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Soñar tras la vitrina

Jueves, diciembre 15, 2011
Por

Crónica.

Por Carmen Alea Lastra…

Empleadas de tiendas

Empleadas de tiendas en La habana. Dêcada de los años 50

 

Cuando apenas faltan 10 ó 15 minutos para las 2:00 de la tarde, hora en que abren sus puertas casi todos los establecimientos comerciales de nuestra ciudad para cubrir la jornada de la tarde, nuestras principales calles se colman de un atractivo enjambre que bajo el sol o la lluvia, en invierno o verano, van a ocupar sus puestos tras la vidriera, para ofrecer al público su amable atención.

Admira contemplar esa caravana de mujeres vestidas impecablemente de blanco en verano y de negro en invierno, siempre elegantes dentro de su moderna y obligada indumentaria, que marchan apresuradamente, con el ritmo que impone el tiempo no justo sino escaso de dos horas para llegar a casa, ingerir alimentos, arreglarse de nuevo y emprender la vuelta.

Contarlas sería alcanzar una cifra considerable hasta el cansancio. Un poco más y no queda una mujer en casa, diríamos exageradamente. Primaverales, otoñales, abuelas muchas; realmente es una legión encantadora. Si usted, querida lectora,  se queda por unos minutos a esta hora en Galeano, San Rafael, Neptuno, etc, etc, se asombrará como nosotros. Por todas las esquinas surgen en grupos o separadamente y es de notar sus rostros sonrientes y agradables, como si fuesen de paseo y no a rendir la dura tarea que les espera tras el mostrador durante cuatro largas horas.

Cuando el minutero llega a la media, ya están todas en sus departamentos correspondientes y aunque usted no esté nada más que “revolviendo” —defecto capital en las mujeres que van de tiendas—, la empleada sonreirá comprensiva y desplegará la misma cortesía que si fuésemos a comprar el establecimiento completo.

Es curioso y nos atrae más que los nuevos géneros, las fantasías novedosas o la “ganga” del momento, el tráfago incesante de las dependientas. Todo el día de pie, como un ejército, sin un gesto de desfallecimiento. Casi siempre atendiendo cuatro clientes o más a la vez, que reclaman preferencia. Una remisión tras otra, y un correr de acá para allá sin tregua, porque así lo exige la impaciencia del público. Regularmente, un público que no tiene que hacer nada en casa y sale de tiendas para matar el ocio, o por escapar del calor que hace reverberar la calle, en el clima maravilloso del aire acondicionado. ¡Como que el fresco es gratis!

¡Cuánto trabajar a veces con un solo cliente! Y cómo cada uno exige tacto, delicadeza, cierta psicología y un grande, enorme deseo de cumplir a cabalidad sus funciones. ¡Hay cada uno!

Pobres resultan nuestras palabras para destacar la extraordinaria labor de este núcleo de esforzadas mujeres que representan las empleadas de las tiendas, y en ellas, a todas las mujeres que trabajan, en estas líneas el homenaje de nuestra comprensión, llevando al público el sentir de sus corazones, porque ¿verdad, lectora amiga, que nunca habías pensado en estas mujeres que a diario nos sacan de apuros al ayudarnos a seleccionar el regalito de compromiso, bueno y barato; que nos sugieren el tono que conviene a nuestra tez o el perfume que puede hacernos más atractivas? ¿Verdad que no se te había ocurrido pensar que también ellas tienen un alma que sueña, que anhela, que busca su destino; un corazón sensible por el que pasa la vida con todas sus aflicciones y alegrías?

Dejando de mirarlas como entes mecánicos y ahondando indiscretamente en sus  vidas, descubrimos un mundo de bellezas espirituales que no podíamos imaginar.

¿Saben que una gran mayoría de empleadas de las tiendas son bachilleres, profesionales, estudiantes avanzadas en distintas carreras? Naturalmente que no todas están conformes con la labor que realizan, aunque no por ello dejan de esmerarse en su trato con el público; y a pesar del cansancio del día, ocupan la noche y todas las horas libres en ampliar sus conocimientos, con miras a un futuro más cómodo y brillante que el del mostrador.

Sin embargo, hay excepciones que nos llaman la atención. Silvia Pena, por ejemplo, que está enamorada de su trabajo actual. Da gusto oírla hablar de su “orgullo de vendedora” y de lo mucho que le encanta tratar con el público; sobre todo, con el cliente que por sus majaderías resulta difícil de convencer, lo que ella logra por el interés que pone en cada caso.

En Zoila Berdeal hay un hermoso ejemplo de voluntad y sacrificio. Esta joven cursa 4to. año de Medicina, pese a las múltiples dificultades que ha debido sortear. Pero desea ardientemente ser médico y no repara en sacrificios con tal de alcanzar la dorada cumbre de sus aspiraciones, tan alta para sus aspiraciones, tan alta para sus posibilidades e incompatible con su empleo. Estamos seguros que lo logrará, porque en sus ojos arde la luz de un espíritu superado.

Hay muchas que por circunstancias de la vida se vieron obligadas a dejar la cerrera pero que confían volver a ella para triunfar. En este caso está Juanita Moscoso, estudiante de Filosofía y Letras, cuya aspiración futura es ocupar una cátedra.

Graduada de la Escuela Normal para Maestros de la Habana, Magda García habla de sus frustraciones en cada gestión que realizó para obtener un aula. Los cuatro años que lleva como dependienta —el mismo tiempo que de graduada— le han hecho ver la necesidad de aprender algo más productivo que su profesión y actualmente estudia secretariado con la esperanza de obtener empleo en un banco.

Todas sueñan, todas aspiran a mejorar sus vidas. Es humano. Tal vez les alienta el deseo de poder lucir ellas también, encajes, sedas, pieles, joyas, todo ese conjunto de sutilezas con que la mujer se adorna, y que día tras día ven pasar por sus manos, sin que sus medios le permitan adquirirlas. “Vivimos en una completa tentación”, dice una, “de cometer una barbaridad gastándonos la paga en una chuchería que halague nuestra vanidad femenina. Aunque la realidad, por suerte, siempre se impone; de otro modo, mal nos veríamos”.

Todas, todas aguardan la hora luminosa; sueñan, trabajan, aman, esperan. Y la señora Avelina Díaz nos habla de la suprema aspiración: la de la madre que trabaja y aguarda con infinita fe, el día que pueda quedarse en casa con sus hijos, atenderlos, vigilar su educación, verlos crecer bajo su calor y ternura. Nos conmueve sinceramente su comentario. Es como si hablara en nombre de todas las madres que trabajan. Tal vez porque ella tiene la experiencia de 20 años de ardua brega, durante los que día tras día ha dejado en manos extrañas su hogar, su familia; su hija enferma muchas veces, mientras le atormentaba el recuerdo de la criatura, reclamando su presencia y ocultaba las lágrimas para que el público no comprendiera su tristeza.

Así es en realidad. Tras el rostro aparentemente feliz, sonriente y sereno, cuántas veces el dolor de haber perdido a un ser querido; la preocupación de un enfermo grave en la familia; la desolación de un corazón sin amor; ilusiones fallidas; esperanzas elevadas al cielo. Mundo de sentimientos, callado, oculto, tras la gentil sonrisa de la empleada que celosa de su deber, no deja traslucir su vida interior ni su cansancio, que sólo ahora, mirándolas como a seres humanos, podemos percibir y comprender, sinceramente admirados de su grandeza.

 

 

Carmen Alea Paz (La Habana, Cuba). Narradora y poetisa, traductora, conferencista y profesora de idiomas. Cuenta con una maestría en lengua y literatura española e hispanoamericana. Ha sido profesora de español y literatura de la Universidad de Northridge. Ha recibido premios y menciones tanto en Cuba como en Estados Unidos. Cuentos, artículos y ensayos suyos aparecían con frecuencia en importantes revistas y diarios cubanos de la década de 1950, tales como Lux, Carteles, Vanidades, Colorama, Patria, Bazar, así como en los periódicos Avance, El País, El Mundo y Diario de la Marina. Su sección “Disquisiciones femeninas”, que publicaba el semanario dominical El País Gráfico tuvo una gran aceptación de lectores en aquellos tiempos. Asimismo fue colaboradora oficial de la popular revista habanera Romances. Ha publicado varios libros, entre ellos, El caracol y el tiempo (Poesía, 1992); El veranito de María Isabel y cuentos para insomnes rebeldes (Novela y cuento, Miami, Editorial Ponce de León, 1996); Labios sellados (Novela, Premio Internacional “Alberto Gutiérrez de la Solana”, del Círculo de Cultura Panamericano 1999, 2001); Casino azul (Novela, Universidad Autónoma de Baja California Sur, 2004); y más recientemente Risas, confeti y serpentinas, una historia familiar. Reside en la ciudad de Northridge, California.

 

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