondía la muchacha: desde niña, juraba, cuando cae dormida no sabe lo que hace, aunque Muanot sintiera, por la forma en que esquivaba su mirada, que detrás de sus palabras chirriaba algo falso.

A ella sí le pasaba. Se tiraba en la cama con la tozudez de un tronco seco, muerto, que jamás volverá a levantarse: su madre juraba que ni un cañonazo en la oreja la despertaba, y había notado que sólo salía del sueño cuando tenía la vejiga tan repleta de orine que empezaba a dolerle.

Un día soñó que iba por un campo de girasoles. Hacía frío. Sentía la brisa batir en su cara y caminaba, recogiendo y llevándose a la boca algunas fresas que crecían, raquíticas, ahogadas, entre los fuertes tallos de las flores. Era de día. Tal vez de mañana. Muy temprano. Y el rocío aún brillaba sobre las hojas y le humedecía la piel. Estaba desnuda. No supo por qué, ni si estuvo vestida alguna vez en el sueño, pero sus senos se erizaban con el aire que el sol aún no calentaba, aunque ya le sonreía desde lo alto, como esos dibujos de niños donde le pintan ojos y una boca enorme, de un solo trazo, invariablemente sonriendo. Caminaba. Disfrutaba la inmensidad uniforme de aquel sembrado. Caminaba. En sus labios el zumo dulce de las fresas masticadas le sabía raramente a la ambrosía de los dioses que imaginaba así, sin ser una diosa real. Las hojas de las plantas más altas le rozaban las caderas. Las más bajas se lanzaban contra su vientre y su sexo, acariciando sus muslos y sus nalgas, y las fresas maduras y las flores pequeñas, a su paso, le daban pequeños golpes, como masajes suaves, que la excitaban y la hacían caminar y caminar, deseando que el campo nunca se acabara, que fuera eterno, para siempre, y que ella tuviera fuerzas para no parar nunca.

Llevaba horas caminando cuando sintió las mordidas. Unos animalillos redondos, también rojos, de boca enorme y encías sin dientes, comenzaron a morder sus nalgas, saltando desde las hojas de las plantas: primero suave, como quien ablanda el pan antes de tragarlo mojándolo en saliva (sentía las nalgas mojadas), después algo más fuertes, rápidas, pequeñas, luego mordidas desesperadas y un jadeo que crecía y crecía con la fuerza de las mordidas. Quiso despertar. Supo era un sueño e intentó abrir los ojos. No pudo. Los bichos jadeaban y mordían. Se revolvió, molesta. Mordían y jadeaban. No podía moverse: la nalga toda cubierta de pelotas rojas que mordían y mordían, al tiempo que una hincaba sus dientes sobre el clítoris, estremeciéndola, erizándola. Al fin abrió los ojos: Claretta mordía sus nalgas y jadeaba, una mano frotándose el sexo, los ojos cerrados, mascullando algo que Muanot no entendía. La dejó hacer, hundiéndose en el placer que le subía desde el mismo centro de su cuerpo, mojado por aquella sierpe que nacía en la boca de Claretta, como asustada, entrando y saliendo de esa cueva de grandes rocas blancas para entrar y salir en la otra, al frente, cubierta por la maraña de algas marinas, rubias y mojadas de saliva, mientras su amiga se introducía algo oscuro y alargado entre las piernas. La imagen le dio asco, mezclándose con los agujazos de placer que recorrían su columna. Quedó quieta. Y apretó los ojos y la boca, hasta que sintió a la otra estremecerse, morder un bufido como quien no quiere gritar y luego quedar tranquila, esperar unos minutos y subir hacia la almohada, a su lado. Supo que dormía cuando escuchó el ronquido fino de cada noche.

 

amir-valleAmir Valle (Cuba) Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Ha obtenido importantes premios literarios en la isla y en países como Colombia, República Dominicana, Alemania y España en los géneros de ensayo, cuento y novela. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en España de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), Si Cristo te desnuda (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006), Entre el miedo y las sombras (España, 2003 y Alemania, 2007), Santuario de sombras (España, 2006 y Alemania, 2008) y Largas noches con Flavia (España, 2008). Su libro Jineteras obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en el 2006 en España y en el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Su obra narrativa ha sido elogiada por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán y Mario Vargas Llosa.

© 2010, Amir Valle. All rights reserved.

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One response to “Los desnudos de Dios o La piel y los desnudos”

03/04/2011 at 16:32 | Permalink

[...] Los desnudos de Dios o La piel y los desnudos [...]

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One Response to Los desnudos de Dios o La piel y los desnudos

  1. Julia on Sábado, mayo 21, 2011 at 7:20 PM

    Just wanted to give you a shout from the valley of the sun, great information. Much appreciated.

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