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Tres fragmentos de Los alquimionautas cibernéticos

Martes, diciembre 1, 2009
Por

Novela

This entry is part 10 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

Tarot La Muerte

¡Bueno pues! Ahora sí está todo claro como el agua. Pero será el agua de la ciénaga en donde desembocan las espumas del detergente usado en las lavadoras de Miskatonic. Como todas mis variables son inciertas, y nada es seguro, las voy a dejar a un lado para tomar mis decisiones. Welser dice que escogeré con libertad. ¿Pero cuándo no habrá estado condicionada mi libertad para escoger? Muchas veces me he equivocado en mis decisiones teniendo incluso elementos de juicio confiables que me podrían haber ayudado a tomar las correctas. Aunque quién sabe si con esto del determinismo no fueron a lo mejor siempre correctas. El problema que surge es que el mismo Welser, con toda y su adhesión a la teoría del determinismo, dejó entrever la posibilidad de que pueda equivocarme en el hipotético juego de la salvación, aceptando el envite para darme cuenta cuando me baje con cuatro ases y una K, que un ente malvado y tramposo me muestra burlonamente un royal flush. En términos concretos: a pesar de que mi destino fuese el bien, podría en el momento supremo de mi decisión ir a parar a la olla hirviente del caos, en donde la posición exacta de los ingredientes de tal sopa si es verdad que es real y absolutamente incierta. No como la de los electrones de tinta y de papel de Heisenberg, cuya posición es claramente incierta para el hombre. Tengo miedo a equivocarme. No confío mucho en mí mismo. Una tentacioncita fuera de lo común me seduciría de tal manera que terminaría sucumbiendo, y entonces adiós sueño corto y vengan pesadillas eternas. En estos menesteres el único que podría ayudarme es Dios, pero como mis conceptos sobre su existencia y características son meramente de carácter hipotético, sólo puedo invocarle a través de una oración condicional. En este punto me encuentro en el dilema de un sabio cuyo nombre no recuerdo, y quien no creía que las herraduras trajeran buena suerte, pero mantenía siempre una arriba de su escritorio porque según él los que sí creían afirmaban que también la traería a los escépticos en tal asunto. Así pues, Señor y Dios, si existes, aunque sea probabilísticamente, escucha mi súplica y ayúdame a salir con bien de este trance al cual no me queda otro remedio que hacer frente. No te pido que vengas tú mismo a presenciar el careo y hacerme señas desde atrás descuidando otros asuntos tal vez más importantes; pero bien podrías escucharme y comisionar de tu hipotético y probable cielo a algún Ángel o algún Santo, que viniera con alguna lamparilla, por pequeña que fuese, a impedir que en la oscuridad del eclipse me hagan trampas con un mazo de naipes marcados y trampeados. Amén.

Ya me cansé de aducir razones que no me van a llevar a parte alguna. El Markus es en realidad un psicólogo, porque dio en el clavo y lo que debo resolver es mi miedo. Tengo que poner las cosas de la manera más inquietante y asumir que arriesgo dos cosas ciertas esenciales para mí: la vida y la razón. Y una incierta: mi salvación, que de ser cierta vale en realidad mucho más que las otras dos. La verdad es que la vida, mi vida, tiene su valor, ¡pero es tan gris y rutinaria! Vivo solo. Ni siquiera tengo la esperanza o el temor de acceder a ese sufrimiento infinito que presencié hoy, y que sacude los cimientos de una existencia para lanzarla a las galaxias y convertirla en estrella trágica real, y no de arte y ficción como aquellas de que gustaban los griegos. En cuanto a mi razón, también es altamente apreciable, pero sólo me depara posibilidades e ilusiones y bien vale la pena que la juegue al albur en aras probables de su propio acrecentamiento, porque podría terminar proveyéndome de certezas. En cuanto a la salvación final de mi alma, en realidad la tengo arriesgada desde siempre por vivir como vivo: escéptico, materialista, intelectualoide, negador y burlón precisamente por carecer de certezas. Además, no voy con la intención de perderme. Welser dice que en el momento de toma de la decisión final veré claramente de qué se trata; aunque si la cosa es mala percibiré a lo mejor espejismos que tratarán de seducirme. Guardo no obstante la esperanza de que si a un ente opuesto al hipotético malvado no le interesa perder alguna de sus piezas, se aparecerá entonces por allí para ayudarme. En realidad estaba escrito que iría yo al encuentro del destino, porque lo infiero del poema de Al-Khemi y porque en realidad lo haré. ¿Quién dijo miedo? Pues yo lo digo, lo siento y lo enfrento. Le informaré a Welser.

***

Se abrió en ese momento bruscamente la puerta del despacho y apareció el rostro rubicundo de Antonio, quien sin medirse en sus palabras gritaba denotando exaltación:

—¡Son ellos Manuel! ¡Lo oí por radio! ¡Reportaron perdida la patrulla estacionada allá en el patio! ¡La placa coincide!

Reinó la confusión. Los curas y Froilán, que a todas estas no había dicho que su boca era la de él, permanecieron congelados en su sitio. Los franceses se precipitaron sobre el escritorio. Froilán reaccionó y metió una zancadilla al más próximo derribándolo de bruces sobre el caraqueño, cuyo cuerpo, lanzado en trayectoria hacia la mesa buscando un objetivo similar, cayó también al suelo. Simultáneamente volaba Manuel en ese mismo instante, como arquero entre los palos, en busca del esplendor del febo Apolo, pues no en vano era el guardameta de su equipo. Posición que le gustaba jugar porque entre avance y avance de los delanteros del conjunto antagonista, descabezaba él algún capitulito de alguna vibrante novelita. Y si los oponentes eran malos, su equipo se las arreglaba sin arquero, porque se iba entonces Manuel a la sombra de los fresnos a jugar con su libro en posición distinta a la que estaba obligado a conservar, de seguir allí de aburrido cancerbero. Volaba a disputarse el libro con el otro francés. Llegó primero. Sus dedos sintieron el libro y el apretón que aquéllos le imprimieron. La mano izquierda con él en su poder fue proyectada en gancho por su brazo, que describiendo un arco por encima de su cráneo aventó el libro en trayectoria parabólica a las manos de su exaltado compañero, quien con la hinchada pierna izquierda dentro del despacho, y en la antesala apoyado el pie derecho, lo esperaba cual atleta final de una carrera de relevos para arrancar a correr y cubrirse de gloria en un final apoteósico. Mientras volaba el libro por los aires, la mirada atónita del francés engominado, aquél a quien Froilán había forzado limpiamente a dar traspiés, desde el suelo contemplaba la parábola. Una fracción de segundo antes de chocar la corpulencia de Dumont, hizo el cuerpo de Manuel una finta hacia la izquierda para caer sentado en la poltrona de cuero del rector.

Al despegar Antonio del suelo para poner a buen recaudo el testigo esplendoroso del relevo, extrajo un arma el antioqueño que llevaba escondida entre sus ropas y abandonó el recinto del barullo para correr en busca de aquel galgo, mientras nervioso y agitado atornillaba en el extremo, con sus dedos, un tubo que extendiendo el cañón de su pistola lo hacía un palmo más largo.

Manuel se levantó y corrió detrás con el pecho palpitante. Antonio había salvado ya el corto trayecto, de seis metros escasos, que faltaba para acceder al corredor ya descrito y adornado con rosadas trinitarias. Vio la espalda del antioqueño que lo precedía a él en el trágico torneo, pero también pudo ver desde adelante su rostro jadeante, porque el otro Manuel, aquél del cual él había sido el tierno esqueje, había pegado un brinco en el vacío y salvaba la distancia tratando de parar al homicida. Un ruido sordo estalló entonces en el ámbito ya casi despejado por los cálidos destellos del sol en la laguna. Sonido que sin duda semejaba al que Manuel chico había escuchado que hacían los morteros en las fiestas patronales de su pueblo, cuando en vez de buen polvo detonante tenían más bien adentro pólvora mojada. De naturaleza intangible, sin embargo, no pudo detener las fatales consecuencias de aquella explosión amortiguada. Se lanzó entonces detrás de la bala que certera y asesina buscaba la espalda de su amigo. Sobrepasó su vuelo, y dejándola atrás en la carrera, se fundió con la carne de aquel cuerpo adolescente. Saltó con él por los aires aturdido. Sintió el dolor quemante en su costado. Dio paso él mismo en su garganta al alarido. Rodó sobre la hierba, entre las flores, con el pecho totalmente destrozado. Las brillantes y encarnadas mariquitas, los grillos diminutos, las ranas saltarinas y todos los pequeños habitantes de aquel prado, espantados se apartaban a su paso. Exhaló finalmente con dulzura el aire remanente, en algún rincón de sus pulmones perforados escondido, y entre las bermejas pinceladas dejadas por su sangre tierna sobre el verde césped, allí quedó tendido.

***

Aurora, en una de esas noches de devaneos amorosos, porque en realidad ya la pareja había empezado a entenderse desde mucho antes de que el capo autorizara la relación, condescendencia del jefe que lo único que hizo fue legalizar el concubinato y conjurar los peligros de los amores clandestinos, lo había puesto al tanto de la agitación alquímica del barón. Decidieron engañarlo. La noche antes de la entrevista con el arconarco, finiquitaron la primera parte del plan. La labia de la negra surtió efecto y el tío compareció ante la presencia del jerarca. A la primera pregunta respondió rápidamente. Pues claro que sí sabía latín. El narco le pidió que recitara el pater noster, que era lo único que recordaba de su época de monaguillo, para comprobar hasta dónde llegaban los conocimientos del tío sobre la lengua hasta hacía poco sagrada, porque de haberlo puesto a leer en el libro le habría dado lo mismo, ya que de todas maneras él no lo hubiera entendido. Menos mal que no le pidió el credo, porque ahí sí la hubiera visto Aurora el pobre, ya que con su anticlericalismo lo único que se había aprendido era el pater noster, y eso porque en una de sus visitas al seminario me pidió que se lo escribiera para memorizarlo, no sé con qué intención. ¿Que si podría realizar la gran operación alquímica? ¡Qué pregunta! ¡Por supuesto! ¿No era suyo el libro, pues? ¿Que por qué, si era verdad lo que decía, nunca lo había hecho? Muy sencillo. Por tres razones. La primera, que él era básicamente un intelectual y un flojo de primera, y nunca había podido trabajar más de media hora seguida con sus manos. El proceso era demasiado largo para él y jamás había estado dispuesto a echarle pichón dieciocho horas diarias, durante un par de meses, que era lo que sus cuentas habían señalado que se gastaba en la operación, y que era además el tiempo que le llevaría el concretar su evasión, si lo hacía con calmita. De cajón que esto último no se lo dijo al capo. Lo que sí le dijo fue que las circunstancias felices de la vida lo habían llevado a su situación de ahora. Que por sus mientes jamás había pasado que se encontraría algún día bajo la benéfica influencia de un hombre con capacidad tal de liderazgo como el capo, cuya mera presencia bastaba para inducirle a cualquiera a sacudirse de encima la pereza, incluso a él, tan reacio como se había mostrado siempre a trabajar. Que el cariño y la lealtad hacia tan augusta figura se habían ido engendrando y entronizando en su corazón de manera paulatina, después de escuchar tantas y tantas alabanzas para el capo como sus servidores le prodigaban, y de comprobar él mismo la grandeza de un corazón que superaba en magnanimidad al de los más grandes mecenas de la humanidad juntos, y no precisamente por sufrir de esa maligna insuficiencia que a tal punto lo agiganta. Que la ambición no había podido hacer mella nunca en él como para moverlo a enriquecerse, lo cual se añadía, para paralizarlo, al terror de llegar a corromperse si algún día lograba fabricar con sus manos los primeros lingotes de oro. Pero que su miedo ya había sido superado, porque el oro que produjera lo pondría totalmente en las del más generoso de los hombres, de quien estaba seguro de que lo emplearía en la sin par labor de ayudar a los demás. Que las capacidades organizativa y gerencial del capo lo llevarían sin duda a la creación de la institución de beneficencia más grande del planeta. Que él se sentía como su gran antecesor, el alquimista checo Michael Maier, quien en la corte de Praga había logrado superar su desidia mortal mediante la acción catalítica de un hombre como el emperador Rodolfo II, para quien había producido la piedra y de quien había recibido a cambio un título de nobleza, pero quien, con toda la regia estirpe de su sangre, no le llegaba ni por los talones al nuevo César de Medellín. Que la fortuna de Maier no era ni siquiera nada, comparada con la suya. Que allí en Colombia él estaba asistiendo al nacimiento de un imperio mucho más grande incluso que el de Alejandro o el del Inca Pachacútec, pero que él no ambicionaba ser armado caballero, ni nombrado general, ni buscaba satrapías ni suyus, sino que su ambición sólo llegaba a poder conservar humildemente hasta su muerte la amistad del capo. A todas estas estaba rebosante el capo, aunque no tanto de orgullo, con la elocuencia adulante, lisonjera o jalamecate del tío. ¡Ave María hombre pues, vos, por la virgen de Antioquia! Si las otras dos razones que me vas a dar van a ser tan largas como la primera, mejor me dejás ir al baño, porque si no me voy a mear en la alfombra esperando a que terminés. Sus excesos de celo cuando mozo, tratando de lograr la transmutación del semen en las casas baratas de lenocinio en Medellín, le habían dejado, amén de varias estrecheces uretrales, una seria incontinencia vesical. Apenas se hubo cerrado la puerta del baño tras la figura del capo, aprovechó el tío la oportunidad para darle un regocijado beso a la morena Aurora, quien acababa de entrar a la oficina trayendo la bandejita acostumbrada con los célebres frijoles antioqueños. Como su discurso le había dado hambre, se comió rápidamente la bandeja y mandó a la negra por más.

Marco Aurelio ParadaMarco Aurelio Parada (Venezuela) es autor de la novela Los alquimionautas cibernéticos, premiada en el concurso de narrativa de APULA, año 2000. Gracias al señor Humberto Martínez, Presidente de la editorial IMMECA, la obra fue rescatada del olvido. Además de escritor, Marco Aurelio Parada es Profesor Titular de Fisiología Humana en la Facultad de Medicina de La Universidad de Los Andes, Mérida (Venezuela). Ha sido también Visiting Fellow (1987) y luego Visiting Senior Research Scientist (1991-1993) en el Departamento de Psicología de la Universidad de Princeton (Estados Unidos). Su actividad científica ha estado dirigida fundamentalmente a la investigación en neurofisiología y neuroquímica. Fruto de su dedicación a la labor científica son treinta artículos publicados en revistas internacionales, reseñados la  mayor parte en la hoja que Research Profile on Biomed Experts le dedicara  (www.biomedexperts.com/Profile.bme/1081394/MA_Parada). Asimismo, algunos capítulos de libros. Distinciones: entre ellas el Premio Regional de Tecnología en la mención Inventiva Tecnológica (1995) y el Premio Regional al Mejor Trabajo Científico en el Área de Medicina (1999), otorgados ambos por FUNDACITE Mérida. La novela está incluida en el catálogo www.booksur.com.
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One Response to Tres fragmentos de Los alquimionautas cibernéticos

  1. Jesús Enrique on Viernes, enero 8, 2010 at 11:43 AM

    Ayuda a reflexionar, más en estos tiempos cuando existe un mundo cambiante, e imperios que determinan si tu país es terrorista por no estar de acuerdo con sus posturas e/o intereses.

    Si eres musulman, ya eres automaticamente por el imperio tildado de posible terrorista.

    Si eres Venezolano de Narcotraficante, pero!

    Colombia produce la mayoria de la dorga del mundo los E.E.U.U. LA CONSUME toda y busca´más.
    Invadieron afganistan y resulta que ahora produce más droga, intervienen en Colombia desde hace más de Diez(10) años para erradicar la droga y ahora producen más.

    Invaden Paises que tienen solo recursos que a ellos les interesan y las transnacionales de la comunicación bién gracias.

    Al menos existe la red de informacion de los paises arabes Al Yasira, no recuerdo bien el nombre y Telesur para los pais de América.

    Es tal el desparpajo que una “profesorcita de la Universidad Central de Venezuela”, pobres alumnos que están en su poder, dijo por TV, que Venezuela debia tener mejores relaciones con los paises de america.

    Como se ve que no existe para ella, Petrocaribe, Mercosur,Telesur,
    solo porque no aprobamos las SIETE BASES NORTEAMERICANAS MS LAS ISLEÑAS RODEANDO A VENEZUELA

    OJALA NOS INVADA PORQUE A LOS RICOS Y ESCUALIDOS LES DOLERA MAS PERDER SUS PROPIEDADES NOSOTROS LOS POBRES, NO TENEMOS NADA QUE PERDER SINO LA VIDA Y DEFENDEREMOS NUSTO PAIS.

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