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La migración en Matías Montero Lacasa: contexto e imagen

Sábado, marzo 6, 2010
Por

Ensayo

This entry is part 3 of 21 in the series Número 5, marzo 2010

Artes Plásticas.

Por Dalia Fernández…

De la Imagen 24. A la fuerza. Óleo sobre tela. 30 x 180 cm. 2008 

***
Cuando descubrimos que hay varias culturas en vez de una y,
en consecuencia, en el momento en que reconocemos el fin de
una especie de monopolio cultural sea éste ilusorio o real, nos
sentimos amenazados con la destrucción de nuestro propio descubrimiento.
De repente, resulta posible que existen otros, que nosotros mismos
seamos otro entre otros.

Paul Ricoeur (citado por Guasch, 2000: 559)

***

Migrar, apunta Sarramone (1999: 42) proviene del vocablo indoeuropeo miegw que significaba cambiar, moverse, ir; de allí pasó al latín migrare, bajo el significado de cambio de domicilio. De este modo, el término migración se aplica a los traslados de población, siendo ésta entendida como la movilidad de personas que se da entre su centro de origen hacia otro de destino, implicando, de esta manera, un cambio no sólo de orden residencial, sino también social y cultural, para el caso humano. En esta línea de pensamiento, Dollot nos dice (1971: 6) que “de todas las corrientes migratorias, las humanas, con todas sus consecuencias políticas, económicas, sociales, son las más importantes, complejas y originales”.

La migración, por tanto, es un proceso de movilidad territorial y social que ha permitido la ocupación del espacio físico y, entre otros factores, la mejora de las condiciones de vida de sociedades específicas. Por tal motivo, el fenómeno migratorio ha garantizado de una u otra manera, en las ciudades el mantenimiento de su población y el desarrollo de su actividad económica. Por otra parte, los fenómenos migratorios han jugado en la sociedad un papel fundamental por estar asociados al desarrollo socioeconómico muchas veces desigual entre geografías interrelacionadas mediante el binomio complejo de atracción vs. expulsión y por estar vinculados, a su vez, con la metáfora del viaje y la alteridad y, por tanto, con la identidad no necesariamente física, sino también simbólica del ser humano con su entorno (Trigo, 2000).

Así las cosas, en el marco de lo cultural emerge el tema de la migración y su representación en el arte latinoamericano para inventar, modificar, regular, cambiar códigos o imágenes, ya sea para construir o reconstruir; homogeneizar o alterar, para registrar y finalmente, historiar como acto cognoscitivo. Para el tratamiento del tema nos centraremos en una breve lectura de la obra titulada Retratos Seriales Crisol, del artista argentino Matías Montero Lacasa, quien plantea o propone justamente el fenómeno migratorio de América Latina y de Argentina, su país, considerando rasgos históricos y sociales importantes para abordar su propuesta artística, presentada en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, de la ciudad de Buenos Aires, a mediados de julio de 2008.

De esta manera, en Matías Montero Lacasa convergen, tomando como base referencial, las corrientes migratorias; la historia, que ejerce una fuerza determinante, como diría Eduardo Subirats (1994), bajo las formas de la memoria, y aunado a ella, las ideas del tiempo y del viaje junto al hombre y su entorno; la ciudad, donde el arte, como apunta Francastel (1988: 63) “es la transposición de las necesidades y aspiraciones de la época en la que nace”. En este sentido, la obra pictórica Retratos Seriales Crisol, de Montero Lacasa, se relaciona con elementos tanto históricos como sociológicos y antropológicos, así como de otras disciplinas.

Matías Montero Lacasa plantea, por vía de siete obras, las cuales a su vez están integradas cada una por nueve personajes y una tela en blanco que cierra el conjunto (ver imagen 23 a la 30), tituladas Retratos Seriales Crisol, el tema de la migración asociada al problema antropológico, esto es al hombre, a su construcción y/o deconstrucción y a la sociedad en general que lo circunda. Esta búsqueda del hombre se presenta en medio de un mundo complejo y/o confuso que viene con el sello histórico de los flujos migratorios europeos, acentuando ante ello, la diversidad cultural que caracteriza significativamente a su país.

En este sentido, la obra de Montero Lacasa se puede resumir o englobar en tres ejes temáticos referenciales: primero, las corrientes migratorias en Argentina específicamente; segundo, el contexto histórico y cultural en la configuración de la sociedad, espacio en el que intervienen la noción del tiempo y, por otro lado, el viaje, vistos en este caso como entes ligados a la migración; y tercero, el hombre como hacedor de los ciclos históricos, puesto en relación con el tema de la identidad por sugerir una de las tres visiones claves del mundo contemporáneo expuestas por White (1982): “el individuo como actor social y sujeto individual”. Ante ello, a Montero Lacasa le es imposible desligarse del hombre y su historia, su circunstancia concreta o global, expresándolo a través de la plástica.

Para la realización de esta exposición, el artista partió de dos conceptos básicos: el de retrato y el de serie. El primero se encuentra en estrecha relación con la idea de identidad; el segundo está vinculado con la tendencia pop que hizo de las series un recurso que enfatizaba los contenidos a narrar. De esta manera lo reseñó la Lic. Silvia Marrube, curadora del Museo Sívori, en el texto inaugural de la muestra (Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, 2008).

Retratos Seriales Crisol se caracteriza, estilísticamente hablando, por ser una pintura matérica lograda a partir del manejo de la textura, donde el color se adhiere a la tela como un cuerpo para conseguir efectos de una realidad pictórica y temática, en la que el campo creativo del artista se ensancha hacia los dominios de una posición filosófica esencial y poética, lo que conduce a considerar el título de sus lienzos como elemento fundamental para su comprensión. De ahí se explica que en esta serie se hagan presentes los componentes o temáticas puntuales que a continuación enumeramos:

1.- A modo de aproximación histórica, las condiciones de marcada homogeneidad étnica y lo deshabitado de sus tierras fueron elementos que caracterizaron al país desde tiempos de la Colonia hasta mediados del siglo XIX. Ante esta situación, se procedió a formular la Constitución de 1853 con el objetivo de cambiar las “estructuras sociales, establecer una economía moderna, adaptada a la competencia internacional”, implementando para lograr esto, una “política democrática”, como lo ha destacado Laclau (citado por Onega, 1965: 5).

En este sentido, la Legislatura de la Confederación Argentina (1853) autorizó la entrada de extranjeros procedentes de Europa que, según se consideraba por razones culturales y geográficas, podían convertirse en inmigrantes con mayor facilidad de adaptación que otros. Por esta razón, en 1854 arribaron a Buenos Aires las primeras familias europeas. Esa fue la apertura al proceso de ingreso inmigratorio que conllevó al aumento y heterogeneidad de la población argentina (Onega 1965).

Sin embargo, ¿qué parte del programa de las clases luchadoras y vencedoras en las batallas de la organización nacional se llegó a cumplir finalmente con la implementación de la política inmigratoria?, es lo que se han preguntado los intelectuales argentinos, entre ellos Beatriz Sarlo (2001): se ha cumplido el programa inmigratorio pero también la liquidación de los indígenas entre 1880 y 1910; ello ocurrió paralelamente a la lucha por imponer este programa. Esta línea de pensamiento es considerada por Montero Lacasa al referirse al tema de la cultura aborigen en su país concretamente, pudiéndose notar tal situación en las dos primeras imágenes de la Serie (23 y 24), desapareciendo ya tal figura a partir del tercer lienzo (imagen 25). Ante ello, las dos telas que inician el recorrido por la historia de Montero Lacasa pueden vincularse, de modo global, con los primeros pasos de la cultura y civilización latinoamericana.

No obstante, el pensamiento de la época veía en la figura del inmigrante el levantamiento y la solidificación del país, definido antes de su llegada en términos de barbarie y atraso, garantizando, de este modo, una salida efectiva frente al problema de la escasa población y, por ende, de la mano de obra apta para trabajar en el campo. Con la imagen del inmigrante, Argentina comienza a configurarse como una sociedad caracterizada por ser histórica y culturalmente diversa (García Canclini, 1984). Es precisamente esta visión la que busca plantear Matías Montero Lacasa en su obra Retratos Seriales Crisol: una sociedad heterogénea, diversa socioculturalmente, producto de las corrientes migratorias sucedidas en Argentina. En este sentido, y para comenzar con la descripción de las obras, se puede notar, por ejemplo, en las imágenes 23 y 24 tituladas A fuego lento y A la fuerza, respectivamente, la diversidad de la que se habla. Por otro lado, si bien Carlos Fuentes (citado por Calderón, 1995: 4) indica, para el caso latinoamericano, que esta diversidad se origina de una raíz sociocultural de “base indo-afro-europea”, en este punto hay que destacar la excepción de la nación argentina en la constitución de las razas indo-africanas, condición que no se cumple en su caso —considerando la anterior exposición de la ya mencionada autora Beatriz Sarlo (2001)—, y que al avanzar en los siguientes paneles o lienzos (ver imágenes 25, 26 y 27), surgen en la obra mencionada de Montero Lacasa, nuevos matices o rasgos étnicos en cada personaje que compone las distintas escenas de la serie, a medida que se van dando los flujos migratorios, hasta llegar a la imagen del hombre contemporáneo (ver imágenes 28 y 29).

En una informal plática sostenida con el artista en instalaciones del Museo Sívori, tocamos el tema de las diferentes teorías culturales aplicadas en Argentina tras la huella determinante del fenómeno de la migración. De una de ellas surge Retratos Seriales Crisol: la del “crisol de razas o fusión”, planteamiento defendido por Germani (1965), que se utilizó para denominar a una sociedad integrada en la que los inmigrantes se habían mezclado o amalgamado. Montero Lacasa destacó que esta noción actualmente se halla vigente en el programa educativo de su país, sin descartar, por otra parte, la coexistencia de otros modelos culturales como el de la transculturación, el de multiculturalidad o el de pluralismo que subraya la perduración de identidades étnicas que hacen de Argentina un mosaico cultural. Al ver los rasgos de los personajes de Retratos Seriales Crisol se puede constatar.

A partir del siglo XIX, el inmigrante pasa a ser definido como “extranjero o viajero”. Trasladando esta imagen a la obra pictórica de Montero Lacasa, se puede observar esta concepción en los personajes de las imágenes 25 y 26, de nombre Por curiosos y Obligados, correspondientemente, dadas las condiciones geográficas y atuendos de sus personajes, así como los rasgos fisonómicos de sus rostros. Más adelante (Devoto, 2003), el inmigrante pasa a ser considerado como el europeo trabajador que venía a laborar en tierras argentinas (cfr. imágenes 26 y 27).

Como parte del proceso migratorio, miles de italianos, españoles, alemanes, etc. migraron a Argentina por causas diversas como las económicas y sociales, trayendo consigo rasgos propios de su cultura como el idioma, la música, la alimentación, aspecto que puede verse, por ejemplo, en el quinto personaje de derecha a izquierda de la imagen 26 quien sostiene en una de sus manos una planta, elemento que Montero Lacasa sencillamente introdujo en su serie sin aclarar si es un vegetal, legumbre u hortaliza, pues, lo que el artista sencillamente busca destacar o plantear es cómo se van dando en el país argentino la incorporación y mezcla de elementos concretos, comenzando a generase un proceso de intercambio, de integración, de fusión que dio paso a la modificación de las culturas inmigrantes y receptora, adoptando modos ya establecidos a la vez que insertando sus propios componentes y formando nuevos rasgos (Ortiz, 1973).

La migración para Matías Montero Lacasa es un tema recurrente o determinante en la estructura sociocultural de su país, destacando que Argentina en definitiva es un país de inmigrantes, lo que le ha dado un matiz diferente al rostro del argentino en comparación con otros países latinoamericanos. En palabras de Montero Lacasa: “…CRISOL…propone un recorrido orgánico y lineal por los aportes étnicos que han ido incorporándose a la sangre originaria, conformando (una) identidad…múltiple, diversa y cambiante”. (Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, 2008).

2.- Retratos Seriales Crisol se presenta, de esta manera, como la sucesión de historias lineales tejidas por el hombre en un tiempo y espacio concretos a través de sus siete lienzos. Por tanto, la obra artística de Montero Lacasa apunta hacia un enfoque crítico y exploratorio con temas que se concentran en torno al hombre, su ambiente y su circunstancia. Asimismo, el artista proyecta, por vía de la imagen, una historia, la de las migraciones en su país, en tanto proceso de acontecimientos lineales o aparición conjunta se refiere, y una superposición de diversas culturas de características: actitud existencial, forma de expresión y fisonomía; representando, de este modo, las conquistas culturales que aparecen diferenciadas o congregadas “en unidades a través de un proceso de vida histórica y que lo pone en relación de victorias y derrotas, conquistas y migraciones” (Weber 1960: 21).

Desde los restos arqueológicos de los primeros pobladores hasta el hombre

contemporáneo, cada secuencia se detiene en un aspecto nodal de la historia narrada, palabras estas de Marrube (Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, 2008). Así, en Retratos Seriales Crisol se suceden cronológicamente la conquista, la colonización, los movimientos migratorios, la modernidad y la complejidad de la contemporaneidad, donde sus personajes se encuentran insertados en un contexto histórico-espacial que les resulta propio (ver imágenes de la 23 a la 30).

En este sentido, en los lienzos de Montero Lacasa surge la relación figura-fondo. El hombre que crea, vive, habita y atraviesa lugares. La vinculación, como la asume Heidegger (citado por la Academia Nacional de Bellas Artes, 2002), de sujeto y ambiente no es otra cosa que el habitar esencialmente pensando ese territorio real e imaginario. Los fondos en Retratos Seriales Crisol hablan de un espacio específico: el campo, la ciudad, el puerto, que junto a sus personajes se presentan como registros fotográficos de experiencias culturales específicas, como miradas concretas “que buscan narrar y criticar al mismo tiempo las pasiones…de cada día” (Sarlo, 1996: 9) y para ello, se recuerda o se remite a la historia para significar, reflexionar y entender sobre un acontecimiento determinado (Ricoeur, 2000).

Montero Lacasa invita al espectador, a través de sus personajes, a ubicarse en el centro de la escena histórica para ser observado e involucrarse dentro de ella, de modo tal que ya no es sólo el espectador quien mira sino que también él es mirado. En este sentido, es la historia misma quien nos interroga y nos hace reflexionar, instando a la construcción de una memoria viva y, por tanto, a su lucha contra el olvido. Para Matías Montero Lacasa, el contexto histórico es necesario y así busca plantearlo en Retratos Seriales Crisol. Toda su serie es un referente icónico de ella, por ejemplo, A fuego lento (ver imagen 23), muestra una civilización, la de los primeros habitantes, a los ancestros de la tierra argentina o (latino) americana, para proseguir luego con el lienzo titulado A la fuerza (ver imagen 24) que narra esa constitución étnica marcada por la diferenciación sociocultural de blancos, indígenas y negros, pasando posteriormente por las corrientes migratorias hasta finalizar con la representación compleja, confusa del hombre actual y el lienzo en blanco (ver imágenes de la 25 a la 30).

Montero Lacasa, como todo intelectual, ha leído sobre las bases históricas de su país para representar, a través de la imagen, un hecho concreto. Ha sido el caso de Retratos Seriales Crisol, y es por esta razón que la imagen 25, Por curiosos, registra el ingreso de los primeros inmigrantes europeos vistos como una posible solución al problema de la falta de brazos aptos para la agricultura, aunque es necesario precisar que a tierras argentinas no solo arribaron agricultores, sino también grupos de educadores, pintores, artesanos, etc. y quienes muchos de ellos fueron padres o abuelos de artistas y demás intelectuales nacidos en suelo argentino (ver imágenes 25 y 26). Así las cosas, Montero Lacasa quiso recalcar y reflejar la complejidad multicultural de su país, específicamente de Buenos Aires, como resultado de las migraciones sucedidas en la historia argentina desde finales de siglo XIX hasta las primeras décadas del XX particularmente.

Ante esta situación, el tiempo, uno de los elementos presentes en el contexto histórico y en la obra Retratos Seriales Crisol, representa para Montero Lacasa una de sus inquebrantables búsquedas. Tomando en cuenta lo enunciado por Eco y Calabrese (1987: 7) en cuanto a la temporalidad en la obra de arte, podríamos ubicar a Retratos Seriales Crisol en el grupo del tiempo representado, definido por el flujo cronológico, por la sucesión de acontecimientos que constituyen el objeto de una representación determinada, ya que la obra hace posible una lectura lineal, sucesiva de los hechos que allí se representan visualmente: la historia del hombre, de la cultura y la civilización, que va desde los antepasados hasta la época actual, con la definición no sólo de sus personajes o actores, sino también la del espacio físico que los circunda y configura.

En todo este proceso de los flujos migratorios y como factor ligado, innato a la vida del hombre, la idea del viaje está allí presente, es lo que hace imposible ver el mundo desde un centro; siendo posible abarcarlo atravesándolo en todas las direcciones. Una imagen en la obra de Montero Lacasa que evoca directamente la idea del viaje la encontramos en el símbolo del barco al fondo de los lienzos Por curiosos y Obligados, cuyo escenario es el puerto de Buenos Aires: iconos emblemáticos estos del viaje migratorio (imágenes 25 y 26). La imagen 27, de nombre Adentrándose, indica ya el proceso de incorporación definitiva de los inmigrantes europeos a territorio argentino y su desempeño en las labores del campo. Los rostros de estas gentes guardan una singularidad propia, los hay rubios y morenos, podría inclusive hablarse de sus nacionalidades, española, italiana o alemana. Ya en las imágenes 28 y 29, tituladas Apasionados y Confundidos, respectivamente, hay una configuración de lo que es Argentina: un país heterogéneo, diverso y complejo culturalmente. En la concepción de Montero Lacasa, el viaje es visto, o abordado, como una aventura que implica una búsqueda de la existencia.

El viaje, parte considerable de Retratos Seriales Crisol visto a través de sus personajes, destacan por ser “verdaderos viajeros” (aquellos que) “parten para partir”, como dijo Baudelaire (citado por Chevalier y Gheerbrant, 1986: 1067). Esto es en gran medida lo que demostraron los inmigrantes europeos en suelo argentino y, de una u otra forma, es lo que intenta reflejar el artista en la actitud de sus personajes (ver imágenes 25, 26 y 27), constatándose en ellos, además, que el “viajar es una imagen de la aspiración”, dice Jung, “del anhelo nunca saciado” y que en algún lugar localiza su fin, pues, “viajar es buscar” y hallar (Cirlot, 1997: 463-464). De esta forma, el verdadero viaje es transformación.

3.- Uno de los ejes de investigación del arte, la literatura, la filosofía y otros campos del

conocimiento, ha girado en torno al hombre, las relaciones de éste con los demás, consigo mismo y con su medio ambiente y ese reflejo cambiante que es el otro. Montero Lacasa, para esta muestra, maneja los conceptos de hombre–identidad–espacio como fotogramas de películas vistas en primer plano donde cada retrato guarda una singularidad que le hace individual dentro de lo global, imagen que, de una u otra manera, está próxima a los personajes de Antonio Berni, por estar inmersa entre lo particular y lo colectivo y por la forma de re-crear el relato, originándose una historia propia y fusionada, a la vez, con el entorno.

De lo expuesto puede deducirse que los personajes de Matías Montero Lacasa no sólo conviven entre ellos, sino que a través de sus miradas hacia el espectador buscan intercambiar su historia, quizás la del propio observador, pues hacen recordar el pasado (ver imágenes de la 23 a la 27) o revivir o despertar el presente (ver imágenes 28 y 29) o soñar un futuro (imagen 30), a través de sus relatos silenciosos reflejados en las miradas de sus personajes, instando al espectador no tanto al recuerdo de la historia, sino a su entendimiento, “aunque para entender sea preciso, también, recordar” (Sarlo, 2005: 26). Por consiguiente, el que mira la obra de Montero Lacasa es tomado como un personaje más de la historia, constituyéndose como el eje activo de la representación porque lo exhorta a rehabilitar la memoria histórica.

Los rostros frontales, con miradas fijas y penetrantes de los personajes de Matías Montero revelan esta condición acotada anteriormente, señalada, por ejemplo, en el juego entre ver y sentirse visto. De esta manera, “la mirada del otro se combina con la nuestra para establecer un diálogo que nos hace partícipes del mundo visible”, dice Berger (1975: 15). La mirada enmascara los ojos, testimoniando, en este sentido, el intercambio dramático e histórico que se da entre los sujetos al establecerse el juego mirar-ser mirado, fundado en un acto de aprehender (Zambrano, 1986). Además, la mirada, junto al cuerpo, se constituye como territorio de lo propio y lo ajeno donde se escenifican los deseos ocultos y los miedos, de tal modo que cada uno revela su identidad y marca, al mismo tiempo, el ocultamiento del otro, pero también marca o señala el inicio del encuentro consigo mismo y con el otro o lo otro. Es allí, en ese espacio donde el hombre avanza perpetuamente hacia aquello que es lo otro.

Uno de los elementos que entra en acción en la obra de Montero Lacasa, y que, directa o indirectamente, forma parte de la diversidad y del tema sobre el otro o lo otro *[es la figura del travesti, visto en el segundo personaje de izquierda a derecha de la imagen 29], ya que, “a los combates por la historia también se les llama ahora combates por la identidad” (Sarlo, 2005: 27). Esta figura, sin dejar de llamar la atención por su sensualidad, escribe Sarlo (2001: 76-78):

“exhibe una variante del sexo que perturba más que cualquier otra. Inquieta una caída de la norma que debilita lo que se consideraba ‘normalidad’. Imagen que fractura lo ‘natural’… Algunas calles de Buenos Aires… muestran una reconfiguración de las apariencias sexuales que contradice la dualidad hombre-mujer. Jugando con la mezcla y la exageración, se desacomodan los esquemas sexuales y se refutan las reglas que fijan lo mostrable legítimamente…”.

Esta imagen representa el quiebre del cuerpo para transformarse o resurgir en otro con otra identidad; de hecho, es una figura que fractura lo habitual o natural. La figura del travesti es el triunfo de una especie de liberación transitoria: el cuerpo que se reviste y “se resiste a una clasificación binaria, porque reclama el derecho de elegir la indeterminación”. Así, se constituye como una “belleza amenazadora” (Sarlo, 1996: 33). Es un ser que lleva una vida en silencio en los intervalos existentes del mundo (Castro-Klaren, 1989).

Ante este dilema, Matías Montero Lacasa propone también el tema de la máscara como la fragmentación, la coyuntura de la identidad contemporánea argentina, como lo expresó en una ocasión Borges: “O ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino…es una máscara”, cuestionamiento que en parte pudo surgir producto de las oleadas migratorias con la imagen fraguada en la mente argentina de ser europeos en Latinoamérica (citado por Rubiano, 1989: 53), en la que se repite la ausencia de un sistema de referencias de carácter identitario y donde el cuerpo se torna vulnerable. Lo que está en juego es la constitución del ser: el modo en que se percibe el hombre a sí mismo y a los demás, y cómo los otros también lo miran, maneras estas, en fin, de experiencias que están a disposición de las sensibilidades humanas moldeadas por la influencia urbana (Olalquiaga, 1993).

De forma global, el cuerpo, en Retratos Seriales Crisol, constituye, según Olalquiaga (1993: 123) “el refugio de la identidad. Como la ciudad en desaparición, el cuerpo es la única prueba concreta de la existencia… La ciudad y el cuerpo se convierten en ruinas… en paisaje transitorio” (ver fondo de la imagen 29) visto también en la representación laberíntica de ciudad fragmentada, compuesta por formas rectangulares y cuadradas. De esta forma, Montero Lacasa describe la cultura urbana vista como una sala de espejos (ver imagen 29). En medio de ella, se busca el hombre. Montero Lacasa cierra el conjunto histórico-plástico con una tela en blanco (ver imagen 30) donde el ser humano no está presente, hecho que puede arrojar un resultado incierto o impredecible, producto de construcciones o estructuras heterogéneas, variadas o eclécticas significando quizás, “por un lado (un factor) caótico y desesperanzador, por otro (un mundo) infinitamente rico en posibilidades”, palabras del artista ofrecidas en una entrevista en el Sívori.

En Retratos Seriales Crisol Matías Montero Lacasa sintetiza o concentra estos elementos temáticos empleando un lenguaje netamente figurativo, de pincelada sencilla y detallista, donde la huella de lo personal es lo que marca la identidad y la autenticidad de cada personaje. Es la historia sociocultural de América y de Argentina específicamente, la que se narra por medio de la pintura de Montero Lacasa. El lenguaje plástico del artista está definido por el juego de vibraciones y tensiones que se originan entre el espacio, la figura y el color. La línea expresiva de su obra la constituye el lenguaje del dibujo donde el color ejerce una acción generativa e identificativa como pensamiento sensorial de su obra.

Lo que al espacio se refiere en Retratos Seriales Crisol actúa como componente físico que sirve de escenario al desarrollo de cada acción relatada pictóricamente y al movimiento de los personajes. Cada espacio se define por elementos característicos: el barco, por ejemplo, y geografías específicas: el puerto, el campo, la ciudad, interactuando junto a sus protagonistas.

Por otra parte, las figuras, los personajes de Retratos Seriales Crisol están en estrecha relación con el espacio, con el ámbito que los rodea. El efecto se logra con una primacía de la materia que, convertida primero en mancha y luego en referencia objetual, se impone. La imagen del individuo es el resultado del juego de las líneas entre sí, y éstas con el espacio y el color. La figura del hombre, en cuanto temática, se presenta como una necesidad. Es el sujeto del pasado y el presente inmerso en el laberinto de la existencia. En consecuencia, la visión del ser humano y del mundo que se desprende del trabajo artístico de Montero Lacasa, igual al caso de Berni, deviene sucesivos cambios de la imagen que la hacen diferentes la una de la otra, y por la representación en cadena de la figura humana. Las inquietudes en estos dos artistas argentinos, hallan anclaje profundo en una geografía física y mental que reconocen pertenecerles, con tierra y vivencias cotidianas, de las que se desprende esa expresión y fusión sociocultural. Ello, ante todo, responde a una etapa de documentación eficaz, sustentada en una vigorosa reformulación de los recursos plásticos. Así pues, aparecen figuras frontales, de carácter mostrativo, ensimismadas, falsamente inexpresivas, de un particular mutismo: no hay aparente reclamo o palabra alguna pero hablan por ellas la mirada y la naturaleza de fondo. Por consiguiente, Montero Lacasa enuncia presencias, impulsado por el deseo de representar tipos regionales de Argentina, en circunstancias específicas de la historia.

Los colores cálidos, ocres, amarillos, en la serie de Montero Lacasa, parecen atraer al espectador, tendiendo a identificar y colocar a las figuras en el mismo plano, lo que conlleva o conduce a la figuración narrativa, lo que justifica su sentido histórico y de ciclo. Los fondos de los lienzos vienen a confirmarlo. Si la línea define al dibujo, el color precisa a la pintura. Así que el color en Retratos Seriales Crisol se convierte en un elemento vibratorio del dibujo. En resumen, pintar para Matías Montero Lacasa: “…es la construcción de la identidad a partir de la mirada de los otros y sobre los otros. Conformando esa red multidireccional en la que todos somos observadores y objetos de estudio a la vez…” (Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, 2008).

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Dalia Fernández nació en Mérida, Venezuela. Cursó estudios de Letras mención Historia del Arte en la Universidad de Los Andes, Mérida, obteniendo en tres ocasiones reconocimientos académicos. Realizó prácticas de pre-grado en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, cursando a la vez talleres y seminarios, destacando el Seminario Desafíos que plantea la globalización en las Artes Visuales, auspiciado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Laboró como agente de viajes, secretaria en la Dirección de Estudios del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura e investigadora colaboradora en el Museo de Arte Colonial de su ciudad. Entre sus publicaciones cuentan fragmentos de su informe de grado titulado La obra Retratos Seriales Crisol de Matías Montero Lacasa como expresión del fenómeno migratorio en Argentina, entre otros artículos para el Departamento de Historia del Arte, museos y escuelas de la entidad.

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