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Siete Poemas de Guillermo Fernández

Sábado, diciembre 5, 2009
Por

Poesía

This entry is part 5 of 16 in the series Número 3, diciembre de 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

Vincent Van Gogh, La noche estrellada

Hacia la noche

A Juan José Arreola

Del alto muro ensimismado se desliza el hilo tornasol y fugitivo de la hora.

Alguien y su gesto poderoso ha ordenado el silencio repentino de los pájaros.

En un agua internamente estremecida hace su pedestal la estatua del aire y mira esta bahía de luz desolada en la que el más pobre de los deseos no encuentra albergue.

Extravía su curso un rumor de aguas ocultas, hilvanando los ecos que el olvido no cicatrizó del todo. Emerge de la tierra y reblandece el perfil de las cosas, domando la soberbia con que nos engaña el día y nos reduce a un coro de polvo impreciso.

En otra hora, en que la luz anuncia las cotidianas profecías, no cabe ya mirar, sino hacia adentro. Desandan los ojos el camino donde nada creció más que la herida y el diálogo ininterrumpido con nuestra propia sombra.

De su libro “Visitaciones”

*Cuerpos entrelazados


Amo esos pasos

Tengo que acordarme bien
de que no he dormido

Proust

Amo esos pasos y todo lo que el silencio sabe de sus ocultos deslizamientos.

Amo esa grieta adivinada que súbitamente parte un cuerpo en dos, mientras la estalactita sosiega el ademán de un tiempo lejano e ilumina débilmente los cristales del invernadero.

El quedarse en vilo, oyendo crecer el abandono de la noche, atrapados por el muro que retrasa su derrumbe.

Amo ese momento en que el mundo se despuebla de pronto para que sólo existamos los dos y sopesemos la cantidad de nuestros miedos.

Entrecerrar los ojos.

Canturrear la estúpida cancioncilla que dio un sentido a nuestra inexperta complicidad.

Aquí se conjuran gestos y palabras de otros tiempos; algún abrazo descansando sobre el hombro como una palabra distraída; la lentitud del silencio redondeando el fruto; la importancia de dos nombres, claros como dos vasos de agua.

No obstante, entre tú y yo ha crecido la hierba.

Han medrado los cuervos en el paciente corazón.

Y a veces no ha bastado dejar el lecho para ir en busca de nuestra sombra: en el espejo del baño otros nombres y otras fechas zarpan hacia otras fechas y otros nombres que ya no compartiremos.

Ahora podemos cerrar los ojos sin quedarnos ciegos; patear las puertas atrancadas de esa infancia, donde se sigue abriendo el bello crimen que ya no podemos compartir.

Esa mano sobre mi hombro me parte el cuerpo en dos.

Cenaremos hoy a la misma hora.

A la misma mesa.

De su libro “La Hora y el Sitio”

*La puerta

La caricia

Abre la puerta.

Mírala en su aturdido poderío,

sola.

Que llegue en el albor que entorna la mano donde nace,

sola.

Mañana rugirá en la tormenta,

en la orilla que nadie ha conocido

o en la ausencia final de la memoria.

Sola.

 

De su libro “La Palabra a Solas”.

*

Mañana de primavera

Abres los ojos

preguntas otra vez por ti

por la flor azul que llevaban en sus labios las sirenas

y la luz te responde con un puñetazo en plena cara

Es otra vez la mañana

la bruja con su cesto de manzanas podridas

y la sed en el mediodía de los páramos

la dispensadora de sonrisas en el hocico de las fieras

la abuelita del cuento con colmillos largos

Pregúntale a la almohada

cómo es que siguen en pie los mismos muros

cómo es que el techo no se haya desplomado

cómo es que la pintura de la casa te sonríe

así como si nada

en medio de ese vaho bostezado por cadáveres

Otro día por caminar

otro día por el sol encadenado a tu tobillo

otro día que tampoco sabrá leer tu corazón.

Tras la ventana

la luz va levantando sus tiendas de feria

y las fábricas llaman como hermanas de la caridad.

Desde las sábanas del espanto

oyes el ronroneo de las doce escobas

de los doce niños hambrientos reclutados para el caso.

Levántate que suena la tercera llamada.

En el patíbulo impecablemente aseado

te pondrá la mañana al cuello la guirnalda

que hoy rechazó el mulo viejo y ciego.

Escrito y publicado en Zamora, Michoacán,
en el suplemento cultural “Las Ventanas”,
del semanario Guía, el 10 de agosto de 1975.

*

Por el ojo de la cerradura

En tanta sombra sólo su punto luminoso

la invitación al vals

y la fuga prometida

para despistar a la jauría metafísica

que mordió rabiosa tus talones

Te armaste de valor

y pusiste el dedo en la llaga

Al instante el orificio devoró tu dedo

los dedos

la mano

las sombras de tu cuerpo

y te quedaste flotando tras la puerta

ya sin puerta

sin aquí ni allá

sin arriba ni abajo donde caer muerto

simplemente

una nada

flotando

en el vacío.

Escrito y publicado en Zamora, Michoacán,
en el suplemento cultural “Las Ventanas”,
del semanario Guía, el 10 de agosto de 1975.

*

Peter Schlemihl

Carta a Peter Schlemihl

(Personaje que vendió su alma al diablo)

¿Qué haces aquí, donde nadie te llama ni te busca?

Abandona ya esa grey inmóvil,

el soslayado anhelo de alcanzar el fondo del barranco

entre mármoles y piedras perfectibles aún para el silencio.

No reinventes jamás esa mirada veloz en su reposo,

la exacta claridad entregada a la catástrofe.

Se ha extraviado la mañana que arrojó a tus pies

la escala de Job,

esa llama inconsciente de su vasto poderío

ardiendo incomprensiblemente a solas

bajo árboles y palmas expulsados de otras latitudes.

¿Qué haces aquí?

Puntualmente la niebla a tu llamado.

¡Anda, bufón!

¡Haz sonar ese costal de huesos trabajosamente

enamorados de la vida,

dale a la manivela de tu organillo chirriante,

pégale duro a tu bella pandereta!

Ese tenso redoble de tambor te hace temblar en el acto

de tragar fuego.

En el mármol mojado de la tumba unas cuantas monedas

te miran fijamente.

Un poco más allá del alcance de tu mano,

se deshilacha el rumor de las ropas de los mercaderes.

Cierra los ojos y toca esta niebla,

palpa aquí los antepasados del mar,

las líneas gastadas de la grandeza angélica,

ese rastro de luz en el corazón del sueño.

Para los que aguardan sólo queda la asfixia de la noche innumerable,

la cómplice reseca de la quietud y el silencio.

Anda, Peter Schlemihl,

vete a joder con tu música a otra parte.

La sombra que se pierde tampoco está en la casa de los muertos.

De su libro “La Hora y el Sitio”.

*Caballo de bronce

Una de vaqueros

A Víncent

Como tú dices

cuando el día es un ángel desdentado

o restos del festín de los chacales

cuando la noche aúlla en el lecho de cenizas

y en los rincones gimen los perros apaleados

llega el arcángel disfrazado de Tom Mix

desde los arenales de la luna

con la celeste bendición en sus ojos

y un mayordomo taciturno

—Tonto por supuesto pero con el alma bien peinada—

Ruido a todo galope reenciende la esperanza

y el sempiterno “¡Hi, oh, Silver!”

sopla en las tormentas de la resurrección

La sonrisa de un niño cumple la promesa

y vuelve a cantar la luz del día

con un poco de lluvia alegre sobre el agua

Escrito y publicado en Zamora, Michoacán,
en el suplemento cultural “Las Ventanas”,
del semanario Guía, el 10 de agosto de 1975.

*

Guillermo FernandezPerdido en la inmensidad del tiempo, Guillermo Fernández es un poeta nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1934. Amante de los poetas “malditos”, terminó siendo uno de ellos. Aunque se formó con los grandes maestros mexicanos de su época, su profundidad y manejo de la palabra le dio el poder de volar por encima de ellos, sin que las editoriales ni el mundo se enteren. Guillermo Fernández es uno de esos poetas que nacerá cuando muera.
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