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La puerta que abrió otras puertas

Miércoles, octubre 12, 2011
Por
This entry is part 4 of 18 in the series Número 16. Octubre de 2011

Poesía. Pensamiento.

Por César Seco…

 

 Capítulo 7. Noche, de La llave de arena

 

Chema Madoz

Chema Madoz


 

Mira:

te estás mirando a ti con toda el alma

como si fuese para siempre…

 

Eliseo Diego

Hace rato es noche y puedo seguirla en el cuaderno. Escribir ha sido para mí la más estimulante conversación conmigo mismo. Sólo equiparable al relámpago de la adolescencia, al súbito mismo de la enfermedad, al amor cuando se presentó y no pude huirle. El siempre aparecer y desaparecer de las palabras vertidas en imágenes presentidas, vividas, soñadas, y ese, el instante siempre nuevo que las suscita: el tacto lento de las mismas al ir encontrándolas, la emoción a veces tensa y a veces fluida que las provee, pacto suscrito con el silencio y la promesa de revelación siempre inconclusa. “Corazón y cruz es la poesía…”, anoté hace años en otro cuaderno, y a ello seguía esto: “Lectura que el poeta hace de la vida con su lengua, en atención al llamado de su mudez recóndita”. En esto creo: pequeño cosmos de súbitos y perplejidades, de silencio concurrido, de inaudible grito adentro y callada respuesta, respiración en todo caso. Algo ha debido ocurrir para que fuera receptor de esto, visiones o ecos, apenas dicho por las palabras, en la oscuridad de todo y nada, en la duda misma del instante súbito en que llega. Mar de incidencias que se acerca y se va de mis pies tal como llega, ola revuelta. En principio no escuchaba, aunque las distinguía en su timbre, en su sonoridad apenas audible, no prestaba atención, no atendía a lo que me llamaba desde adentro y pugnaba por salir vuelto letra, o bien, tan sólo esperaba que todo eso se volviera nítido, que lo escuchara claro como el latido mismo de la vida, adentro.

Nada alrededor se hacía substancia, nada terminaba en algo que me hiciera llegar a la impronta del anhelo. La decisión de abandonar la poesía estuvo ahí muchas veces, pero el pálpito no desistía, el súbito de ella se presentaba sin esperarlo siquiera, vivía conmigo. Parecía estar desprovisto de todo para que ella se alojara en mí y calibrara mis sentidos, y exigente fue siempre su demanda. ¿Qué lo que deseaba escribir? ¿Qué lo que no podía? Todo permanecía en un pozo anegado de vacilaciones, de aplazamientos. El país no andaba mejor, ya habían ocurrido los infames hechos de aquel febrero que la represión cínica que desató el gobierno convirtió en herida, y el falso país “a cuatro treinta” se hizo pedazos en un solo momento, en tanto que la televisión sólo mostraba hechos aislados y yo seguía con mi dilema. Vino después el amanecer de los coroneles, primer intento por defenestrar a una oprobiosa oligarquía que se hizo con el poder desde la Independencia, turnándose entre caudillos y vacilantes demócratas corrompidos. Todo aquí era simulación (tal como lo aseveraba Cabrujas, uno de los faros intelectuales del país),y simulación en palabras de él era decir  relajo y  corrupción impune. Por otro lado mi matrimonio hacía aguas hace rato y aun aceptando que estaba roto seguía llevando el pan y la leche todas las tardes, regresando a casa no más allá de las nueve después de unas pocas cervezas con los amigos, y desde luego, esperaba que la poesía entrara con pasos lentos por mi puerta y me sacara del hoyo donde sólo parecía estar afuera mi cabeza.

 

Francis Bacon. Autorretrato

Francis Bacon. Autorretrato

 

En el 93 volvía de Cumaná. Había asistido a un encuentro al que fui invitado por el poeta Ordaz, encuentro que se llevó a cabo en la casa donde nació el poeta José Antonio Ramos Sucre. Recorrí la casa a ver si aparecía un rasgo de la personalidad del autor del Cielo de Esmalte, un rasgo que me lo mostrara más nítido que esa desvaída foto en sepia que estaba al fondo de la pared del que fuera su cuarto, foto que conocemos como si fuera la única que se tomó en vida. Una penumbra tibia descendía sobre los objetos: el aguamanil, la cama, algunos libros, nada de ello me dijo algo, no mucho más que la combinación secreta de sus palabras, tal como las puso él en sus libros con esa perfección insomne de su prosa poética. Luego, cuando finalizamos el recorrido, me separé del grupo y en segundos gané la calle, me fui de paseo, me detuve un instante a escuchar a un viejo fotógrafo de plaza que decía a otros señores en torno suyo, que nada más puntual que venir a una hora precisa al Manzanares, llevarse una mujer en los brazos y que a uno nadie lo vea por supuesto, a menos que sean los ojos de esa mujer que nos acompaña al otro lado del río. El relato, me intrigó, y me animó a recorrer la ciudad, acaso en busca de eso que el viejo fotógrafo figuraba para los oyentes, sin percatarme cuanto de ello pudo haberme condicionado a sentir las cosas de distinta manera a cómo hasta ese momento las había percibido, instalando en mí el incierto síntoma de lo desconocido. En algún momento, Cumaná me pareció idéntica a Coro, pero ya en la próxima esquina no tanto. Algo hizo que estos hechos, estar en casa de Ramos Sucre y dar un paseo por la ciudad, se hicieran coincidentes y trajeran a mi sentido, preguntas que no asomaban respuestas. Regresé mudo al hotel y ya en la noche, apenas si pude cumplir con mi lectura, un solo poema como lo habían dispuesto los organizadores por la cantidad de invitados, algo absurdo como todos los hechos que siguieron.

 

Al otro día, el regreso estuvo movido por inesperadas circunstancias. El recorrido por la casa de Ramos Sucre y lo que el viejo fotógrafo dijo en la plaza, dejaban por un momento de intrigarme, pero la espera en el aeropuerto fue tan larga que me fatigó. Salimos con retraso del hotel y nadie supo explicarnos el por qué. Llegamos tarde y no tuvimos tiempo de abordar el vuelo que indicaba el boleto, el de las nueve de la mañana. El avión, después de aterrizar en  Maiquetía, haría escala en Barquisimeto, pero nunca llegó y nos pasaron a otro vuelo y se nos dijo que debíamos esperar. Pasé las siete horas más largas de mi vida esperando un avión que no llegaba, como no llegaban tampoco las palabras que me hicieran sentir el merecimiento de aquel silencio que me apartaba de todo. Enmudecí. Apenas si retenía el rostro de los míos y la ansiedad toda de volver a verlos. Fue como si las palabras se hubiesen retirado a un lugar recóndito donde no las advirtiera. Nada alrededor parecía ya lo que había sido, a nada podía nombrar, nada era. A mi lado estaba mi amigo Orlando Barreto, callado también, cejijunto. Estábamos lerdos, idos, tal vez por tanto whisky, por tanta alabanza complaciente, por tanta inquina motivada por la envidia de unos y la presunción de otros. No hubo discusión, ninguna crítica que valiera la pena, y cansados de nada, de nadie, en verdad, sólo de nosotros mismos, nos aprestábamos a volver cada quien a su realidad. Hubo un momento en que me pregunté si ese enorme silencio alrededor de nosotros era para que sintiera cómo hablan en verdad las cosas cuando apartamos lo provisional y lo aparente no tiene peso y esperamos tan sólo la resonancia invisible de ese algo que de otra manera dice las cosas.

 

Francis Bacon - ‘Study fron the Human Body, Man turning the Light’

Francis Bacon - ‘Study fron the Human Body, Man turning the Light’

 

Llegué a casa conturbado. Apenas largué la maleta en un rincón me incliné a besar a mis hijos que salieron a recibirme cuando sintieron abrirse la puerta. Seguidamente me encerré en mi cuarto de lectura, sin verle el rostro a mi mujer que me hizo señas desde la cama, señas de que estaba cansada, de que había estado despierta esperándome mucho tiempo, que ya no quería verme, todo dicho con un solo gesto, la mano levantada y vuelta a caer sobre las sábanas. Sé que le respondí con igual gesto aunque no significara lo mismo, y ella, entre dormida y despierta bajó la mirada y llamó a su lado a los niños. Todo tipo de infructuosos razonamientos ocupaban mi cabeza. Me acosaba una verdad que sabía aplazada, entraba en cuenta de que todo lo que había ocurrido conmigo hasta ese momento llegaba a expiarme buscando le respondiera. No había hecho otra cosa que ocultarme de mí, de quien acaso era. En verdad estaba molesto conmigo mismo, y nada, nada afloraba. La poesía me había encandilado casi al final de la adolescencia, porque hasta entonces sólo había hecho amagos de escribirla. Luego, en el tiempo que acudimos a la Biblioteca había tomado pulso sobre mis indecisiones, pero nuevamente, los últimos años, la poesía se había replegado quizá por ese mismo ocultarme, por ese tratar de desentenderme de todo lo que me afectaba, por esa negativa a reconocerme impreciso, habitado y deshabitado a la vez por todo y por nada, impelido a escribir desde mí sin artificio. Sí, lo que fuera impulso, sobresalto, ganas, voluntad se había apartado a una orilla incierta, desde donde ahora, comprendía, sólo la podía hacer aflorar la confrontación directa conmigo mismo. Había ido a Cumaná a buscar qué, me preguntaba incisivo, acaso a la espera de que el viaje me trajera una respuesta, pero no me la dio durante el trayecto que, en medio de eso, se hizo más largo. Se pretendió pasar revista a la poesía de los últimos tiempos, como si fuese un informe, un listín de nombres sobresalientes al resto, para qué, para quién ese listín de complacencias consagratorias, antologías del ego en todo caso, me decía con una mueca untada en mi labio. Si poetas excepcionales como nuestro tan querido Zamarrita quedaban al margen de tal inventario, qué podíamos esperar nosotros los desconocidos. Traía esa mueca untada en el labio y en todo el rostro, pero esa mueca era alimentada mucho más por una verdad que sabía aplazada por mí, y esa misma verdad, personal, íntima, me exigía hacerlo ya.

 

Alechinsky Pierre; Solei Noir III

Alechinsky Pierre; Solei Noir III

 

Esa noche en que fueron muchas mis preguntas sin que aparecieran las repuestas, pude verme, pude reconocerme sin que mediara nada que estuviera fuera de mí. Nunca había sido tan duro conmigo, como esa noche lo fui. Nunca había sentido la verdad tan cerca de mi presencia, nunca la había sentido como la sombra que nunca se había ido de mi espalda y se burlaba de mí y me enrostraba su estafa. Hasta ese día, el miedo y la duda, estuvieron impidiendo que escribiera con claridad el menor atisbo de mi verdad, impidiendo pues que lo que soy realmente fuera la piel misma del poema. Esa noche miré de frente a la enfermedad que he sido y aceptándola del todo fue como si la abrazara y la besara sin distingo. Esa noche estuve a solas con quien sólo había estado aguardando por mí para enterarme cuál era el rostro en que podía reconocerme. De niño fue sorprendido por el cortocircuito de la epilepsia: se me nubló el sentido y caí al otro lado de lo oscuro, caí como árbol talado por un rayo que no sé de dónde vino. El hachazo me separó de mi centro, una descarga eléctrica me derribó al piso y me hizo saber que no habitaría ya el reino de los sanos. Esa noche fui un aura impreciso y violento, pero esta vez no convulsioné. Me quedé mirando el cielo, todo se hizo más claro alrededor, parecía llegar así algo que aguardaba pero del cual nada sabía.  Todo lo que hasta ese momento había callado brotaba como haz de luz y podía ya sospechar al menos de donde venía: de un boquete oscuro en el fondo de mi cabeza. Un río de imágenes desembocaba en esa dispersión, en ese súbito de estar a oscuras por un momento y volver a la claridad más cierta: la del que sabe que no es sano. La enfermedad me increpaba por haberla reducido a eso, a confusión y desvarío, y pedía ella expresarse desde ese no saber, desde esa sospecha y me oía respirar y permanecí atento a lo que llegaba como alud, sin dique ya que lo contuviera. Algo impreciso, pero allí estaba y, había venido a mi encuentro porque siempre estuvo esperando por mí. Caí en cuenta que en la prolongada oscuridad por fin se había dejado ver la radiación áurea que le precedía, y sentí que me trasladé de lugar, que me fui de aquí a otro no físico, ni tangible, pero igual o mucho más verdadero, adentro, en la entraña, y supe que ese sería ya el lugar de mi espabilamiento: lo que en lo sucesivo la poesía tal vez haría venir. Y me supe árbol con su sombra refleja en medio del patio de mi infancia y el viento me balanceaba de uno a otro lado, hasta quedar firme, anclado en la tierra por sus raíces, esperando ese rayo que me llevara por la oscuridad como regresarme podía a la claridad. De un rincón del olvido emergía la casa de mi nacimiento y mi madre me tenía en su regazo y me columpiaba en la brisa como para que reconociera todo en lo cual estaba creciendo. Toda la atención debida, todo el sentir aplazado fue para verme en ese árbol tan sólo un instante, y tomé un lápiz y de un margen a otro de la hoja fui escribiendo esto:

 

Ahora entro.

 

Andaba el cielo,

se movía sol, se movía nube, se movía luna,

y se encontraba estrellas.

 

No corría el agua.

El mundo estaba quieto allá.

Y no había recuerdo y escuché mi nombre.

 

Escuché y el agua

comenzó a caer de donde no la veía.

 

Había un árbol

y en él mis hermanos venían,

venían en la brisa.

 

Caminé hacia la puerta

y por ella entraron el árbol, la casa, las voces, y era allá, y era aquí.

Y entró también el cielo.

 

Y por la puerta fui de uno a otro lado,

 

Y abrí.  Y cerré.

 

Y la casa y las voces se quedaron allá adentro,

 

Y sólo salió el árbol

 

todo claro, todo oscuro.

 

Acaso, después de tan prolongada espera, podía preguntarme: ¿fue una noche de gracia? La mudez devino en repentina escritura, y luego en breve sosiego, porque aun bullían cosas allá adentro, presentimientos que no alcancé a precisar sino después. Me asomé a la ventana del balcón y en la penumbra azul de la noche ardían luceros, redonda la luna viajaba al encuentro del sol en cuanto amaneciera. Me sentí también en esto, en ese paso del viejo satélite por el cielo antes que la luz del astro rey la borrara, siendo también eso que daba vueltas en torno a mí, como las daba aun, invisible en el cielo. A lo escrito titulé luego La puerta, porque fue una puerta lo que en verdad se abrió al fondo de esa oscuridad en que por años estuve sumido. Y fue como si del lado acá de mi sombra y del lado allá de la luz, el que era se dejara ver nítido, resplandeciente. Y el que era habló escribiéndolo y lo hizo desde la enfermedad que era. Habló de caídas y levantamientos, habló de fugas y regresos, y lo habló así porque eso, nada más que eso había sido hasta ese momento. Esa noche fui el que esperó palabra del silencio y escuchó, y tuvo que ponerlas en letra antes que el día llegara y nuevamente la oscuridad volviera como suele ocurrir en nuestras vidas y en el tiempo. La lengua que habló fue mi lengua mordida de niño, habló el rayo fulminante de la caída, y ya no sería, lo supe, tan solo padecimiento. No hay nada que pueda arrebatarme ya de este ámbito donde mis ojos se abisman y el silencio suena.

 

Chema Madoz (libro sobre el fotógrafo, publicado por La Fábrica Editorial, de Madrid, España

Chema Madoz (libro sobre el fotógrafo, publicado por La Fábrica Editorial, de Madrid, España

 

Chema MadozMi vivir de todos los días fue trazando ese “algo” que sólo ahora razono sin precisarlo del todo porque me es imposible. Cada escrito suma un recorrido, una intersección, un encuentro, pero también, un alejamiento y una vuelta a lo mismo. Me topé con las palabras y ya no volví a lugar normal, aparente;  me quedé con lo que hay de humano y sobrenatural en cada quien y en mí. El instante diario que la página en blanco me reclamó se lo di después de mucha reticencia, estuve ahí y esperé que el silencio hablara: instante que el súbito se hizo poema, y habló la voz muda que iba por dentro, habló. Incluso el lastre también habló desde mí, porque no hubo propósito de mentirme, ni mentirle a nadie y nunca a la poesía. ¿Me ha hecho ella distinto del resto? Hace un momento antes que entrara la noche, me lo pregunté, con mis dos manos separadas, el café y el cuaderno abierto por delante. La respuesta no está más allá del instante en que se hizo y este otro en que lo pongo en letra.

 

Escribo un diario que he abandonado muchas veces, pero al que cada cierto tiempo vuelvo como el moroso que debe pagar su deuda a tiempo. Lo llamo Diario inconcluso, porque me sigo hablando desde él, hablando mi monólogo disperso, en la incertidumbre de siempre, en la provisional certeza, en las preguntas con las que suele asaltarme el silencio, ese “algo” apenas dicho y nunca concluido; eso que no nos da nunca todas las respuestas, pero tampoco nos las niega, en las que encontramos y en las que no, porque simplemente no hay nada más inexplicable que ese incesante obrar del sentido, el sinsentido o Dios, lo cual es lo mismo. Me reconstruyo por fuera, me reconozco por dentro; el súbito mismo, lo incomprensible a veces, la caligrafía nerviosa que dejo en el cuaderno. Necesidad de precisar que estoy siendo en todo momento uno distinto y siempre el mismo y también desgarradura necesaria del ser para no envanecerse, para no entorpecer la música de las palabras. Lo siento, lo entrevisto, lo percibo. Todo en poesía es gestar “lo extraordinario”. Esta afirmación de Keats siempre me la digo cuando estoy solo, en espera de esa posibilidad magnífica que presiento venir de a poco como debida promesa: la poesía debe llegar como sale el sol cada día, sino es mejor que no llegue nunca.

 

Carl Gustav Jung. Sobre El libro rojo

Carl Gustav Jung. Sobre El libro rojo

Liberto Liberio religaba, decía que la poesía parió al poeta y que ésta obraba como dios (en minúscula, aclaraba él). Decía Liberto que era lo más parecido a un hombre mediando entre cielo y tierra, pero que podría ser además un “artefacto peligroso” o una simple “debilidad de carácter” si no se era consciente de su poder de revelación o bien de su nadería, “porque los hilos de la poesía son invisibles y siempre reveladores al que los detenta o al que se acerca a ella desprovisto de ego, y al que no, puede destruirlo”, recalcaba. Llegué a creerle porque lo había probado en mi experiencia, día a día, cada vez que la poesía trajo del silencio esas palabras que no son del todo de uno, que sólo precisan de un oído que las escuche, de una mirada que las vea hacerse de la nada. La realidad se imagina a sí misma, y la vida es sólo lo que es en cada quien, nada más en eso somos distintos y el resto es poesía, sólo eso. Habrá respuestas que ella se lleve a la boca y calle enseguida, como me llevo este pan a la mía y lo digiero. He aguardado, he respondido a lo que el silencio me dijo, cada vez y cada cuando. Poesía puedes ser cualquier llave de estas o el mazo completo, así de sencillo.

 

Cesar Seco

César Seco

 

 

 

 

 

 

 

César Seconació en Coro, Estado Falcón, Venezuela, el 29 de enero de 1959. Poeta, ensayista y editor. Fundador de la Casa de la Poesía «Rafael José Álvarez» y de la Bienal de Literatura «Elías David Curiel». Director de la revista OIKOS. A principios de los años 80 formó parte del grupo literario Cráter y en la actualidad pertenece a la Red de Escritores de Venezuela. Ha sido galardonado dos veces con el Premio Municipal de Literatura de la Alcaldía de Miranda del Estado Falcón (1993 y 2000). Con el libro El viaje de los argonautas y otros poemas obtuvo el Premio de Poesía Bienal de Literatura «Ramón Palomares» (Trujillo, 2005). Fue colaborador del suplemento literario Verbigracia del diario El Universal. Integra la redacción de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Ha publicado los libros: El laurel y la piedra, 1991; Árbol sorprendido, 1995; Oscuro ilumina, 1999 y Mantis, 2004. Poemas y ensayos de su autoría han aparecido en revistas nacionales y extranjeras.

 

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