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Narkís

Lunes, diciembre 21, 2009
Por

Novela

This entry is part 4 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

 

Por Yaron Avitov…

 

 

 

 

 

 

Narkis2

 

La divisé en la cima de la montaña de basura. Desde lejos, parecía una princesa, pero al acercarme, comprobé que estaba más próxima a ser una cenicienta o una rana. Su ropa se veía como las plumas arrancadas a una gallina y ella misma parecía haber sido arrojada a la basura por la vida. Quizás, cuando le quite su vestimenta hedionda, comprobaré fehacientemente si ella es una mujer o una bolsa de residuos.

A pesar de todo, me dirigí a ella. No sabía exactamente qué decirle, ya había olvidado cómo conducirme con mujeres. Solamente le pregunté:

- ¿Cómo te llamas?

- Narkís -sonrió avergonzada– Alguna vez dijeron sobre mí que era como una flor –agregó con una pizca de orgullo.

- Se nota –traté de halagarla, mientras me tapaba la punta de mi nariz. No me resultaba agradable preguntarle cuánto hacía que no se bañaba ni se lavaba la cabeza.

- Aún tengo un bello cuerpo –dijo provocativamente- ¿Quieres ver?

Desde que me convertí en indigente, y además me creció una bolita en la frente, ninguna mujer me mira y solamente se me para ante la vista de una lata de conservas. También yo, a decir verdad, no me veo mejor que una rana y Narkís se convertiría en mi primera mujer en mucho tiempo. Cuando le eché una segunda mirada, me dije que, en realidad, no era tan fea. Sin el maquillaje que había encontrado en la basura y se había untado en una capa gruesa, como si fuese protector solar, sus rasgos eran bastante bellos y hasta elegantes. Sus ojos eran diáfanos como un charco de orina, y su corazón se abrió a mí como una bolsa de residuos que explota sobre la cabeza y cuyo contenido se esparce por doquier.

Las esquirlas del amor de Narkís reventaron sobre mi cuerpo como átomos de cariño y provocaron el derrumbe de todos los mecanismos de defensa y murallas de contención que yo había construido para separarme de las personas, con esfuerzo, a lo largo de mi estadía en la calle. Está comprobado que aun es posible vivir sin una casa, pero sin una mujer, parece una tarea casi imposible. Mis ojos se llenaron de lágrimas de deseo, al evocar a todas las mujeres que amé en mi vida. La última había sido una pequeña criada. ¡Cuánto me faltan ahora!

Recordé aquella noche, en la que no pude contener más mi añoranza por la pequeña criada y me acerqué nuevamente al castillo. La vi desde lejos, cuando ella salió a sacar la basura, la misma basura con la que me puedo perfumar en este momento con Narkís. ¿Qué habrá sucedido?, me pregunté al verla hacer a ella misma esa tarea. ¿Acaso el prestamista canalla la destituyó de su status de señora de la casa y volvió a convertirse en una pequeña y diligente empleada doméstica? Quise proponerle que volviese a ser nuevamente mi criada, aun sin tener casa. Podría ser mi asistente de la calle. Quise besarle su largo cuello de cisne, proponerle hacer un brindis con alguna de las botellas que ella misma arroja a la basura. Pero era una noche especialmente oscura y cuando ella oyó pasos que se acercaban, se apresuró a entrar. Todas se repliegan ante un indigente. Aunque este indigente haya sido su amante alguna vez.

He aquí una mujer que no solamente no me tiene miedo, sino que, al parecer, se enamoró de mí y me ofrece su cuerpo que, quizás es bello como los rasgos escondidos debajo de su maquillaje de la basura.

Este es un lujo al que un indigente en mi situación no puede permitirse renunciar. Recordé muy bien el refrán inglés: “Beggers can´t be choosers”[2]. Nosotros, los indigentes, pertenecemos a la casta social más baja, como en la India, y podemos solamente copular y casarnos entre nosotros.

- ¿Por qué no? –le respondí a Narkís– Quiero ver.

Al parecer, tampoco a ella nadie la miraba ya hacía mucho tiempo. Será por eso que los fluidos de su amor se enardecieron y fermentaron como leche ácida. Me alegré de que ella no estuviese quebrada por la vida como otras indigentes con las que me crucé y que, según sus miradas apagadas, parecían como si la vida hubiese cometido un ultraje especialmente violento contra ellas y ya no estuviesen capacitadas para el acto de amar. Ellas odiaban demasiado al mundo y a todo aquel que pudiese aún amar. Hasta el mismo acto de amor implicaba para ellas tal aflicción y desperdicio de tiempo y recursos, que preferían dedicarse a recoger lo caído y olvidado[3] en los cestos de residuos.

- ¿Quieres acostarte? –preguntó Narkís con una franqueza que no caracteriza a sus congéneres dueñas de casas, hornos y micro-ondas.

- ¿Aquí? –inquirí.

¿Acaso ella quiere que nos revolquemos en la suciedad como una pareja de escarabajos? No quisiera acostarme entre cucarachas intoxicadas y ratas que corretean –tal vez podrían morder mi pene con sus pequeños dientes en el medio del acto sexual y mi Narkís llegaría a pensar que estoy gritando de placer, y me estimularía a acabar, cuando en realidad sería el dolor el que me haría gemir.

- ¿No te da asco? –pregunté.

- No –respondió –Ya estoy acostumbrada. Esto tiene un aroma especial, como el perfume del amor.

¡Ajá, hasta es poetisa! Después de fornicar, hablaremos con las rimas de la vanidad y la suciedad[4]. ¿Acaso ella distinguió alguna vez –al enhebrar las rimas junto a las montañas de basura– que amar rima con necesitar[5]?

- ¿Y no sientes asco de mí? –me atreví a preguntar. Aún antes de que ella alcanzara a responder, pensé: ¡Pedazo de idiota! Una mujer, en efecto una indigente, te abre las piernas y ¿tú le facilitas una vía de escape?

- ¿Y tú de mí? –me devolvió la pregunta.

- ¡Que Dios no lo permita! –me asombré de la pregunta misma. Nunca había sentido por una mujer el deseo que sentía en ese momento por Narkís.

- Yo siempre te deseé –confesó.

- ¡¿Qué… me conoces?!

- Sí, pero te lo contaré después –Ella parecía más entusiasmada que yo por quitarse los harapos.

- Entonces ven, dame un beso –le pedí– quizás me convierta nuevamente en un príncipe.

- Para mí, ya eres un príncipe.

- Y para mí, eres una reina. Mi Jezabel[6]. Por eso, deseo que hagamos el amor sobre un canapé. No aquí.

- Entonces, ¿qué habíamos convenido, en tu casa o en la mía?

Me gustaba su franqueza. Al parecer, es lo que la vida en la calle le hace a una mujer: renunciar a las poses y a los juegos entre los sexos. El problema era que no tenía a dónde invitarla. ¿Dónde se encuentran los indigentes para hacer el amor? ¿En el patio de alguna casa, como una prostituta y su cliente? ¿En la playa, por la noche, cuando todos ya se han ido, para luego limpiar la ropa de arena durante dos horas? ¿O quizás…?

- Soy de Jiriá[7]. ¿De dónde eres tú?

- Yo soy de Dudaím[8] –se sonrojó como una virgen ksherá[9], que rehúsa detallar su dirección a un pretendiente entusiasta.

- Entonces, en tu casa –propuse– Aún no estuve en Dudaím. Quizás los amantes se amarán en Dudaím. “Ven, mi Amado, al encuentro de la novia; la presencia de Jiriá acogeremos”[10].

Quizás, todavía encuentre a la desgraciada que fue asesinada allí y cuyo cuerpo fue arrojado a la basura, según lo publicado en los periódicos. La encontraré, con la fuerza de mi amor la resucitaré, me casaré con ella  y en el diario del viernes aparecerá un artículo gigantesco en primera plana sobre nosotros.

Pero, ¿para qué debo buscar cadáveres de mujeres en una montaña de basura cuando tengo a Narkís?

A medida que pasaba el tiempo, ella se iba haciendo más hermosa a mis ojos. De tanto amor, hasta estaba dispuesto a casarme con ella, sólo que no sabía en qué salón realizaríamos la fiesta –¿tal vez en los “Salones Basurín”? – ni quiénes serían los invitados -¿las ratas?-   ni qué ropa vestiríamos para la boda (puedo imaginarme a mi Narkís con un vestido de novia confeccionado con cáscaras podridas de banana).

¿Y cómo la bendeciré  bajo el palio nupcial? (Harei at mezubelet li…[11]), tampoco sabía qué escribiría en el contrato matrimonial (“Te entrego toda la basura del mundo”). Ni siquiera sabía qué escribiría en el testamento: ¿le legaría la casilla de correos que habité alguna vez? ¿Quizás la lata de sardinas con su techo enrollado? ¿Tal vez, mi colección de botellas y mi valija vieja? ¿Y dónde nacería nuestro hijo? Quisiera para él un destino mejor que ser un pequeño indigente, segunda generación.

Mis pensamientos se agolpaban, mientras dibujaban una pintura idílica de una familia basurera: esposa, marido, niño, niña. Si se piensa esto con seriedad, todos salimos de la basura y allí regresaremos. Fuera de eso, también en el basural se pueden encontrar pañales usados, leche en polvo, chupetes, carritos de bebé, ropa, cunas en buen estado y más.

Observé a mi Narkís, para estimar sus cualidades maternales: según el tamaño de sus pechos, estaba seguro de que podría amamantar hasta trillizos. Se me paró, solo de pensar en el momento en que ella desnudaría sus senos en Dudaím[12].

Finalmente, llegamos al basural. Nos escabullimos adentro con facilidad. El guardia no nos detuvo ni hurgó en nuestros bolsos. Quizás, porque no llevábamos bolsos o quizás porque ya está acostumbrado a los indigentes que llegan para buscar ofertas entre los deshechos. Pero, nosotros habíamos ido a buscar amor.

Nos alejamos lo más posible, hasta encontrar, en un rincón, un nido de amor en una montaña de basura -escondido entre el bagaje[13]- en la que había no pocos objetos. Si hubiéramos querido, habríamos podido armar aquí un pequeño hogar: un televisor de 20¨ se revuelca huérfano en un rincón y un micro-ondas que fue mi anhelo durante años. Y si mi Narkís sabe cocinar, no solo calentar, acá también hay unas magníficas hornillas.

- ¿Nos bañamos? –propuso mi futura esposa.

Hedíamos del sudor del día, la semana, el mes, el año. El sudor de los vivos y de los muertos.

Antes de alcanzar a asentir, sorprendido por la propuesta -¿de dónde sacará ésta una ducha, por todos los diablos?– Narkís ordenó con suavidad: “Ven”.

No era exactamente una ducha, pero nos lavamos con el tubo del desagüe, que volcaba suficiente aguas servidas como para purificarnos de todos los pecados y la fetidez del mundo. Ahora, al sentirnos aseados, frescos y con un olor más agradable que antes, nos abalanzamos con pasión uno sobre el otro, nos abrazamos y revolcamos, y de tanto entusiasmo, derribamos una pila de basura que nos cubrió como una alfombra floreada.

- ¡Espera, espera! –de repente me empujó de encima de ella– Quería decirte algo.

- ¿Estás con el período? - me desilusioné, sin poder contener más mi deseo– Porque, si es así, es posible encontrar aquí hermosos tampones –agregué casi con erudición.

- No, no es eso.

- Entonces, ¿estás en período de reciclaje[14]? –traté de bromear, conteniendo mi erección unos minutos más, hasta que se aclarasen las cosas.

Ella se rió.

- No, no. Solamente quería decirte que no soy de esas con las que es posible acostarse así nomás, en el primer basural que se encuentra. Busco una relación seria, busco amor.

- Yo también –dije y le hice un juramento amoroso de basura– Zevel zevel laj, zevel zevel laj, zevel laj mejoratí mejoratí. Hamaagal sovev, zevel laj ohev…[15]

- ¡Qué bella canción! –le encantó mi serenata de amor- ¿Tú la compusiste?

- No, no fui yo… -quise continuar contándole quién la había escrito.

- No importa –me interrumpió– Lo esencial es que siempre me la cantes y que yo sea tuya también para siempre. Sus ojos brillaban.

- Siempre –prometí y sellé sus labios rojos de deseo con un beso.

Listo, mi paciencia ya no se sostenía más, aunque mi pene justamente sí, y cómo. Ya quería penetrarla, pero ella nuevamente interrumpió mimosa:

- Basta, espera un momento. Quiero que recuerdes de dónde me conoces.

- ¿¿¿¿¿?????

- Nu, basta, no simules más –dijo con un tono infantil. Repentinamente ella dejó de ser la amazona atrevida y descarada de los cubos de basura para convertirse en otra llorona de la especie de las poetisas. Y yo, que soy un poeta barato, un poeta de papel higiénico, obligado a componer rimas para ella durante toda la noche, para conseguir un leve beso en la mejilla, me estaba exprimiendo el cerebro pensando en qué encuentro poético la había conocido, en mi reencarnación anterior.

- ¿En el taller de poesía?

- No, ¡qué va! No seas así.

- ¿En el taller de inmortalidad?

- ¡Basta ya! Estoy segura de que recuerdas –su tono infantil no la abandonaba ni por un instante.

- Bueno, me rindo, ¿dónde nos conocimos?

- ¿Realmente no te acuerdas? –se desilusionó.

-De verdad, de verdad. ¿Sabes lo que hace la falta de vitaminas al cerebro? Hace semanas que no meto algo en la boca.

- ¿Realmente, mi amor? –se suavizó mi Narkís. Me alegré de que se estuviese ablandando, mientras yo me iba endureciendo. Por fin detuvo el torrente de palabras y condujo mi boca a su pubis, extrayendo de allí latas de sardinas, una tras otra, como una maga que extrae siete velos de su vagina.

- ¿De dónde sacas todo esto? –me asombré de su capacidad de recepción. ¡Dios mío! ¡Parece un depósito o una línea de producción!

- Es lo que tú arrojaste, mi amado –dijo, deleitándose de alegría por tener la posibilidad de alimentarme hasta la saciedad.

- Come, mi amado, come lo que quieras. Sus suspiros sacudieron las jambas de los montes de basura.

Después de haber acabado por todas las direcciones, revolcándonos en residuos de todo tipo, pidió Narkís con un tono satisfecho y mimoso:

- Hazme un favor, cariño, encuéntrame una colilla de cigarrillo.

Mientras fumábamos, ensuciando el aire hediondo con heces de nicotina, Narkís estiró sus miembros, que eran bastante estilizados. De repente, recordé dónde nos habíamos encontrado en el pasado: habíamos hecho juntos una campaña para una empresa de tampones.

Al parecer, no solamente ellos llegaron finalmente a la basura. Nosotros también.

Traducción: Tamara Rajczyk

***

Capítulo de la novela Homeless (Sin casa), Ediciones Carmel/Emdá, Tel Aviv, 2008.  El protagonista de la novela es un poeta aficionado y creativo publicitario que perdió su casa, su trabajo, todo su patrimonio y fue arrojado a la calle.


[1] En hebreo: narciso (Se utiliza como nombre de mujer). Planta herbácea anual, exótica, de la familia de las amarilidáceas, con flores olorosas blancas o amarillas, denominada también “reina del pantano”.

 

[2] En el original, en inglés: Los pordioseros no pueden elegir.

[3] Precepto de “leket, shijeja upea”: no levantar lo que se cayó, abandonar lo olvidado y dejar una esquina del campo sin cosechar, para que pueda ser recolectado por los necesitados.

[4] En hebreo: hevel al zevel (vanidad sobre basura).

[5] En hebreo: ahavá mitjarez im reevá (amor rima con hambrienta).

[6] Princesa fenicia (s. IX a.C.), casada con Ajab, rey de Israel, para sellar una alianza política contra los arameos de Damasco. En hebreo, Jezabel se llama Izevel. I = isla, zevel = basura (juego de palabras).

[7] Relleno sanitario, ubicado al sur de Tel Aviv, que estuvo activo hasta 1998. Ese año se cerró como depósito de basura y se recicló como espacio verde.

[8] Lugar destinado a la disposición final de desechos, ubicado en el sur de Israel. Funciona desde hace dieciséis años bajo estándares ecológicos dispuestos por el Ministerio de Medio Ambiente.

[9] Apta para el consumo.

[10] En hebreo: Lejá dodí, likrat kalá, penei Jiriá nekabelá. Juego de palabras con el himno Lejá dodí: Lejá dodí, likrat kalá, penei shabat nekabelá, compuesto por uno de los cabalistas de Safed, Rabí Shlomo Halevy Alkabetz (1505-1584). El autor realiza aquí un doble juego de palabras: Dudaím se deriva de dodí, mi amado, y de mishkav dodim, término con el que el hebreo bíblico denomina el sexo.

[11] Zevel = basura. Mezubelet = “embasurada”. Juego de palabras con la bendición del matrimonio judío: Harei at mekudeshet li kedat Moshe ve-Israel (“He aquí estás consagrada a mí, acorde a la ley de Moisés e Israel”).

[12] Juego de palabras en hebreo: Dadim (senos) en Dudaím.

[13] 1 Samuel 10: 22.

[14] Juego de palabras en hebreo: majzor (período) / mijzur: reciclaje.

[15] Zevel = basura / Zemer = canción. Juego de palabras con una canción popular clásica: Zemer zemer laj, zemer zemer laj, zemer laj mejoratí, mejoratí. Hamaagal sovev, zemer laj dovev… (Te canto a ti, mi patria. La ronda gira, la melodía murmura…)

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YaronYaron Avitov, escritor, poeta, antólogo, director de cine y guionista, investigador cultural  y crítico literario. Nació en Haifa, Israel, en 1957.  Vive entre Israel y América Latina. Ha publicado doce libros, novelas y compilación de cuentos, en hebreo, y parte de ellos son sobre América latina. Escribe en algunos estilos literarios, entre el realismo y el surrealismo de vanguardia.

Ha ganado cuatro premios literarios en Israel:, Premio de Ciencias Sociales (1993); Premio de Fondo de Jerusalén (1994), Premio Amos de la Casa de la Presidencia (1998) y Premio de Primer Ministro de Literatura (2005).

Entre sus obras figuran: Observación (1991), Nota de mi Mamá (2001), La noche de Santiago (2001), Luces de Miami (2005) y Homeless (2008), que la crítica ha comparado con la narrativa de Kafka. Otro capitulo titulado “Narkis”, publicado anteriormente en Palabra Abierta, es parte de esta novela.

En español, como escritor y antólogo, ha publicado hasta hoy otros libros, entre ellos: El Pueblo del Libro (2007) y Jerusalén en los Andes (2007), con la editorial Libresa. Los libros Un solo Dios (2009), antología; y Luces de Madrid (2009), novela que está escrita sobre América Latina, y El libro de la paz (2010), antología de literatura israelí sobre judíos y árabes, que se publicó recientemente, están publicados con la editorial Paradiso. Con algunos de estos libros, participó en los años 2008, 2009 y 2010 como invitado en ocho ferias de libros, en Guadalajara (México); Sao Paulo, Porto Alegre  Fliporto (Brasil); Lima (Perú), Bogotá (Colombia), Ciudad Panamá (Panamá), Santo Domingo (República Dominicana) y Quito (Ecuador).

Su película La tribu perdida de Loja, documental de 75 minutos sobre la historia y la vida actual de los conversos —judío sefarditas— ha estado presente en las pantallas de cinematecas de Ecuador; también en otras cinematecas de países como Perú, República dominicana y Guatemala;  y ha obtenido gran acogida por el público y la prensa. El filme trata sobre los judíos que se convirtieron al catolicismo en la época de la Inquisición, en España, en el siglo XV, y llegaron a Ecuador. El documental se basa en una investigación del autor de esta temática, durante cinco años, en el ámbito nacional e internacional. Avitov es autor, investigador, guionista, editor del contenido y director de la película.

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