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Radio Puente

Sábado, marzo 6, 2010
Por

Novela

This entry is part 8 of 21 in the series Número 5, marzo 2010

Por Héctor Huerga

 

 

 

 

 

 


 

 

Inmigrantes ahogados en España

—No.

—¿No?

—No, pa qué.

—No sé…, te podemos adelantar unas perrillas. Algo, un colchón bueno pa llegar decente a fin de mes.

—No pusiste el fechillo a la puerta y el viaje a portazos que da el viento va a dejarme sin puerta y sin oído.

—No cambies de tema, Melo. Ya voy a trincar bien la puerta pa que no se venga abajo y después me das una respuesta. El jodío de Chano quiere que se entierren esos muertos ya. Los vecinos del pueblo se quejaron.

—No me extraña.

No pintaba bien el asunto. Melo, el único enterrador de Teinosa, llevaba seis meses reclamando ayuda y él no era una persona acostumbrada a pedir. Por fin ha llegado Hipólito a su casa. Ha tenido que dejar el todo terreno al borde de la carretera y enfilar por la antigua acequia que antaño surtía de agua las plantaciones de tomate. A un lado y otro de la acequia no había más que una aislada flora resistente a la sequía compuesta por aulagas y ciertas tabaibas que, cubiertas de polvo, parecían haber salido del fondo de la tierra a calentarse. Sólo el viento y las lagartijas reaccionaban con movimientos bruscos al paso de Hipólito. El resto de la materia sólida era pétrea. La superficie de la tierra proyectaba un extenso abanico de tonos ocres, ocre rojizo en las faldas de las montañetas y ocre dorado en el litoral. Al fondo, la dimensión del mar aumentaba a medida que se aproximaban los pasos polvorientos a la casa de Melo. Hipólito echó mano del pañuelo para secarse el sudor de la sien mientras se elevaba sobre sus rodillas una fina capa de polvo. “Fuerte solajero”, masculló. Alzó la vista para comprobar que el brillo que se distinguía a su izquierda lo reflejaba el contenedor de agua de la casa. Pasos más adelante el sonido del mar comenzó a penetrar progresivamente. Hipólito contempló unos segundos el horizonte. Contabilizaba las embarcaciones que aparecían en la delgada línea que separaba el océano del cielo. “Aquel barco rumbiento viene de Las Palmas porque no trae bandera. El barco chico que parece caballo de carreras desbocao sobre el mar debe ser de aquí, no creo que se lancen al mar desde muy lejos con esa carcacha. Y aquel punto negro… basura, seguro que es un viaje de plásticos negros flotando”, adivinó Hipólito. Podía haber estado en lo cierto, no en vano, la práctica de adivinar la procedencia de los barcos era costumbre entre los isleños, pues no se podía evitar que se asomaran e interactuaran frente a la mayor ventana natural que poseían las islas: el océano Atlántico. Los ladridos del perro majorero que custodiaba la casa avisaban a los dos del encuentro. Melo dejó abierta la puerta de formica carcomida que precedía a su habitación y corrió a mirar por la ventana esmerilada. El polvo acumulado en el vidrio sólo permitía ver desde el interior de la casa. El rabo del perro majorero se movía amenazante, señal de la extrañeza con la que era recibido Hipólito. Una voz desde el interior invitaba a pasar. El visitante empujó la puerta, cruzó la entrada y enfiló por el pasillo hasta el salón. Se dieron la mano. Una vez dentro miraron hacia la ventana que daba al mar. Arrastraron la mesa del comedor y unas sillas hasta la ventana.

No está de más precisar que Hipólito ya le había ofrecido a Melo ganarse “…unas perrillas para llegar decente a fin de mes” mientras cruzaba el pasillo. Sólo si le dedicaba más horas al entierro de los inmigrantes que llegaban a las costas de la isla. No cuajaba el acuerdo entre ambos. Para relajar la tensión del ambiente Hipólito hizo una pequeña pausa:

—¿No tienes un buchito de agua?

—No tengo vasos limpios pero ya te lavo uno. Espérame.

No tardó Hipólito en regresar sobre sus propios pasos hasta la entrada de la casa. Pasó el fechillo a la puerta y volteó nuevamente hacia el pasillo que llevaba al salón. Melo regresó con el vaso de agua, un cenicero y cerillas. Encendió un Mecánicos, Hipólito le recordó que no fumaba, mucho menos tabaco negro, sin filtro.

—No tenemos mucho tiempo, Melo. Ayer tarde aparecieron tres manos regadas por la playa. La sorpresa vino cuando un perro manchao metió una de las manos en casa de la Pescaera. Imagina, esa mujer, cuando vio aquel amasijo de carne, tierra y hueso partido dio un grito que enmudeció el canto de los canarios pintos. A los diez minutos ya estaba con la mano metía en una de esas bolsas carcomidas que tiene pa repartir el pescado seco. Salió de su casa con la intención de hablar con Chano Más, el alcalde. ¿Y dónde fue? Al bar de los Rubios. No le hizo falta preguntar por Chano, estaba en la mesa de costumbre, junto a la puerta de emergencia. El director del periódico Provincianos y él estaban bien briagos, normal, llevaban no sé cuántos cubatas de clipe de fresa. Chano vio la mano y dijo: “No, esto no puede ser, cristiana”. Y le preguntó de dónde la había sacado. Te podrás imaginar la cara de la camarera nueva, una colombiana…, la Pospayá creo que le dicen, le acercó una silla a la Pescaera para que se sentara y salió pitando. El director del Provincianos se fue al baño. Chano se tapó la nariz por no taparse los ojos. La Pescaera meneaba la bolsa de plástico y Chano nada más tenía ojos para el resto del bar. Se fue vaciando el negocio, normal, el olor de la mano, la Pescaera poniendo perdido el mantel, el qué dirán. La Pospayá se acercó a la mesa pa decirles que el asunto estaba vaciando el local, que si no podían hablarlo discretamente. Entonces Chano dio un golpe de autoridad y mostró por qué es nuestro alcalde. Tomó la mano con firmeza y la envolvió en una hoja del Provincianos, volvió la vista hacia la Pescaera y le dio unos billetes. Chano se despidió de ambos y adivina dónde fue después.

—No sé, ¿a tu casa?

—No vas mal, Melo. Todavía tengo el olor de esa mano en el fondo de mi nariz. Ños, fuerte peste.

No parecen haber olvidado que la última vez que se cruzaron fue hace unas semanas, cuando vino por vez primera la prensa nacional a registrar el fallecimiento de 93 subsaharianos que aparecieron en la playa de Teinosa. La imagen dio la vuelta al mundo. En aquella ocasión la realidad volvió a dejar en evidencia a la ficción y el encuadre de aquella foto fue peleada por los representantes de una conocida marca de ropa italiana y un fotógrafo estadounidense que solía retratar cuerpos desnudos en espacios naturales. Querían hacerse con los derechos de reproducción de la imagen. Durante la discusión de si era o no ético vender aquella instantánea, Melo e Hipólito se enzarzaron en una pelea que llevó a Hipólito de narices al fondo de la misma fosa que había cavado Melo para el entierro de los subsaharianos. Por suerte para los dos, la prensa se concentró en el registro de los inmigrantes muertos y no pasó el lamentable espectáculo por ningún medio, ningún medio nacional, porque el diario Provincianos, de circulación regional, sacó una nota con el titular “Éramos pocos y parió la abuela”.

—No hace falta que me digan como está la cosa. Todos somos vecinos. Donde hay que llegar, pienso, es a saber por qué desde marzo no paran de llegar inmigrantes muertos a la isla. En las noticias, tanto en prensa, radio o televisión, no dicen de la patera esa que llegó antienoche a Morro, llegó con tres vivos de los ciento y pico pasajeros que traía. Vamos, no dicen ni la mitad de lo que llega. Y pa qué te cuento de la que llegó esta mañana a Corralillo. Vacía. No tengo claro en qué va a acabar todo esto. Lo que podemos hacer ahora es ir reuniendo gente para enterrar a esos pobres que vienen de África.

—No hay que hacer un escándalo, Melo, comprende.

No se miraban, cada uno perdió la vista en diferentes polos. Hipólito se levantó de la silla y preguntó por el baño. Salió del comedor. Melo siguió sentado, pensativo.

No es fácil saber hasta dónde puede llegar el límite de tolerancia entre las personas. En siglos pasados fueron los himnos, las divisiones territoriales y las banderas quienes implementaron la costumbre de crecer bajo límites artificiales entre los habitantes de este planeta. Las torturas físicas eran y siguen siendo un elemento de apoyo al control de la sociedad sobre sus estímulos más inquietantes; por último, se ha incidido en el poder de la mente y, hoy día, millones de personas obedecen al incitamiento creado por el engaño de la sociedad del bienestar en alcanzar una vida mejor, o por lo menos, diferente, para dejar sus casas y llegar moribundos, faltos de agua, información e insolados al otro lado de la realidad. En este caso, las costas de las Islas Canarias.

—No te creas que no hemos pensado en eso —voceó Hipólito desde el pasillo—. Ya tenemos a tres muchachos dispuestos a trabajar contigo. En lo que tú les digas.

—No sé si con tres hombres más enterrando es suficiente. A día de hoy tengo setenta y siete muertos pendientes. Lo malo es que están todos desperdigaos por el sur de la isla. Mucho ha cambiado esta profesión en los últimos meses -se arremangó el pantalón hasta las rodillas-. Si a un hospital le faltan médicos, los traen, es una cuestión de salud general. Si a la escuela le faltan profesores, también los traen, digo yo. Entonces, ¿por qué nadie piensa en los enterradores? También nuestro trabajo depende del aumento de la población, bueno, o de la disminución… El caso es que no sé cómo le voy a hacer, desde enero de este año no he parado. Enterré a D. Pedro Fleitas en Morro. Eso fue por la primera semana del año. En aquel entonces los entierros sí eran como me los contaba mi padre. Se acercaba a la casa del difunto el pueblo entero, qué digo el pueblo entero, y gente de otros pueblos. Los nueve días, ¿recuerdas? No faltaba el ron de Arucas, el baifo, los caldo pescaos, la pella gofio. Después no volví a enterrar hasta Francisco Gil, aquí en el cementerio municipal. También con sus nueve días y toda la cosa. Eso fue a mediados de marzo. Por ahí del 20 fue que encontraron en Marejadilla, como a siete kilómetros de la punta del Puerto de la Cruz, a una pareja de…, de dónde eran…, marroquíes creo, con un niño. Los tres eran una bola. Brazo con mano, mano con cadera, los deditos cruzados unos con otros. Aparecieron semienterrados en la arena negra, junto a las cuevas de Boca Mero. ¿Recuerdas? En aquel entonces los muertos tenían nombre, fecha y lugar de origen. Todavía nos queda la memoria de los que llegaban poco a poco, pero ahora…, ahora es imposible. Fíjate cómo es de imposible saber quién llega y a dónde que, según dicen los pescadores, cada 17 kilómetros que avanza una patera en el Atlántico hay otra que sale de la costa africana. A cien kilómetros que estamos de esa costa quiere decir que, ahora mismo, hay entre seis y siete pateras en camino. ¿Cuántas llegan?, quien sabe. ¿Cuántas no llegan? El resto de las que no tenemos idea que existen ni aquí ni allá, eso te lo aseguro.

No queda duda de que hay profesiones más populares que otras. Un médico, por ejemplo, encuentra una pregunta en la mirada de cada persona, potencialmente somos pacientes ante el médico, sobre todo fuera de la consulta, sin embargo, un enterrador…, ¿qué podría consultarse a un enterrador? Quién de nosotros se ha preguntado qué trayectoria ha seguido el enterrador más cercano a su casa para coronarse en su puesto. Melo tomó la decisión de enterrar muertos el día que su padre entró a la casa y negó que pudiera trabajar más. Tenía a toda la familia enfrente. Lo anunció justo al abrir la puerta: “Estoy esconchabao”. Sus ojeras evidentes no ocultaban el agotamiento. No podía viajar al norte de la isla. El motivo de la renuncia era claro. Le cansaba horrores los sesenta kilómetros que cubría de lado a punta de la árida isla aunque sólo fuera una vez por semana. Así fue como se sacó la espina clavada de su cuerpo y, sin querer, la pinchó sobre el ánimo de su familia. Melo era sensible a la posibilidad de que se dejara de lado la profesión que su padre había ejercido honrosamente los últimos treinta años. Entre Matías Guerra, el enterrador de Puerto del Rosario, y él habían realizado la mayoría de los entierros que se dieron en la isla en las últimas tres décadas. Ahora llegaba el fin de un periodo abriendo zanjas. Segundos antes de que Melo anunciara la decisión de ser enterrador había visto a su hermano Luís llorando; a su hermana Gloria, llorando; y a su madre Ernestina, preocupada. Apretó el puño con tal fuerza que la circulación de la sangre le dio un aviso de coagulación en el globo ocular. Abrió las manos y las puso sobre la mesa. Con el pie arrastró la silla. Se sentó apoyando los codos y pronunció: “No hay por qué preocuparse. Si a papá no le importa, yo puedo continuar enterrando”.

No quedaba rastro del sol aunque el cielo estaba claro. Se acercaba el ocaso a la isla. Desde la ventana que daba al mar Melo e Hipólito se asomaron a la hora que desaparecía la línea horizontal que dividía el océano del cielo. La policromía que se entremezclaba en el horizonte se asemejaba a un óleo de Juan Ismael. Unos guirres volaban hacia la costa. El viento interrumpía, soplaba con la fuerza necesaria para silbar entre el marco de la ventana.

—No me fastidies, Melo. Ya sé que se lleva muchos meses así pero antes no había llegado el recurso. El alcalde ni tan siquiera ha podido levantar la estatua de sus difuntos. No ha podido pintar las calles del centro. Como bien sabe todo el mundo el dinero de la licitación para el nuevo centro comercial está embargado. Últimamente llegan a la isla empresas en quiebra, normal, vienen con la idea de que aquí lavamos papel. De esa manera nunca hay pa los imprevistos.

—¿No entienden que la llegada de inmigrantes es el tema prioritario desde principios de año?

—No me hables así. ¡Ooooh…!

—¿No?

—¡No!, coooño.

—No te ofendas Hipólito.

—No me calientes, coño. Mira, pasado mañana comienzan los muchachos. Les voy a decir que vengan mañana por la tarde pa que hablen contigo. ¿Vas a salir a esa hora?

—No creo.

—¿No? Quieres decir.

—No.

No parece difícil llegar a la conclusión de que lo apremiante sería ir enterrando a todos esos cuerpos sin vida que iban llegando a la isla. Claro estaba que Melo no podía solo. Por fin llegó Hipólito con la propuesta de reunir a más enterradores. A Hipólito le eran encomendados los asuntos más espinosos por obra y gracia del poder establecido. En el tiempo que Chano Más estaba en la precampaña electoral, cuatro años atrás, su asesor de campaña le había sugerido obtener fondos “a como diera lugar” porque a partir del siglo XXI las elecciones se ganarían por popularidad y no por contenido político. Chano organizó varias reuniones con la unión de empresarios de Teinosa. Los ilustres mandamases de la economía local eran los ferreteros, los farmacéuticos y los recién llegados hosteleros. Para cada uno de ellos había preparado un plan infalible. Los que mayor arraigo tenían en el pueblo eran los ferreteros pues con la extracción y venta de la cal se habían posicionado entre los primeros lugares del ranking de economía saneada. Pues bien, su propuesta consistía en crear una red de transporte gratuito para el traslado de los materiales que se iban a emplear en los siguientes cuatro años. El Ayuntamiento pondría a disposición de los ferreteros el transporte por tierra y mar con la premisa de que apoyaran la campaña electoral de Chano Más. El acto de la firma del contrato se cerró con una verbena popular en la plaza central de Teinosa. “La industria bioquímica se ha convertido en los últimos años en trampolín de numerosos candidatos políticos”, le afirmó un asesor a Chano que, sin mayor demora, contactó en Las Palmas a los representantes de las más relevantes industrias farmacéuticas, fundamentalmente a aquellas que hacen su negocio fabricando grageas para las enfermedades bronco respiratorias. Luego de intensas negociaciones acordaron apoyar la candidatura de Chano sólo si garantizaba una campaña municipal de vacunación contra la gripe dos veces al año. Chano infirió que vacunar dos veces al año contra la gripe a una población que vive en la eterna primavera iba a ser complicado. Preguntó los efectos secundarios de tal exceso. Los galenos de la industria farmacéutica aseguraron que el efecto de las vacunas duraría a lo sumo tres meses. El dato tranquilizó al futuro alcalde que para añadir mayor consistencia al acuerdo ofreció instalar unos letreros propagandísticos a la entrada y salida del pueblo alusivos a la necesidad de vacunarse. Este último golpe de ingenio terminó por hacer frotar las manos de los empresarios farmacéuticos. Tanto en el sur como en el norte de la isla se conocía del poder establecido en torno a la industria hostelera. Teinosa se encontraba en el centro de la isla, al poniente, aislado de los dos centros de acogida turística que venían sustentando la economía insular desde los setentas. El arreglo con ellos debía ser clave para obtener la alcaldía. Los hosteleros propusieron el arriendo a precio de ganga y por los siguientes treinta años de seis kilómetros de playa Teinosa. Lo primero que imaginó Chano fue seguir siendo alcalde en aquel entonces. Su anhelo más inmediato pasaba por convencer a los hosteleros de la necesidad que tenía el pueblo por contar con un alcalde plural, dialogante y claro en las cuentas. Estos no parecían entender lo que significaba “claro en las cuentas” y muchos menos lo de “plural y dialogante”. Le plantearon que firmara acuerdos de concesión de las costas. Chano alcanzó a entender que no sería fácil llegar a un acuerdo con los magnates del ocio. Realizó un último intento ofreciéndoles unos terrenos que el anterior alcalde ya había concedido a un centro comercial, a unos doscientos metros de la orilla. Los hosteleros no veían más posibilidad que la primera oferta. A un mes del comienzo de su campaña a Chano Más se le cerraba la entrada de dinero más importante. Sin mayor demora citó a Hipólito en su casa, el hombre a quien Chano le delegaría la responsabilidad del manejo de las negociaciones. Hipólito le prometió en aquella misma cita un giro en las avenencias: “Dame una semana de plazo, Chano”, anunció antes de salir de la cita. Dos días después apareció en la portada del Provincianos la noticia de la inminente llegada del jeque árabe Halid Al-Daby, importante empresario petrolero que visitaría en breve la costa de Teinosa con un séquito de ciento veinte personas. En el artículo de dos páginas desplegado en el interior se comentaba que los ingresos que proporcionaría la visita del jeque cubriría el presupuesto anual de los hosteleros de Teinosa. Según la información vertida en el periódico, los agentes de Al-Daby hicieron oficial la noticia de que Chano Más había sido nombrado coordinador de la comitiva en la isla. El efecto de la noticia no pareció golpear en primera instancia la conciencia presupuestaria de los hosteleros. Horas más tarde, Hipólito colgó con furia el aparato del teléfono después de la llamada de Chano. Al día siguiente encontraron a uno de los empresarios hosteleros muerto por asfixia, en una banca de la iglesia del pueblo. El rumor no se hizo esperar. El Provincianos defendió la idea de que el crimen se trataba de un ajuste de cuentas entre los empresarios hosteleros por tomar el control de la visita del jeque árabe. La idea se reafirmó el fin de semana siguiente. Durante el funeral del empresario hostelero se produjo un tiroteo muy próximo al lugar del sepelio. Minutos después la policía local remolcó un auto francés de la serie 504 verde, abierto a tiros como un colador. De algunos de los agujeros aún brotaba sangre fresca. Un segundo empresario del ocio había sido asesinado en el momento que se dirigía al entierro. El odio y la desconfianza se apoderó del pueblo en general y de los empresarios hosteleros en particular. En parte, emergía la presión de sus superiores que pedían a toda costa la concesión del séquito árabe en su cadena de hoteles, era evidente que la cercanía del horror y la muerte ya no sólo estaba en el imaginario. El martes siguiente a la segunda muerte fue el día que se firmó el acuerdo con los hosteleros. El acto se desarrolló, como no podía ser de otra manera, junto a la puerta de emergencia del bar de los Rubios. Ellos pagarían el cuarenta por ciento de la campaña electoral de Chano Más a cambio de que se les garantizara seguridad personal. También solicitaron que se repartiera entre varios hoteles la visita del árabe millonario, asunto que terminaría por convertirse en prioritario. Acuerdo imposible porque según Chano: “A los árabes les encanta alquilar una planta de un hotel completo para todos. Sé que nuestra infraestructura hotelera se concentra en pocos metros. Eso es algo que nos favorece. Lo que podríamos plantear es cederle a los ciento veinte que vienen toda nuestra zona de ocio. Repártanse el pastel, muchachos. Ellos van a pagar el equivalente al cien por cien de ocupación durante seis meses. Hagamos el esfuerzo de reservar los kilómetros de costa que hagan falta para tan importante personalidad. Con eventos…, no sé…, el salto del garrote, la ordeñada…, etc. Total, es un mes donde todos sanearemos nuestra economía para el resto del año”. Aún así, las dificultades no cejaban, un acucioso empresario puso en duda la derrama económica de los árabes, según había leído en el Provincianos, el arrojo financiero del árabe equivaldría a un año de ocupación completa y no a los seis meses que exponía Chano. El futuro alcalde atribuyó a la imprecisión de los periodistas la fuente de esos datos y confirmó que ya se había comunicado con los agentes del jeque para proponer fechas. Los ojos de los empresarios ampliaron su circunferencia a ciento ochenta grados. Chano abrió el portafolios y extendió los contratos. No hubo más muertes. La nueva misión de Hipólito como operador político consistía en sacar cada mañana a siete reos del penal de Teinosa. Después de administrarles ropa de combate obtenida de los excedentes que dejaban los legionarios, se encargó de repartir a un reo como guardián en cada una de las siete casas de los empresarios hosteleros más influyentes. Una vez acabada las elecciones, los reos fueron devueltos a sus celdas quedando en la experiencia diversas historias de pasión entre los guardianes y las hijas de los empresarios. A partir del éxito obtenido en la precampaña electoral, Hipólito se ganó el reconocimiento del nuevo alcalde y, sobre todo, su confianza en los asuntos más complejos.

—¿No tienes un Cartadioro que me invites? —eructó Hipólito.

—No bebo alcohol.

—¿No? ¿Y eso?, muchacho.

—No bebo, lo dejé por el dolor ese que me da en el pecho -arrastró la silla-. Escúchame Hipólito, ¿no te parece que llevamos todo el tiempo negando el principio de nuestros valores como personas?

—No me digas. Para mí que negamos por idiosincrasia insular.

—No me jodas.

 

[Fragmento de su novela Radio Puente, escrita en Teinosa, isla de Fuerteventura, Canarias, noviembre de 1998. Próximamente saldrá publicada por la Editorial Baile del Sol].

 

 

Héctor Huerga, Barcelona, 1972. Narrador. Trabajó como editor de literatura contemporánea en México, Suiza y España. Clasificó fondos bibliotecarios en el Museo Etnográfico de Ginebra. Recientemente colaboró en el departamento de publicaciones del CAAM en España para la renovación digital de las publicaciones sobre arte contemporáneo. Como no ha podido conservar ninguno de los trabajos anteriores, actualmente escribe novelas, ejercicio que se ha propuesto desarrollar cuando las circunstancias se lo permiten, muy poco a su pesar. Radio Puente y situación(istmo)situación son sus dos primeras novelas.

 

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2 Responses to Radio Puente

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