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Volando sobre Los puentes de Sayakima

Lunes, noviembre 22, 2010
Por

Poesía.

Por Manuel Gayol Mecías…

 

Éstas son algunas impresiones que pretenden atrapar la belleza del poemario de la poetisa cubana Cora Ramírez, Los puentes de Sayakima (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993). En los momentos en que escribí estas palabras…

 

 

hace unos cuantos años, yo vivía en la ciudad de Bell y trabajaba en Los Ángeles, mientras que ella se encontraba en la isla. Hoy en día, reside en Indiana, Estados Unidos, y yo en Corona, California, pero por su divina imaginación sigue siendo una gran poetisa y una gran amiga.

 

Querida Cora:

Quisiera que estas imágenes pudieran ser un puñado de palabras dentro de una botella para repetir la cursi imagen de lanzarla al mar (o a ese resplandor rojizo de Los Ángeles, ciudad donde te estuve leyendo), con la esperanza de que algún otro poeta, o alguien en cualquier lugar del mundo, pudiera darse cuenta, por un instante, del deslumbramiento que yo he tenido ante la revelación de tus poemas.

Sé que hay personas en algún lugar del planeta —como yo aquí, en medio de esta diversidad de seres y de cosas, de luces y de sombras— que están buscando el contacto con la belleza; seres que, redimidos por la angustia, leen y escriben. A pesar del hambre y de los muertos sepultados por la historia, aún ellos —en la Isla como en esta urbe de sueños— siguen hablando de la tenue luz de las estrellas.

En las coordenadas de tu libro invocas a París, por el artilugio de sentir el mundo en medio de la soledad de un parque. De una manera, sublime, mencionas el espanto de las cosas, y buscas el crepúsculo esperando el tibio fuego de los dioses dormidos. Eres la ciudad misma de La Habana, con sus cornisas y capiteles, sus patios redondos y frondosos, sus fuentes y enrejados, sus mosaicos moriscos, catedrales y palacios. Eres el vértigo gitano de esa ciudad nunca olvidada, bañada por un resplandor calcinante, bajo la audacia precisa de seguir viviendo los días detenidos, donde los seres desaparecen y en alguna calle sólo quedan “los cristales cortados, revueltos con violencia en un latón de basura”.

Yo, aquí en Los Ángeles, me baño con los recursos de otra magia diferente; artilugios que allá no existen y que también nos envuelven en un juego de promesas, cuando entonces encuentro recodos de tristeza y hasta fosos de ambiciones, homless y latones de basura, ilusiones frustradas de estos seres diversos que vienen a soñarse, con la esperanza de salvar a los que dejan en su origen; sí, un origen de nostalgia que es devorado por las ansias de esta ciudad insomne.

Cora, encantadora de serpientes, te ofreces en los poemas y te transformas en un “cóndor que sueña”. Hoy recorro tus puentes de Sayakima, tus “secretos de canela, cocuyos de llanto negro y potros desbocados en la luna”. Hoy quiero hablar de los sueños inacabables de temblor efímero, cuando los conocemos desde adentro por la alquimia del crepúsculo; ese temblor, digo, en los seres queridos que miran al sudeste.

Amiga, te recuerdo en aquellos días de té y aguardiente entristecido, mientras conversábamos del sabor de los libros y las películas, de los chismes y los abalorios de algún artesano clandestino, cuando comentábamos de los escritos de José Lorenzo y hasta de la posibilidad de uno de tus poemarios en una editorial canadiense; cuando vendíamos libros malditos en la esquina de 12 y 23; o en las ficticias ferias de 15 y 16, o sobre legendarios adoquines de la Plaza de la Catedral, cuando éramos espíritus irreverentes camuflados de libreros o inocentes anticuarios que aspirábamos a iluminar las mentes a ventas de palabras. Nuestros cuerpos eran delgados, “terriblemente hermosos”. Aun así, tú y mi Gladys recorrían las calles del Vedado, enfrentando el susto de la levedad, por la inefable razón de la poesía como la grandiosa mentira que vale ser vivida; diciendo no a ese oficio de país-decreto, con sus tinieblas derramadas en el ámbar caído de los ojos, gota a gota, con su sabor de amanecer entre vidrios azules.

Cora, hoy envío este mensaje al viento de un espacio virtual, y lo hago desde el valle de Los Ángeles y al mismo tiempo desde el valle de Corona, en Riverside, rodeado de un olvido planetario, que no es tal porque es paradoja de movimientos y recuerdos. Aquí el mundo se encuentra bajo una cúpula de gases penetrantes, que intenta borrar las mentes para hacerlas ficticias, recipientes de mediocridad inaudita. Aquí estoy ahora en este valle de casas encartonadas, de autopistas de asfalto resquebrajado y viajando a una ciudad con rascacielos que desafían los grados del próximo temblor. Sin embargo, es la región que me da la libertad de imaginar, y por eso también estoy en medio del asombro, donde se expande esta tierra de lucha y esperanza para el inmigrante, y donde tenemos la posibilidad de intentarlo todo —aun desde una casa nueva, también bajo la luz de tus estrellas.

Cora, quizás en tu libro yo soy el saxofonista que una vez tú presentiste “era de aire”. Y el aire viene de otro viento más remoto: del Nilo, de Babilonia o de Nínive, de las interminables caravanas beduinas. El viento pertenece —¿quién lo duda?— a los países de Lezama, de Borges y de Paz, de Thiago, de los misterios de Ivette, de Milagros la primerísima madre, corazón de gacela, de tu padre elegido por la tristeza, de Nando y de Vilma a pesar de todo, de Alex, de Pepe Lorenzo y Lida, de la maga Isabel y de ese sorpresivo presente que te depara el bueno de Tim, el hechicero que te ama con su transparencia americana.

Y tú eres el mismo libro de intenso fulgor, de selvas y mares, con ceniza de piel y niebla de estaño, con estremecimientos amarillos, con locas indias de carcaj, con madrigueras de color violeta, oraciones y exorcismos, y brujetas que se llaman knox. Un libro como de palabra antigua, aunque estés “cansada”, sí, “con una pesadez que se chupa los huesos y seas más ligera que una cáscara de ajo”.

Ciertamente, eres “pequeña, más chica que un bastón, que una corteza de nuez, que una ameba”; por eso estás dentro de ti, como la piedra misma que viaja en el tiempo. Eres Magión, la forastera que se desnuda y, límpida, como un ciclo de agua, muestra su esperanza.

Sabes que el amor no duerme, que se escurre como las algas translúcidas, como los lunares que primero surgen imperceptibles y después se graban al igual que un lucero oscuro iluminando la intimidad. El amor no es solamente el cuerpo, tan sensual que se gasta, sino además una brújula que señala la distancia del paisaje amado y es el olvido del olvido; el amor es una mujer “que puede volverse ligera como el viento” y “fácil salvar los ríos azules y las soledades del páramo”.

Por eso yo, desde esta ciudad de otro espejismo (extremo al de la Isla), lanzo estas palabras al viento, para que atraviesen la niebla gris de este cielo a veces rojizo, de este resplandor inusitado que transgrede los posibles confines del mundo y nos hace saber que somos un ser de muchos seres.

En fin, Cora, estas palabras provienen de tu libro, porque en él eres la sacerdotisa de tus sueños, que son los míos y los de cada uno de tus seres queridos; y yo —desde que te lei en esa ciudad encanecida de luces y en medio de una noche escandalosa—, como un guijarro en el vértigo del mundo, me rehago entre tus versos:

Que haya luz en los rincones oscuros y

tibieza en el corazón. Que la gente no

siga olvidando la verdad de las cosas

donde casi nadie pudo elegir su destino.

 

[Bell, Los Ángeles, invierno 2001- Corona, Riverside, otoño 2010, California]

 

Coral Ramírez-Brothers. Aquí me dicen Cowralaina, que me parece bonito. Soy caribeňa. Cubana. Habanera. Sobreviviente del caleidoscopio de mi ciudad natal y luego de los campos arrasados por los pioneros de Indiana, que ahora en los 2000 es una jungla de buenas maneras, trabajo y comida en exceso y anuncios constantes en la televisión, inviernos grises hasta quedar afónicos, aislamiento y nostalgia; términos estos dos últimos que no se refieren ni a la depresión ni a la ansiedad, sino que podrían ser parte de ese estado de gracia que los portugueses, los gallegos, los brasileños, los caboverdianos y todos los demás llaman saudade, y que los ayuda a componer canciones sobre amores perdidos. He publicado un par de libros de poemas, Los puentes de Sayakima (Editorial Letras Cubanas, 1993) y Las siete muertes de Sylvia Plath (Editorial Lugus, 1994). En el 2001 terminé en Cuba otro libro, Cartas para Gertrudis, cuyo título está inspirado, naturalmente, en Gertrudis Gómez de Avellaneda. En Cuba escribí para la radio programas sobre cultura latinoamericana y artículos periodísticos sobre la misma temática. Actualmente enseño español como maestra de tiempo parcial en la universidad popular IUPUI, en Indiana. Aquí tomé un máster para la enseñanza del español y, como parte de él, viajé a España, donde conocí un poco de la cultura gitana. Los gitanos inspiraron un trabajo de investigación que presenté en la clase de sociolingüística de la Dra. Marta Antón.

Manuel Gayol Mecías es el editor de Palabra Abierta.
Escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, y además fue miembro del Consejo de redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana. Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y también ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992. En el año 2004 ganó el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por “El otro sueño de Sísifo”. Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California. Actualmente, reside en la ciudad de Corona, California. OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995).

 

 

© 2010, Manuel Gayol Mecías. All rights reserved.

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Posted in , | 4 Responses

4 responses to “Volando sobre Los puentes de Sayakima”

  1. 26/03/2011 at 14:21 | Permalink | Reply

    Envuelves simultáneamente a la autora y a su arte con tus nobles parabras de admiración y amistad, mi querido Manuel.

    Un fuerte abrazo

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2 Responses to Volando sobre Los puentes de Sayakima

  1. Carola Littlepage on Jueves, mayo 19, 2011 at 7:47 PM

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  2. Abigail on Sábado, mayo 21, 2011 at 7:20 PM

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